viernes, 22 de agosto de 2014

El lado positivo

En la sala de espera de Cardiología me recibe la esposa de mi paciente. Después del trago de ayer está animada y tranquila. Me presenta a sus hijos. Al entrar en la unidad de cuidados intermedios casi formo parte de la familia. 
- Buenos días, - saludo a la enfermera. - Venía a ver al paciente que ingresó ayer por la tarde.

El hombre está al fondo. Presenta buen aspecto, a pesar del chichón que adorna su frente. 
- ¿Qué tal está mi madre? - me pregunta cuando me ve. 
- Aún no la he visto, primero quería saber cómo seguías. Me lo van a preguntar cuando suba. 
- No me acuerdo de nada.
Dado su nivel de conciencia cuando llegamos a urgencias lo raro sería que recordase algo. Mejor así, estar a las puertas de la muerte no debe de ser una experiencia demasiado grata. 
La cardióloga llega en ese momento. Se lo va a llevar a hacerle unas pruebas. 
- ¿Cómo fue? - me pregunta. 
Le explico lo sucedido. 
- Pasamos algo de agobio. Tuvimos que correr para llegar a urgencias. 
- Si se para lo mejor es pegarle un buen puñetazo sobre el corazón - me recomienda. - El problema es que no resulta muy elegante: el paciente se despierta y te descubre dándole golpes en el pecho. 
El aludido nos escucha con interés. 
- No llegó a pararse, - aclaro, - aunque a ratos dejaba de respirar y se puso negro. Ni siquiera llevábamos ambú, sólo disponíamos de nuestras piernas y vamos que sí recurrimos a ellas. 
El protagonista no se acuerda, pero yo no creo que lo olvide. El trayecto se me hizo eterno, a pesar de que la cama rodaba como un Fórmula 1 por los pasillos. 

- Hola doctora.
Es la paciente de la cama de enfrente la que me saluda, ante el asombro de la cardióloga. 
- Es la doctora de mi marido - le cuenta. - Estuvo ingresado aquí también y ella le vio un día en la consulta y poco después le operó. Quedó muy bien. 
Da gusto tener seguidores satisfechos. 
- Vamos a tener que invitarte a pasar visita con nosotros - me sugiere la cardióloga. Creo que siente curiosidad por descubrir cuántos pacientes me conocen. El porcentaje de casualidades, para un rato tan breve, es muy alto. 

En la puerta saludo al marido de la enferma-fan y a la familia del paciente hijo de mi paciente (sí, sé que suena complicado pero es la manera más sencilla de describir la relación existente). Los que faltan están con la madre y aún tengo pendiente hacerle una visita. 
Me despido y me encamino a mi planta. Encuentro a mi enferma algo mejor, aunque está harta de estar ingresada. 
Su hija me acompaña cuando me marcho.  En esta ocasión no hablamos de su madre sino de su hermano. 
- Va bien, se lo han llevado a hacerle pruebas. 
- Ha sido una suerte que le sucediese aquí. 
- Hay que pensar que todo tiene un lado positivo. Si lo piensas, la enfermedad de tu madre le ha salvado la vida a su hijo.
- No le hemos dicho nada aún. No queremos preocuparla. Le hemos explicado que después de lo que le hiciste ayer tiene que guardar reposo. 

Lo del reposo es absolutamente cierto. Espero que más adelante, cuando todo esté bien, le cuenten algo más de la historia. Saber que gracias a ella su hijo sigue vivo podría reconciliarla con su larga estancia en el hospital. 

jueves, 21 de agosto de 2014

La torre de marfil

En un reino muy lejano existe un misterioso bosque lleno de parajes encantados. En su interior, escondido en un rincón, se alzan las ruinas de un torreón. Son poco más que un montón de piedras derruidas con cristales incrustados. Sin embargo, al fijarse mejor en los restos de sus muros, no se descubren aperturas en ellos, sólo trozos de pared. ¿Dónde está sepultada la puerta que daba acceso a su interior? La realidad es que nunca existió una puerta. Aquella era la torre de Ahiara, la princesa cautiva.

