sábado, 28 de marzo de 2015

Bye, bye facebook

No estoy hecha para las redes sociales. No recuerdo ahora mismo por qué me apunté a facebook en su momento, sé que no fue por formar parte de una comunidad sino porque era un requisito de una página que me interesaba por algo, un algo que he olvidado. Al inscribirme tomé mis precauciones: no deseaba que la red quedara vinculada al resto de mis actividades y me creé una nueva cuenta de email exclusivamente para esa función. Al día siguiente, después de mirar el correo, entré en la pestaña de configuración y corté de raíz el aluvión de mensajes en la bandeja de entrada. Si en la página se publicaba todo, ¿por qué notificarlo por duplicado?

Facebook está organizado como un círculo vicioso. Empiezas con una suscripción y acabas con un centenar de publicaciones, a diario, de propios y extraños. Algunas te gustan y te apuntas. Poco a poco aquello se convierte en una revista de eventos y fotos familiares, noticias, arte, curiosidades, autoayuda, cocina, literatura, entretenimiento y tonterías de desconexión varias. Como cualquier revista, también cuenta con publicidad, y no hay manera de ahorrársela, la cancelación de un anuncio va seguida de la aparición, inmediata, de otra sugerencia. Harta del bombardeo, una se plantea eliminar su cuenta y enseguida descubre que no existe posibilidad de arrepentimiento, la página no indica ninguna salida. 

Al principio una se resigna a la idea de continuar atrapada en las redes del castillo de irás y no volverás. Se intenta disminuir la frecuencia de las visitas, pero entra en juego el sentimiento de culpabilidad. ¿Y si los demás creen que lees sus puestas al día? ¿Qué pensarán de ti al ver que no respondes? No deseas pasar por maleducada y sigues metida en la rueda, aunque evitas darle vueltas en la cabeza. 

Sin embargo, un día revisas la página y te das cuenta de que no merece la pena perder tu precioso tiempo de esa manera, hay muchas cosas en el mundo en las que ocuparlo y para leer ya están los libros. Ese día tomas las decisión de borrarte a toda costa. Buscas y rebuscas, es probable que en otras ocasiones no te hayas esmerado lo suficiente. No hallas pistas. Convencida de que no eres la única en esa situación, sabes que hay más grumpies en el mundo, recurres a google. Al fin encuentras el enlace que te abre la puerta. Llegas al umbral y descubres que ahí no termina la odisea. Para escapar se requiere cumplir una cuarentena de dos semanas y, sólo entonces, es posible franquear la salida. Durante esas dos semanas debes resistirte a las llamadas que te harían regresar al redil: ¿estás segura? ¿tu solicitud no es un error?, entra en tu cuenta para anular tu petición. El plazo termina hoy. 

jueves, 26 de marzo de 2015

Cúrcuma

La luz del despertador está rota, se recuperó durante unos días pero esta mañana ha vuelto a las andadas. Podía esperar a que sonara para levantarme pero ¿y si no me volvía a dormir? ¿Cuánto tiempo iba a estar dando vueltas y más vueltas en la cama? Ante la duda he estirado el cuello para leer la hora en la pantalla del teléfono de la mesilla. Según su lectura, faltaban unos minutos para que saltara la alarma. Mejor sacudirse la pereza y empezar a funcionar. 

La casa estaba a oscuras. He cogido mi reloj de pulsera y, ¡oh, sorpresa!, el inalámbrico me la había vuelto a jugar. Lo había puesto en hora dos veces en los últimos dos días. Quizá la primera vez me faltase algún paso pero estaba convencida de no haber cometido ningún fallo en el segundo intento. No contaba con que el aparato tuviese ideas propias. Al parecer mi ajuste no le gustó y, al dejarlo de nuevo en el pedestal, recuperó su horario original, con una hora de adelanto sobre el oficial. ¿Quién no se alegra al descubrir que dispone de tiempo extra?

Volver a la cama no tenía sentido, me arriesgaba a despertar a House. Sólo su despertador posee el valor suficiente para cumplir esa tarea cada mañana. Una vez soltados los primero gruñidos del día, y cuando los cajones del pobre armario han recibido su dosis matutina de golpes, es seguro acercarse al bello durmiente para darle el beso de buenos días. 

