miércoles, 24 de diciembre de 2014

El calor de diciembre (12)

CAPÍTULO 12 : NOCHEBUENA

Nicole abrió los ojos. Sintió el peso del libro sobre el pecho. Se había quedado dormida mientras leía. Su aventura la había dejado agotada. Entornó de nuevo los párpados. Aún notaba el cuerpo pesado, con el sueño pegado a sus miembros. ¿Qué hora sería? En Nochebuena la espera hasta la noche se le hacía siempre eterna. Miró de reojo el reloj colocado encima de la chimenea. Inmediatamente pegó un respingo. ¡Las 10! ¡Imposible! No podía haber dormido tanto tiempo.

Se asomó a la ventana de la biblioteca para cerciorarse. En ese momento el cielo se inundó de luces boreales y su reflejo barrió la oscuridad de la noche polar. A pesar del lo tarde de la hora, Nicole no pudo evitar contemplar hipnotizada el espléndido espectáculo de la aurora. Observó la llamarada fluorescente alzarse en el horizonte y flotar sobre el viento en un río ondulante de aguas doradas. Las luces se esparcieron. Una cascada violeta se derramó sobre el suelo entre irisaciones esmeraldas. La luz se recogió en un remolino y la espiral giró sobre sí misma antes de desplegarse en un estallido vibrante que recorrió el firmamento de un extremo a otro en una danza vertiginosa para finalmente ascender hacia los confines de la atmósfera y desvanecerse en el espacio. Incluso el viento se detuvo en ese instante. Sólo se oía el silencioso sonido del rocío escarchado sobre la nieve cristalizada.

Con la excitación del espectáculo, Nicole dejó atrás todo rastro de cansancio. Se sentía despejada y alerta. Debía darse prisa. ¡Se acercaba el momento en el que el abuelo Claus despegaría en el Gran Trineo a repartir los regalos!

Salió de la habitación. La casa estaba inusualmente silenciosa. ¡Qué raro! Se acercó a la cocina. Le extrañó aún más no encontrar allí a su abuela liada con los últimos preparativos de la cena. ¿Habría ocurrido algo? ¿Y si había surgido algún problema en el taller? Después del retraso provocado por su aventura el ritmo de trabajo había sido frenético. Afortunadamente todo se había terminado en el plazo previsto pero... ¿Y si habían descubierto algún terrible error a última hora? Semejante catástrofe explicaría que la casa estuviese deshabitada y que nadie la hubiese avisado. Aunque tenía el acceso vedado al taller, decidió acercarse por allí por si necesitaban su ayuda.

Según salió tuvo la certeza de que algo andaba mal. El taller apenas se distinguía del resto del paisaje. Su contorno, siempre encendido a esas alturas del año, estaba completamente apagado. ¡No salía ni una chispa de luz de su interior! Nicole no recordaba habérselo encontrado nunca así.  Se asomó a las ventanas pero no pudo distinguir nada en la oscuridad. Aún así le pareció oír un sonido muy tenue, como unos murmullos amortiguados. Entreabrió la puerta con cuidado.
- Abuelo ¿estás ahí?- preguntó
Nadie le respondió, ni siquiera el eco habitual de los lugares vacíos. De hecho el taller no transmitía la impresión de estar desierto. Cierto que no había paquetes por los rincones y que las mesas seguían apartadas en los laterales. Sin embargo se respiraba una tensión expectante en el ambiente. La muchacha abrió la puerta de par en par y distinguió la sombra de un objeto en medio de la sala. Se aproximó a él. Al ir a tocarlo, la claraboya del techo se encendió.
- ¡Sorpresa!- gritó un coro de voces.

Nicole levantó la vista sorprendida. Detrás de la puerta y al fondo del taller estaban sus abuelos y el equipo al completo de duendes. Todos se acercaron a ella y formaron un círculo cerrado a su alrededor. La joven se fijó entonces en el objeto que tenía al lado. Se trataba de un pequeño trineo rojo, idéntico al de su abuelo salvo por el tamaño y por una original cubierta de cristal que le recordó a una escafandra. Tan idéntico era que incluso contenía unos cuantos paquetes de regalos. La locuaz muchacha se quedó muda durante un instante.
- ¿Es para mí? - musitó ilusionada, con un hilo de voz prácticamente inaudible.
- ¿Para quién si no? - le contestó Santa con un guiño.

Nicole contempló su regalo con un nudo en la garganta, demasiado impresionada como para expresar su gratitud con palabras. Acarició con reverencia la madera sin atreverse a entrar en el nuevo trineo, su Trineo. Evitó cualquier movimiento brusco no fuese a despertarse de ese maravilloso sueño.
- ¡Feliz Nochebuena querida!- le deseó su abuela.
Nicole se separó de su regalo para abrazarse a sus abuelos.
- ¡Oh! ¡Gracias, muchísimas gracias! Es una Nochebuena muy feliz - declaró.
- ¡Bueno! Creo que ha llegado el momento de celebrarlo y tomar fuerzas antes de partir – sugirió Santa.
- ¡Pero sí en la casa no hay nada!- señaló Nicole.
- En la casa no, pero aquí sí – aclaró su abuela.
Efectivamente, las mesas del taller, en lugar de las pesadas máquinas de los duendes, soportaban cientos de bandejas llenas a rebosar de pasteles dulces y salados, canapés, hojaldres, fiambres y ahumados y un sinnúmero de exquisiteces.
- ¡Qué buena pinta tiene todo! ¡Me acabo de dar cuenta de que estoy hambrienta! - reconoció Nicole.
- Me habría extrañado que no fuese así. Aunque, quién sabe, con la emoción podías haber perdido el apetito.
- Mucho me temo que el efecto ha sido el contrario – observó el abuelo mientras la chiquilla escogía pequeñas raciones de cada bandeja hasta no dejar un hueco su plato. - Creo que voy a imitarla.
- ¡Nicolás, modérate!- le recomendó su mujer. - Ya sabes que esta noche te hincharás de “tentempiés” y mañana, a la vuelta, te espera el desayuno de Navidad. No quiero que luego te pongas malo.
- De acuerdo, lo tendré en cuenta y te haré caso - le prometió su marido. - No me indigestaré, o al menos lo procuraré.

El ambiente era de lo más alegre y distendido, aunque algo silencioso. El motivo no era otro que el que todos tenían la boca ocupada en masticar, y eso les impedía hablar. Pese a ello, los brindis, algunos con un ímpetu excesivo para lo delicado del cristal, y las efusiones de cariño, abrazos, besos y felicitaciones se sucedían por doquier, sin pausa ni respiro.

