viernes, 12 de febrero de 2016

Lecturas (de lo que va de Febrero)

En esta ocasión he intentado organizarme y escribir el post de lecturas poco a poco, según terminaba cada libro. No siempre lo he conseguido, algunas reseñas están escritas a pares, pero es todo un logro en comparación con los casi tres meses que dejé pasar en mi recopilación anterior. Gracias a eso, y a que aún no ha terminado el mes, caben todos los libros en un único post. Hay algunos muy interesantes.

Manalive (traducido como "El hombre vivo") es una comedia de enredo de G.K. Chesterton, el autor del muy recomendable Padre Brown. Me recordó al guión de una película de Gary Grant, o incluso de los hermanos Marx, una historia en la que la alegría de vivir y de disfrutar del mundo están por encima de las convenciones y hasta de la sensatez, al menos en apariencia. La vida deja de ser rutina para convertirse en un juego que no todos entienden y que algunos pretenden juzgar. Semejante juicio tiene consecuencias inesperadas aunque confieso que, hacia el final, el desenlace se me hizo un poco largo. ¿Se necesitan tantas explicaciones? Supongo que esa es una más de las cuestiones del libro.

El espejo en el espejo de Michael Ende es un libro de relatos no infantiles del famoso autor alemán. Todos los cuentos de este libro poseen una cualidad inquietante, algunos son incluso verdaderas pesadillas de las que no se puede despertar. Son historias que atraviesan el espejo de la realidad y ahondan en la mente en un laberinto sin final que te mantiene atrapado.

El árbol de las brujas, sin ser de los mejores libros de Bradbury, es muy imaginativo y se lee con gusto. A través de un grupo de niños disfrazados para Halloween, Bradbury hace un recorrido rápido y lleno de emociones por el día de los Muertos de las distintas civilizaciones. La resolución es estupenda, cosa que siempre deja una buena impresión. Bradbury, además de entretenido, es garantía de buena escritura.

Bomb: The Race to Build--and Steal--the World's Most Dangerous Weapon de Steve Sheinkin es, más que una novela, un reportaje periodístico completo pero con la tensión añadida de un thriller bélico de espionaje. La historia ata todos los cabos, da breves apuntes biográficos de los personajes, menciona de un modo asequible las bases científicas de la física atómica y el proceso de construcción de la bomba, tanto a nivel físico, químico y de ingeniería. Desde el punto de vista histórico, narra la evolución de la guerra, menciona las reuniones de Churchill y Roosevelt y, a su muerte, Truman, la relación de conveniencia sin confianza con Stalin, describe los tentáculos del comunismo en América y su relación con la red de espionaje de la URSS (lo que explica mucho de la política "paranoica" de McCarthy). En algunos momentos, la acción es digna de una película de Bond, como el episodio del sabotaje del agua pesada noruega para así entorpecer las investigaciones alemanas en el campo de la energía atómica. Mantiene el ritmo y la emoción. Es instructivo y engancha.


Gogde Giovani Papini, es un libro que te descoloca, que te deja sin saber qué pensar y, que por eso mismo, a lo que se añade su originalidad y su gran narrativa, te atrapa. Su protagonista es un millonario demente ingresado en un manicomio. En un puñado de hojas, que entrega al autor, ha plasmado su vida, sus viajes, sus encuentros con personajes relevantes y sus reflexiones sobre la humanidad, la religión, la soledad, la mezquindad, la muerte, la magia y el mundo en general en un puñado de hojas. El escritor, tras leer esas páginas, agrupadas sin orden ni concierto, las selecciona, censura y transcribe. Resulta en ocasiones cómico, cínico en otras muchas, macabro en algunas, esperpéntico con frecuencia e interesante siempre.

Gog (de nuevo a través de Papini) escribe una continuación de su diario 20 años después, El libro negro, que por supuesto, tenía que leer. No es un libro demente como el primero aunque no por eso resulta menos interesante. Me gustó el manuscrito de Cervantes sobre la juventud de Don Quijote, muy apropiado además para el año que corre. Me llamó la atención uno de los capítulos por ser una crítica descarnada a la industria editorial, con una creación literaria en cadena. Hay nuevas entrevistas (Frank Lloyd Wright, Molotov...), oportunistas con ideas disparatadas, análisis del universo, descripciones de la vida eterna, hallazgos literarios y filosofía desde otro punto de vista.

La luna era mi tierra de Enrique Araya es una novela de humor agridulce. El protagonista es un soñador cuyos sueños interfieren con la realidad de su vida ya desde su infancia: sueña en el colegio, su primer amor es Venus, se pierde en las Matemáticas, lleva la contraria por sistema a su profesor de Filosofía (porque la Filosofía permite discrepar), va a Bellas Artes cuando está matriculado en Derecho y trata de construir su propia explotación agrícola a base de créditos basados en humo. Lo curioso es que no es un optimista sino un superviviente aferrado a sus sueños.
En un párrafo magnífico, he descubierto el secreto de la sinfonía de las olas: Los tres compases de cada ola llegan a mis oídos desde la playa de Lilén como la música más emotiva que conoce mi alma primitiva de muchacho Primero, el seco estampido de la ola que revienta y retumba en los espacios; después, el ronco bramido de la espuma turbulenta que se arrastra como hirviendo, y, por último, ese son característico que emiten las aguas al desgranarse sobre la arena húmeda y brillante que parece pedir silencio al mundo. 

Half Magic de Edward Eager me resultó demasiado infantil. Las aventuras de cuatro hermanos que encuentran un amuleto con la particularidad de conceder deseos a medias me pareció una premisa interesante. El problema es que los chiquillos enseguida se las apañan para pedir deseos enteros y eso le quita la mitad de la gracia al libro.

