jueves, 4 de septiembre de 2014

Paloma

CAPÍTULO 1: EL HUEVO

Es un hecho, no por muchos conocido, que las brujas nacen de los cuervos.

Marla, la vieja y malévola bruja del reino de Idria, acechaba un nido desde hacía unos días. En realidad no le interesaba el nido sino los huevos que contenía. Aguardaba con impaciencia el momento propicio para hacerse con uno de ellos. Desde su descubrimiento dedicaba las tardes a preparar la pócima que la transformaría en un gato más negro que el betún. De esa guisa trepaba sigilosamente por las rocas y vigilaba su objetivo atentamente.

La noche era húmeda y los viejos huesos de Marla crujían al escalar hasta la cornisa. Ya llevaba varias veladas sometida a los rigores de la intemperie y tenía demasiados años como para librarse de que semejante abuso de fuerzas no le pasase factura. Sabía que quizás había esperado demasiado a hacerse con un cuervo que la sucediera. Algo vanidosa, más o menos como cualquier mujer, se había resistido a reconocer su edad hasta que ya no le quedó más remedio que rendirse a la evidencia. Pese a la visión nocturna del gato, sus ojos seguían nublados por la catarata que le molestaba desde hacía más de una década. Al principio, la incipiente opacidad había atenuado con su velo la percepción de las arrugas que cruzaban su rostro. Con el tiempo éstas se habían transformado en surcos y resultaban no sólo visibles, sino también palpables. Los atractivos lunares de su juventud habían perdido todo su encanto al crecer y alzarse en forma de abruptas verrugas, cuyo áspero relieve también suavizó, inicialmente, la nube de sus ojos. No había sido consciente de las manchas en su piel ni de la artrosis de sus manos hasta que sus dedos se arquearon definitivamente en garras. Las molestias, el entumecimiento y la rigidez previas las achacaba a los cambios del clima, sin más. Se olvidó de que cada cambio iba asociado a una estación diferente y que cada cuatro estaciones equivalían a un año. ¿Cómo saberlo? La alternancia se sucedía con tal rapidez que esa correspondencia sólo era posible si el tiempo volase.

La pérdida progresiva de visión llegó a un punto en el que la bruja sólo distinguía colores y bultos. Esa deficiencia disparó las alarmas y constituyó el detonante último. Sin más demora se obligó a buscar un cuervo al que educar en su Arte. Afortunadamente no le había costado demasiado encontrar el nido. No se veía montada en su escoba volando en pos de las aves. Su precario equilibrio ya le había supuesto algún que otro batacazo.

Esa noche Marla notó los primeros cambios. Había indicios de movimiento en el nido. La bruja suspiró aliviada. ¡Se acabó el montar guardia y aguantar estoicamente las inclemencias del exterior! ¡Por fin iba a volver a pasar las noches dentro de su cabaña y a dormir acurrucada en su cama, caliente y seca! Se aproximó silenciosa, paso a paso, sobre sus patas acolchadas. Una vez en posición, con un gesto rápido y furtivo, se hizo con uno de aquellos huevos. Lo notó tenso y pesado, justo lo que buscaba. El progenitor, reacio a conceder aquella ilícita adopción, se revolvió enérgico contra el felino. Su empeño fue inútil y el abnegado padre fracasó en su tentativa de rescate. No en vano la bruja había pasado buena parte de su vida huyendo. Gracias a su pericia le resultó relativamente sencillo marcharse con su presa, a pesar de la oposición familiar. Sin poder abandonar al resto de su prole, el consternado pájaro vio cómo se le escapaba el ladrón y se llevaba su pequeño huevo.

CAPÍTULO 2: EL POLLUELO

Cuando la bruja llegó a su cabaña depositó su botín en un nido de paja preparado al efecto. Una vez hubo dispuesto de su delicada carga, recuperó su forma habitual. No era ninguna buena idea que el huevo eclosionase y la descubriese con ese aspecto. ¿Y si el pequeño identificaba a su madre con un gato? ¡Qué trauma para el pobre bicho! Marla se palpó la mandíbula para colocarla en su sitio. -Eso de transportar huevos entre los dientes no está hecho para viejas brujas,- gruñó al notar el doloroso chasquido de la articulación.- Afortunadamente este no es muy grande- se consoló. La realidad era que, para tratarse de un huevo de cuervo, resultaba inusualmente pequeño.

