jueves, 17 de abril de 2014

Ley de vida

Existo pero no soy nada. Mi presencia marca el final. Hay quien me considera una bendición y, en ese caso, soy paz y descanso. Lo habitual es que la mayoría me tome por una maldición en la que soy la pérdida, la despedida definitiva, el miedo a lo desconocido. No obstante soy siempre la misma. Incluso cuando supongo un alivio, me recibe la tristeza. Sólo conozco las lágrimas, la nostalgia, la melancolía. No sé qué es la felicidad, la risa, ni la alegría. Sí el dolor y la locura. No sé qué es la vida, nunca me cruzo con ella, se escapa cuando aparezco, no se nos permite coincidir, a mi llegada sólo quedan vestigios de lo que fue.

Me culpan y no es culpa mía. Me temen a pesar de esperarme desde el principio. Pretenden alejarme a pesar de ser conscientes de no poder huir del destino. Me rinden culto, me construyen templos, me veneran... pero no me desean. Desde el origen formo parte de la naturaleza: todo acaba, todo lo que es, algún día no será más: la vida es un proceso terminal.

martes, 15 de abril de 2014

24 horas en la vida de mis zapatos

¡Uff! ¡Cuántos somos! ¡Qué aglomeración! No, definitivamente no tenía ni pizca de ganas de ir de fiesta y encima me encuentro con todos estos. Con lo a gusto que se está a solas con mi pareja. Quiero volver a mi caja original, a descansar. Lo necesito. Perdí mi querido hogar hace ya tanto tiempo. El nuevo es una comuna.

¿Exagero? Me han tenido todo el día a rastras por el suelo, de un lado a otro, sin parar ni un momento. No me gusta salir, odio las aceras, están duras y es fácil tropezar. No hay nada como una alfombra con su lana mullida y cálida. Es el mejor colchón. Las escaleras me matan, al subir me golpean pero lo que de verdad temo es la bajada. Ese momento en el vacío es lo peor, cuelgo de la nada, no tengo a qué aferrarme, siento cómo me deslizo. El pánico me invade, pero no sirve para encogerme. Tiemblo ante la idea de soltarme y caer. Notar el roce del apoyo me alivia, aunque enseguida le sigue el impulso que me pone al borde del abismo.

Lo peor es la impotencia, el no depender de mí. Cualquier despiste me baña en agua o, ¡qué horror!, en el infame lodo. Claro que todo es susceptible de empeorar, pero esa alternativa no me la quiero ni imaginar. Me expongo a un sinfín de riesgos, sin pretenderlo. Los pisotones están a la orden del día, es difícil que no me aplasten a lo largo del día. Mi tensión la descargo contra los pedales del coche, aunque son vengativos, si no tengo cuidado me arañan el tacón. Del transporte público prefiero no hablar. No, de veras, no insistáis. Cada viaje es un sinvivir.

No se me respeta. Al principio casi me veneran, pero luego, a escondidas me abandonan debajo de las mesas. Para colmo, antes de levantarse, me recogen sin mirar y se introducen en mi interior con giros de sacacorchos. Es una crueldad.

Lo mejor del día: el final. Llegar a casa. No me importa que me dejen tirado en la entrada y me sustituyan por unas vulgares zapatillas; ese momento de expansión es lo más parecido a la libertad. Por desgracia dura poco, no tardan en recogerme para apilarme, de cualquier modo, entre el resto del montón.

lunes, 14 de abril de 2014

Recuperador de paciencia

La entrada de hoy es, nada menos, que una brillante idea de Cuñadísimo: el Recuperador de paciencia. He seguido paso a paso sus instrucciones y ¡funciona de verdad! ¿Queréis saber cómo es? Os aseguro que no es complicado pero tampoco creo que encontréis una explicación mejor que la de su inventor. Sin entreteneros más con mi introducción os dejo con su exposición. Después de leerla estaréis conmigo en que semejante invento contribuirá, sin duda, a crear un mundo mejor y que se merece, como mínimo, el Nobel de la Paz. ¿Alguien discrepa?