Se acercaba la hora mágica. A pesar de las prisas, todos recogieron su plato, ninguno deseaba arriesgarse a recibir los reproches de Helga, y tras ello salieron precipitadamente para alcanzar uno de los huecos de primera fila, los que ofrecían una visión completa del reloj. Star avanzó unos pasos hacia Nicole e inclinó su cabeza hacia el pequeño Trineo. La joven leyó su gesto y levantó las cejas, esperanzada y confusa.
- ¿Nosotras también?- consultó.
- No pensarías que este bonito Trineo es simplemente para jugar en la nieve – le respondió su abuelo.
Entusiasmada, la chiquilla ajustó alrededor del cuerpo de la reno los suaves arreos de piel. Lentamente, se deslizaron sobre la nieve. El diminuto aparato era muy ligero y a la reno no le costaría nada volar con él enganchado. Sin embargo no era eso lo que pretendía.
Star se detuvo frente a la orilla del mar.  Un delfín saltaba alegremente entre las olas.
- ¡Nemo!- exclamó Nicole al verle - ¡Qué alegría!
El cetáceo se acercó a la playa y realizó una cabriola para saludar a la niña que aplaudió entusiasmada.
- ¿Has visto? Tengo un Trineo para mí y esta noche voy a salir en él, al igual que el abuelo.
Nemo asintió con una voltereta y le hizo un guiño a la reno. Nicole captó aquella señal y la miró extrañada.
- ¿Hay algo que aún no sé? - preguntó.
Los dos animales asintieron con un gesto.
- ¡Cuéntaselo ya!-  pidió el delfín.
Nicole juntó sus manos en un gesto de súplica.
- ¡Por favor! - pidió.
- ¡Vale, vale! Yo tampoco puedo aguantar más. No seré yo sino Nemo quien conducirá tu Trineo esta noche. Los Señores Claus pensaron que desearías regresar al océano y repartir regalos a los amigos que te ayudaron -  le explicó Star.
- ¡Oh, sí! ¡Me encantaría! ¡Es un plan perfecto!- declaró la joven.

En un tris, liberó a la reno. Se escuchó el retumbar de un trueno. ¡No era una tormenta sino la primera campanada! Le siguió el deslumbrante chasquido de un relámpago, una fusa fugaz y un beso, o puede que más de uno. Sonaron risas, redobles de percusión y un rítmico acorde de vals antes de dar paso a la gaita de Brioso. Al oírse la lejana sirena amortiguada a la que respondía Rudolf, Nemo se enganchó en el arnés de Star. Nicole cogió las riendas, bajó la cubierta de cristal y, al final de la carcajada del abuelo, ¡Jo, jo, jo!, en el duodécimo tañido, el Pequeño Trineo resbaló hasta el mar. Los esquíes giraron hacia los lados, cortantes y afilados como aletas, mientras el vehículo se sumergía hacia las profundidades.

En el eco de la duodécima campanada, el tiempo se detuvo para alargar la noche. Desde su Pequeño Trineo submarino Nicole miró al cielo y, entre las estrellas, vio recortarse la silueta del Gran Trineo. El vehículo se elevó hasta que sólo distinguió la navideña y colorada nariz de Rudolf. El agua se agitó. Volando entre ambos Trineos, Star pintaba crestas de espuma y nieve sobre las olas.

FIN

El calor de diciembre (11)


CAPÍTULO 11: EL SUEÑO

Cubierta por la capa de terciopelo de su abuelo, rodeada por los sonidos de las olas y el ligero chapoteo de los delfines de tiro, Nicole se sumió en un sueño cada vez más profundo. Cuando un tibio rayo de sol le acarició la mejilla, la muchacha entreabrió un ojo en sueños.

Estaba inmersa en una inmensa esfera azul de paredes cristalinas y fluidas. Miles de gotas refulgían a su alrededor. Al intentar tocar una de ellas, la burbuja se desvaneció bajo sus dedos y, al apartar la mano, reapareció de nuevo. Una corriente de espuma discurría ante ella. Nicole dejó su mirada navegar entre las burbujas y distinguió la ondulación de los delfines. Sus colas resplandecían entre los destellos y un sinfín de algas filiformes se extendían sobre sus torsos a modo de larguísimas cabelleras. Aquellos cabellos se esparcían a su alrededor y al oscilar en la espuma, la encendían con multitud de chispas. Aún medio dormida, se fijó un poco más en los detalles de la escena que la rodeaba. En el lugar de Nemo, se hallaba un ser magnífico. Su rostro lucía una hermosa barba blanca y, sobre su cabeza, Nicole identificó el reflejo dorado de una corona. Cuando aquel rey extendió su brazo y abrió la mano, el tridente que portaba emitió un relámpago cegador. El fulgor impulsó la rauda travesía del Trineo sobre la senda de luz.

La joven permaneció inmóvil, sin atreverse siquiera a pestañear por miedo a despertar de aquel maravilloso sueño, mientras el vehículo, conducido por el Dios de los Océanos y su corte de Tritones y Sirenas, cruzaba el mar a la velocidad del rayo.

En un momento el mar se agitó. Nicole abrió los ojos alarmada y la escena de su sueño desapareció. No todo era irreal: aún era una niña sobre un Trineo tirado por delfines en medio del océano. Por desgracia también había algo más, un extraño e inmenso pez se aproximaba en dirección contraria. Se asemejaba a un torpedo, e iba tan rápido como uno. El choque era inevitable. Nicole se tensó en el asiento y contuvo la respiración. El inmenso pez se acercaba como una exhalación. El Trineo se haría añicos. Cerró los ojos. No habría Navidad ese año. ¡Ojalá no fuese más que una pesadilla!

Esperó. Fue un instante eterno que se alargó sin que llegara la colisión. Antes del encuentro, el Trineo inició el ascenso hacia la superficie y el pez le siguió en su camino. Ambos emergieron casi simultáneamente.

Hacía frío. ¿Era el frío del fin? Nicole abrió los ojos y contempló las estrellas desperdigadas sobre la oscura bóveda de la noche. Algunas yacían salpicadas entre las olas, casi al alcance de la mano, y tiritaban mecidas por el vaivén del agua. Una estrella trazó un arco antes de caer hacia el Trineo y posarse con suavidad en él.
- ¡Star!- exclamó Nicole. La niña se abrazó al cuello de la reno y la besó con cariño.

La silueta del extraordinario pez se alzó sobre el océano. El agua se derramó por sus laterales en una fina cascada y reveló una pátina metálica sobre su cuerpo sin escamas. En su dorso sin aletas se abrió un opérculo y a través de la abertura emergieron Claus y Helga.
- ¡Abuelos!- susurró Nicole, con la voz ahogada por la emoción y las lágrimas que rodaban por sus mejillas.
Sin pensárselo dos veces, la joven se tiró al mar para salvar a nado la corta distancia que la separaba del submarino. Sin embargo no llegó a tocar el agua. Nemo saltó para recogerla sobre su dorso y el haz de luz de Star la depositó en los brazos abiertos de su familia. Incapaz de articular una palabra, Nicole se hundió en el abrazo de Helga y Claus.