Petite fabrique des rêves et des réalités de Philippe Claudel es una novela cinematográfica que no me convenció. El primer tercio del libro es estupendo, en esa parte el autor reflexiona sobre su papel de director de una película: habla de la luz, los actores, el escenario, el montaje, los rostros, la historia, las emociones, el vacío, la música, el silencio... Son reflexiones pausadas en un lenguaje sencillo y musical que te mete poco a poco en el ambiente del rodaje, están además muy bien escritas y resultan muy agradables de leer. Después de esa parte, viene el guión en sí que, lamento decir, no me interesó en absoluto.

miércoles, 10 de febrero de 2016

El armario (de Thomas Mann)

Puedo hablar del maravilloso estilo de Thomas Mann, cosa que ya he hecho, pero siempre será mejor leer uno de sus relatos para hacerse una opinión propia. He escogido este como muestra. 


EL ARMARIO
Thomas Mann

Estaba nublado, hacía frío y todo quedaba en una semioscuridad, cuando el expreso Berlín-Roma penetró en una de las estaciones intermedias de su ruta. En un compartimiento de primera clase, con cubiertas de pasamanería sobre la tapicería de felpa, Albrecht van der Qualen, viajero solitario, se despertó, incorporándose. Sentía la boca seca y en el cuerpo la no demasiado agradable sensación producida cuando el tren se detiene después de un largo viaje y nos damos cuenta del cese de un movimiento rítmico, tomando conciencia de las llamadas y señales del exterior. Es como volver en sí después de una borrachera o del letargo. Nuestros nervios, de pronto privados del ritmo protector, se sienten perdidos y desamparados. Pero aun es peor si acabamos de despertar del pesado sueño en el que se cae durante los viajes en ferrocarril.

Albrecht van der Qualen se desperezó un poco, se acercó a la ventanilla y bajó el cristal. Miró a lo largo de los vagones. Algunos hombres estaban ocupados en el furgón de correos, descargando y cargando paquetes. La máquina emitía una serie de sonidos, resoplaba y rugía un poco, esperando quieta, pero solo como lo hace un caballo, que alza los cascos, mueve las orejas y aguarda impaciente la señal de partida. Una mujer alta y robusta, con un largo impermeable, de cara inexpresiva pero preocupada, recorría el tren llevando una maleta de unos cuarenta kilos, la empujaba frente a ella con una rodilla. No decía nada, pero se le notaba acalorada y angustiada. Su labio superior estaba tenso y bañado en pequeñas gotas de sudor. Era, en conjunto, una figura patética.

«Pobrecilla -pensó Van der Qualen-, si pudiese ayudarte, aliviarte, hacerte subir..., solo para la tranquilidad de ese labio superior. Pero a cada quien lo suyo. Así están dispuestas las cosas de la vida; yo me quedo aquí, perfectamente despreocupado, mirándote como miraría a un escarabajo panza arriba.»

El cobertizo de la estación estaba casi sumido en la oscuridad. Madrugada o anochecer... no lo sabía. Había dormido. ¿Quién podía decir si habían sido dos, cinco o doce horas? En alguna ocasión había dormido durante veinticuatro o quizá más, de un tirón, con un sueño extraordinariamente profundo.

Llevaba un grueso abrigo corto con cuello de terciopelo. Por su complexión era difícil decir su edad: se podía dudar entre los veinticinco y el final de los treinta. Su piel era amarillenta, pero los ojos eran negros como ascuas y estaban rodeados de profundas sombras oscuras. Aquellos ojos no presagiaban nada bueno. Varios doctores, hablando francamente, de hombre a hombre, le habían dado pocos meses de vida. Su cabello negro estaba lisamente partido a un lado.

En Berlín -aunque Berlín no había sido el principio de su viaje-, había subido al tren cuando este empezaba a moverse, llevando como por casualidad un maletín de piel rojiza. Se había dormido y ahora, al despertar, se encontraba tan completamente desligado del tiempo que le invadió una sensación de alivio. Se regocijó con la idea de que al final de la fina cadena que llevaba alrededor del cuello, había únicamente una pequeña medalla metida en el bolsillo superior de su chaqueta. No le gustaba enterarse de la hora o del día de la semana, y lo que es más, no tenía tratos con el calendario. Hacía algún tiempo que había perdido la costumbre de saber el día del mes y hasta el mes del año. «Todo tenía que estar en el aire...», pensó y la frase, aunque bastante vaga, era comprensible. Este programa nunca o muy raramente, había sido alterado, pues se tomaba el trabajo de mantener todo conocimiento molesto a distancia. Después de todo, ¿no era suficiente con saber más o menos la estación del año?

«Debemos estar más o menos en otoño -pensó, mirando el húmedo y sombrío tren-. Es lo único que sé. Ni tan solo sé dónde estoy.»

Su satisfacción ante este pensamiento, le hizo estremecerse de placer. No, ¡no sabía dónde estaba! ¿En Alemania? Con seguridad. ¿En el norte de Alemania? Habría que verlo. Mientras sus ojos continuaban pesados por el sueño, la ventanilla de su compartimiento se había deslizado ante un letrero luminoso; quizá llevaba escrito el nombre de la estación, pero ni la imagen de una sola letra había sido transmitida a su cerebro. Aun aturdido, había oído cómo el revisor gritaba el nombre dos o tres veces, pero no había captado ni una sola sílaba. Afuera, en la semipenumbra de la que no se sabía si del día o de la noche, se extendía un lugar extraño, un pueblo desconocido.