Marla se acomodó en la mesa, apoyó en ella los codos y se dedicó a esperar. Según pasaban las horas le costaba más y más mantenerse despierta. Con cada cabezada ponía a prueba su paciencia. Casi de madrugada, al límite de la desesperación, la bruja creyó atisbar una mínima vibración en el nido. Parpadeó y guiñó los ojos para fijarse bien. ¿Y si se trataba de un error? Enseguida respiró tranquila. No, no había sido una alucinación. El huevo  temblaba, se revolvía, se balanceaba de un lado a otro y chocaba con los bordes. Poco a poco comenzó a agrietarse. La bruja no perdía detalle. Un pico diminuto rompió la cáscara a pedazos hasta que, finalmente, un polluelo cubierto de una mucina viscosa, salpicada de restos calcáreos, surgió entre los fragmentos.

El recién nacido contempló a la bruja. Valoró su gorro, negro y puntiagudo, como un pico de quita y pon, sus ojos vidriosos por falta de sueño y de vista, las finas y extrañas plumas que brotaban en racimos de unos bultos marrones e irregulares repartidos por el rostro, su nariz fina y ganchuda...
-¡Un segundo pico!- se sorprendió, - mamá debe de ser muy voraz. Posiblemente por eso es tan grande, - dedujo. - Tendré que comer mucho para llegar a ser como ella.

La idea del alimento despertó el apetito del polluelo. ¡Qué hambre daba nacer! Estaba famélico. Abrió el pico para reclamar las viandas con las que llenarse el buche. Marla sacó unos insectos de un bote, los trituró y le dio la papilla resultante a la cría. El esfuerzo de eclosionar el huevo le había dejado exhausto y, tras engullir aquel zumo, el pajarillo se quedó dormido, al igual que Marla.

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viernes, 29 de agosto de 2014

Bloqueo

You can't depend on your eyes when your imagination is out of focus. Mark Twain. 

Me resisto con uñas y dientes y con todas las teclas del ordenador. Me niego a admitir que se me ha olvidado escribir, que no tengo ideas o que no sé terminarlas. Sigo todas las recomendaciones que encuentro para superarlo. Leo e intento que sea variado. Duermo, aunque mis horarios son un tanto extraños. Paseo, aunque con moderación porque ni mi armario ni mi cuenta corriente están como para caer en la tentación y mis paseos son peligrosos. No me sirve de nada dejar la tarjeta en casa, si se me antoja algo vuelvo al día siguiente a por ello. Tomo apuntes pero que se quedan sólo en notas porque luego soy incapaz de desarrollarlos de manera coherente.

No me rindo. Me siento delante de la pantalla dispuesta a rellenarla. Es frustrante, especialmente cuando no surge nada. Se supone que poco a poco debería mejorar pero no es así, o al menos no siempre, desde luego no ahora. Mis manos se quedan quietas, miro la pantalla vacía y espero la inspiración. Tengo ganas de gritar de impotencia y de rabia pero aprieto los dientes y me contengo.

Me aferro al blog. Escribir algo corto siempre es más fácil que emprender algo largo. Quizá sea falta de práctica, aunque practico todos los días (y tengo lectores testigos que pueden dar fe de mi hazaña). Antes había momentos en los que mi cabeza bullía y ahora me he demenciado y he olvidado hasta mi última idea. Echo de menos mi imaginación calenturienta, mi psicología enferma. Me he caído de mi nube rosa que ahora vaga sin mí y sin nadie que le cuente historias. Acabará por encontrar quien me reemplace pero eso no me consuela. No quiero que me releven, quiero regresar a ella y flotar un poco por encima del suelo, sin que el resto apenas lo note, para soñar leyendas dulces, ñoñas y tiernas que hagan que me sienta bien. Necesito contar cuentos, saber que están cerca de mí, notar el instante en el que se agolpan para salir. Sin su compañía ando un poco perdida.