Claus fue el primero en despegarse de su nieta. Con un gesto saludó a los delfines que contemplaban la feliz reunión aún unidos al Trineo. Lo remolcaron hasta colocarlo sobre la cubierta de la nave. Con una serie de giros, y la ayuda de Nicole, se liberaron de sus arreos.  Al alejarse marcaron una senda de espuma en el océano. El submarino se sumergió en ella y, como un delfín más, se dirigió al Polo convertido en un destello.

martes, 23 de diciembre de 2014

El calor de diciembre (10)

CAPÍTULO 10: EL EQUIPO DE TIRO

Sin dar más explicaciones, Nemo desapareció bajo la superficie. Intrigada, Nicole le siguió con la mirada. Se sintió de nuevo muy sola. ¿Por qué todos, cuando tenían alguna idea para rescatarla, comenzaban por abandonarla? El delfín dio un salto y levantó con él un chorro de agua que se derramó en una lluvia de pequeñas salpicaduras. El cetáceo no se alejó demasiado. Nicole aguzó el oído para distinguir los agudos sonidos que brotaban de su cabeza, curiosamente parecían multiplicarse en la distancia. Enseguida descubrió el motivo.  Nadando, saltando y haciendo un sinfín de acrobacias distinguió una manada de delfines muy similares a Nemo. Los cetáceos surcaron el agua a gran velocidad, hasta detenerse alrededor de su compañero. Conferenciaron juntos durante unos segundos antes de acercarse al iceberg.
- Nicole, - anunció Nemo, - te presento a  Naiad, Thalassa, Despina, Galatea, Larissa, Proteo, Tritón y Nereida.
- ¡Encantada! ¡Qué nombres tan bonitos! - comentó la joven.
- Me alegra que te gusten. Son nombres de lunas, – le explicó Tritón halagado.
- ¿Lunas? - se extrañó Nicole. - ¿De dónde?
- Son lunas de Neptuno – aclaró Naiad.
- Los delfines somos gregarios, - interrumpió Nemo. - Nos movemos casi siempre en grupo y estos son mis compañeros. He pensado que no nos costaría demasiado remolcar el Trineo a través del océano. De hecho nos resultaría bastante sencillo, estamos acostumbrados a actuar en equipo. Con frecuencia jugamos a sincronizarnos para realizar saltos y piruetas.
Por si la chiquilla precisaba una demostración, los nuevos delfines realizaron toda una serie de saltos en su honor. Al terminar la niña les aplaudió entusiasmada.
- ¡Cómo me gustaría saber hacer eso! - suspiró.
- Tal vez en otro momento. Ahora hemos de evitar que termines a la deriva y conducirte a tierra, al Polo Norte si así lo deseas, lo más rápidamente posible.
- ¿Haríais eso? - preguntó conmovida la muchacha - ¿En serio? ¿Les parece bien a ellos?
- Por supuesto. Ya ves lo rápido que han acudido todos a mi llamada. Les he explicado lo que ocurría y no han dudado ni un segundo en ayudar a la nieta de Papá Noel. Opinan que sería una desgracia no llegar a tiempo de salvar la Navidad. Quieren actuar, no quedarse de “aletas cruzadas”.
- ¿Un Trineo Mágico tirado por delfines? - se ilusionó la joven - ¡Es un plan genial!

Nicole observó al grupo de animados delfines que saltaba alrededor del bloque de hielo. Pese a la llamativa reducción de su tamaño, el iceberg era aún bastante grande y la diferencia de altura con respecto al nivel de las olas convertía en imposible la tarea de colocar los arneses a los cetáceos.
- No voy a tener más remedio que lanzar el Trineo al agua para que os podáis enganchar- les informó. - Pero antes de nada, he de prepararlo todo bien para asegurarme de que flote con facilidad y os cueste menos arrastrarlo.

La joven cogió los flotadores de los renos y los infló con ayuda de la bomba. A continuación, los encadenó en una soga y los amarró, uno por uno, a las barandillas laterales. Comprobó la firmeza de sus nudos. Por último, tiró de la válvula de su propio chaleco salvavidas. Subió al pescante y soltó el freno.
- ¿Preparados?- consultó.
- ¡Estamos listos! – asintió Nemo.
- ¡Pues allá voy!
Con cuidado, la muchacha se situó detrás del trineo y, al igual que había hecho con Star, lo empujó con fuerza. Poco a poco el aparato se deslizó sobre el hielo. Pese a que sus botas se escurrían sobre el suelo, Nicole no aflojó en su empeño ni soltó la presa de sus brazos sobre el aparato. Resbaló aferrada a él. Afortunadamente, no sólo las botas, sino también los esquíes patinaban con facilidad y la inercia del pesado armatoste le hizo ganar velocidad según se aproximaban al borde del témpano. Nicole saltó al interior de la cesta una fracción de segundo antes de que la máquina saliera lanzada hacia el agua.

El trineo cortó el aire y voló unos centímetros antes de caer casi en picado. Su tripulante se agarró como una lapa a los enganches que aseguraban la lona de cubrir los regalos y se enroscó cómo pudo con ella. El amerizaje la zarandeó con fuerza y la inmersión levantó una columna de agua y espuma, sin embargo la gruesa tela impermeable evitó que terminase calada hasta los huesos, aunque no impidió que acabase algo mojada. El vehículo emergió ayudado por la ristra de flotadores de sus lados. Una vez terminó de balancearse, Nicole dejó su posición y se dirigió al pescante. El grupo de delfines, con una exhibición de acrobacias, se acercó al peculiar bote.
- ¿Cómo os pongo los arreos?- les consultó Nicole. - Están pensados para renos, no para delfines.
- No te preocupes, seguro que podemos engancharnos bien con ayuda de las aletas. Lo más fácil es que arrojes las correas al agua y nosotros nos encargamos de que queden bien sujetas.
- De acuerdo. ¡Allá van! - avisó la niña mientras las lanzaba.

Nemo buscó la posición de cabecera del aparejo y tiró de ella para estirar las bridas sobre el agua. El resto de los cetáceos, se alinearon en dos filas a los lados. Se sumergieron a la vez y tras un instante emergieron juntos de nuevo. En la maniobra introdujeron sus cuerpos entre el atalaje. Con una pirueta ciñeron las cintas a sus flexibles cuerpos hasta que dejarlas perfectamente adaptadas. Proteo levantó una gran tromba de agua al situarse en la posición de Trueno. Despina, cuya mancha blanca del lateral brillaba como un relámpago, escogió la de Rayo. La dulce Naiad ocupó la de Cupido y la veloz Larissa se adueñó del lugar de Cometa. Las pizpiretas Thalassa y Nereida se instalaron en los puestos de Traviesa y Saltarín,  Galatea giró con la misma elegancia que Danzarín y Tritón surgió del agua con la energía de Brioso. Nemo se enganchó en la guía de la cabeza de Rudolf. El equipo de mamíferos marinos tiró entonces de la nave que se deslizó en el agua con la misma facilidad que sobre la nieve.
- ¡Funciona!- exclamó Nicole. - ¿Estáis cómodos? ¿No os molestan los aparejos?
- En absoluto - le aseguró Nemo. - ¿Nos ponemos en marcha?
- ¡Adelante! - respondieron todos al unísono.

