martes, 25 de agosto de 2015

Bizcocho de yogur

Tengo debilidad por los bizcochos, no sé si de nacimiento o como secuela de las visitas a Canena de mi infancia, donde las chachas sacaban bandejas de lo que ellas llamaban magdalena, una plancha de bizcocho de aceite, para agasajar a las visitas. Estaba tan rico que, cinco casas después, con sus correspondientes trozos de bizcocho, seguía sin poner ningún reparo a cumplir con las normas de educación y me tomaba mi trozo de magdalena correspondiente. Si de regreso a la Granja la abuela había preparado la cena, y especialmente cuando se trataba de filetes rusos, también le hacía los honores. Por aquel entonces era una preadolescente y en esa época era capaz de comerme una vaca y rebañar los cuernos.

¿Bizcocho? ¿Magdalena? En realidad no encuentro grandes diferencias entre ambos, salvo la cesta de papel y la presentación individual. Recuerdo que mi tía Lucky compraba unas magdalenas en la tienda de abajo. Venían en una bolsa transparente con letras azules y eran artesanas y locales, de unas monjas, y sabían tan deliciosas como el bizcocho canenero. Con esfuerzo limitaba mi dosis a cuatro unidades en el desayuno, eran magdalenas, no mojicones, aunque con gusto me habría tomado la bolsa entera. Mi sacrificio no servía de nada bajo el juicio implacable de la tita (sin)Virtudes que, con su bata negra y su gesto de amargura, me recordaba a un ave carroñera, siempre pendiente de lo que hacía y dejaba de hacer para fiscalizarlo, chivarse, quejarse y regañarme por ambas cosas. No es que tuviese su opinión demasiado en cuenta ya que la tita sin Virtudes criticaba hasta a mi perfecta tía Lucky y semejante falta de criterio la desacreditaba por completo ante mis ojos. Sin embargo tener a alguien que vigilaba cada uno de mis pasos, incluso en el baño, me resultaba enervante. Sé que no está bien criticar a los mayores, ni de niños ni después, pero cuando pienso en la Inquisición a la que sometía a todo el mundo aquella vieja imposible aún me enciendo. ¡Con qué gusto le habría preparado un chocolatillo! Por mucho que me esmere, no creo que nunca alcance el nivel de tolerancia de mis tíos.

En Canena el bizcocho no se hacía con yogur, esa variedad la descubrí después, cuando nos fuimos a vivir a Madrid. Lo preparaba una vecina y solía subirnos alguno a casa. Usaba yogures de sabores, prefería limón pero si lo que tenía era fresa también le valía (y a mí también). Es la misma receta que encontré en el blog de pasteles de colores. En el mismo blog descubrí una versión sin aceite, más ligera, que no conocía y que también transcribo.

BIZCOCHO DE YOGUR TRADICIONAL
INGREDIENTES
1 yogur natural, griego o de sabores.
2 vasos de yogur de azúcar.
3 vasos de yogur de harina de repostería.
4 huevos.
½ vaso de yogur de aceite de oliva virgen extra.
Un sobre de levadura Royal.
Opcional: ralladura de naranja o limón, canela u otro aroma.

PREPARACIÓN
Mezclar todos los ingredientes con una batidora de varillas.
Verter la mezcla en un molde untado de aceite o mantequilla y enharinado.
Meter en el horno precalentado a 180º, durante unos 25 minutos.
Comprobar si está hecho (pinchar el centro y comprobar que sale limpio) y enfriar sobre una rejilla.

BIZCOCHO DE YOGUR LIGERO, SIN ACEITE
INGREDIENTES
1 yogur
70 gr harina fina de repostería y 1 sobre de levadura Royal
4 huevos, separar yemas y claras
40 gr de azúcar

ELABORACIÓN
Mezclar el yogur con las yemas
Añadir la harina con la levadura. Tamizar para quitar grumos. Mezclar, no batir.
Montar las claras a punto de nieve con 3 gotas de vinagre.
Añadir el azúcar en forma de lluvia para que no se baje el merengue.
Mezclar el merengue, en 3 veces, con la mezcla de yemas, yogur y harina.