El espejo del baño mostraba unas ojeras de impresión. Con tanto tiempo por delante ¿por qué no probar algún truco para disimularlas? De repente se me encendió una bombilla en el cerebro. A esas horas lo más sensato habría sido apagarla pero, entre sueños, todas las ideas parecen buenas, así que ¿por qué no? 

¿Dónde había leído yo que la cúrcuma desvanecía las manchas y daba luminosidad a la piel? Después de usarla en la cocina me consoló averiguar que, al menos, tenía un uso cosmético. Una lástima que no me acordase del resto de los ingredientes de la mascarilla. Tendría que improvisar. 

¿Miel, aceite, limón? No, definitivamente no lo recordaba. No era cuestión de montar un laboratorio a esas horas de la madrugada y me decanté por algo sencillo. Puse un buen montón de polvos de cúrcuma en la palma de la mano y le añadí un chorro de crema hidratante. Lo mezclé bien. El color era algo fuerte pero no tanto como para disuadirme de mis propósitos. Más feliz que una perdiz me unté bien aquel preparado por el rostro. Froté a conciencia para que hiciese efecto. En el espejo mis ojeras dejaron de ser el rasgo más llamativo. 

La cúrcuma es el ingrediente que le da al curry su intenso color amarillo. Mi piel se tiñó igual que los alimentos. No había razón para preocuparse. Una buena dosis de limpiadora seguro que obraba el milagro definitivo. Por desgracia mis cremas no han sido bendecidas con poderes mágicos y el tinte se quedó donde estaba. Una segunda limpieza no mejoró mucho más las cosas. 

Menos mal que las mujeres disponemos de un arsenal de productos de maquillaje. Sin duda iba a necesitarlos todos. Empecé por el corrector. En vez de maquillaje, opté por una BB cream. Craso error, demasiado ligera. Todo lo arreglaría una buena capa de polvos. Quizá una segunda capa... Bajo la luz del baño se veía algo mate pero no tenía mala pinta. Faltaba el colorete, seguro que así terminaba de contrarrestarlo. Máscara, pintalabios... Era hora de salir. 

La entrada en el ascensor fue triunfal. El foco me iluminó de pleno, lo sé porque me vi en el espejo nada más abrir la puerta. Si no hubiese sido por la hora, habría dado media vuelta para regresar a casa. Me armé de optimismo. Quizá fuese culpa de la bombilla. Esperaría a emitir un dictamen hasta verme bajo la luz natural. El momento de la verdad llegó en el primer semáforo. 

Definitivamente hay excepciones para todo, incluso para el uso del burka, y sin duda habría agradecido tener uno a mano en el trayecto al hospital. No me miré más en el espejo retrovisor, ojos que no ven..., pero mis manos en el volante, teñidas del mismo tono amarillo que mi cara, delataban mi hazaña. 

Entré al hospital por una de las puertas laterales, subí por los escaleras encomendándome a todos los santos para no cruzarme con nadie. En la consulta, unas gasas empapadas en la solución hidroalcohólica del lavado de manos (que también las despelleja) devolvieron a mi piel su palidez habitual. ¡Ufff! Delante de los pacientes mejor parecer un fantasma que un Simpson. 

martes, 24 de marzo de 2015

El hamster

A cada vuelta del tambor de la lavadora, Eugenio se desesperaba. El aparato se detenía y era necesario reiniciarlo de nuevo. Tenía el dedo tetanizado. Mamá le había castigado a montar guardia, y a apretar el botón. A fin de cuentas, según sus palabras ¿acaso no era él el responsable de la avería? Siempre le caían todas las culpas. Era un incomprendido, no entendían que se había visto abocado a ello. Nadie había sabido explicarle el mecanismo de la máquina y, no contentos con su ignorancia, a la que él intentaba poner remedio, le habían echado la gran bronca cuando pretendía averiguarlo por su cuenta. No sirvió de nada que les explicara que, si no desmontaba las tripas, ¿cómo iba a estudiarlo? Ahora tenía que pagar por la incompetencia de papá que no había montado bien, de nuevo, las piezas. Eso es lo que sucedía por no investigar.