Albrecht van der Qualen cogió su sombrero de fieltro de la red, su maletín de piel rojiza, la correa que aseguraba la manta escocesa de seda y lana, roja y blanca, enrollada alrededor de un paraguas con empuñadura de plata -y aunque su billete marcaba Florencia-, dejó el compartimiento y el tren, caminó a lo largo del cobertizo, depositó su equipaje en la consigna, encendió un cigarrillo, metió las manos -no llevaba ni bastón ni paraguas-, en los bolsillos de su abrigo y salió de la estación.

Afuera, en la húmeda, tenebrosa y casi vacía plaza, cinco o seis cocheros de punto hacían chasquear sus látigos. Un hombre, con gorra galoneada y larga capa en la que se arrebujaba tembloroso, preguntó educadamente:

-Hotel zum braven Mann?

Van der Qualen le dio las gracias cortésmente y siguió su camino. La gente con quien se cruzó llevaba el cuello del abrigo subido; él subió el suyo, escondió la barbilla en el terciopelo, fumó y continuó caminando, ni lentamente ni demasiado aprisa.

Pasó a lo largo de una pared baja y una vieja puerta flanqueada por dos pesadas torres; cruzó un puente con estatuas en los barandales y vio el agua deslizarse lenta y turbia bajo él. Un largo bote de madera, viejo y carcomido, se acercó, conducido por un hombre con una larga pértiga en la popa. Van der Qualen se quedó un momento reclinado sobre el barandal del puente.

«Aquí -se dijo-, hay un río; este es el río. Es agradable pensar que lo llamo así porque no sé su nombre», y siguió caminando.

Continuó hacia adelante un rato, por el adoquinado de una calle que no era ni muy estrecha ni muy ancha, después dio la vuelta a la izquierda. Anochecía. Empezaban a encenderse los fanales, vacilaban, brillaban chisporroteando y después iluminaban la penumbra. Las tiendas estaban cerrando.

«Entonces hay que concluir que estamos, no cabe duda, en otoño», pensó Van der Qualen, siguiendo por el camino negro y húmedo. No llevaba chanclos, pero la suela de sus botas era muy gruesa, duradera y firme, aunque no eran por ello menos elegantes.

Se mantuvo a la izquierda. Los hombres pasaban por su lado, se apresuraban hacia sus negocios o volvían de los mismos.

«Y yo camino con ellos -pensó-, y estoy tan solo y soy tan extraño a ellos como jamás lo ha sido hombre alguno. No tengo negocios ni metas. No tengo ni un bastón en que apoyarme. Nadie puede ser más retraído, libre y desligado. No le debo nada a nadie y nadie me debe nada a mí. Dios nunca ha tendido Su mano sobre mí. Él no me conoce. La desdicha honesta sin caridad es una buena cosa; un hombre puede decirse a sí mismo: no le debo nada a Dios.»

Pronto llegó al final de la población. Probablemente la había cruzado en diagonal. Se encontró en una ancha calle de los suburbios flanqueada de árboles y villas, dio vuelta a la derecha, pasó tres o cuatro travesías casi como callejuelas de pueblo, iluminadas tan solo por faroles, y se detuvo en una que era ligeramente más amplia, ante una puerta de madera, vecina de una casa común y corriente y pintada de amarillo deslucido, que tenía, sin embargo, el sorprendente detalle de unas ventanas de vidrio cilindrado, convexas y bastante opacas. En la puerta había un letrero:

En el tercer piso de esta casa se alquilan habitaciones.

-Ah... -murmuró.

Tiró la punta de su cigarrillo, siguió a lo largo de un entarimado que formaba la línea divisoria entre dos propiedades, giró a la izquierda y entró en la casa. Una grasienta alfombra gris corría a lo largo de la entrada. La cruzó en dos pasos y empezó a subir por la escalera de madera.

Las puertas de los apartamentos eran muy modestas; tenían paneles de vidrio blanco con refuerzo de alambre y en algunas de ellas había placas con los nombres. Los rellanos se iluminaban con lámparas de aceite. En el tercer piso, el último, pues ya le seguía el ático, había puertas a la derecha y a la izquierda, simples puertas de madera marrón, sin placas de ninguna clase. Van der Qualen hizo sonar la campanilla del centro. Llamó, pero no le llegó ningún ruido del interior. Llamó a la de la izquierda, no obtuvo respuesta. Llamó a la derecha y oyó pasos ligeros, largos como zancadas, y la puerta se abrió.

Salió una mujer, una dama; alta, delgada y vieja. Llevaba un sombrero con un gran lazo lila pálido y un anticuado y deslucido vestido. Tenía la cara hundida y semejante a la de un pájaro, y en su frente le había salido una erupción, una especie de tumor fungoso. Era más bien repulsivo.

-Buenas noches -dijo Van der Qualen-. ¿Las habitaciones?

La anciana asintió; asintió y sonrió lentamente, sin una palabra, de modo comprensivo. Con su bella y larga mano blanca, hizo un gesto pausado, lánguido y elegante en dirección a la puerta próxima, la de la izquierda. Después se retiró y apareció de nuevo con la llave.

«Vaya -pensó él cuando, detrás de la mujer, esperaba que abriera la puerta-. Eres como una especie de ave de mal agüero, una figura salida de la mente de Hoffmann, señora.»

Ella descolgó la lámpara de aceite de su gancho y le enseñó el camino.