El mago Morgon, un ser ambicioso y maligno, mantenía prisionera a la princesa en el interior de aquella torre construida con su magia. Las paredes que la custodiaban eran de marfil liso, sin fisuras a las que aferrarse y tan resbaladizo que ni siquiera la hiedra trepadora se sujetaba sobre ellas, incluso los hilos de las arañas se deslizaban sobre la pulida superficie de los muros hasta depositarse en su base. Sólo la luz penetraba en su interior, y lo hacía a través de la inalcanzable cúpula de cristal que la cubría. Tan inexpugnable era aquella fortaleza que ni siquiera el mago que la había creado era capaz de entrar en ella.

Por las noches, Ahiara no dormía. Para conciliar el sueño contemplaba las estrellas a través de la cúpula. Soñaba con tocarlas y los ojos se le llenaban de lágrimas. Bajo el anhelo de su mirada los rayos estelares se convertían en diamantes que se derramaban sobre la torre en copos de cristal. Ahiara se dormía entonces. Al amanecer, el mago acudía al pie de la torre para recoger los brillantes que la rodeaban.

Con el paso del tiempo el bosque circundante creció y uno de los árboles se alzó sobre el resto de sus compañeros. Se elevó hacia el cielo, hasta superar la torre y hasta que su copa cubrió con su sombra la luna llena y ocultó las estrellas de los ojos de la princesa. Al amanecer no había nieve de diamantes con la que saciar la codicia de Morgon y controlar su enojo. ¿Cómo osaba aquel árbol dejarle sin sus joyas?

Ajeno al enfado del mago, el árbol gigante se expandía día a día. Sus ramas se balanceaban en el viento y rozaban la cúpula de cristal. La princesa, en lugar de las estrellas, observaba hipnotizada el temblor de las hojas. Entre ellas los rayos de las estrellas titilaban, sin llegar a desprenderse de los astros.

Una mañana el mago montó en cólera, removió el aire con su varita para transformar el viento en huracán y lo lanzó contra el follaje. Las ramas se agitaron, al resquebrajarse se inclinaron hacia el suelo y las hojas cayeron. El mago se sintió satisfecho: ya no obstaculizarían la visión de la princesa.

Durante los meses siguientes, la nieve nocturna cayó sin interrupciones. Morgon recogía los copos y dedicaba las horas de luz a contemplar fascinado sus riquezas, en ocasiones tan fijamente que hasta se olvidó de parpadear. Sus ojos, encandilados, se abrasaron. El resto del mundo se tornó opaco. No obstante, el mago, embriagado por el resplandor de su tesoro, no se percató de su creciente ceguera.

Mientras tanto el árbol creció de nuevo. Sus ramas se extendieron y sus hojas percutieron sobre la cúpula de cristal, como si pretendieran llamar la atención de la princesa. Ahiara las escuchaba y, en el silencio de su prisión, comenzó a imitar los sonidos con su voz. De su garganta brotaron vientos de otoño y murmullos en el lenguaje secreto del bosque. El árbol le hablaba del exterior, de la libertad y ella le contaba sus hermosos sueños, esos que sólo las estrellas sabían leer a través de su mirada. Sus historias se extendieron por el bosque.  Los demás árboles, deseosos de escucharla, se acercaron y crecieron hasta que ocultar la torre. Dejó de nevar. En vano buscó el mago el brillo de los diamantes. Sus ojos quemados no eran capaces de distinguir la penumbra de su mundo de las densas sombras de aquellos árboles. Presa de la frustración y la furia, Morgon se recostó sobre la torre y lanzó contra el bosque todo el poder de su magia. La tierra tembló y el delicado marfil se quebró. La torre amenazaba con derrumbarse sobre la princesa.

Al sentir la sacudida, las ramas del gran árbol se agitaron. Muchas seguían dañadas por el ataque previo del mago y, en su fragilidad, se troncharon. Penetraron en el interior del torreón a través de las brechas que lo hendían. Ahiara, aterrada, yacía inmóvil en el suelo, acurrucada en un rincón. Las ramas se trenzaron sobre ella y para protegerla con su entramado de los fragmentos de marfil y cristal que llovían sobre su cuerpo.