La joven estudió maravillada la coordinación de su equipo de tiro. Ayudados por la corriente, más que nadar, parecían volar sobre el agua. A pesar de la velocidad, el trineo navegaba con suavidad y Nicole sintió que su cuerpo se relajaba y los párpados le pesaban. ¡Qué cansada estaba! Los ojos se le cerraban. En un instante, sin darse cuenta, se quedó dormida.

lunes, 22 de diciembre de 2014

El calor de diciembre (9)

 CAPÍTULO 9: NEMO

Al despedirse de Star, Nicole no pudo evitar que la invadiese la congoja. Para sobreponerse le pidió un deseo a aquella “estrella fugaz”. Pese a saber que la ayuda volaba de camino, se sentía pequeña, sola e indefensa, a merced de los vaivenes de un ridículo trozo de hielo a la deriva en medio del inmenso océano. Se encontraba perdida y desamparada sobre su isla helada. Fijó la vista en el horizonte del norte y repitió su deseo, a pesar de que ya no quedaba ni rastro de la estela de la reno en el firmamento.

Deprimirse no iba a arreglar nada en absoluto, debía reponerse, sacudirse ese estúpido abatimiento que no la llevaba a ningún lado. Contempló el cielo, tan azul que, salvo por las olas, apenas se distinguía del océano. No se divisaba ni media nube y el sol ganaba en intensidad según la acompañaba hacia el sur. Independientemente de las circunstancias, hacía un día precioso: diáfano de puro claro, de perfiles nítidos y tan radiante que su mera luminosidad alentaba el optimismo. Se convenció de que, en un día así, todo debía salir bien. El calor picaba. Nicole se desabrochó su grueso anorak, sonrió y realizó una alegre pirueta sobre sus botas. Ya que no le quedaba más remedio que esperar, al menos disfrutaría de lo que la rodeaba.

Su estómago gruñó. En su desventura se había olvidado de comer y no había probado bocado desde el apetitoso, y afortunadamente abundante, desayuno. Se alegró de no haber contenido esa mañana su glotonería, según la definía su abuela. En su opinión no era glotonería sino necesidad: estaba creciendo y, después del ayuno nocturno, se levantaba famélica. Casi tanto como ahora. ¿Qué hora sería? Miró su reloj de pulsera, ¡pasaban las 5 de la tarde! ¡Imposible, el sol estaba demasiado alto para el hemisferio norte en invierno! Si parecía mediodía. Miró el reloj de nuevo. ¿Estaría estropeado? ¿habría recibido algún golpe durante la caída? Sería una lástima, le tenía mucho cariño, era un regalo de sus abuelos. Esperaba que, en ese caso, tuviese fácil arreglo. Pegó la muñeca a su oído y le tranquilizó escuchar el tic-tac que indicaba que la maquinaria funcionaba. De repente cayó en la cuenta: no había contado con los husos horarios. Al principio de su viaje se había dirigido hacia el oeste, lo que explicaba que fuese más temprano allí que en el Polo. Efectivamente, a esa longitud debía de ser mediodía.

Llámese comida o merienda, el caso es que llevaba horas sin comer y un pequeño tentempié no le iría nada mal. Se subió al Trineo e investigó entre las delicias que, todos los años, contribuían a hacerle perder, aún más, la línea a su abuelo. Menos mal que en su caso no repercutía en el resto de su salud, siempre excelente. Claro que ese rasgo de su naturaleza formaba parte de su singularidad.

Sacó todas las cajas almacenadas en el interior del banco y las desplegó sobre la cesta. No sólo había numerosos dulces: chocolates, bombones, barquillos, tartas, galletas, pasteles, sino que también encontró agua, refrescos, batidos y termos con té y café cuyo contenido aún se mantenía caliente. No faltaba tampoco un excelente surtido salado: empanadas, embutidos, quesos, pequeños sandwiches y canapés variados. Incluso descubrió algunas manzanas, un poco arrugadas pero de olor penetrante. Escogió una y se la acercó a la nariz. ¡Qué aroma más delicioso desprendía! Mataría el gusanillo con ella. Dispuesta a perder la línea antes que a morir de inanición, se preparó un buen festín mientras daba buena cuenta de la sabrosa manzana. ¡Estaba realmente buena!

¿Por dónde empezar a atacar? Estaba tan muerta de hambre que lo mejor era no dejar nada sin probar. Además, de ese modo complacería a todos los niños que con tanta ilusión le habían dejado esos detalles al abuelo. Una vez satisfecha la primera urgencia ya habría tiempo de escoger entre sus favoritos y repetir. Se sirvió un platillo generoso de aperitivos y se acomodó en el sillón a disfrutarlo. Después se dedicaría a los postres y, finalmente, remataría la faena con un reconfortante té caliente y un trozo de exquisito chocolate. Le encantaba cuando se disolvía en la boca con el calor de la bebida y entre tanto tesoro había descubierto unas tabletas de aspecto irresistible.

La primera ronda apenas le duró un suspiro. ¡Qué hambre tenía y qué rico estaba! Lo probaría todo de nuevo, un poco más despacio, para saborearlo mejor. Para su tercer servicio fue más selectiva y se limitó a diez o doce manjares diferentes, sus preferidos. Todavía le quedaba hueco para los postres. Mientras masticaba su segundo trozo de bizcocho, detectó, por el rabillo del ojo, algo que se movía en el agua. Se giró con curiosidad y comprobó que se trataba de un delfín que, entre saltos y acrobacias, avanzaba hacia ella. Nicole sonrió y agitó los brazos, entusiasmada por la compañía. El delfín respondió a su señal de saludo con una doble voltereta en el aire. Sus flancos eran de color blanco. Con la sociabilidad característica de estos cetáceos, se acercó hasta el borde del iceberg y emitió un agudo sonido.
- ¡Hola! ¡Buenas tardes!- saludó con su voz vibrante y cantarina – Me llamo Nemo.
- ¡Hola Nemo! ¡Un placer! Yo soy Nicole – se presentó la niña.
- Encantado – respondió el delfín con un salto. - ¿Puedo hacer algo por ti?  ¿Necesitas alguna cosa? - se ofreció solícito.
- ¡Muchas gracias! Con un poco de suerte creo que el rescate ya estará de camino, aunque sinceramente agradecería un poco de distracción mientras llega. Estar perdida y sola es desesperante, – confesó la joven.
- Sí, te comprendo – asintió Nemo. -  No te preocupes, me quedaré aquí contigo. Quizá te parezca impertinente pero estoy terriblemente intrigado por conocer tu historia. Debo reconocer que, al principio, he creído que eras una espejismo. No daba crédito. ¿Cómo has terminado así? No se ve todos los días a una muchacha, montada en un trineo sobre un banco de hielo.
- ¡No, afortunadamente es algo que no se ve todos los días! - bromeó Nicole. - Entiendo que te pique la curiosidad. Supongo que mi explicación te sonará bastante extraña pero es la verdad, sería incapaz de inventarme algo similar: esta mañana, mientras ayudaba a mi abuelo a sacar el Trineo para cargar en él los regalos, una grieta rompió el hielo polar y, sin más, me encontré en esta tesitura: flotando sin rumbo en el océano, encima de un iceberg.
- ¿Trineo? ¿Polo? ¿Regalos? En estas fechas me suena a Navidad.
- Tienes razón, no lo he dicho pero mi abuelo es Papá Noel – aclaró Nicole.
Nemo se quedó mudo durante una fracción de segundo.
- En ese caso... ¿No será éste su Trineo Mágico?- inquirió.
- Efectivamente – contestó su frustrada piloto.
El delfín se alejó unos metros, tomó impulso y se elevó sobre el agua en un salto impresionante, casi tan alto como el iceberg.
- Discúlpame de nuevo si soy demasiado indiscreto pero, ¿y los regalos? - indagó tras amerizar.
- Por desgracia siguen  todos en el Polo Norte y, si no logro regresar a tiempo, es probable que esta Navidad se queden allí – declaró la joven.
- ¡Eso sería terrible!- exclamó el delfín, alarmado - ¡Pobres niños!
Nicole bajo la cabeza con tristeza.
- Lo sé. ¡Ojalá pudiese hacer algo más que esperar! Confío en que mi abuelo venga en mi busca. Él siempre sabe cómo resolverlo todo – afirmó con optimismo y orgullo de nieta.
- Aún así deberíamos hacer algo para ayudarle – opinó Nemo. - Estás muy lejos del Polo y casi a punto de cruzarte con la Corriente del Golfo. Si te atrapa lo primero que hará será conducirte océano adentro, y luego te arrastrará hacia el norte de Europa. No es precisamente un panorama alentador.
- En ese caso, a lo mejor me acerca a Laponia - comentó esperanzada Nicole.
- Mucho me temo que este bloque de hielo se derretirá bastante antes de tocar tierra, y aunque el Trineo esté construido en madera no me parece la embarcación ideal para una travesía transatlántica, y menos aún sin un timón para gobernarlo. No es un buen plan para hacerse a la mar.