Era una habitación pequeña, de techo bajo y suelo oscuro. Sus paredes estaban cubiertas con esteras de color pajizo. Había una ventana en el fondo de la pared de la derecha, oculta tras largos y delgados pliegues de muselina blanca. Una puerta blanca, también a la derecha, conducía al otro cuarto. Este se hallaba patéticamente desmantelado, con llamativas paredes blancas, contra las que se apoyaban tres sillas pintadas de rojo, que parecían fresas en nata batida. Un armario, un lavabo con espejo... La cama, una impresionante pieza de caoba, reposaba libremente en el centro de la habitación.

-¿Tiene alguna objeción? -preguntó la anciana, pasándose ligeramente la bella y larga mano blanca sobre el tumor fungoso de la frente. Era como si lo hubiese dicho por casualidad, porque en aquel momento no podía decir una frase más ordinaria.

Añadió en seguida:

-Por decirlo así...

-No, no la tengo -respondió Van der Qualen-. Las habitaciones están bastante bien amuebladas. Me las quedo. Quisiera que alguien fuese a recoger mi equipaje a la estación, aquí está la contraseña. ¿Sería usted tan amable de hacer la cama y traerme un poco de agua? Me dará la llave de la calle y la del piso. Quisiera un par de toallas. Me lavaré e iré al centro a cenar. Volveré más tarde.

Sacó un poco de jabón de una caja niquelada que traía en el bolsillo y empezó a lavarse la cara y las manos. Mientras lo hacía, miraba por las ventanas convexas a lo lejos, más allá de las calles suburbanas, cenagosas e iluminadas con gas, más allá aun de las luces de arco y las villas. Mientras se secaba las manos, fue hacia el armario. Era cuadrado, barnizado de color marrón, y con algunas grietas, que culminaba en una sencilla moldura curva. Estaba en el centro de la pared de la derecha, exactamente en el nicho formado por una segunda puerta blanca que, como es natural, comunicaba con las habitaciones a las cuales la puerta principal y la del medio del rellano daban acceso.

«Algo hay en el mundo que está bien dispuesto -pensó Van der Qualen-, este armario se adapta al nicho de la puerta como si lo hubiesen hecho a medida.»

Lo abrió. Estaba completamente vacío, con varias hileras de ganchos en el techo; pero no tenía fondo, y en su lugar había un trozo de arpillera, gris y arrugada, sostenida en las cuatro esquinas por clavos a tachuelas.

Van der Qualen cerró la puerta del armario, cogió su sombrero, se levantó de nuevo el cuello del abrigo, apagó la vela y salió. Al llegar a la puerta de entrada, le pareció oír mezclado con el ruido de sus propios pasos una especie de tintineo en la otra habitación: un sonido metálico claro y suave. Pero quizá se equivocaba. Era como si un anillo de oro hubiese caído en una jofaina de plata, pensó mientras cerraba la puerta exterior. Bajó la escalera, salió a la calle y se dirigió hacia el centro del pueblo.

Entró en un restaurante de una calle animada y se sentó en una de las mesas delanteras, dándole la espalda a todo el mundo. Comió soupe aux fines herbes, un filete con un huevo escalfado, compota y vino, un pequeño pedazo de Gorgonzola verde y media pera. Mientras pagaba y se ponía el abrigo, le dio algunas chupadas a un cigarrillo ruso, después encendió un puro y salió. Vagó un poco, encontró el camino de su pensión en los suburbios y fue hacia allí sin prisas.

La casa con las ventanas de vidrio cilindrado aparecía apagada y silenciosa cuando Van der Qualen abrió la puerta de la calle y subió por la oscura escalera. Fue iluminándose con cerillas y abrió la puerta marrón a mano izquierda, en el tercer piso. Dejó su sombrero y abrigo sobre un diván, encendió la luz de su inmenso escritorio y encontró allí su maleta y su manta de viaje con el paraguas. Desenrolló la manta y sacó una botella de coñac y un vasito. Fue bebiendo a pequeños sorbos, sentado en un profundo sillón, mientras terminaba de fumarse el puro.

«Es una suerte después de todo -pensó-, que haya coñac en el mundo.»

Fue al dormitorio, encendió la vela de la mesita de noche, apagó la luz de la otra habitación y empezó a desnudarse. Pieza a pieza fue dejando su traje gris, discreto y de buena calidad, sobre la silla roja al lado de la cama; pero al soltarse los tirantes recordó que su sombrero y abrigo aun estaban sobre el diván. Los trajo al dormitorio, abrió el armario... Pegó un salto hacia atrás y buscó apoyo a su espalda hasta asir una de las grandes bolas rojas de caoba que adornaban los postes de la cama. La habitación, con sus cuatro paredes blancas, en las que las tres sillas rojas resaltaban como fresas en un plato de nata, se recortaba en la inestable luz de la vela. Pero el armario estaba abierto y no estaba vacío. Había alguien dentro, una criatura tan encantadora que el corazón de Albrecht van der Qualen se detuvo un momento y después volvió a funcionar en largos, profundos y plácidos latidos. Ella estaba totalmente desnuda y uno de sus brazos esbeltos se levantaba para engarzar un dedo en uno de los ganchos del techo del armario. Largas oleadas de cabello castaño caían sobre sus hombros infantiles, respirando ese encanto al que no cabe otra respuesta que un sollozo. La luz de la vela se reflejaba en sus ojos rasgados. Su boca era un poco grande, pero tenía una expresión tan dulce como la de los labios del sueño cuando, tras varios días de dolor, nos besan la frente. Sus caderas formaban nido y sus esbeltas piernas se pegaban la una a la otra.

Albrecht van der Qualen se restregó los ojos con una mano y volvió a mirar... y advirtió que en el rincón de la derecha, la arpillera se había soltado del fondo del armario.