La torre se desmoronó. Los grandes bloques de la pared se desplomaron. Morgon, ciego y cegado por la ira, la escindía con rabia. Las piedras cayeron sobre él sepultándole en el túmulo que el mismo había creado con su hechizo.

Al morir el mago, la tierra se calmó. La princesa trepó por las ruinas aferrada a las ramas del árbol. Se refugió en la horquilla de su tronco y se abrazó a la corteza, temblorosa y muy asustada. Al aparecer las estrellas, la joven alzó la mirada. Fue un gesto instintivo, al igual que el que hacía en su prisión de la torre. La noche serenó su espíritu. Por primera vez en su vida se sintió libre, le pareció que el espacio no tenía límites, que el horizonte desaparecía en la inmensidad inabarcable de la cúpula nocturna. Fascinada, ascendió sin temor hasta el extremo más alto de la copa del árbol y contempló sobrecogida el firmamento. Estiró la mano para rozar con la punta de los dedos los reflejos que salpicaban la oscuridad. La luz se derramó. La nevada de diamantes formó un puente blanco en el cielo y Ahiara caminó sobre el arco hasta acariciar con su mano las estrellas. El cristal se derritió bajo su tacto y transformó los diamantes en sueños. Desde entonces, cada noche, los copos se esparcen, invisibles, entre los rayos de luz mientras la princesa recorre la senda de las estrellas.

miércoles, 20 de agosto de 2014

A la deriva

El amor es un delirio que navega a la deriva. Va en busca de una sirena que ha regresado al océano. Es víctima de un hechizo, de un conjuro entonado con el sonido de la brisa y susurrado por las olas hasta la orilla, de un sortilegio prendido por el encanto de la luz en el agua y guardado en el misterio de las profundidades.

El amor no se resiste, pretenderlo es imposible, no existiría sin su embrujo. Es una ilusión que vaga ajena al sol, a las olas y a las brumas. Si el mar le cierra sus puertas con murallas de agua y roca, flota en las alas del viento, en su barco hecho de sueños.

Cae la noche. Cuando la luz se extingue, aparecen los contornos del mundo invisible oculto tras las sombras. Entre las tinieblas, reflejos de oscuridad abren ventanas de estrellas y tras el resplandor se asoman espejismos de sirenas.

El amor lanza sus redes, aunque, al tejerlas, quedó atrapado en ellas. No tiene miedo, sólo espera. La Muerte es su ahora su guía, es el precio, su destino, y su único final.

Sobre el vacío de las aguas, la media luna recoge la estela de espuma. El aire suspira. El océano duerme en calma.

martes, 19 de agosto de 2014

Olores

Huele a jazmín. El olor sube por la escalera a través de la ventana abierta del descansillo. El arbusto está justo debajo. Las flores se abren en busca los primeros rayos del sol. La luz avanza por la pared encalada sin llegar a cruzar el umbral de la casa.

La dulce fragancia se cuela por el pasillo entre las manos de la tita. Se reparte por el salón en penumbra. La luz entra la puerta de cristal esmerilado y por una rendija de la cocina en la que se oye trajín de platos. Huele a pan, aceite crudo y leche hervida.

Más tarde la casa sabrá a guiso: a salsa de almendras picadas y azafrán, a vino al evaporarse, a cebollas dulces pochadas, tomates, pimientos y carne, a pastel y al merengue de las claras al cuajarse en forma de nubes en la leche caliente de las natillas antes de rociarlas con canela.

En el patio las sábanas limpias desprenden el perfume del jabón mientras se secan al lado de las parras. Los racimos de uvas crecen envueltos en mosquiteras. Rezuman azúcar y un enjambre de avispas revolotea desesperado a su alrededor. Son presa fácil, insaciables y borrachas caen una tras otra en las redes del hermano y sus secuaces.