Nicole examinó con detenimiento el fragmento helado sobre el que se encontraba. Era cierto que el escalón que la separaba de la superficie del mar había descendido de nivel. Había atribuido el hecho al cambio en las propiedades físicas del agua: la diferente salinidad, densidad y fuerza de flotación. Ahora, además, también le resultaba evidente que el diámetro del iceberg se había reducido considerablemente. Dedujo que, a ese ritmo, en pocas horas se encontraría con el trineo sobre las olas. Distraída, cogió maquinalmente un sándwich del plato olvidado a su lado y lo mordisqueó pensativa.
- ¡Ejem!- escuchó
- ¡Oh! Perdona que no te haya prestado atención,  – se disculpó la joven. - Me he quedado absorta con mis conjeturas. Tienes razón, el panorama no es en absoluto alentador
- No te preocupes, me he dado cuenta de que tenías la cabeza ocupada en cosas más serias. Es que al verte con el sándwich me ha entrado hambre – le explicó Nemo.
- ¡Vaya! ¡Lo siento! No me había dado ni cuenta de que me he puesto a comer. ¿Qué puedo ofrecerte? ¿Quieres otro sándwich? ¿Qué sabor te gusta?
- ¡Queso!- respondió el delfín sin dudar.
- ¡¿Queso?!- se sorprendió Nicole - ¿como los ratones? Nunca lo habría contado entre las preferencias de los delfines.
- Es un gusto adquirido. Admito que no forma parte de la alimentación habitual de los animales marinos pero los delfines somos curiosos, nos gusta el trato con los humanos y, cuando nos acercamos a la costa, nos suelen lanzar algún bocado. De ese modo probamos productos de todo tipo, es interesante variar de vez en cuando la monótona dieta de peces y algas. Fue así cómo descubrí el queso y me conquistó tras el primer bocado. Es mi comida favorita. El problema es que, en medio del océano, salvo en los grandes barcos de pasajeros, no abunda precisamente ese manjar.
- Pues en ese caso he visto algo mejor que los sándwiches - indicó Nicole mientras le mostraba una esfera roja. - ¡Mira! ¡Nada menos que un queso de bola holandés!
Con cuidado, la joven cortó la corteza de cera y sacó una cuña pálida y cremosa. El delfín  atrapó el pedazo al vuelo, con una pirueta que hizo las delicias de la joven. Nicole aplaudió y se apresuró a repetir la maniobra de alimentarle. El cetáceo desplegó todas sus habilidades acrobáticas, secundado por el entusiasmo de la muchacha y la rápida merma de la bola de queso.
- Esto me ha dado una idea – anunció Nemo con el estómago lleno. - Creo que sé cómo ayudarte.

domingo, 21 de diciembre de 2014

El calor de diciembre (8)

CAPÍTULO 8: EL SUBMARINO

Star ascendió hasta confundirse con una nube. Nicole siguió el camino de la nube en forma de reno hasta que la vio disolverse en copos de luz blanca y trenzarse con los rayos de sol.

En el Polo, un destello se alzó sobre el horizonte y dibujó un arco sobre la neblina. Nicolás y Helga reconocieron el singular arco con alegría.
- ¡Es Star!- exclamó la abuela - ¿Traerá a Nicole?.
El arco tocó el suelo y en ese punto se levantó un remolino de luz y nieve. En su interior, la reno recuperó su forma. Los ancianos intentaron disimular su desilusión al descubrir la ausencia de su nieta.
- Lamento venir sola pero nuestro iceberg era tan pequeño que apenas había espacio para despegar y habría sido imposible hacerlo con Nicole – se disculpó Star. - Además, ella no quería marcharse sin el Trineo.
Papá Noel asintió, ya contaba con ello.
- ¿Qué tal está? - preguntó Helga.
- De momento sigue bien, aunque no sé hasta cuándo. Necesita ayuda, y es urgente. El fragmento de hielo se disuelve por momentos y las corrientes lo arrastran a toda velocidad. Va directo hacia las templadas aguas del Golfo, y una vez allí dudo que resista demasiado.