-Qué... -murmuró-. ¿Quiere usted entrar? ¿Quiere que cierre? ¿No desea un vasito de coñac? ¿Medio vasito?

Pero no esperaba respuesta y no obtuvo ninguna. Los ojos brillantes y rasgados, tan negros que parecían sin fondo e inexpresivos, lo miraban fijamente, pero sin intención y en cierta manera empañados, como si no lo viesen.

-¿Quieres que te cuente un cuento? -dijo ella de pronto con una voz baja y profunda.

-Cuéntamelo -contestó él. Se había dejado caer sobre el borde de la cama, con el abrigo sobre las rodillas y con las manos apretadas encima de él. Su boca estaba ligeramente abierta y tenía los ojos medio cerrados. Pero la sangre latía tibia y suavemente por todo su cuerpo y sentía un suave zumbido en los oídos.

Ella se había dejado caer sentada en el armario y con sus delgados brazos se rodeaba una rodilla doblada; tenía la otra pierna extendida ante sí. Sus pequeños senos se unían bajo la presión de sus brazos, y la luz resplandecía en la piel de su rodilla doblada. Hablaba... hablaba con voz suave, mientras la llama de la vela continuaba su danza silenciosa.

Dos caminaban entre los brezales, la cabeza de ella reposando en el hombro de él. Cundía el aroma de todas las cosas nacidas, pero la niebla nocturna empezaba a levantarse de la tierra. Entonces empezó. Y a menudo era en verso, rimando en el modo incomparablemente dulce y fluido que viene hacia nosotros, una y otra vez, en el semiletargo de la fiebre. Pero terminaba mal, era un final triste: los dos quedan en un abrazo indisoluble, con los labios unidos. Entonces uno apuñala al otro en el pecho, con un cuchillo inmenso... y no sin razón. Así termina. Entonces se levantó con un gesto infinitamente dulce y modesto, levantó la arpillera gris por el rincón de la derecha... y desapareció.

Desde entonces la encontró cada noche en el armario y escuchó sus cuentos... ¿Durante cuántas veladas? ¿Cuántos días, semanas o meses permaneció en aquella casa y en aquella ciudad? ¿Qué ganaríamos con saberlo? ¿A quién preocupa una miserable estadística? Sabemos, además, que varios médicos le habían dicho a Albrecht van der Qualen que le quedaban pocos meses de vida. Ella le contaba historias. Eran tristes y sin interés, pero flotaban como un suave estribillo sobre su corazón y lo hacían latir más tiempo y con mayor dicha. A veces perdía el control... su sangre se inflamaba. Tendía las manos hacia ella y ella no se le resistía. Pero entonces, durante varias veladas, no la encontraba en el armario y, al regresar, permanecía callada durante vanas noches. Después, poco a poco, empezaba a hablar hasta que él perdía nuevamente el control.

¿Cuánto duró? ¿Quién lo sabe? ¿Cómo saber si Albrecht van der Qualen se despertó en aquella tarde gris y bajó del tren en aquella desconocida ciudad? Quizá permaneció despierto en su vagón de primera clase y dejó que el expreso Berlín-Roma le llevase velozmente más allá de las montañas. ¿Cargaría cualquiera de nosotros con la responsabilidad de contestarlo de modo definitivo? Todo es incierto.

«Todo puede estar en el aire...»

FIN

viernes, 5 de febrero de 2016

Un libro tras otro (4)

A childhood without books – that would be no childhood. That would be like being shut out from the enchanted place where you can go and find the rarest kind of joy. Astrid Lindgren.

No sería yo si no hubiese dedicado parte de mi tiempo a la literatura infantil, un genero minusvalorado en mi opinión. Pienso que es imposible no engancharse a buen libro para niños, los pequeños son lectores muy difíciles de satisfacer, se distraen con facilidad y se aburren. La narrativa infantil debe tener ritmo, acción, imaginación y emoción. No es cuestión de infantilizar el lenguaje, no se trata de escribir para niños tontos porque entonces los listos se ofenderían, y los niños listos leen mucho más que los tontos. Los libros infantiles son la puerta al mundo de la literatura y un pequeño tragalibros difícilmente olvidará su pasión por la lectura al llegar a la edad adulta.

La literatura infantil no sería lo mismo sin Michael Ende. Hace tiempo me comentaron que mi libro de Paloma recordaba a "El ponche de los deseos" y, aunque no conocía esa historia en concreto, me sentí muy halagada.  Después de leerlo fui consciente de la magnitud del cumplido. Es una historia fabulosa, muy imaginativa y divertida. De lo más recomendable son también los dos libros de Jim Botón, pensados en su origen como un único tomo, que he leído durante las Navidades, la época en la el espíritu infantil toma fuerza, "Jim Boton y Lucas el Maquinista" y "Jim Boton y los trece salvajes". Jim Boton vive en el pequeño reino de Lummerland, un reino tan diminuto que no caben más habitantes y por ese motivo los protagonistas parten en busca de su nuevo lugar en el mundo y encuentran aventuras inesperadas. Son historias que derrochan imaginación, están llenas de valores sin ser por ello moralizantes, graciosas, dulces sin empalagar y muy, muy entretenidas.