El polvo en suspensión, los fragmentos de ladrillo y los gránulos de tierra invaden las naves abandonadas. Están llenas de restos: vigas en ruinas, marcos de hierro, puntas de clavos y sacos de yeso. Los hierbajos se abren paso entre las grietas. Fuera esperan las margaritas, se esconden las campanillas y me arañan las piernas unas matas salpicadas de florecillas amarillas.

La tierra mojada huele a pradera recién regada. Al lado de las moreras la manguera suelta agua. Arranco una pera de su rama y muerdo su carrillo rosado tras lavarla. La boca se me inunda de almíbar mientras las gotas de su esencia se deslizan por mi piel.

Olor a campo, a olivos, a piscina. Ruido de ruedas que se acercan a la hora de la merienda con sabor a azúcar sobre tortas bizcochadas de aceite. Olor a noche, a eucaliptos, a era, a estrellas fugaces y deseos con la voz ronca del abuelo. Sueños impregnados del olor de los recuerdos.

lunes, 18 de agosto de 2014

Darse un salto

Esa mañana la luna era más espesa y le faltaba un trozo de arco en la zona inferior, ya no era una luna traidora y llena, o al menos ese fue mi pensamiento al verla.

Lo primero que compruebo al llegar al hospital es la evolución del hijo de mi paciente tras el susto de ayer. Ha ingresado a cargo de cardio, al parecer el mareo escondía algo más. Hago propósito de acercarme a verle en mi primer rato libre. 

Me esperan un par de pacientes de urgencias y una enfermera me trae a su marido para que le vea. Les atiendo, no tardo demasiado, son cosas breves.  Asomo la cabeza por la puerta para darme un salto a la unidad coronaria. Antes de tomar impulso me encuentro con uno de mis pacientes. 
- Hola doctora. Me dijo que pasara hoy a verla. 
- Sí, sí, claro. Por supuesto. - Eso de no apuntar en la agenda a los que gozan de salvoconducto hace que su visita me pille habitualmente por sorpresa. Entramos a la consulta. Antes de terminar se me acerca una auxiliar. 
- Ya ha llegado el paciente de la intratimpánica. 
- Enseguida le atiendo. 

Sale uno y entra otro. En este caso no es un enfermo mío pero su doctora habitual está de vacaciones y hago de sustituta. 
- Por favor, póngame anestesia. - Me pide. 
- Descuide. 
La medicación me la ha dejado preparada la enfermera, únicamente falta la anestesia. En un momento me hago con lo necesario. 
- Me estoy mareando. - Me informa durante el proceso.
Queda poco. Termino y en un instante le aplico el tratamiento básico: unas compresas frías y húmedas en la frente y el cuello. Es mano de santo. 

Mientras el hombre reposa inmóvil en el sillón para que le haga efecto la medicación, me llaman de urgencias. Les indico que me suban a la mujer a la sala de exploración. Una vez allí su colaboración convierte la prueba en una pelea, de poco sirve pedirle que se comporte, al parecer no se lo solicito con la suficiente amabilidad: "Disculpe, se lo ruego, ¿le importaría no romper el fibroscopio para que podamos molestar con él al resto de los pacientes que lo necesiten?" "¡Cuánto le agradecería que se estuviese quieta y dejase de tirar!" "¿Qué no desea tragarse la gelatina?" "No se preocupe, a lo mejor prefiere que le haga el avioncito." Mi conclusión, además de que me falta paciencia, es que el diagnóstico no parece tener relación con mi especialidad y sí con su histeria. Me da la impresión de que mi juicio clínico no le convence. 

Cuando la inválida sale desconsolada en su silla de ruedas veo a otra de mis pacientes sentada en la sala de espera. Mi sillón aún está ocupado. Aprovecho que, con las vacaciones, hay consultas libres y la paso al lado. 
- He estado mucho mejor, - me explica. 
Semejante noticia es un alivio y una alegría para ambas. Ahora el problema se limita al otro lado. Opto por repetir el tratamiento de la vez anterior en esa zona con la esperanza de que le funcione, al menos, igual de bien. 

