miércoles, 1 de julio de 2015

4 años

El blog cumple 4 años. En realidad este último ha sido un año de blog a medias, en el que he bajado mucho el ritmo. Llega un punto en el que el exceso satura, incluso a mí, y es necesario desintoxicarse y pasar a otra cosa. Siempre hay otras cosas pendientes por hacer y cuando no apetece siempre hay excusas para no hacerlas, el blog era una de ellas.

¿Con qué he sustituido mi adicción al blog? Se podría pensar que he invertido la mayoría de mi tiempo en corregir mis cuentos para publicarlos. Una buena parte sí que se ha ido en ello, los textos necesitaban revisarse y la edición era algo nuevo para mí y la he aprendido, más o menos, a base de errores. Me imagino que hay manuales que simplifican la tarea pero eso de leerse las instrucciones no es mi manera de funcionar sobre todo si hay algún modo de obviar el estudio de la teoría y es posible pasar directamente a la práctica. Tras realizar el experimento se deduce que el método de ensayo y error no ofrece productos perfectos de entrada pero, a fuerza de repetir, el resultado termina por ser adecuado para la autopublicación. Ya lo decía Baltasar Gracián, en uno de los lemas favoritos de mi primo Andrés, "nada sustituye a la constancia", aunque quizás, en este caso, un poco de formación previa habría ayudado.

La escritura no ha sido lo que me ha tenido absorbida. Creo que mi tiempo libre, que en las horas de trabajo más me vale concentrarme en el paciente, lo he invertido en leer. ¿Qué he leído en concreto? Lecturas variadas y surtidas. Me limitaré a lo que va de año, desde Enero, y empezaré a enumerar por Doctorow. La Señora me regaló tras uno de sus viajes a los USA "All the time in the world", un libro de narrativa breve de este autor. Entre todas las historias destacaría la de Joline. Doctorow es un genio a la hora de reflejar la psicología no solo de sus personajes sino del ambiente en el que se encuentran y en Joline ese don brilla con luz propia. Después de aquello  me regaló "El Arca del agua", en Reyes, una novela negra diferente en la que los recuerdos y los olvidos constituyen la base de la investigación. No soy de novela negra pero definitivamente sí que soy de Doctorow, escriba lo que escriba. Otros libros desde entonces han sido: El cerebro de Andrew (psicoanálisis puro y fascinante), Homer and Langley (el síndrome de Diógenes de dos hermanos neoyorquinos), La gran marcha (otro de mis favoritos, en este caso sobre el final de la Guerra de Secesión americana a través de la evolución de diferentes personajes), Loon Lake (una narración compleja de amor, sindicatos, poetas y mafiosos durante la Gran Depresión).

También le he dedicado mi tiempo a Bradbury. Descubrí "Dandelion wine" (traducido al español como El vino del estío) casi por casualidad y me cautivó. Bradbury tiene ese don, te cautiva, convierte las cosas más sencillas en entrañables y el lenguaje más simple en poesía. La novela tenía una continuación, Farewell summer (el verano del adiós) y el mismo escenario sirve para el desarrollo de una historia de Halloween, Something wicked this way comes, en el que dos niños se ven perseguidos por unos feriantes diabólicos. Sobre otro lugar entre la realidad y la fantasía, Summerton, un pueblo perdido en el tiempo, que también se ha olvidado a sus habitantes, versa Somewhere a band is playing.  Solo se necesita leer la primera frase para quedar atrapado por la imagen: There was a desert prairie filled with wind and sun and sagebrush and a silence that grew sweetly on wildflowers. There was a railtrack laid across this silence and now this railtrack shuddered." 

A Bradbury en ocasiones se le clasifica como un autor de ciencia ficción, pero en mi opinión eso es acotar demasiado sus capacidades, en realidad es un mago de las palabras, hay luz, color y olores en sus textos. Aunque me encanta la fantasía, la ciencia ficción me cuesta más, supongo que porque la mayoría de esos mundos del futuro viven en una continua guerra y ese ambiente no consigue atraparme. Sin embargo me llamó la oferta de Kindle flash de "El marciano" de Andy Weir y me pasé unos días en Marte totalmente pendiente de las vicisitudes de su protagonista. Es un libro trepidante que te mantiene en vilo de principio a fin. Realmente adictivo. De ciencia ficción también es el último que he leído de Rosa Montero, El peso del corazón. En ocasiones resulta un tanto irregular pero también es cierto que lo compensa con momentos brillantes. De Rosa Montero también he leído en estos meses " El amor de mi vida" "Historias de mujeres" y "La loca de la casa", quizá el de historias de mujeres sea el que me ha resultado más interesante, los otros no me han dejado una gran huella. Desde luego mi favorito sigue siendo "La ridícula idea de no volver a verte".

De La lluvia amarilla de Llamazares me fascinó su lenguaje poético y su ambiente fantasmal, pero ni el Catedrático ni la Señora compartieron mi entusiasmo, les pareció demasiado trágico y oscuro. Escenas del cine mudo, del mismo autor, me aburrió un poco. Con lo que he arramblado como una posesa es con las obras de Luis Sepúlveda. Hace años hermanita ganó uno de sus libros como premio de lengua en el colegio, en concreto "Un viejo que leía novelas de amor". No me acordaba de la historia y al ver el libro en un estante en casa de mis padres decidí que era un buen candidato para su relectura. ¿Cómo pude olvidarme de ese viejo solitario y agudo? ¿y de los sonidos de la selva amazónica? ¿y del olor de las fieras? Al viejo le siguieron "Hotline", un relato policiaco, "Nombre de torero", otra novela negra fascinante, "La sombra de lo que fuimos", "Diario de un killer sentimental y Yacaré". Además descubrí que también escribía cuentos infantiles, una de mis debilidades, y aproveché para leerme su encantadora "Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar" y la entrañable "Historia de Mix, de Max y de Mex."