Poner la mezcla en el interior de un molde forrado con papel de horno, sin engrasar ni enharinar.
Cocer a horno precalentado a 160º, unos 70 minutos
Sacar del horno. Enfriar boca abajo sobre una rejilla para que el bizcocho se mantenga alto.
Desmoldar frío (pasar un cuchillo por los bordes para separarlo del molde)

viernes, 21 de agosto de 2015

Costuras desesperadas

El trabajo es la búsqueda del sentido de cada día, así como del pan de cada día, de reconocimiento tanto como de dinero, de asombro en vez de torpeza, en resumen, por una forma de vida en lugar de una forma de morir de lunes a viernes. 
Work is about a search for daily meaning as well as daily bread, for recognition as well as cash, for astonishment rather than torpor; in short, for a sort of life rather than a Monday through Friday sort of dying. Studs Terkel

Hay decisiones complicadas, la medicina está llena de ellas. ¿Cuándo decides hacerle a un enfermo un cierre nasal? Eso de coser los orificios de la nariz suena demasiado drástico. La idea de no volver a respirar por la nariz no resulta demasiado atractiva, sin embargo, a veces no hay alternativa. ¿Cual es el motivo? Aunque hay más indicaciones, en el caso que nos ocupa el problema son las hemorragias, enfermos que sangran, sangran y sangran y necesitan estar taponados de manera continua y, aún así, eso no basta. Las hemorragias empeoran y la vida del enfermo es un sinvivir que no le permite hacer nada, ni siquiera alejarse del hospital, pasa más temporadas alojado en una de sus habitaciones que en su propia casa. Llega un punto en que la sangre deja de ser suya para convertirse en prestada, transfusiones una detrás de otra sin que ninguna le dure demasiado en el interior del cuerpo.

Por fortuna son pocos los enfermos que llegan a una situación tan dramática pero pocos no es ninguno y hay que ofrecerles alguna solución, aunque sea desesperada. Aunque un sangrado nasal parezca una tontería, no siempre lo es, la nariz está muy vascularizada y la hemorragia puede provenir de un capilar o de una arteria. En el segundo caso hay que actuar. La mayoría no necesitan más que un tratamiento puntual: coagulación, si se localiza el origen, o taponamiento. Los hay que además presentan un trastorno de la sangre o de la coagulación que conviene arreglar para zanjar el cuadro. En algunos casos hay lesiones causantes de la hemorragia y hay enfermedades que su principal síntoma es precisamente ese: las epistaxis de repetición. Es lo que sucede con los enfermos de Rendu-Osler. Generalmente se benefician de la escleroterapia (como en la varices) pero hay veces en las que no se reconocen estructuras dentro de la nariz para infiltrar: a base de taponamientos e infiltraciones previas el tabique desaparece, la mucosa se machaca y lo único identificable es una especie de caverna llena de costras (y eso cuando llega a verse sin sangrados).

Toda esa concatenación de circunstancias me hicieron proponerle un cierre nasal a uno de mis Rendu-Osler. No era la primera, hacía un par de meses había tenido otro caso similar. No es que me apeteciese repetir la experiencia, como dice House durante esa cirugía mi paciente perdió varios litros de sangre y mi coronaria al menos los mismos años de vida. No es una cirugía habitual y enfrentarse a ella, sabiendo encima lo que te espera, impone. Sin embargo, igual que los enfermos no eligen su enfermedad, los médicos tampoco deben escabullirse a la hora de ofrecer un tratamiento, por complicado y arriesgado que resulte, es el enfermo el que tiene la última palabra sobre si quiere o no someterse a él (siempre y cuando esté indicado). La segunda enferma me pidió hablar con la primera. La primera es un encanto, siempre dispuesta a todo, y accedió a la entrevista. Sin duda, además de un espíritu positivo, tiene una paciencia infinita y un gran poder de persuasión porque, después de sus explicaciones, la segunda enferma aceptó.

Le pedí un preoperatorio. El día de su consulta con Anestesia me llamó el anestesista preocupado. El estado de mi enferma dejaba mucho que desear. El motivo de su aprensión no era injustificado. Las malformaciones vasculares del Rendu-Osler no se limitan a la nariz sino que, por desgracia, son multiórganicas (sistema digestivo, pulmón, higado, cerebro). Progresan con la edad y la salud de los pacientes se resiente. La anemia secundaria a los sangrados no ayuda a mejorar su estado. El enfermo pasa por cardiología por insuficiencia cardiaca e hipertensión pulmonar, y por Medicina Interna para el resto de los órganos. Para colmo el hígado se afecta y se altera su funcionamiento, entre otras cosas la síntesis de factores de coagulación. El paciente sangra pero no coagula (una gran combinación). El anestesista veía la necesidad de la cirugía pero creía recomendable ingresar a la mujer unos días antes para ponerla a tono, al menos dentro de lo posible. Eso hicimos: la enferma ingresó, taponada, un lunes, la cirugía se programó para el jueves. Entre el martes y el miércoles Anestesia, Cardiología y Medicina interna debían obrar el milagro de dejarla en condiciones.