jueves, 28 de agosto de 2014

Crónica de una traqueotomía

El busca suena y vibra en el interior del bolsillo. Rebusco hasta dar con la cinta que lo engancha. Al tirar caen al suelo hojas, depresores, otoscopios, un par de bolis, unas llaves y hasta unas tijeras. ¡Qué desastre! Con el teléfono en la oreja me agacho a recoger mis tesoros desperdigados.
- Buenos días. - Saludo. No es momento de ponerme a seleccionar entre mis útiles así que lo guardo todo en el bolsillo.
- Soy la neumóloga - escucho al otro lado. - Te llamo porque tengo en la consulta una paciente con disnea que refiere haber empeorado en los últimos meses. Tiene estridor.
Ante semejante descripción no me quedo nada tranquila.
- Mándamela a la consulta que la veo ahora mismo.

Unos minutos después traen hasta mi puerta a la paciente en una silla de ruedas. Definitivamente no suena bien al respirar. La única respiración bonita es la rítmica y silenciosa, los ruidos extraños del cuerpo dan miedo, en mi experiencia resultan mucho más inquietantes que un crujir de pasos o el chirrido de unas bisagras en una mansión abandonada.

La exploro y cruzo los dedos. Conjurar a los hados no me sirve más que para confirmar mis sospechas: las cuerdas están paralizadas. Repito la prueba, no se vaya a tratar de un espasmo. Mi insistencia no mejora la exploración. Indago en la clínica y descubro que la pobre mujer apenas puede hacer nada, ni siquiera dormir, se ahoga cuando se tumba.

- No puede respirar porque la laringe está cerrada, - le explico. La única solución es abrir más abajo, hacer un agujero en la tráquea para superar el obstáculo y que el aire no se atasque, sino que pase a los pulmones.
Añado que no vamos a quitarle las cuerdas vocales y que podrá hablar. Los primeros días un balón se lo impedirá pero, en cuanto lo deshinchemos, sonará la voz de nuevo.
Vivir medio ahogado no es ningún placer y, aún así, hay pacientes que rechazan la traqueotomía. Les asusta la idea del agujero en el cuello. No es el caso. La mujer es sensata y no le falta carácter, quiere respirar y está dispuesta a la cirugía, sólo queda organizarla: quirófano, anestesia, enfermeras, etc.
- ¿Ha desayunado?
- Sí, esta mañana.
Eso sí es un problema. El anestesista no querrá dormirla con el estómago lleno y no tiene un cuello largo y fino en el que operar rápida y cómodamente, y menos aún con ella despierta, medio ahogada y tosiendo. Debo intentar rascar algo de tiempo.
- Voy a ingresarla y le pondré medicación (traducido en la hoja de tratamiento significa corticoides a chorros). Lo arreglaré todo para hacérselo mañana, aunque si empeora no esperaremos hasta entonces.

Agarro la silla y bajo con la mujer a urgencias, hay que estar pendiente de ella y prefiero ocuparme en persona. Pillo medio desprevenida a una de mis amigas que se ofrece a cuidarla. En su lugar me subo tres pacientes a la consulta. Sobre el papel tres por uno no parece un buen cambio pero mi enferma supone mucho más trabajo. Entre paciente y paciente termino el resto de los recados.

A la mañana siguiente me encuentro a mi señora ya instalada en la planta. Está feliz. Ha descansado sin necesidad de tirarse a medianoche de la cama por falta de aire. De hecho se encuentra tan bien que hasta ha pensado en irse a casa. Lástima que el tratamiento milagroso de corticoides no pueda mantenerse de manera indefinida.

Aún no es hora de bajarla al quirófano. Aprovecho el tiempo para visitar al resto de los ingresados, dar altas, explicaciones, redactar informes y rellenar recetas. El anestesista nos avisa cuando está disponible y un celador traslada a la paciente al área quirúrgica. A la mujer le preocupa perder la memoria con la anestesia, tiene 87 años y ya le sucedió en una ocasión y no le gustó. Le aseguro que, si le sucede, le contaré todo de nuevo y por escrito si es preciso (heme aquí cumpliéndolo).