Nicolás apoyó su mano sobre el lomo del animal y le rascó suavemente el cuello, por detrás de las orejas; sabía que esa caricia le gustaba.
- Al menos tú estás aquí y con tu ayuda será todo mucho más sencillo - declaró. - ¡Sin tener una idea precisa de su ubicación no lograríamos dar con ella a tiempo! ¿Dónde la dejaste?
- Cuando salí acabábamos de dejar atrás la bahía de Hudson, pero por lo que pude calcular en el aire de su velocidad y trayectoria deduzco que ya andará cerca de Florida.
- ¿Tan rápido?- se asombró Helga.
- La corriente era muy fuerte - explicó Star – y el témpano tiene una forma afilada, casi como la de una quilla, que favorece su progresión.  Por eso creo que no hay tiempo que perder o el hielo se fundirá con el calor de Florida.
Aquellas noticias no parecieron inquietar demasiado a los ancianos, aunque sí que provocaron que ambos se pusieran inmediatamente en movimiento.
- Estoy totalmente de acuerdo - convino el abuelo. - Debemos ponernos en marcha cuanto antes. Espero que las reparaciones hayan concluido
- ¿Reparaciones? ¿Qué había que reparar? - preguntó extrañada la reno mientras les seguía. ¿Acaso poseían algún medio de transporte que ella desconocía? Le extrañó no dirigirse al taller, sino en dirección contraria, hacia la costa. - ¿Dónde vamos?
- Vamos a los muelles de la antigua base científica – le respondió Helga
Star cada vez estaba más desconcertada. No comprendía de qué hablaban.
- No disponíamos de medios para salir en vuestra búsqueda. Con el Gran Trineo a la deriva tan sólo contábamos con los renos navideños y estos, como bien sabes, no pueden volar grandes distancias salvo la noche del 24. Fue a Helga a la que se le ocurrió la idea de reflotar el viejo submarino.
- ¿Tenemos un submarino? – se sorprendió Star - ¿Desde cuándo?
- En realidad se trata de los restos de un antiguo modelo de guerra que encontramos hace unos años y al que le dimos uso como almacén y fuente de piezas para las máquinas del taller. Supusimos que en su momento fue hundido por un torpedo porque tiene, mejor dicho tenía, un agujero enorme en su casco. Nunca pensamos que lo usaríamos como vehículo pero, dada la coyuntura actual, nos ha parecido la mejor solución. Hemos aprovechado los muelles de las base científica abandonada para montar un astillero y recomponerlo. Los mecánicos se han ocupado de su estructura, los electricistas han sustituido los cables y las conexiones, que falta le hacía, estaban en pésimo estado, y los ingenieros han actualizado todo el equipo electrónico. Por supuesto, los informáticos han enredado a sus anchas con todo tipo de artilugios, los que quedaban y unos cuantos más que han encontrado no sabemos dónde, aunque tengo mis sospechas, hasta restaurarlos a su estado original. Le han instalado no sólo ordenadores de última generación, sino sónares, radares e incluso los más avanzados sensores de ondulaciones marinas. Según ellos todo con el fin de facilitar la búsqueda.

Star no necesitó preguntar de dónde habían salido semejantes avances tecnológicos. Conocía los deseos de los niños casi desde el principio de los tiempos y, en los últimos años, habían cambiado mucho. Excepto en el caso de los bebés, los muñecos y los juguetes más tradicionales se habían visto relegados a un segundo plano. Los libros, en formato tradicional, aún captaban el interés de un grupo minoritario cuyos fieles miembros permanecían incondicionales a la letra impresa. Para los demás, la tecnología primaba por encima de todo. Algunos duendes, la mayoría, estaban completamente enganchados a las videoconsolas, tánto que había incluso listas de voluntarios dispuestos a comprobar el funcionamiento de cada nuevo juego y experimentar con los nuevos programas. ¡El problema venía después, cuando llegada la hora de empaquetarlos había que arrancárselos literalmente de las manos! A Star no le cupo duda de que el montaje del submarino les tendría a todos entusiasmados.

Al llegar al improvisado astillero, la reno se quedó boquiabierta ante el espectáculo: un agujero en el hielo hacía las veces de dique; alrededor, dispersas por doquier, se disponían miles de herramientas procedentes de mecanos e innumerables piezas de maquetas y de distintos juegos de construcciones. De todos los rincones surgían verdaderos enjambres de duendes que se multiplicaban mientras trabajaban a destajo para darle los últimos toques al casco. Star distinguió a Alfred a lo lejos, con la cabeza cubierta por un casco de operario. Lo reconoció por la carpeta que siempre llevaba encima, esa en la que organizaba las plantillas de trabajadores, habitualmente para el taller y ahora para el improvisado astillero, y de la que no separaba jamás hasta que casi parecía formar parte de su anatomía. Star estaba segura de que dormía con ella en brazos.
- ¿Te apetece subir a curiosear? - indagó Helga al ver su gesto de asombro.
- Por supuesto.

Nicolás y Helga ascendieron por la escala para alcanzar la escotilla y penetrar en el buque. Star se limitó a saltar a cubierta y, desde ahí, casi flotó a su interior.
La sala de máquinas era un pandemónium. Debía de haber casi el mismo número de duendes dentro que fuera. Milagrosamente nadie chocaba con nadie y, aunque no había hueco para moverse, nadie paraba quieto. Los ingenieros comprobaban los ordenadores encargados de controlar el funcionamiento del aparato. Ya era la tercera prueba que realizaban con la excusa de que no querían que se les despistase ningún fallo. Aprovechaban cada ensayo para añadir chips y novedades a los programas con el fin de aumentar la velocidad de los procesadores. El resultado les tenía tan fascinados que, casi, casi, se habían olvidado del motivo ulterior de toda esa parafernalia. Al descubrir a los recién llegados pegaron un respingo de sorpresa.
- ¡Todo en orden, Almirante Claus!- bromeó Peer, el ingeniero jefe.
- Creo que ese papel le corresponde a mi superior – respondió el abuelo con un guiño a su mujer.
- Nombramiento aceptado -aprobó ésta sin remilgos. -Espero que un toque femenino nos haga ganar ritmo. ¿En qué fase estamos? ¿Han terminado ya con el casco?
- Por aquí ya está todo verificado y listo para entrar en funcionamiento. Lo de fuera no lo sé, pero lo compruebo por radio en un momento – le respondió Peer que se aproximó con respeto a un precioso aparato de brillante cromado y globulosas válvulas con aspecto de grandes bombillas. Santa Claus le interrogó con la mirada. - Sí, ya sé que posiblemente no fuese necesario montar un aparato tan complicado pero es que ¡es tan bonito y suena tan bien que he sido incapaz de resistirme! Además, apenas me llevó un segundo, prácticamente sólo requería un poco de limpieza y mínimos ajustes. Seguro que en las profundidades nos resulta la mar de útil - se justificó el duende.

Al lado de aquel hermoso ingenio había un diminuto teléfono que fue el que empleó el ingeniero para comunicarse con el arquitecto naval. Éste les informó que habían retirado las últimas vigas y que esperaban la autorización para proceder a llenar el dique de agua.
- Podemos navegar – confirmó el ingeniero.
- Perfecto. ¡Vamos a ello! – declaró el Sr. Claus.
- No tan deprisa o ¿ya has olvidado quién da aquí las ordenes? – le recordó Helga. - Antes de zarpar, Star debe desembarcar para que nos informe desde el aire de la posición de Nicole. De paso también necesitaríamos algún medio para comunicarnos con ella.
El ingeniero rebuscó con cuidado entre los diversos cachivaches que le rodeaban, antes de encontrar un botón que enganchó al collar de la reno..
- Nada más sencillo - afirmó. - Es cuestión de ponerle en el cuello este transistor de seguimiento. Un simple chip como este y, ahora, a través del ordenador, la tendremos siempre localizada. ¡Ya está ahí! - ¿Lo veis? – y les señaló un punto azul en la pantalla. - De hecho, podemos incluso diseñar nuestra trayectoria en función de la suya.
Helga asintió satisfecha. Nunca había sido muy amiga de abusar de la tecnología aunque, en los últimos años, el robot de cocina que casi guisaba solo la había reconciliado bastante con los “dichosos cacharros”, como los denominaba en sus crisis de exasperación. Puede que para la rutina diaria resultasen algo complejos pero sin duda era evidente su enorme utilidad para el espionaje. Peer salió a la cubierta acompañado por Star y el matrimonio Claus. La reno brincó inmediatamente a tierra y aquella fue la señal para abrir las compuertas. El agua entró a raudales y, en apenas unos segundos, inundó el dique. El viejo submarino flotó en la piscina excavada en el hielo, encendió sus motores y penetró en el océano tan veloz como un torpedo.