Casos así, además de las guardias, hacen que los médicos pierdan el sueño. Con semejante panorama por delante el cirujano se desvela de madrugada y da vueltas y vueltas en su cabeza a un millón de ideas. Mientras opera mentalmente se plantea un sinfín de preguntas: ¿funcionará?, ¿qué hago si algo se tuerce?, ¿cómo salvar las complicaciones? La hora no importa, a las 5 de la madrugada es preciso levantarse a revisar la técnica y a buscar algún artículo de alguien con más experiencia que resuelva las dudas (no hay muchos). Aunque a veces no queda más remedio que improvisar, llevar una base sobre la que hacerlo ayuda.

El día de la cirugía se teme y se ansía casi por igual. Esa mañana hay que ultimarlo todo antes de entrar en el quirófano. Aún no ha amanecido pero la inquietud hace imposible dormir más. Casi ha transcurrido media mañana cuando se llega al hospital, y eso que aún falta más de media hora para el inicio de la jornada laboral, de este modo da tiempo a prepararlo todo e incluso a darse una carrera a la consulta para coger una ampollas de escleroterapia, por si acaso. Tener experiencia, por mínima que sea, orienta sobre las complicaciones que se pueden encontrar y los puntos a mejorar. Una vez el campo dispuesto, el cirujano lavado y la herida abierta no es posible salir a buscar la ocurrencia de última hora (cierto que está la enfermera para proporcionarlo, pero siempre es mejor contar con ello de antemano). El anestesista prepara al paciente como para una extracorpórea, le pincha todo tipo de vías para su tranquilidad y la de todos, ante algo así ninguna precaución está de más. Una vez sondada, cableada, pinchada, repinchada y colocada se puede empezar.

Dicen que los gitanos no quieren buenos principios pero me imagino que tampoco los desean como el de este caso. Fue quitarle los tapones y comenzar a sangrar a oleadas, no un oleaje de marejada sino toda una tempestad de sangre arterial. Imposible ver nada, por un momento pensé en tirar la toalla, así no podía operar, tendría que limitarme a taponar la nariz de nuevo para evitar que se desangrase y, quizá, intentarlo más adelante a ver si había más suerte. Afortunadamente, y no sé cómo, encontré el vaso responsable, una rama de la arteria facial en la pared lateral de la fosa. Verlo no es lo mismo que agarrarlo, estaba metido en la pared por lo que no había manera de pinzarlo. La esclerosis y la coagulación con cauterio le hacían cosquillas. Debía controlarlo si quería seguir. Al final, con paciencia, presión y más presión en el punto del vaso, desde fuera y desde el interior de la nariz, y posiblemente porque la escleroterapia o la quemadura, o ambas, cumplieron parte de su función, la situación mejoró y pude proseguir. El resto de la cirugía fue un baño de sangre pero solo un baño, no una inmersión en el mar rojo, de hecho mi primer caso sangró más, aunque menos de golpe. El estado de mi pijama al terminar daba fe de lo sucedido. Tuve que cambiarme antes de salir a hablar con la familia.

Por si eso fuera poco teníamos otro problema añadido: no quedaban estructuras en la nariz y los restos de mucosa estaban hechos una pena tras los taponamientos. Coser sin tejido es complicado y coser es en lo que consiste esta técnica. Ya lo había vivido en el caso anterior y recurrí a la creatividad. Me enteré de qué disponían en otros quirófanos para cerrar cuando no tenían con qué y me hice con una muestra de todo. A base de taponamientos reabsorbibles, pegamento biológico e injertos varios logré hacerle un remiendo a lo que quedaba de mucosa. Para la piel de fuera empleé más puntos que el Dr. Frankenstein con su monstruo, se diría que pretendiera cerrar la caja de Pandora. Para rematar la cirugía, y aliviar la tensión, envolví la pirámide nasal en una pinza de esparadrapos que espero contribuyan a dejarlo todo bien pegadito.

La enferma salió dormida del quirófano con destino a la Unidad de Reanimación (intensivos). Estaba tan delicada que todos pasamos un momento de susto cuando el corazón se quedó sin latido durante unos segundos eternos. Acababa de hablar con la familia para tranquilizarles, por negras que estén las cosas prefiero ser positiva, supongo que si no no me metería en estos berenjenales. A pesar de mi optimismo no me quería ni imaginar el tener que salir para contarles algo así. Afortunadamente la mujer remontó sola, con la ayuda del respirador y de un poco de atropina. Pasé a verla al final de la mañana y estaba demasiado hinchada como para pensar en despertarla. Eran las 11 y media de la mañana. Me faltaba más de media jornada para irme a casa y me sentía como si me hubiesen dado una paliza.