El castigo era de lo más aburrido. Por un momento se planteó si aquella carraca funcionaría mejor con el hamster de su hermano en el interior. Al menos el animalillo le ahorraría el trabajo de tener que darle vueltas casi manualmente. Dudaba que el pobre bicho fuese capaz de alcanzar las mil doscientas revoluciones del centrifugado pero, para confirmarlo, nada como llevar a cabo el experimento. Seguro que al animalillo le gustaría disponer de una rueda tan grande para correr. Además, observarle haría su trabajo mucho más entretenido. Impulsado por la curiosidad y la ciencia, se decidió a probar su hipótesis.

domingo, 22 de marzo de 2015

Corregir

Where words leave off, music begins. Heinrich Heine
Donde lo dejan las palabras, empieza la música. Heinrich Heine. 

Me he pasado el fin de semana escribiendo. Nada para el blog, ni tampoco una nueva idea. La semana pasada me llegaron los ejemplares de prueba de Las perlas de la sirena y fue abrirlos y saltarme a los ojos lo que debía corregir sin tardanza. Ante la evidencia no tuve más remedio que rendirme y ponerme a ello.

Corregir es una tarea desagradecida. Cambias un verbo y, sin darte cuenta, sumas una nueva errata, a veces porque no tienes en cuenta que necesitas modificar o eliminar la preposición de turno y otras, simplemente, porque alteras el tiempo verbal y todo lo que va detrás no concuerda. Reajustarlo es trabajo de titanes, implica revisar y reajustar cada forma verbal hasta que al final no sabes si ahí corresponde un condicional, un pluscuamperfecto o incluso un futuro de subjuntivo, conjugación que, nunca antes, se te había ocurrido utilizar. Eso con un simple verbo. Cuando se añade un párrafo, lo que le sigue se convierte en una gran hecatombe. Doy gracias por el copiar, cortar y pegar de Word. A veces pienso en cómo se las apañaban los escritores antiguos y los veo armados, no con pluma y tintero, sino con tijeras y cola, para reconfigurar los pedazos de su novela.  

Corregir es, además, una tarea absorbente, es preciso concentrarse porque despistarse un instante supone, por mera ley de Murphy, saltarse un error, más o menos garrafal, que por supuesto aparecerá cuando parezca que, por fin, todo ha concluido y se decide dar el ansiado visto bueno. Ese punto final se resiste más que una fiera y a ratos se diría que nunca llega.

Lo más sangrante del caso es que presenté el libro al concurso de Bubok y ver los fallos, sabiendo que el texto está delante de un jurado, me abochorna. Me gusta usar palabras bonitas, sé que peco de preciosista, pero de ahí a resultar cursi hay un paso, si llega. En ocasiones, descubro frases en las que me he excedido en mi búsqueda de la belleza y en las que la imagen va a explotar entre rosas, rayos de luna y reflejos de fuego. También pienso que quizá sea demasiado optimista si creo que de verdad van a leer mi libro. C'est la vie... y no es perfecta. Mi libro tampoco lo es, pero es bonito. Me falta mentalizarme y asumirlo. 

lunes, 16 de marzo de 2015

Adios pequeña

El muñeco fue el primero en cerrar los ojos. Se sentía incapaz de mirar a la habitación en el instante en el que todo en ella se despedía en silencio de su dueña. Deseaba recordarla para siempre como en los viejos tiempos, cuando era una niña y no tenía más príncipe azul que él. ¡Habían vivido tantas aventuras juntos! Era su heroína. Lo había rescatado un millar de veces de las garras del dragón de su hermano que lo mantenía secuestrado. Juntos habían organizado expediciones para buscar tesoros ocultos en las oscurísimas cuevas que se esconden bajo la cama. Ambos compartían confidencias y deseos de cumpleaños. Habían leído todos los cuentos de la estantería y se habían imaginado nuevos principios y continuaciones para los finales. Ella protegía su sueño, a su lado no existía el miedo, las pesadillas no tenían nada que hacer contra sus fuerzas unidas. Si se lo proponían eran capaces de mover el mundo, para ello sólo era preciso recorrer la habitación, dando vueltas, hasta conseguir que la Tierra siguiera sola incluso cuando paraban.  Al enamorarse de otro, ella le había dado a él su primer beso, sin saber que un muñeco jamás olvida el primer beso.