También en Navidad da gusto regresar a los cuentos de toda la vida y "Todas las hadas del reino" de Laura Gallego es precisamente eso: un cuento de cuentos, un cuento de hadas en el que la protagonista no es la doncella encantada sino un hada madrina saturada de trabajo que termina agotada cada jornada (y eso no es bueno). El desarrollo me recordó a Maléfica, la película de Disney, una visión de la Bella durmiente que me gustó mucho, sin embargo la segunda mitad de "Todas las hadas" me pareció más lenta y menos inspirada que su principio. De la misma autora es "Alas Negras", la segunda parte de "Alas de fuego" (que leí hace años y me gustó). Creo que es una de las novelas mejor trabadas de Laura Gallego, la conclusión es emocionante y te mantiene en vilo sin despegar la nariz de sus páginas a lo largo de toda la trama. Cierto que va dirigido a un público adolescente y a veces los personajes tienen reacciones infantiles e irritantes que no encajan con otras muestras de carácter más maduro. Personalmente, opino que eso le resta calidad al conjunto, porque hay partes que son realmente buenas y con estupendas reflexiones.

Tenía pendiente "The Penderwicks in Spring", el cuarto libro de la saga de Jeanne Birdsall. En esta última entrega la protagonista es Batty, la pequeña de las Penderwick originales (ya hablé de ellas en noviembre). Batty es una protagonista encantadora. Con el crecimiento de la familia se ha convertido en la mayor de los jóvenes Penderwicks y sobre ella recae el cuidado de los pequeños, en lo que recuerda mucho a su hermana mayor Rosalynd. La gran pasión de Batty es la música y, además de en la familia, la novela se centra en ese tema. Todo va bien hasta que en un punto todo se tuerce. En mi opinión se tuerce demasiado y el desencadenante de la tragedia es realmente dramático, no me parece que encaje con lo narrado en las novelas anteriores. No es un mal libro pero no está a la altura de los anteriores, es una pena que la autora haya forzado tanto la trama.

Creo que este es el recuento completo por el momento (41 libros en algo menos de 3 meses no es mala media). En estas entradas me falta mencionar los "33 desnudos en bata", de María Pasquín, que ya comenté con detalle en el enlace (pinchad en el título para leerlo).

miércoles, 3 de febrero de 2016

Un libro tras otro (3)

La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta. André Maurois.

Prosigo, que casi tres meses de un libro tras otro dan para mucho. Una amiga me recomendó "La cinta roja" de Carmen Posadas. Se trata de la autobiografía novelada de un personaje real, Teresa Cabarrús, y es además una manera muy amena de descubrir los entresijos de la Revolución Francesa, con una combinación de historia, política, sociedad y cotilleos escandalosos. Sobre esto último, me basta con citar a la protagonista: "cuando se trata de sobrevivir, la moralidad se vuelve de lo más elástica".

Otra recomendación, en este caso a través de un club de lectura, al que no pertenezco, fue "La nieta del señor Linh" de Philippe Claudel. Es una novela corta, sencilla y dulce en la que el ambiente de las calles, del puerto y del hogar de refugiados tiene sonidos y aromas y los personajes poseen vida y están llenos de humanidad. También dentro de la literatura francesa, aunque en este caso con raíces rusas, se encuadra una de mis autoras favoritas, Irène Némirovsky. "Los Bienes De Este Mundo" se podría considerar como un anticipo a la maravillosa "Suite francesa". Da gusto leer este libro, el estilo es precioso y el tono es más suave que en sus novelas previas, con más esperanza y menos amargura.

Amazon también ofrece sugerencias y suelo investigar algunas de ellas. Así cayó entre mis manos Anna K. Green, una escritora de finales del XIX, creadora de la novela de detectives, y la mar de entretenida, cuyas obras se pueden conseguir, de forma gratuita, a través de gutenberg.org. Amelia Butterworth es una curiosa predecesora de Miss Marple y las tres novelas de las que es protagonista (en español solo está disponible "El misterio de Gramercy Park") son  ideales para desconectar. La segunda, Lost man lane, tiene un toque gótico que, aunque la enlentece un poco, contribuye a la intriga. Más pesado me resultó "El misterio del carruaje" de Fergus Hume, otra sugerencia de la página. Acertaron de nuevo con Margaret Deland, una escritora americana, realista e intimista, que sitúa sus escenarios en el pequeño pueblo de Old Chester. Su recomendación fue "Reencuentro" ("An encore" en inglés, en la página de gutenberg). Narra un tierno romance frustrado que resurge medio siglo después. Es una historia breve, con un humor cómplice, uno de esos libros en los que no parece que pase nada porque todo transcurre de manera tranquila pero que, al terminar, deja buen sabor de boca. Tras la agradable experiencia busqué más obras de la misma escritora y me instalé a leer. Así, a través de las páginas de "Dr. Lavendar's people", me vi sentada junto al fuego de la chimenea de los hogares de Old Chester y fui testigo de las vidas de sus habitantes.

De gente buena y lugares bucólicos, en este caso las Lowlands escocesas, tratan las novelas de D. E. Stevenson. La mejor descripción que se me ocurre para su estilo literario es "comfort books", libros amables, románticos sin empalagar, que se leen con una sonrisa, y que me recuerdan al mejor MacCall-Smith. Empecé con la saga de James y Rhoda que consta de tres libros: Vittoria Cottage, Music in the Hills y Shoulder the sky. "Amberwell" me convenció menos aunque no tardé en reconciliarme de nuevo con su autora gracias a "The baker's daughter" y "Anna and her daughters". Me los he leído todos seguidos, en uno o dos días cada uno y, así puestos, puede dar la impresión de que me he empachado de paisajes escoceses, de amabilidad y de romance, pero lo cierto es que ha sido un empacho muy ligero (del que no me veía harta).