Hace algún tiempo una señora me habló, con sabias palabras, acerca de la virtud de la paciencia, lo que me ha obligado a pensar más sobre ella. La paciencia es, para mi, una de las cualidades más importantes ya que, sin ella, sería complicada la existencia. Con frecuencia nos vemos rodeados de compañeros de trabajo, familiares y amigos que ponen a prueba la mencionada virtud.

Si bien no podemos describir, en principio, qué grado de paciencia poseemos en un determinado momento hacia una determinada situación / persona u objeto, lo que sí que he descubierto que podemos hacer es recuperarla y medirla. ¿Cómo? Es sencillo, para ello utilizaremos el MEDIDOR / RECUPERADOR DE PACIENCIA. Sé que el nombre suena raro lo que puede llevar a pensar que su fabricación es complicada pero que nadie se asuste, nada más lejos de la realidad. Voy a intentar explicar con unas sencillas instrucciones su fabricación y manera de usarlo.

En primer lugar nos debemos de hacer con la base, un palo-mamporro-porra-bate de baseball o similar, la única condición es que ha de ser algo largo y duro para que cumpla bien su cometido. Sobre dicho instrumento grabaremos una regleta, a modo de medida, teniendo en cuenta que cuanto más juntas estén las líneas mayor será la paciencia que nos proporcione sobre el evento en el que vayamos a aplicarlo. Como colofón añadiremos una cinta, papel, plástico o similar que, en función de cada caso, desplazaremos a lo largo de la regleta: cuánto mas cerca de la empuñadura se sitúe dicha cinta, menor será nuestra capacidad de paciencia en relación al objeto. Así expresado parece complicado, but don’t panic!! enseguida lo entenderéis con unos sencillos ejemplos. Para empezar mediremos algo inocuo y muy inglés: nuestra paciencia respecto al estado del tiempo. Pondremos la cinta del dosímetro en el día 4 de la regleta (cada raya expresaría días en este caso). Pues bien, si en 4 días el tiempo no es de nuestro agrado significará que habrá llegado el momento de liarse a mamporros con …. el aire en este caso concreto. ¿A que no es difícil? Para una mejor comprensión del sistema voy a pasar a explicarlo con otros ejemplos, más reales, así quedará claro del todo.

EJEMPLO 1: PACIENCIA CON SUCESO-EVENTO-COTIDIANO
Como cada día, te levantas a trabajar y, una vez en la carretera, te encuentras con los individuos de siempre, esos que no respetan las normas: se cruzan sin respetar las distancias, aprovechan el carril de la izquierda hasta el límite para luego, súbitamente, desviarse a la derecha, abusan de su condición de “coche grande” e intentan aplastarte, etc, etc. Pues bien, en previsión de tales imprevistos, no olvidamos guardar nuestro medidor/recuperador en el coche. Contamos y, al llegar a la medida elegida, salimos del coche cuidadosamente (por supuesto sin poner en peligro al resto de conductores) y ¡¡¡ ZAS ZAS ZAS ZAS ZAS!!! Faros, cristales, retrovisores reventados en un instante. ¡Uf! No, no arregla nada, nunca he afirmado que sirviese para eso, peeeero no veas cómo recupera (que es de lo que se trata).

EJEMPLO 2: PACIENCIA CON HIJO / A
Imaginad cualquier situación en la que se hace necesario repetir un millón de veces una orden: hacer camas, recoger, meterse en la ducha, acostarse etc. Pues bien, tened siempre a mano el RECUPERADOR y, llegado el límite del millón más uno ¡¡¡ZAS!! Mamporrazo. En este caso resulta muy persuasivo.

EJEMPLO 3: PACIENCIA CON OBJETO
Un familiar/amigo gracioso le ha regalado un juguetito "musical" a vuestro hijo, ya sea por su cumpleaños o por cualquier otro motivo. ¡Qué mono es al principio y cúanto te acuerdas del responsable del regalo cuando suena a deshoras y compruebas que la pila no se gasta jamás! ¿Qué hacer para sobrellevarlo? No es complicado: mamporro a mano, calibración y ¡ZAS ZAS ZAS ZAS ZAS ZAS! se acabó el juguete (o el amigo).¡Uuuuf, qué recuperación, Dios bendito!!