Era suyo, suyo para siempre. Ella era su vida. ¿Cómo soportar que aquello se acabase? Le dolía. ¿Era la muerte igual de dolorosa? Suspiró. No se atrevía a abrir los ojos. Se la imaginaba envuelta en los tules de aquel traje blanco, digno de su princesa, que reposaba sobre la cama y que, en un gesto infantil, le había mostrado con el rostro radiante de ilusión. Giró con el vestido abrazado contra su corazón. ¿Te gusta? le preguntó desde su nube. ¿Qué si le gustaba? ¡Ojalá fuera él el que la esperase en el altar!

miércoles, 11 de marzo de 2015

Si me opera Ud...

Ganarse la confianza de los pacientes no siempre es fácil, hay quien viene entregado y está dispuesto a ponerse en manos del médico sin pensárselo y, por desgracia, también existe el caso opuesto, el del que jamás se dejará tocar por el facultativo, ni siquiera para que le explore. Afortunadamente estos últimos son raros. Entre medias hay todo un rango.

Hace poco me tocó en consulta una paciente a la que seguíamos desde hacía tres años. La habíamos visto varios y todos le habíamos explicado que debía someterse a una cirugía, que lo que su tumor no era ni malo ni grave pero tampoco era bueno dejarlo ahí para que creciese. Las pruebas de la última revisión confirmaron que la lesión había aumentado de tamaño. Hablé con la mujer y le insistí de nuevo en la cirugía, le comenté que, a más grande la lesión, mayor riesgo de complicaciones. No se me ocurrió nada mejor que contarle en que consistía la intervención, desde el diseño de la incisión disimulada en la zona de la oreja, a cómo proceder para la liberación de la glándula parótida de los músculos y cartílagos para localizar el nervio facial y seguir sus ramas en la disección para evitar lesionarlas y que terminase con la cara torcida por la parálisis. La paciente se puso a llorar y supuse que era un caso perdido. No quise presionarla más y decidí concederle otros seis meses de indulto para que se lo pensara. Sin embargo, cuando se lo dije, me sorprendió.
- ¿Y me operaría Ud? - me preguntó llorosa. 
- Seguramente. 
Aunque cada uno suele intervenir a sus enfermos, hay ocasiones en que esta regla no se cumple a rajatabla. La situación más extrema se da cuando la Consejería decide vender lista de espera y derivar clientes a otros centros, todo un despropósito. 
- Es que si me opera Ud, entonces sí que me opero. 
¿Quién se lo habría imaginado? Las lágrimas no parecían una buena pista. Antes de que cambiase de opinión, le pedí el preoperatorio, le di el consentimiento (con el que cualquiera lloraría) y puse una nota en las observaciones de la inclusión en lista de espera para asegurarme de ser yo quien la operase. El jefe me la programó a mi regreso de las vacaciones navideñas, supongo que para que me pillase con todas las fuerzas. 

La mañana del quirófano me encontré a la mujer con su hija en el pasillo según iba a ingresar. La saludé y la tranquilicé, mejor dicho lo intenté. Un paciente suspendido adelanto su hora de cirugía y apenas le dio tiempo a esperar, ni a pensar. La operación transcurrió sin problemas y la enferma se fue de alta al día siguiente con la cara en su sitio.