Me fui para la consulta al recoger el busca de las manos del jefe, que se había ofrecido a liberarme de él hasta que terminase. Como era jueves tenía mis pacientes de Rendu-Osler esperándome: una que ya me conoce y un par de nuevas, madre e hija, porque para colmo la maldita enfermedad es hereditaria, que venían de Huesca (habían salido de allí a las 6 de la mañana). La madre estaba muy asustada, llevaba una temporada sangrando en serio y le daba miedo que nadie le tocase la nariz, aunque fuese para intentar mejorar las hemorragias. Al final convencí tan bien a la madre que la hija, que en principio no venía más que de acompañante, me pidió que si, por favor, podía infiltrarla también a ella. Eso hice. La madre sangró un poquito, nada impresionante después de lo que acababa de vivir, aunque se controló enseguida. Con la hija no hubo problemas (no tenía tantas lesiones). Mi otra paciente tenía poco y otro más llegó en el ínterin. A la una debía bajar a hacerme una mamografía de control que, como la mañana prometía ser tranquila, había aprovechado para citarme. Tumbarme en la camilla para la Eco fue una delicia.

Me toca el fin de semana de guardia, dado el panorama era mejor que estuviese yo, ya mis compañeros me habían avisado de que, si pasaba algo, me llamarían. Algunos habían sido testigos de la cirugía y aún estaban conmocionados. Mi paciente sigue en Reanimación aunque ya la han despertado y no sangra.

jueves, 13 de agosto de 2015

De llaves y tuberías


Accident ruled every corner of the universe except the chambers of the human heart. David Guterson

Salgo de casa. Dudo si coger el móvil, me da pereza, pero como tengo que conducir opto por llevarlo conmigo, no vaya a pasar algo. Cierro la puerta y me doy la vuelta para llamar al ascensor. El descansillo está a oscuras. Se ha caído el cartón que cubre el agujero de las obras de la calefacción. Lleva así desde el primer día, he perdido la cuenta de las veces que lo he colocado, y me tropiezo con él. De milagro no me voy de bruces al suelo. Aprieto el botón del ascensor y regreso para echar el cerrojo y colocar el cartón. Está rebelde y no se deja. Es frustrante, me liaría a patadas con él.

El ascensor avisa que ya ha llegado. El cartón se ha librado de mi ataque de violencia. Busco en el bolso. No encuentro las llaves, las necesito para bajar al garaje. Están las del coche y las de casa de mis padres. La Señora tiene que ir a recoger al Catedrático al aeropuerto. El vuelo llega con retraso y me ha pedido que vaya antes por si aparece algún invitado. Sin mis llaves no puedo llegar hasta el coche. Eso por no pensar en cómo voy a entrar cuando regrese. House está de guardia. Las horas de encierro en el hospital no congenian con su carácter. No obstante sus llaves son mi única posibilidad de dormir esa noche en mi cama. Barajo la opción de quedarme en casa de mis padres.

Llamo al timbre de mi vecina, la que me encuentro por las mañanas cuando ambas nos vamos a trabajar. Le hago un resumen de mi tesitura y le pido que, por favor, gire su llave en el cuadro de mandos del ascensor para poder bajar hasta el garaje. Primer problema solucionado, era la parte fácil. Una vez en el coche, aún parada, me armo de valor y llamo a House.
-Me he dejado las llaves dentro de casa.
-¿Cómo puedes ser tan desastre?
-Llevaba las de mis padres y pensé que había guardado las mías. ¿Te importaría dejarme las tuyas?- Es una pregunta retórica.
-Qué remedio.
-¿Prefieres que me pase ahora a por ellas o a la vuelta?
-¿A qué hora volverás?
-No sé, es fácil que cerca de las doce. Mejor me paso ahora no sea que luego te pille liado. ¿Podrías acercarte hasta el Infantil? Así no tengo que aparcar.
Gruñe un poco pero lo hace. No nos aclaramos, yo le espero en un lado y él en otro. Bendito móvil (jamás pensé que diría esa frase). Nos encontramos y recojo las llaves. Con todo el trajín es algo tarde. Aviso a la Señora para notificarle el incidente y me dice que no me preocupe. Ya están de vuelta. Dado que no hay prisa decido pasar por casa para comprobar dónde dejé las otras, es raro que no estén en el bolso. Al abrir descubro con horror que la cerradura está echada. ¡Oh, no! ¡No es posible! ¡Sí que había salido de casa con las llaves! En ese caso... ¿dónde están? Me temo que con mi tropezón se han ido dentro del hueco de la obra. ¡Qué puntería!

Intento pensar, aunque con el agobio nada parece una buena idea. Desearía convertirme en tortuga y meterme bajo el escudo del caparazón. Por desgracia ese plan es inviable. Es más sencillo emparedarme en el agujero junto a las llaves perdidas. Necesito una linterna. Las que tenemos de buen calibre están sin pilas y solo cuento con un par de los chinos tamaño llavero. Armada con ambas, reviso el agujero. Las tuberías se pierden hacia abajo y no hay suelo, solo sujeciones y escombros. Oriento el haz en todos los ángulos y meto la cabeza dentro, coscorrón incluido. A pesar de lo exhaustivo de mi búsqueda, no veo las llaves. Sin embargo no pueden estar en otro lado. También he revisado el descansillo.