EJEMPLO 4 : PACIENCIA CON SUJETO
Un día vas a trabajar y llegas tarde, y agobiado en proporción al atasco de turno que te has tragado. Al entrar al trabajo el típico anormal te mira sonriente y te dice "buenas nooooches". Sabes que, acto seguido, se va a dedicar a contarlo, y si es posible te sacará los colores en los círculos más inapropiados. Le conoces, ya no engaña a nadie con sus bromas. Paciencia, una regla de oro es que nunca hay que perder la paciencia con los cretinos. Gracias al recuperador esto es posible. Se ajusta el medidor en su lugar y, al día siguiente, ¡ZAS ZAS ZAS ZAS!, los dientes en Toledo y la oreja en Teruel.

CONTRAINDICACIONES – PRECAUCIONES:

1.       A veces se pierde la paciencia con uno mismo, en esa situación esta totalmente CONTRAINDICADO el uso del RECUPERADOR.
2.       En su uso con objetos se recomienda que en su fabricación se tome de base algo duro, pero no en exceso. Por ejemplo, contra un coche es bueno el aluminio, tiene menos retroceso que la madera y, además, es deformable.  El objetivo es que el “rebote” no dañe al usuario. Conviene probar todo tipo de materiales pero es preferible relegar el vidrio y el cristal. Mi experiencia es que una porra de cuero rellena de arena cumple perfectamente el cometido.
3.       Para su uso sobre personas se recomienda un material más blando, para reducir el riesgo de efectos secundarios indeseables. Por supuesto se puede optar por cualquier otro, a veces es cuestión de disponibilidad, pero si uno se decanta por un material más duro se aconseja el uso adicional de pasamontañas y el tener la precaución de escoger un momento sin testigos.

Mi propuesta también viene con oferta de lanzamiento, en anticipación a las rebajas de verano. Pensad si os viene bien y, si no, RECORDAD QUE NO LO VOY A DECIR 2 VECES, que yo ya tengo uno.

Interesados contactar al "paciente" Cuñadísimo. Manicomio de SAT.


sábado, 12 de abril de 2014

El ciprés

El ciprés desea ser abeto, mas no se atreve a extender sus ramas. Las mantiene recogidas, resguardadas, pegadas como un escudo contra su cuerpo erguido. Se estira hacia el cielo, con su forma de lanza, e intenta rozar las nubes con su punta afilada. Fantasea sobre lo qué ocurrirá el día que las alcance. Con su vértice arañaría su vientre y la nube se desgarraría en su avance. Los jirones se engancharían a su copa y el viento forcejearía para recuperar los fragmentos prendidos a sus agujas. Tiraría de los pedazos y, en cada asalto, sacudiría sus ramas, las zarandearía con saña hasta desplegarlas. En una danza imposible, el ciprés giraría en medio de un remolino de nubes deshechas y, entre vueltas y más vueltas, sus ramas dejarían de ser ramas para convertirse en alas. En ese momento la corriente se colaría entre las capas y un soplo de aire lamería su tronco. El árbol entero se estremecería bajo esa caricia, sus hojas se erizarían y, al agitarse, vibrarían. El temblor rompería su silencio, ese silencio arcano, nostálgico, casi lúgubre, ese silencio solemne que le aísla en la sombra de su soledad. El ciprés desea ser abeto para hablar con el lenguaje del viento y, en susurros, compartir con el resto sus secretos.