No siempre acierto y hay libros que empiezo y no termino. No significa que sean malos libros, en absoluto, de hecho hay grandes autores entre mis rechazados. Supongo que a veces no me pillan en el momento adecuado, y otras provocan que no me sienta cómoda (sin ser ese su propósito). Los dejo sin remordimientos. Hay mucho que leer como para esforzarse en acabar algo solo por llegar al final. Tras intentarlo he llegado a la conclusión de que no conecto con muchos autores, entre ellos Nabokov. Para mi primera experiencia me decanté por "Pnin", una supuesta comedia sobre un pobre profesor inmigrante que trata de adaptarse a su entorno. Las nuevas costumbres, tan distintas a las de su lugar de origen, le generan confusión y los giros de idioma no ayudan a resolver sus dudas. Pnin es un buen hombre, no es ningún tonto, y aunque a veces sus palabras puedan despertar alguna sonrisa, no pude evitar empatizar con él. Es por eso por lo que la historia de sus malentendidos, su amor malogrado y de sus problemas me pareció más patética que divertida. Después probé con "Rey, dama y valet" pero, no sé si porque me pilló recelosa, no logré conectar con sus personajes y lo abandoné. "Lilus Kikus", mi primer Elena Poniatowska, pasó sin pena ni gloria entre mis manos como un libro intrascendente que podría tener mucho más encanto, pero que carece de profundidad y no deja poso, ninguno, lo terminé pero lo he olvidado. Otro con el que tampoco atiné fue con "El despertar de la señorita Prim" que también terminé. El principio no está mal, luego se vuelve pesado y mejora, discretamente, al final. Los personajes son muy, muy planos y da la impresión de que más que dialogar, sermonean. Tengo la impresión de que el argumento del libro es un largo sermón. No sé porque insistí, a veces parece que llegar al final te llevará alguna parte pero, si no lo ha logrado antes, esa idea no es más que "wishful thinking".

(continuará, aunque respirad, que ya solo queda el final)

martes, 2 de febrero de 2016

Eva Cassidy



La maravillosa Eva Cassidy nació un día como hoy, un 2 de febrero, de hace 53 años que no ha llegado a ver porque, por desgracia, murió a la temprana edad de 33 años víctima de las metástasis cerebrales de un melanoma. Aunque sus canciones son versiones de otros autores, no escribió composiciones propias, Eva personaliza la música con su voz limpia y su gran sensibilidad, le da alma y la convierte en algo especial. ¿Cómo puede un sonido tan puro y sencillo resultar tan fascinante? Es un placer escucharla.

domingo, 31 de enero de 2016

Un libro tras otro (2)

De los diversos instrumentos inventados por el hombre, el más asombroso es el libro; todos los demás son extensiones de su cuerpo… Sólo el libro es una extensión de la imaginación y la memoria. Jorge Luis Borges. 

Después de Gabo me fui al mito del diablo en persecución del alma de los hombres. No había leído Fausto, de Goethe, y decidí que era momento de subsanar esa carencia. Cierto que es una obra maestra pero también es cierto que resulta muy compleja y que mis conocimientos (mejor dicho, la escasez de  ellos) no me permitieron sacarle todo el jugo. Aún así me pareció admirable: el ritmo de la poesía, la imaginación, los diálogos para llevar al otro a su terreno, la recreación de Walpurgis...

Mucho más sencilla y divertida es "La Maravillosa Historia De Peter Schlemihl" de Chamisso en la que el protagonista descubre el valor de su sombra, aunque no esté dispuesto a pagar el precio por recuperarla. De un modo más ligero que Goethe, Chamisso hace también un pequeño análisis de la humanidad.

El último de la triada fue el "Dr. Faustus" de Thomas Mann, un libro impresionante, casi un tratado de filosofía y música, cuyo protagonista es un compositor genial afectado de neurosífilis, enfermedad representada por el diablo. El narrador, mientras refiere la biografía de su amigo, comenta también su preocupación por la situación de Alemania y se confiesa contrario al gobierno nazi. Thomas Mann era un genio, su forma de escribir es prodigiosa, como también lo son los conocimientos que muestra y su manera de pensar y de analizar las situaciones. Ayer terminé su "Muerte en Venecia", historia que narra como, durante una epidemia de cólera en la ciudad de los canales, un viejo escritor, ya enfermo, se enamora de un adolescente que es la encarnación de la juventud y de la belleza más clásica, y aunque sabe el riesgo que corre al quedarse, descubre que ese amor secreto está por encima de la razón y las convenciones con las que ha vivido hasta entonces. Si os interesa, podéis encontrar en la página de ciudadseva junto con otros muchos relatos y cuentos clásicos traducidos al español (entre ellos algunos de Thomas Mann, más breves y más asequibles que sus novelas).

Y ya que estamos con cuentos, "Todos los cuentos" de Cristina Fernández Cubas, recoge en un tomo los cinco libros de cuentos de su autora. Son relatos inquietantes, muy bien escritos, que despiertan la intriga y enganchan al lector aunque, en ocasiones, los giros para mantener la atmósfera psicológica y llegar a un final, que suele ser abierto, resultan algo forzados. Otra narración llena de tensión es el cuento que abre "La excursion" de Gerald Durrell en el que, además de esa espeluznante historia de miedo, hay dos relatos de desventuras familiares al más puro estilo Durrell, es decir: disparatadas y divertidísimas. Por cierto, nunca os subáis a un barco griego (si podéis evitarlo).