La desesperación empieza a hacerme mella. Necesito calmarme, poner mi cabeza en orden. Me duele el golpe. A lo mejor House piensa mejor que yo y sabe qué hacer en esta situación, claro que dudo mucho que a él le sucediera algo parecido. Semejantes peripecias llevan mi firma impresa.
-¿Qué pasa ahora?
Se lo cuento.
-¿Y no has oído nada cuando se te han caído?
Nada, ni medio ruido. No da crédito. La verdad es que resulta difícil de creer.
-¿Pero cómo puedes ser tan torpe?
Ni yo misma lo sé.
-He pensado mirar en las mochetas de los otros pisos por si se hubieran enganchado en alguno -propongo.
-No creo que sirva de nada -me anima.
Consolada y rebosante de optimismo decido llevar a cabo mi idea, aunque ese no parezca mi mejor día para improvisar planes. Reviso de nuevo nuestro agujero con el mismo resultado. Ya lo decía Einstein, loco es aquel que haciendo lo mismo espera un desenlace distinto.

En el piso de abajo los obreros han colocado mejor el cartón: tapa el hueco y no está caído. Retiro la cinta del borde superior e ilumino el interior. ¡Ahí están, enganchadas al lado de una de las tuberías! A punto estoy de dar saltos de alegría y ponerme a bailar en el descansillo. Las recojo y las guardo con exquisito cuidado. Me siento como Gollum. ¡Mi tesoro!

Llamo a House.
-¡Las he encontrado! Estaban un piso más abajo.
-Menos mal. Espero que esto no lo cuentes en el blog.
Al parecer la guardia no le ha arrebatado todo su optimismo.

“There are no facts, only interpretations.” Friedrich Nietzsche

martes, 11 de agosto de 2015

Pacientes privados... de libertad

Dentro del área del hospital se incluye un centro penitenciario. En realidad la población en la que se encuentra la cárcel en cuestión pasó a pertenecer a uno de los nuevos hospitales, público aunque de gestión privada. El caso es que en el nuevo hospital no les interesa atender a reclusos, salen caros y no dan buena imagen. Los presidiarios no son enfermos rentables, la mayoría padecen dependencias y enfermedades crónicas. Sus problemas de salud tienen la misma causa que su pérdida de libertad: las drogas.

Acuden al hospital custodiados. Cuando tienen cita en consulta les acompaña la guardia civil. En el caso de que ingresen para una cirugía se encarga de ellos la policía nacional, con relevos de turno cada dos horas, con lo que ello implica de cambio de vestimenta en el tiempo de espera y durante la intervención. Hay presos encantadores, pobre gente que ha caído en garras de desaprensivos y que son más víctimas que delincuentes. Los hay tan cariñosos que me saludan desde el otro extremo de la sala de espera a voces, tan contentos de verme de nuevo. Si no saltan de alegría y se lanzan a abrazarme es porque sus custodios se lo impiden. También hay casos que imponen, algunos porque su mera mirada transmite frialdad y otros porque están tan trastornados, mentalmente, que son impredecibles. Resulta difícil saber qué fue antes, si el huevo o la gallina. Quizá su trastorno sea consecuencia de las drogas o quizá el abuso de sustancias comenzó en relación con su patología psiquiátrica. Sea cual fuera la causa su cabeza no responde, permanecen apáticos ante las explicaciones o en la exploración reaccionan de formas inesperadas.

A los convictos les gusta acudir al hospital. Salen de la cárcel y cambian de ambiente, aunque se den el paseo esposados. Durante mi época de residencia aparecían en la urgencia después de haberse tragado los objetos más variopintos, hasta un tubo fluorescente que hubo que extraer por fragmentos. Algunos aprovechan la visita para escaparse. En ocasiones los guardias han recibido alguna voz de alarma y ese día el hospital se convierte en una fortaleza. Agentes armados montan guardia en las salas de espera y otros recorren los pasillos. El resto de los pacientes citados no se atreve ni a chistar, no está la cosa como para quejarse por unos minutos de retraso. En ocasiones pienso que no estaría mal tener a un policía en la puerta de manera permanente los días de consulta. La educación mejora mucho cara a la autoridad, sobre todo si esta va uniformada.