viernes, 11 de abril de 2014

Campaña 100x100 pública

En Enero se puso en marcha la campaña 100x100 pública. ¿Por qué? Sencillamente para evitar la privatización encubierta de la Sanidad. ¿Qué es lo que sucede que ha hecho necesario el tomar cartas sobre el asunto? Nada nuevo, desde hace tiempo la Consejería deriva pacientes a hospitales privados para operarse con el pretexto de las largas listas de espera. ¿Cuales son las consecuencias? Pues que el paciente se opera en un sitio que no conoce, en el que nadie se ha preocupado de establecer una relación de confianza con él. ¿Cómo se gestiona? El gobierno pacta el número de pacientes que se atenderán en las clínicas y, lógicamente, paga por ese servicio, luego llama a los pacientes y les dice que se presenten allí, sin ofrecerles otra alternativa. ¿Con qué se paga, si no hay dinero? Las cuentas salen a costa de reducir el presupuesto destinado a la pública. ¿Es rentable? Para la privada sin duda ya que las complicaciones derivadas de la cirugía, las urgencias y las revisiones se harán en su hospital público. ¿Es cierto que ha crecido la lista de espera? Sí. ¿Cuál es el motivo? El recorte de puestos de trabajo. Se han cancelado consultas porque no hay personal para pasarlas, se han reducido plantillas en los distintos servicios y se han cancelado las jornadas quirúrgicas de tarde que se realizaban en la pública.

¿Qué opina el gobierno de esta campaña? Más o menos siente la misma satisfacción al respecto que el pueblo al preguntarle sobre los políticos. El propio consejero de Sanidad ha tachado esta campaña como una "irresponsabilidad" porque en palabras de Javier Rodríguez podría causar muertes innecesarias "esperando en la lista de espera se puede morir. Luego que no nos digan que estaba esperando aquí y que se ha muerto". ¿No es acaso irresponsable operar un caso que no se conoce, en el que no existe una relación previa de confianza entre médico y paciente? ¿No se puede invertir el dinero que se deriva a la privada en mejorar la estructura de la pública y aprovechar mejor sus recursos? Lo último es que la Consejería ha amenazado con expedientar a los médicos que informen de todo esto en su consulta. Al parecer si le explicas a los pacientes que tienen opciones, que no están obligados a operarse en un hospital en el que nunca les han visto, que les engañan cuando les hablan de lista de espera, y si les avisas de que es posible que les amenacen si se niegan y les informas de lo qué pueden hacer para evitar que les castiguen por rechazar una derivación, resulta que lo haces mal. ¿En serio somos los médicos los que lo hacemos mal?

Muchos enfermos carecían de esta información y, desde que se les proporciona, las derivación de la pública a la privada han bajado un 17% por rechazo de los pacientes. Además ha aumentado el número de reclamaciones por el mismo motivo, los pacientes demandan ser intervenidos en su centro y denuncian las penalizaciones a las que se les somete por actuar en consecuencia (al rechazar la derivación se les pone al final o incluso se les llega a sacar de la lista de espera, sin informar a su médico que, no lo descubre hasta mucho más tarde, dado que es imposible llevar un registro de los detalles de todos los enfermos en la cabeza). Al incluir a un paciente en la lista quirúrgica es obligatorio explicarles la cirugía, las complicaciones y que firmen el consentimiento en el que figura que pueden morir, sin embargo no es necesario que sepan que tienen la capacidad de negarse a ser intervenidos en un lugar desconocido por un médico al que verán en el quirófano por primera vez. ¿Qué tipo de gobierno es el que pretende aprovecharse de la ignorancia de sus súbditos?

jueves, 10 de abril de 2014

¿De qué sirve?

Si todas las emociones cumplen alguna función en la vida, es de imaginar que la envidia, por poco envidiable que sea, también posee la suya. No se me ocurren demasiados beneficios al aplicarla a la existencia de los animales salvajes pero, sin lugar a dudas, en la sociedad pseudocivilizada, hay quien aprovecha para sacarle el mejor partido (a la de los demás). 

La envidia convierte en estrellas a aquellos que criticamos simplemente porque otros les admiran. Pretendemos demostrar que somos diferentes al resto, nosotros estamos por encima de sus encantos. En realidad, somos tan poco inmunes a ellos que incluso nos da algo de rabia que no sean nuestros. Se aplica la frase de Wilde: "Que hablen mal de uno es espantoso, pero hay algo peor: que no hablen". La polémica vende. Por este motivo la envidia enriquece a los cirujanos plásticos. Queremos los labios de Angelina Jolie (aunque la tachemos de hortera), el cuerpo de Sofía Vergara, la mirada de Lauren Bacall (a pesar de su famoso mal genio) y la nariz de Ana de las Tejas Verdes (sí, ya sé que quizás no encaja aquí, pero según Lucy M. Montgomery era excepcionalmente bonita). 