Cortas y de viajes son también las historias de Luis Sepúlveda, un escritor chileno cuya ideología no comulga con la del Catedrático, aunque en mi opinión, de hija rebelde, cayó en un fragmento desafortunado y no le ha dado una oportunidad. "Patagonia Express" fue el culpable de ese desencuentro. Más que un libro es un viaje, un recorrido lleno de aventuras que comenzó en Martos, con su abuelo (un personaje demasiado irreverente con la iglesia), cuyo regreso ha de cumplir el nieto. Es ese largo viaje, con todas sus vicisitudes (algunas durísimas), sus estaciones y la gente que encuentra en el camino, el que se narra en este magnífico libro que te conquista de principio a fin. "La lámpara de Aladino" es una colección de relatos políticos, policiacos, románticos, oníricos, de recuerdos y en recuerdo de, algunos con un estilo más periodístico y otros semejantes a un cuento. Mi favorito es el más poético y ecológico de todos, el del árbol, una preciosidad. Ecologista es el "Mundo del fin del mundo", una denuncia de la caza de ballenas y una novela en la que el agua helada del mar austral penetra hasta los huesos a través del viento de sus páginas. Y ecologista es también la deliciosa "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar", que he vuelto a releer y a disfrutar tanto o más que la primera vez. Cuenta la historia de un gato que adopta un polluelo de gaviota y que, a la hora de enseñarle a volar, se encuentra con dificultades casi insalvables. Muestra lo importante que es el honor de los gatos del puerto a la hora de cumplir sus promesas. Es un cuento para todas las edades, divertido y lleno de ternura.

(continuará, sí, que aún vamos por la mitad)

sábado, 30 de enero de 2016

Un libro tras otro (1)


It doesn't matter. I have books, new books, and I can bear anything as long as there are books. Jo Walton

Leo, leo y leo, no exagero. Bendito Kindle que me permite tener miles de libros sin llenar la casa de ellos, porque los que tengo ya no caben. De vez en cuanto me siento al ordenador y pierdo el tiempo, ante la pantalla es muy fácil distraerse y acabar mirando cosas que, de otro modo, jamás me interesarían los suficiente como para preocuparme por ellas. Dejo de leer, pero el libro enseguida me llama.

Algunos libros los termino en una tarde, con otros tardo un par de ellas, algunos me llevan incluso casi una semana, que luego compenso durante el fin de semana en el que le doy un empujón a mi lista de lecturas que, por otro lado, no hace más que crecer y crecer. Una lectura te lleva a otra y la bola crece al igual que una pelota de nieve mientras rueda por la ladera de una montaña. El delirio lector se asemeja a estar dentro de esa gigante bola de nieve mientras todo lo de alrededor da vueltas y más vueltas al tiempo que crecen las capas de páginas que te envuelven.

No puedo escribir una reseña en el blog de cada libro que leo, pienso en hacerlo pero me da pereza y, sinceramente, no me apetece imponerme esa obligación. No leo para escribir un análisis de mis lecturas sino para disfrutar y perderme en la magia de las palabras porque, si algo tienen los libros bien escritos, es que son mágicos. Lo que sí hago últimamente es escribir mi opinión en amazon con el propósito de llevar la cuenta de lo que leo porque, de otro modo, me sería imposible escribir este post.

¿Qué he leído desde mi último post al respecto, nada menos que en el mes de noviembre? Tuve una racha en la que me dio por García Márquez. Me interesé por su biografía en "Vivir para contarla" en la que con su característico realismo mágico, narra su infancia, los orígenes de Macondo y sus comienzos literarios. Después de aquello, lo lógico era leer "La hojarasca" y eso hice. Me encanto. Es como regresar a un capítulo de Cien años de soledad, a una habitación en penumbra en un pueblo perdido en la selva, junto a la humedad del río, en una reflexión sobre el pasado y la muerte. Hace mucho tiempo leí "El coronel no tiene quien le escriba" y entonces no me convenció. Decidí darle una nueva oportunidad que ha servido para ratificarme en mi opinión de que lo mío no son las peleas de gallos y me cuesta conectar con esa obra, hay demasiada miseria. "Memoria de mis putas tristes" sobre el amor casi paternal de un anciano por una adolescente, virgen y asustada, me resultó entrañable, es el mismo romanticismo que respira "El amor en los tiempos del cólera" (que leí hace años). Sobre la prostitución, aunque de un modo más cruel, y también más divertido, trata también "La increíble y triste historia de la cándida Edelmira y su abuela desalmada", un relato entretenido muy fácil de leer. Otra versión de la vieja profesión, en este caso sin amargura y en clave de humor, es la de Stephan Zweig en "Las hermanas", otra de mis lecturas de estos meses. Zweig posee un verdadero don a la hora de transmitir los conflictos emocionales de sus personajes, ya sea en clave trágica, romántica o simplemente con descripciones de comportamientos competitivos y contradictorios como en esta comedia de dos gemelas iguales y supuestamente distintas.

No sé si, ya que estamos con el realismo mágico, "Sueños de sueños y Los tres últimos días de Fernando Pessoa" de Tabucchi, se podría encajar en este estilo, porque la atmósfera es más surrealista. La primera parte, "Sueños de sueños", es un libro onírico, casi digno de un psicoanálisis, en el que el autor imagina, relato a relato, los distintos sueños de personajes a lo largo de la historia, desde Ovidio hasta Pessoa y Freud. En "Los tres últimos días de Fernando Pessoa" el autor se encuentra con sus heterónimos y describe la influencia que han tenido en su vida y su obra. La prosa es relajada, casi poética y el libro, breve, resulta muy interesante. Sin duda Pessoa era un personaje de lo más curioso, aunque es probable que también fuese demasiado complejo y no creo que sus múltiples personalidades contribuyesen a su felicidad.

(continuará, que esto es solo el comienzo)