Sin embargo tanta organización hace aguas, no sé si porque la falta de personal también afecta al Ministerio del Interior aunque de lo que estoy casi segura es de que comparten los mismos problemas informáticos que el hospital. ¿Por qué lo digo? Pues porque al parecer no hay un registro fiable de los presos internos y de los que ya son libres. Hace unas semanas programamos para cirugía a un antiguo recluso. La última vez que le vi en consulta el hombre me comentó que en unos días salía de la cárcel pero que, aunque ya no le correspondía el área, tenía confianza conmigo y quería que fuese yo quien le operase (hasta a la cárcel se extiende a veces el club de fans). Le dije que no se preocupase y le entregué el preoperatorio y los papeles de inclusión en lista de espera. Lo programamos hace unas semanas pero no se presentó. Me extrañó e indagué (con cierta insistencia, si me hubiese rendido a la primera no solo no habría descubierto nada sino que el paciente habría sido borrado de la lista de espera). Así pude averiguar que el hospital no se había enterado de su puesta en libertad y que, según el procedimiento habitual, había mandado un fax al Ministerio del Interior para avisarles. Lo singular del caso es que, poco después, el hospital había recibido otro fax en el que confirmaban la comparecencia del enfermo para la intervención. Por desgracia a nadie se le ocurrió avisar a nuestro protagonista en cuestión que, ajeno a todo el trajín, el día de la cirugía se quedó tan tranquilo en su casa, disfrutando de su libertad. Por lo que sé no es la primera vez que sucede algo así sino que es algo que se repite. Que en la cárcel no dispongan de una lista de internos, o que no la consulten en estas situaciones, y confirmen a ciegas la asistencia de un hombre libre me resulta surrealista. En fin, no quiero ni pensar el control que llevan de los permisos, solo imaginármelo no me deja muy tranquila.

sábado, 8 de agosto de 2015

Pereza veraniega

I do not understand how anyone can live without some small place of enchantment to turn to. Marjorie Kinnan Rawlings

Hace tanto calor que la idea de salir de casa no es que dé pereza, es que aterra. Un paseíto bajo el sol no calienta el cuerpo sino que lo quema, el aire abrasa los pulmones y a cada paso las piernas pesan, hinchadas, con las venas dilatadas llenas de sangre ardiente.

Ante semejante perspectiva nada como quedarse en casa por las tardes y descansar de la mañana hospitalaria. No apetece hacer nada más que meterme en mi ostra. Pienso en revisar mis escritos, pero me da pereza. Quiero escribir algo nuevo pero mi cabeza está abotargada y piensa despacio, cuando piensa. La siesta no ayuda, me despierto torpe y pegajosa de sudor y sueño, sin ganas de levantarme del sofá.

¿Qué hacer en el sofá además de disfrutar de los mundiales de natación? Está claro: leer. En homenaje a la muerte de Doctorow, acabo de releer Ragtime por tercera vez. No sé por qué es una historia que tiendo a olvidar, aunque la revolución social de principios de siglo, comunismo, feminismo, racismo y anarquía, no son cosas que parezca que puedan pasar por mis manos sin pena ni gloria. El lenguaje de Doctorow tampoco. Tengo pendiente toda un montaña de libros en papel, es lo bueno de los libros, siempre hay más, y cada autor nuevo es un descubrimiento y una fuente de nuevas obras. Unos cuantos de esos libros eran de la Señora, su regalo de cumpleaños. Tenía una semana por delante para leerlos antes de dárselos y no había un plan más apetecible. El primero en caer seguía un orden lógico con el que había terminado. Se trataba de La feria del mundo de Doctorow, una visión infantil del Nueva York de los años 30, de la vida en el Bronx, la familia, la inmigración, la crisis económica, el estallido de la guerra y la Exposición universal. Formidable.

Enfrente de la relojería donde nos acercamos a recoger uno de los relojes de House encontré una pequeña librería. En el escaparate, un libro de Nemirovsky, El malentendido, su primera novela. Entré y en el interior descubrí La gaviota, de Sandor Marai. Me hice con los dos libros que cayeron uno detrás de otro tras terminar con el de Doctorow. Los dos tienen buenos principios pero no progresan al mismo nivel y no son las mejores obras de sus autores. El libro de Marai es más un ensayo que una novela, algo que ya sucede con más de sus obras aunque en ésta es más llamativo, no sé si porque las reflexiones se hacen repetitivas. Al libro de Nemirovsky le falta fuerza, quizá tenía que ser así y por ese motivo sus protagonistas sufren como sufren sin aclarar sus posiciones. En fin, unos personajes sin fuerza difícilmente enganchan, y el lenguaje de Nemirovsky en esa primera novela no tiene aún la maestría de las posteriores.

En la pila de la mesita de noche tenía Las lunas de Jupiter a medias, confieso que me había olvidado de él. Era un buen momento para terminarlo. Comparan a Alison Munro con Chejov y en alguna historia hay algo de eso, desde luego el uso del lenguaje es maravilloso, aunque en otras me parece una comparación muy traída por los pelos. Tras terminarlo, me gustó tanto que seguí con una selección de relatos de la misma autora. Cuando Munro pretende resultar negativa a fe que lo consigue y antes de hundirme en la miseria opté por intercalar otras lecturas.