sábado, 20 de diciembre de 2014

El calor de diciembre (7)

CAPÍTULO 7:  EL PLAN

Star frotó dulcemente su hocico contra el rostro de la niña.
- Nicole, nos alejamos cada vez más y eso va a complicar que nos encuentren. Necesitamos ir en buscar ayuda.
- ¿Sabes donde estamos? - le consultó la joven.
- Frente al Canadá, aunque no demasiado cerca de su costa y, por desgracia, no se ve ni una nube. Jamás pensé que llegaría el momento en el que desearía encontrarme bajo los efectos de una galerna. Sin embargo, si un vendaval nos arrastrase hasta encallar entre las rocas, lo recibiría con alivio. A pesar del peligro que entraña, una tormenta nos ayudaría a salir de aquí – comentó.
- Sí, supongo que con suerte nos quedaríamos fijas en un punto, aunque no me quiero ni imaginar dónde acabaríamos en caso contrario. Confieso que siempre he querido viajar en el Trineo, aunque nunca me figuré que el viaje consistiría en un crucero – bromeó Nicole.
- Hasta ahora yo tampoco había ido de crucero y no tengo claro que me guste la experiencia. Creo que es hora de abandonar el barco - sugirió la reno.
-  ¿Tienes algún plan?
Star asintió.
- Reconozco que no es demasiado bueno pero no se me ocurre nada mejor. Simplemente he pensado en regresar para informar a tu abuelo de nuestra posición. Seguro que ya tiene organizada una partida de rescate, pero no creo que se imagine, ni remotamente, dónde estamos. ¿Quién supondría que un trozo de hielo puede llegar a ser tan veloz? Este témpano es todo un prodigio de aerodinámica.

Nicole sopesó la situación, hacerlo le requirió apenas una fracción de segundo: una niña, una reno mágica y un Trineo, sin el cual se perdería la Navidad ese año, vagaban a la ventura y a la deriva sobre un fragmento de deshielo intempestivo. Para colmo las corrientes parecían dispuestas a conducirlas a través de los siete mares antes de que el hielo se fundiese en el océano. ¿Qué otra cosa podían intentar?  Definitivamente no disponían de un plan alternativo.

- ¿Podrás despegar? - inquirió mientras valoraba la longitud de aquel bloque -No cuentas con mucha superficie para tomar impulso.
- Ese es el motivo por el que no me atrevo a llevarte conmigo, pero creo que me las apañaré bien sola – aseguró Star, con más confianza en la voz de la que en realidad sentía.
- No podría ir de todos modos – se excusó la niña. - Tengo que permanecer junto al Trineo, es mi responsabilidad y no debo abandonarlo.
- Contaba con ello. Quisiera quedarme contigo pero eso no serviría de nada.
- Lo sé. No me apetece la idea de quedarme sola pero comprendo que no hay más remedio, aunque ojalá que hubiese otra opción - suspiró Nicole mientras le quitaba los arreos al animal.

Star evaluó con ojo crítico la extensión del témpano, que parecía encogerse por momentos. La reno esperaba no terminar bajo las heladas aguas del Atlántico. Podía volar pero no era un animal acuático. ¡En fin!, era el riesgo que debía correr. Movió una de sus patas con cuidado y su casco de deslizó. El suelo estaba muy resbaladizo, mucho más de lo que desearía. Había muy poca nieve y tomar carrerilla iba a resultar peliagudo. Eso le dio una idea: ¿para qué correr si patinando alcanzaría más velocidad? Desechó de su cabeza el temor de que, con ese método, tenía más posibilidades de acabar en el agua. Se situó en uno de los extremos del bloque.
- ¡Empújame con todas tus fuerzas!- le pidió a la muchacha.
Nicole la miró alarmada.
- ¿Empujarte? ¿Estás segura?
- Patinaré. No podré alcanzar velocidad suficiente de otro modo.
- Es demasiado peligroso – objetó la joven.
- No te preocupes, puedo hacerlo. Hazme caso.

Nicole se quedó pensativa. Se detuvo y dio media vuelta.
- Espera un momento que quiero comprobar algo – le explicó mientras se acercaba al vehículo. ¿Habría algún salvavidas en el Trineo?  Seguro que sí. Levantó la lona y, en los laterales, descubrió un chaleco y nueve salvavidas, uno para cada reno. Estaban deshinchados pero venían provistos de una válvula de inflado automático. Escogió uno y se vistió con él. Si la reno caía al océano, ella se tiraría detrás para rescatarla. Anudó el extremo de una larga cuerda al eje de los esquíes y rodeó su cintura con el otro.
- ¡Ya estoy lista!- anunció.
- ¿Qué pretendes?- preguntó Star.
- No creerás que, si caes, te voy a dejar ahí para que te ahogues – le contestó con tranquilidad Nicole.
- ¡Pero el agua estará helada!- protestó la reno.
- ¡Tan fría para ti, como para mí!- le replicó la joven.
- ¡No puedo permitirlo!- se opuso Star.
- No tienes opción: tú te arriesgas y yo no me voy a quedar de brazos cruzados si algo sale mal – razonó Nicole.
- Está bien - concedió el animal de mala gana a sabiendas de que discutir no le iba a servir de nada. Si la muchacha se había empeñado en hacerlo a su modo, lo mejor era acatarlo. En fin, esperaba que no terminasen las dos en el mar.

La joven se situó detrás de la grupa de Star, clavó los tacos de sus botas en la nieve y empujó con tanta fuerza que la inercia la tiró de bruces al suelo. Sin mirar atrás, al sentir el empellón, la reno se impulsó con sus patas y tensó el cuerpo para ganar equilibrio y velocidad. Cortó el aire igual que un cuchillo, cruzó la improvisada pista como una centella y, al llegar al otro extremo, ante al alarma de la derribada Nicole, desapareció momentáneamente por debajo del borde del hielo. Antes de que la niña pudiese reaccionar, la silueta del animal remontó, apenas había tocado el agua con sus patas. Dio una vuelta de reconocimiento. Ubicó la posición, calculó la dirección, la distancia a la costa y la velocidad de avance del islote y, en un instante, su estela desapareció al fundirse con las luces del norte.

viernes, 19 de diciembre de 2014

El calor de diciembre (6)

CAPÍTULO 6: A LA DERIVA

Mientras el fragmento de hielo se internaba con inexorable lentitud en el océano, la asustada Nicole no se atrevía a separar sus ojos de su abuelo, como si la línea que les unía pudiese retener su avance. Le llamó, pero su voz se perdió en medio del estruendo. Estiró sus brazos hacia él y alargó la punta de sus dedos. Sin embargo aquel gesto tan sólo recalcó su insignificante pequeñez y aumentó su sensación de impotencia. La figura vestida de rojo del anciano se alejaba más y más, achicándose por segundos hasta quedar finalmente convertida en un punto sobre la planicie blanca. En un último y brevísimo instante, ese punto desapareció por completo. ¡No, no!, se reveló Nicole. Cerró los ojos con la esperanza de descubrir un panorama diferente al abrirlos, aquello no podía ser real, seguro que se trataba de un pesadilla. Sin embargo, lo único distinto que encontró al abrirlos de nuevo fue el cambio en la tonalidad de las aguas que la rodeaban, más oscuras y profundas. ¡Estaba perdida! Sintió ganas de llorar. Se sorbió las lágrimas sin verterlas. No, no debía flaquear, no era un buen momento para rendirse. En realidad, ninguno lo era.