En el ínterin llega mi jefe. Tiene que ver a un recomendado y la habitación que he invadido es la suya. Afortunadamente, como no han surgido complicaciones, ya he terminado. Mi otro enfermo ya puede levantarse del sillón y marcharse a casa. Regreso a mi lugar habitual para escribir el informe de mi última paciente. 
Al terminar la acompaño a la puerta a despedirme pero, de nuevo, no paso de ahí, en la sala reconozco a otra de mis invitadas. La hago pasar. 

Cuando al fin salgo compruebo que no me espera nadie más. Tras responder por el camino a las preguntas de un par de pacientes perdidos por los pasillos, logro llegar hasta cardio. 

sábado, 16 de agosto de 2014

¡Oh, capitán!, ¡mi capitán! de Walt Whitman



¡Oh, Capitán! ¡mi Capitán!

¡Oh, Capitán!, ¡mi Capitán!, nuestro terrible viaje ha terminado,
el barco ha capeado todos los escollos,
hemos ganado el premio que anhelábamos,
el puerto está cerca, oigo las campanas, al pueblo entero regocijado,
mientras sus ojos siguen la firme quilla, el navío solemne y osado.
Mas, ¡oh corazón!, ¡corazón!, 
¡oh gotas que se desangran rojas,
en el puente donde mi capitán yace, 
caído, frío y muerto!

¡Oh, Capitán!, ¡mi Capitán!, levántate y escucha las campanas,
levántate, por ti se ha izado la bandera, por ti vibra el clarín,
para ti ramilletes y guirnaldas engalanadas,
para ti multitudes en las playas,
por ti clama la muchedumbre, a ti se vuelven ansiosos los rostros:
¡Ven, Capitán! ¡Querido padre!
¡Que mi brazo sostenga tu cabeza!
Es sólo un sueño que yazcas sobre el puente,
derribado, frío y muerto.

Mi capitán no contesta, sus labios están pálidos y quietos,
mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad,
la nave está anclada, sana y salva, el viaje ha concluido,
tras su temible travesía, el barco entra invicto, su objetivo conseguido.
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad campanas!
Mas yo, con paso doliente,
recorro el puente donde mi capitán yace,
caído, frío y muerto.

Walt Whitman



O CAPTAIN! my Captain!

O CAPTAIN! my Captain! our fearful trip is done;
The ship has weather’d every rack, the prize we sought is won;
The port is near, the bells I hear, the people all exulting,
While follow eyes the steady keel, the vessel grim and daring:
    But O heart! heart! heart!        
      O the bleeding drops of red,
        Where on the deck my Captain lies,
          Fallen cold and dead.

O Captain! my Captain! rise up and hear the bells;
Rise up—for you the flag is flung—for you the bugle trills;  
For you bouquets and ribbon’d wreaths—for you the shores a-crowding;
For you they call, the swaying mass, their eager faces turning;
    Here Captain! dear father!
      This arm beneath your head;
        It is some dream that on the deck,  
          You’ve fallen cold and dead.

My Captain does not answer, his lips are pale and still;
My father does not feel my arm, he has no pulse nor will;
The ship is anchor’d safe and sound, its voyage closed and done;
From fearful trip, the victor ship, comes in with object won;  
    Exult, O shores, and ring, O bells!
      But I, with mournful tread,
        Walk the deck my Captain lies,
          Fallen cold and dead.

Walt Whitman


Extracto de los comentarios del Catedrático: 

¿Cuál es el tema o motivo central de Dead Poets Society?
Está recogido en la estupenda escena en la que el profesor muestra a los chicos las fotos de sus predecesores y les transmite en una extraña mezcla conceptual, muy esperable en la semicultura cinematográfica, el mensaje existencialista: el hombre es un ser para morir, y el mensaje humanista de Horacio, Ausonio y nuestros clásicos: CARPE DIEM, aprovecha tu hora.
"Gozad de vuestra alegre primavera el dulce fruto, antes que el tiempo airado, cubra de nieve la hermosa cumbre". O, como dice el personaje que Williams representó: añade un verso al poema de la vida.
Pero eso no es ser para morir, sino para vivir. Es para la vida sin tiempo y sin espacio, eterna.