Necesitaba desconectar, tras tantos adultos con vidas difíciles y desgraciadas, un cuento era lo que me hacía falta. El último que me había leído, The one and only Ivan, narrado por su protagonista, un gorila, me pareció magnífico, de lo mejor que he leído en lo que va de año, aunque se considere literatura infantil-juvenil. No sé porque eso es un estigma para incluir una obra dentro de la categoría de buena literatura. Es una historia tierna, entretenida, muy bien escrita y con valores. Tenía pendiente un cuento que compré de segunda mano por las ilustraciones de Ida Rentoul, The Lady of the blue beads, y disfruté como los indios con la imaginación de los chiquillos que, gracias a las hadas, reciben una invitación para visitar una isla de caníbales.

Ya repuesta de mi infantilismo, pero sin ganas de abandonar por completo los terrenos de la imaginación, me dediqué a Los años de peregrinación del chico sin color de Murakami. Murakami tiene destellos de genio y es capaz de crear ambientes oníricos como nadie, sin embargo, en rasgos generales, me gusta pero no me emociona. Tras deslumbrarme con sus destellos, al resto encuentro que le falta brillo. ¿Un ejemplo? "Aquella pieza tranquila y melancólica fue dibujando poco a poco la tristeza informe que envolvía su corazón. Como si en el aire una fina nube de polen se adhiriera a una criatura transparente y, calladamente, su figura fuese adquiriendo forma ante nuestra mirada."

El libro de Murakami salió del Círculo de lectores al que se apuntó House. Lo del Círculo no me convence del todo, me cuesta encontrar un libro en la revista que me apetezca de verdad y, cuando veo alguno, sé que lo puedo encontrar a un precio más razonable en amazon y sin traducir. Confieso que no suelo leer mucha literatura española, me resulta bastante deprimente, y la anglosajona la prefiero en versión original. Ya puesta, continué con las obras del Círculo y escogí una obra española, La mujer loca, de Millás. Me encantó el principio, era prometedor, original y divertido. Por desgracia la cosa se quedó en promesas y esa brillante idea dio paso a otra historia, trágica y dramática, que me defraudó.

En fin, sigo con el Círculo y la Claraboya de Saramago, su primera novela aunque la última en publicarse. Una obra maestra, de las mejores de Saramago. Termino con una de sus frases: "El tiempo fluía lentamente. El tictac de los relojes empujaba el silencio, insistía en su afán de apartarlo, pero el silencio le oponía su masa espesa y pesada, donde todos los sonidos se ahogaban. Luchaban, sin desfallecimiento, uno y otro, el sonido contra la obstinación de la desesperanza y la certeza de la muerte, el silencio contra el desdén de la eternidad."

PS: Por cierto, las ilustraciones de esta entrada son de Ida Rentoul. ¿A que no os extraña que me comprase uno de sus libros?

viernes, 7 de agosto de 2015

Consejos de Gurdjieff a su hija

El mejor índice del carácter de una persona es cómo trata a la gente que no pueden beneficiarle y a aquellos que no pueden enfrentarse a el. 
The best index to a person's character is how he treats people who can't do him any good, and how he treats people who can't fight back. Abigail Van Buren

Hace unos días House me preguntó si había oído hablar de los consejos que un filósofo había escrito para su hija. Hasta entonces no sabía nada de ellos pero me fío del criterio de House y, si a él le parecía que merecían la pena, debía leerlos. Aunque ignoraba el nombre del filósofo en cuestión, Gurjieff, no me costó trabajo encontrarlos por intenet, figuran en revistas y blogs, y han sido recomendados por multitud de autores.

Son todos buenos consejos, el identificarse más o menos con uno u otro dependerá de cada lector, de su carácter, su educación, sus virtudes, defectos, aspiraciones e incluso de sus creencias. Son reglas que ayudan a comportarse, a buscar el lado bueno de las cosas y agradecerlas, ser feliz con quien se es sin depender de otros pero, al mismo tiempo, comprender a los demás (sin condescendencia). Todo es más sencillo cuando conoces a alguien que te sirve de ejemplo y, al leer la lista, me he dado cuenta de la suerte que tengo de contar con gente a mi alrededor que podría, perfectamente, haberla inspirado.

Supongo que cada uno tendrá sus favoritos así que he dejado la lista completa, no tiene desperdicio y, aunque algún punto se pueda considerar repetición de otro, nunca está de mal insistir. He escogido los míos y los he marcado en negrita. Me encantan los que instigan a transformar defectos en cualidades y sacan la parte positiva de lo malo, como la envidia sana que no es otra cosa que admiración.