La joven se bajó del pescante y se acercó a Star. Acarició pensativa las sedosas crines mientras trataba de calmar, a base de caricias, la inquietud de ambas. El contacto la tranquilizó. A fin de cuentas, tras aquella espeluznante experiencia, ambas seguían sanas y salvas.
- Saldremos de esta, Star – le aseguró.
La reno la miró con sus ojos azules llenos de confianza. Bajo su mirada, Nicole recuperó su ánimo habitual. La verdad es que no había mucho que pudiesen hacer. De momento sólo cabía esperar que llegase el equipo de rescate que, estaba segura, organizaría el abuelo. ¿Cuánto tardaría?

Analizó sus propios recursos. Afortunadamente, el Trineo, gracias a los regalos de los niños, contaba con reservas ilimitadas de chocolate, leche, galletas y de un sinfín de gollerías. Aunque el abuelo y los renos cataban bastantes de aquellos manjares durante su viaje, también guardaban muchos de ellos para evitar empacharse durante el mismo. No podían dejarlos en los hogares, sin tocar, o los niños se decepcionarían. No obstante tampoco podían probarlos todos porque, a su regreso, les esperaba el espléndido desayuno de la abuela Helga, y Claus se reservaba un buen hueco en el estómago para no perdonar ni una sola de esas exquisiteces. Por suerte para la singular naufraga, todas las delicias almacenadas se mantenían sin alterarse gracias a que, en todo lo relacionado con la Navidad, el aparato se regía por leyes diferentes a las del tiempo.

Nicole miró a su alrededor. Aún se divisaba la línea de la costa,  cuyo perfil cambiaba constantemente. Avanzaban de un punto a otro, sin rumbo. Navegaban a la deriva, arrastrados por la corriente. ¿Hacia dónde?, se preguntó la chiquilla. Sabía que en Océano Ártico confluían varias corrientes marinas. Algunas incluso daban vueltas en círculo en torno al Océano Ártico y creaban poderosos remolinos en el lugar del giro que arrastraban los bancos de peces hacia allí. Eso hacía que, durante el verano, las focas se congregasen en la zona para disfrutar de la abundante y surtida pesca. Los osos polares, conocedores de este hecho, también se situaban en los alrededores y aprovechaban para cazar, con relativa facilidad, a aquellas focas, su manjar favorito. Desde esa zona era fácil avistarles. Nicole guiñó los ojos con la ilusión de distinguir alguno. No tuvo éxito. La orilla estaba lejos y, a esas alturas de la estación fría, no quedaban ni focas ni osos en las inmediaciones.

- No hay que alarmarse, seguro que el Giro Beaufort nos devuelve a la orilla – comentó esperanzada.
Star la miró preocupada. Sabía mejor que la niña que no podían depender del Giro, cuya fuerza variaba en función de los vientos y que, según la dirección de éstos, arrastraba el agua de nuevo hacia el Ártico o la empujaba hacia el Pacífico o el Atlántico. ¿Qué sucedería si eran interceptadas por la poderosa corriente de Groenlandia? Mejor ni imaginárselo. Dado el caso se alejarían aún más, hacia las costas heladas de la península del Labrador. Si eso ocurría confiaba en que encallasen entre sus rocas, al igual que tantos y tantos barcos a lo largo de la historia. En otras circunstancias no era una alternativa en absoluto apetecible pero, en la tesitura en la que se encontraban, era eso o seguir a la deriva. Detenerse, de la manera que fuese, se le antojaba la opción menos mala.

El ganar la orilla le procuraría a Star el espacio necesario para despegar con seguridad y volar de regreso al Polo para avisar al abuelo de su posición. De otro modo le iba a costar localizarlas en medio del océano y eso demoraría demasiado el rescate. Si el Gran Trineo no se recuperaba a tiempo para la noche del 24, no se podrían repartir los regalos. Star sabía con cuánta ilusión esperaban los más pequeños ese momento y la decepción que se llevarían al levantarse y no encontrar nada en sus calcetines ni debajo del árbol.

Poco a poco la figura del sol se mostró con mayor claridad en el cielo. Dejó de ser el reflejo plateado en el horizonte polar para convertirse en un disco brillante que se alzaba sobre el mar. Al advertir el cambio, Star supo que su rumbo había cambiado y que navegaban hacia el Atlántico, empujadas por la corriente de Groenlandia.
- Nos dirigimos hacia el Sur - informó a su compañera de travesía tratando de aparentar tranquilidad.

Tras siglos de vislumbrar desde las estrellas los contornos de mar y tierra, la reno se conocía bien la geografía del planeta. Si seguían en aquella corriente llegarían al Canadá. ¿Encallarían o continuarían su progresión hacia el sur? En ese caso se meterían directamente en las cálidas aguas del Golfo donde el iceberg no duraría demasiado, en pocas horas se licuaría y desaparecería, y tanto Nicole como el Trineo quedarían a merced de las olas.

El animal estudió intranquila su trayectoria. Le pesaba cada minuto que pasaba, lento y aún así demasiado rápido. El sol se mostraba más alto por momentos mientras que la costa se alejaba progresivamente. Definitivamente ni el mar ni el viento estaban dispuestos a frenarlas. Calculó groso modo la distancia recorrida. Se sorprendió. Navegaban a una velocidad increíble. Debía actuar ya o no las encontrarían ¿Cómo se iban a figurar que estaban tan lejos? El Trineo no contaba con GPS ni ningún otro tipo de localizador. Valoró todas las posibilidades. Pese a su diminuto tamaño era bastante fuerte y se sabía capaz de cargar con la niña durante todo el trayecto de vuelta a casa. Sin embargo la pista helada de despegue con la que contaba era demasiado corta. No podría elevarse en aquel reducido témpano con la joven montada encima, acabarían las dos en el agua, eso si no rebotaban dolorosamente antes en algún relieve de la pared del fragmento. De hecho apenas tenía espacio suficiente para hacerlo ella sola. Tenía que intentarlo, no le quedaba otra opción. Era vital avisar a Papá Noel del peligro que corría su nieta. ¿Lo lograría? ¿Se salvaría también la Navidad? Tomó una decisión.