Nunca hay que cantar victoria antes de tiempo y, a los pocos días, la mujer regresó con un seroma en la zona. Dada la naturaleza de la cirugía es algo frecuente: los restos de glándula producen saliva que se acumula en la herida. También es algo incómodo y muy latoso. El problema es que tarda en resolverse, hay que esperar a que la cicatriz termine de fibrosarse o cruzar los dedos para que el líquido encuentre una ruta alternativa que lo conduzca hacia la boca. Hasta entonces hay que drenarlo y curarlo, vendaje de cabeza incluido, para ayudar a que los tejidos se fibrosen, se peguen y evitar que se infecten. Así se lo expliqué a la paciente, que no se mostró demasiado ilusionada ante la perspectiva. Le gustase o no el plan, a la pobre no le quedó más remedio que acudir a la consulta y someterse a la necesaria tortura durante todo un mes. Creo que, cuando al fin le di el alta, no le quedaron ganas de volverme a ver.

jueves, 5 de marzo de 2015

Vértigo

La residencia está llena de primeras veces: las primeras amígdalas, la primera laringe, el primer vaciamiento, el primer oído... Aún así, veinte años después (como los mosqueteros), aún hay alguna primera vez.

Desde hace años me peleo con el vértigo de Menière de una paciente. Lucho y pierdo cada batalla. No entiendo por qué la enfermedad responde al tratamiento en unos casos y, sin embargo, en otros, aparentemente similares, no hay manera de dar con algo que les alivie. Leí, probé, inyecté y hasta inventé sin resultado. A veces surgía un rayo de esperanza, pero nunca duraba. Las crisis volvían y el mundo giraba en el interior de mi enferma igual que un tornado. Por desgracia las cosas empeoraron: el suelo se abría y la mujer se desplomaba sin previo aviso, aunque consciente de lo que le pasaba. El oído culpable perdía audición sin remedio.

La baja se prolongaba a pesar de la incompetencia del juez que, en contra de todas las recomendaciones médicas, la declaró apta para ejercer su trabajo, nada menos que de conductora. Lo menos que un juez debería poseer es sentido común. Había que hacer algo y la única opción que nos quedaba era la cirugía. Podía destruir el oído o remitirla a otro hospital para que seccionasen el nervio vestibular por un abordaje intracraneal. Dado que en ese oído no quedaba audición que preservar, la enferma se decantó por la primera opción, no le apetecía que le abriesen la cabeza.

No me hacía ilusión destruir el oído. Cuesta tomar una decisión tan extrema, es como tirar la toalla. Había intentado salvarlo por todos los medios y había fracasado. Iba a ser la primera vez que tenía que hacer esa cirugía.

Conocía la técnica, en realidad no es más que una variante de la estapedectomía, pero con un estribo sano y sin prótesis para sustituirlo, no se necesita cadena osicular para estimular un oído interno muerto. Opté por un abordaje a través del conducto, esa vía es menos agresiva y la cicatrización más rápida y llevadera, aunque ha de hacerse bien para que no queden restos de neuroepitelio. Enfoqué el microscopio. Marqué la incisión en la piel, alrededor de la mitad posterior del tímpano y levanté el colgajo para entrar en el oído medio. La anatomía no era demasiado favorable, una ceja de hueso tapaba el estribo. Fresé y cureté el marco hasta hacerme hueco y controlar la ventana oval, el lugar en el que la platina del estribo, mi objetivo, contacta con el oído interno.

Desarticulé el yunque del estribo y retiré los dos huesecillos. En medio del campo, cubriendo la porción superior de la ventana oval, cruzaba la segunda porción del nervio facial. En esa posición no me iba a facilitar las cosas.

Rompí la ventana para entrar en el vestíbulo del oído interno. Una vez dentro introduje ganchitos de distintos tamaños para arañar bien todo el interior y así arrancar y extraer el neuroepitelio. No debía dejar nada o el vértigo regresaría. Insistí hasta quedarme satisfecha. Para asegurarme fresé la pared y uní la ventana oval con la ventana redonda, más que una ventana dejé todo un balcón. Después rellené la cavidad con las gelitas reabsorbibles impregnadas en gentamicina, un antibiótico tóxico para el oído interno.

Si todo había ido bien la paciente se despertaría con un vértigo que le duraría varios días. Esperaba que fuese el último. Me alegró comprobar que al día siguiente ni siquiera podía abrir los ojos. Tardó otros dos días en ser capaz de levantarse al sillón. El cerebro es el que se encargará de compensar el deficit y, hasta entonces, la pobre mujer andará inestable, aunque cada vez menos. ¡Ojalá ya sea sólo cuestión de tiempo!