82 sabios consejos de Gurdjieff a su hija para transitar por el camino de la Vida

1. Fija tu atención en ti mismo, sé consciente en cada instante de lo que piensas, sientes, deseas y haces.
2. Termina siempre lo que comenzaste.
3. Haz lo que estás haciendo lo mejor posible.
4. No te encadenes a nada que a la larga te destruya.
5. Desarrolla tu generosidad sin testigos.
6. Trata a cada persona como si fuera un pariente cercano.
7. Ordena lo que has desordenado.
8. Aprende a recibir, agradece cada don.
9. Cesa de autodefinirte.
10. No mientas ni robes, si lo haces te mientes y te robas a ti mismo.
11. Ayuda a tu prójimo sin hacerlo dependiente.
12. No desees ser imitado.
13. Haz planes de trabajo y cúmplelos.
14. No ocupes demasiado espacio.
15. No hagas ruidos ni gestos innecesarios.
16. Si no la tienes, imita la fe.
17. No te dejes impresionar por personalidades fuertes.
18. No te apropies de nada ni de nadie.
19. Reparte equitativamente.
20. No seduzcas.
21. Come y duerme lo estrictamente necesario.
22. No hables de tus problemas personales.
23. No emitas juicios ni críticas cuando desconozcas la mayor parte de los hechos.
24. No establezcas amistades inútiles.
25. No sigas modas.
26. No te vendas.
27. Respeta los contratos que has firmado.
28. Sé puntual.
29. No envidies los bienes o los éxitos del prójimo.
30. Habla sólo lo necesario.
31. No pienses en los beneficios que te va a procurar tu obra.
32. Nunca amenaces.
33. Realiza tus promesas.
34. En una discusión ponte en el lugar del otro.
35. Admite que alguien te supere.
36. No elimines, sino transforma.
37. Vence tus miedos, cada uno de ellos es un deseo que se camufla.
38. Ayuda al otro a ayudarse a sí mismo.
39. Vence tus antipatías y acércate a las personas que deseas rechazar.
40. No actúes por reacción a lo que digan bueno o malo de ti.
41.  Transforma tu orgullo en dignidad.
42.  Transforma tu cólera en creatividad.
43.  Transforma tu avaricia en respeto por la belleza.
44.  Transforma tu envidia en admiración por los valores del otro.
45.  Transforma tu odio en caridad.
46. No te alabes ni te insultes.
47. Trata lo que no te pertenece como si te perteneciera.
48. No te quejes.
49. Desarrolla tu imaginación.
50. No des órdenes sólo por el placer de ser obedecido.
51. Paga los servicios que te dan.
52. No hagas propaganda de tus obras o ideas.
53. No trates de despertar en los otros emociones hacia ti como piedad, admiración, simpatía, complicidad.
54. No trates de distinguirte por tu apariencia.
55. Nunca contradigas, sólo calla.
56. No contraigas deudas, adquiere y paga en seguida.
57. Si ofendes a alguien, pídele perdón.
58. Si lo has ofendido públicamente, excúsate en público.
59. Si te das cuenta de que has dicho algo erróneo, no insistas por orgullo en ese error y desiste de inmediato de tus propósitos.
60. No defiendas tus ideas antiguas sólo por el hecho de que fuiste tú quien las enunció.
61. No conserves objetos inútiles.
62. No te adornes con ideas ajenas.
63. No te fotografíes junto a personajes famosos.
64. No rindas cuentas a nadie, sé tu propio juez.
65. Nunca te definas por lo que posees.
66. Nunca hables de ti sin concederte la posibilidad de cambiar.
67. Acepta que nada es tuyo.
68. Cuando te pregunten tu opinión sobre algo o alguien, di sólo sus cualidades.
69. Cuando te enfermes, en lugar de odiar ese mal considéralo tu maestro.
70. No mires con disimulo, mira fijamente.
71. No olvides a tus muertos, pero dales un sitio limitado que les impida invadir toda tu vida.
72. En el lugar en que habites consagra siempre un sitio a lo sagrado.
73. Cuando realices un servicio no resaltes tus esfuerzos.
74. Si decides trabajar para los otros, hazlo con placer.
75. Si dudas entre hacer y no hacer, arriésgate y haz.
76. No trates de ser todo para tu pareja; admite que busque en otros lo que tú no puedes darle.
77. Cuando alguien tenga su público, no acudas para contradecirlo y robarle la audiencia.
78. Vive de un dinero ganado por ti mismo.
79. No te jactes de aventuras amorosas.
80. No te vanaglories de tus debilidades.
81. Nunca visites a alguien sólo por llenar tu tiempo.
82. Obtén para repartir.