Procedemos. La técnica no es difícil, al menos sobre el papel: plano de piel y fibras del musculocutáneo, separación de músculos prelaríngeos en línea media, localización del tiroides y disección de la glándula de la pared anterior de la traquea y ligadura del istmo para exponer los cartílagos. El istmo sangra, a veces se resiste, es la parte que más se complica. Llega el momento de abrir la vía aérea, la incisión hay que hacerla inferior al 2º anillo para evitar estenosis cicatriciales. Ese es uno de los motivos por el que no me gustan las técnicas percutáneas. Entrar a ciegas en la tráquea no me parece ninguna buena idea. En cualquier cirugía la visión es fundamental.

Todo sale bien. Hablo con la familia y les llevo al pasillo para que vean pasar la cama, ese instante de atisbo de su ser querido les deja más tranquilos que cualquier discurso sobre la cirugía al que, con los nervios, apenas prestan atención. Un rato después visito a la enferma en el despertar. La mujer refiere no acordarse de nada. No creo que sea consecuencia de la medicación sino de toda la hipoxia anterior. Espero hacerle recuperar la memoria, y la respiración.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Visita de revisión

Hace días que no veo al hijo de mi paciente, me sucede lo mismo que a su madre. El motivo no es que a mí me oculten nada, ni que esté ingresado en una unidad de acceso restringido como los casos de Ébola; simplemente se fue de alta.

Su hermana me pone al día:
- Está muy cansado.
Es lo lógico, aún no conozco a nadie que salga de un proceso cardiaco en condiciones de correr la maratón. Para la mayoría el trayecto cama-sillón es una proeza.
- Está asustado.
¿Y quién no? Salir al pasillo a estirar las piernas y, sin saber cómo, despertarse en el box de críticos de urgencias, cubierto de cables y rodeado de médicos hace que uno se dé cuenta, de golpe y porrazo, de lo precario de la vida.
- No puede dormir. Se pasa las noches de paseo por la casa.
Eso me preocupa, el descanso es necesario. El estress y el corazón no se llevan nada bien. Le prescribo un ansiolítico.
- Mañana viene. ¿Estarás en la consulta? Quiere pasarse a verte. Te está muy agradecido.
La verdad es que todo mi mérito se redujo a empujar la cama, con los celadores, a toda velocidad por los pasillos del hospital hasta llevarle adonde supieran qué hacer con él. Seis años de carrera, cuatro de especialidad y quince de ejercicio para, en el momento álgido, limitarme a correr. Después de releer la frase anterior me pregunto: ¿carrera? ¿ejercicio? ¿acaso reside ahí el quid de la cuestión? ¿es esa la verdadera preparación?

Cuando, al día siguiente, el hombre aparece por la puerta, compruebo que presenta buen aspecto. Le acaban de quitar los puntos del marcapasos y le tira un poco la herida. Ha dejado de fumar a base de comer zanahorias, un método sano y original que voy a recomendar a más pacientes. Sustituir tabaco por zanahorias mejora el lustre de la piel. Ha perdido peso pero aún tiene que adelgazar más, por mandato del cardiólogo. La ventaja del miedo es que todas las órdenes médicas se toman en serio. Hay que aprovechar esa fase para concienciar al enfermo.

Charlamos un rato, comentamos la evolución de su madre, que sigue sin remontar cómo a todos nos gustaría. Le acabo de reajustar el tratamiento y les acompaño hasta la planta a verla. El trayecto se desarrolla sin sobresaltos. Una vez llegados a destino me cercioro de que todos se encuentran bien antes de regresar a la consulta.

martes, 26 de agosto de 2014

La casa de Asterión. Borges


La casa de Asterión.
[Cuento. Texto completo.] 
Jorge Luis Borges

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca, III,I

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.

FIN

lunes, 25 de agosto de 2014

Llamadas

- Mi madre está preocupada porque no sabe nada de mi hermano, si al menos pudiera llamarla y hablar con ella - me comenta la hija de mi paciente.