No sólo de cirugía plástica vive la cultura de la estética envidiosa. Algunos peluqueros se vuelven micos cuando sus clientas aparecen con una foto de Meg Ryan y pretenden que su peinado les siente igual que a la actriz. Los más listos, o con menos escrúpulos, hasta saben sacarle provecho a la situación. Cogen las tijeras, la navaja y las mechas y se ensañan en un corte y tinte moderno que deja tan espeluznada a su víctima que no se atreve ni a protestar. ¡Ay de la que se queje! La frase del eminente estilista será: "yo sólo he hecho lo que Ud. me ha pedido". Por supuesto semejante obra de arte tiene un precio (desorbitado). 

En la moda también encontramos ejemplos en los que esta se basa más en la envidia que en el gusto. Los iconos de moda se escogen por intereses, y también con votos comprados, unos criterios más que dudosos a la hora de juzgar la elegancia. Son muchos los que poseen medios pero carecen de gusto propio y dejan estas cuestiones en manos de un estilista personal que no siempre demuestra apreciarles. No importa, tanto los aciertos como los errores derivan en imitaciones y hasta crean tendencia. Eso sí, si a pesar de sus figuras perfectas y de toda la puesta en escena asociada, la indumentaria no les favorece ni a las famosas, su adaptación a la calle la convierte en un disfraz digno de la noche de Halloween. Embutirse en esa ropa conlleva con frecuencia no respirar, lo que hace impensable trabajar (supongo que eso justifica el que algunos no levanten ni un dedo salvo por requerimiento expreso de su entrenador personal).

Por desgracia no todo el provecho que se obtiene de la envidia resulta tan inofensivo. Ojalá todo quedase en un atentado a la estética en alas de la vanidad. El estrecho vínculo que la une con la ambición y la falta de tolerancia, llevada a la intransigencia del fanatismo, es la mecha que provoca que el mundo estalle (y que los traficantes de armas se forren). Mejor no entrar en esa guerra, ni en ninguna.

miércoles, 9 de abril de 2014

Anori y la montaña de Lavanda

Lavanda te transporta con el murmullo de sus palabras a un mundo de nieve y silencio, un mundo frío, de copos que flotan en el aire y se posan con suavidad en un lecho infinito y acogedor, que invita a descansar. Escuchad... 

Anori y la montaña

Anori es tan vieja que ya no le quedan dientes. Hoy al despertar ha visto la primera nevada de la estación. Sabe que este será su último invierno. Desde el interior de la tienda percibe el nerviosismo de toda la familia, hoy se pondrán en marcha rumbo al valle.

Anori es tan vieja que ya no tiene cometido, solo espera que Imnek venga a buscarla.  Alrededor de la cintura lleva una cuerda llena de nudos, uno por cada invierno que ha vivido. Son tantos que ya no sabe contarlos.

Serpenteando por el camino curvo de la ladera, el silencio se ha encajado en los corazones de todos. Hoy Anori está con ellos, mañana se habrá ido.

En un recodo, al abrigo del viento del norte, Anori se sienta sobre una piedra. Le gusta ese lugar, tiene una buena vista del valle, contemplará desde arriba  la llegada de su gente a su destino.

Anori es tan vieja que ya no tiene voluntad. La ha visto irse pegada a la espalda de su hijo mayor y la ha despedido con una sonrisa. Ella no la necesita, su camino está trazado.

La ventisca levanta la nieve de la ladera y cubre el valle con una sábana limpia. Anori cierra los ojos y espera. Canta. Canta un cántico monótono que no está hecho de palabras, y la montaña le responde con su melodía irracional, hecha de piedra.

En la blancura del aire ve  a alguien que se acerca. Es Imnek, su esposo, que viene a señalarle el camino correcto. Anori se pone en pie y avanza unos pasos. Sonríe y se confunde con la nieve de la montaña.

A lo lejos, la tribu llega al valle.