Aunque los móviles proliferan por doquier, a los ingresados en la unidad coronaria, con cables y monitores por todas partes, no se les permite su uso. Se supone que interfieren, aunque no es más que una suposición. La explicación creo que es más sencilla, los pobres enfermos no deben alterarse y el timbre, o incluso la vibración del teléfono, pueden provocarles un sobresalto. ¿Quién no ha sufrido nunca un vuelco del corazón ante una llamada intempestiva? Otro detalle, la cantidad de llamadas que recibe un individuo hospitalizado, o sus familiares, a lo largo de su estancia, alcanzan el número de Buzz Lightyear: el infinito (y más allá).

En Cardiología ya no sólo me conocen los enfermos, también el personal. En esta ocasión voy a abusar de la confianza de las enfermeras del control. El hombre no está, en esos momentos anda liado en pleno cateterismo. Pongo cara de niña buena y me lanzo. ¿Quién diría que la abanderada de la patrulla antimóviles haría un día algo así?
- Por favor, - las formas son siempre importantes, - quería pediros que esta tarde le permitieses al hijo de mi paciente llamar a su madre. La pobre mujer no entiende que lleve varios días sin venir a visitarla y está muy preocupada. Se figura que le ha ocurrido algo grave (¡ay, si ella supiera!). Con oír su voz se quedará tranquila.
- Si claro, no hay problema. No te preocupes.
Con esa respuesta me quedo tranquila, y su hija también.

Por supuesto explicarle la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad a la madre no está indicado en este caso, hay que pergeñar una excusa. Mi maniobra de los mareados funcionará. Soy una bruja, la culpable de la situación, y le he ordenado al hombre unos días de estricto reposo en cama para que se recupere del patatus que le he inducido, algo que no anda demasiado lejos de la realidad.

El cateterismo va bien, mejor incluso, aunque eso no significa que la aventura en la planta de cardio haya terminado. Sin nuevos sustos, esa tarde el hijo habla con su madre. Es una conversación privada en la que no estoy presente y, por tanto, ignoro su contenido. No es difícil imaginárselo. Os tendréis que conformar con la imaginación porque, a la mañana siguiente, tampoco me pude enterar de más: al protagonista se lo habían llevado a ponerle un marcapasos.

sábado, 23 de agosto de 2014

De una edad tal vez nunca vivida (de Jorge Urrutia)

"De una edad tal vez nunca vivida" es el libro que a mi padre le gustaría que escribiese, pero que no he escrito yo, sino su gran amigo, Jorge Urrutia. Es un libro de recuerdos entrañables, de familia, de emociones, de escenas, de pensamientos y de su origen. Páginas en las que el curso de la vida fluye en un ensueño de imágenes y poesía. Palabras escogidas con gusto, con cariño, y hechas propias con la serenidad de fijar la mirada, sin prisas, sobre el mar en movimiento del tiempo. Lenguaje que sacia la sed, frases sobre las que detenerse y volver. 

Sólo leed y releed:

Sanar es una cobardía. Las cicatrices aumentan el odio. Una herida permite, simplemente, que la vida permanezca viva.

Anochecido volvía y me hablaba de barcos en  el monte, de ciervos que corrían por la roca y de tiempos remotos en que el agua hasta el cielo llegaba torneando las piedras.

Mi padre fue una mano que busco en cada aurora.

Las cosas conocen una música perdida.

Cuando leo en alguna novela cómo se ha desencadenado la ruina familiar de los protagonistas, cuando escucho en alguna reunión que alguien ha pasado de la abundancia a la escasez, sólo puedo imaginármelo como una abuela tocando a Schumann en la sombra, al piano mudo del recuerdo.

Estamos hechos de obsesiones, pequeñas o grandes, y la vida acaba pareciendo un chocolate amargo que muestra su sabor y deja en la boca, tras cada sorbo, un extraño regusto.

En esta tierra la muerte llega flotando o la trae el mal viento (...) Pero quedan los lugares, la amistad y el recuerdo. Porque la vida hizo en mí su nido.