¿Ha habido más literatura en español? Por supuesto. Siempre hay clásicos pendientes y otros en los que al releerlos se descubre algo, o más que algo. Me he releído El Quijote, en serio, de principio a fin, e intenté leer por primera vez una de las grandes obras europeas del S.XX, "Las aventuras del gran soldado Svejk", pero me fue imposible. El protagonista no es que sea un inocente, es que es simplemente tonto y no logró interesarme lo más mínimo. Confieso que no le di mucha oportunidad pero me resultó tan irritante que decidí abandonarle a su suerte. Mejor me fue con La Regenta, un personaje mucho más complejo que Ana Karenina, obra que en mi opinión merece la pena por el personaje de Konstantin Dmitrovich Levin y el ambiente de cambio social en el que se desarrolla, pero no por el romance y los celos de la dama. La verdad es que en el S. XIX las aristócratas se aburrían como ostras y cualquier emoción que las encendiese cambiaba sus vidas. El problema es que perdían su identidad para acabar siendo un apéndice del amado que, como es lógico, se olvidaba rápidamente de lo que quedaba de ellas. Los Pazos de Ulloa de Emilia Pardo-Bazán ha sido otra de mis puestas al día, ¡qué manera de escribir!, no creo que la Condesa tuviese nada en común con las lánguidas aristócratas francesas, rusas o de Vetusta.

Bien sûr no podía faltar algún francés. Para conocer a Modiano y saber si podía gustarme empecé por un cuento, Catherine Certitude, una historia sencilla de un padre y su hija. Un acierto. Pasé a su semiautobiografía de "Un pedigrí", que no me convenció, me dio la impresión de ser un hombre resentido y duro. Opté por limitarme a la ficción. En sus novelas, aunque solo he leído algunas, da la sensación de que los personajes son los mismos aunque cambia el plano en el que participan, serían tramas paralelas narradas o bien de primer plano o de fondo. Personalmente el que más me gustó fue el de La calle de las tiendas oscuras. De todos modos sé que no he terminado de captar la esencia de Modiano, según el Catedrático en su obra subyace una crítica a los existencialistas y hay que tener una base de conocimientos sobre estos para detectarla y valorarla como es debido. Dudo que aprenda nunca.

Entre medias he leído cuentos y literatura juvenil, aunque la más actual de vampiros y distopías no es mi estilo y por lo tanto no estoy al día en cuanto a novedades. Me encantó la versión de Neil Gaiman del cuento de la Bella Durmiente, The Sleeper and the Spindle, aunque es una pena que en kindle falten algunos fragmentos. At the Back of the North Wind, un clásico de literatura infantil inglés, de George MacDonald con ilustraciones de Willcox-Smith me pareció precioso. A. A. Milne, el creador de Winnie de Pooh, escribió una novela policiaca al estilo de Agatha Christie la mar de entretenida, "The Red House mistery". No dispuesta a quedarme con una única obra de este autor en mi haber busqué más y así encontré en Gutenberg un cuento muy imaginativo y algo disparatado, Once on a Time. Me encantó. También me gustó mucho una trilogía de dragones de Jessica Day George, escrita para niños. De ahí pasé a su serie juvenil de Dancing Princess y a su versión de East of the Sun(...), una de mis leyendas nórdicas favoritas cuyo argumento recuerda, en parte, a la Bella y la Bestia. Supongo que en esos momentos estaba en fase de cuentos de hadas, de héroes y de príncipes azules. Otro filón de literatura juvenil que no defrauda son los ganadores de la Medalla Newbery, que por cierto se menciona en Anne of Green Gables, con historias bonitas y bien escritas. Creo que de ahí salió Number de Stars, de Lois Lowry, en el que la estrella se refiere a la que los judíos estaban obligados a llevar para identificarse. Walk two moons, sobre cómo ponerse en la piel de otros, The island of blue dolphins, Rooftoppers y First aid for fairies salieron de esa lista o de las recomendaciones asociadas de amazon. A veces en la fantasía también me equivoco y tuve que dejar a medias El color de la magia de Prachett porque me resultó absurdo. Le di una oportunidad porque es una saga que cuenta con muchos fans (motivo que no fue una gran muestra de inteligencia por mi parte, lo popular no suele ser lo que más me atrae).

Miro a diario las ofertas de Kindle flash, es fácil, estoy suscrita a su Newsletter. No siempre merece la pena pero cuando lo hace, aprovecho. Un buen ejemplo es la estupenda biografía de Lucrecia Borgia de Darío Fo y otro es la novela de equívocos de Arthur Bennet, Enterrado en vida. A través de una promoción de Casa del libro conseguí Viajes con Charley de Steinbeck, uno de mis escritores favoritos, y eso a pesar de que aún tengo abandonado el final de Las uvas de la ira, el problema es que se me hace un nudo en la garganta de pura tensión ante las injusticias y abusos que se ven obligados a sufrir los protagonistas y tengo que detener la lectura hasta asumir que lo van a pasar mal. Viajes con Charley es un diario de ruta con anécdotas y reflexiones en el que el protagonista es el gran escritor. Con eso lo digo todo.

Casi lo último que he leído ha sido el Premio Pulitzer de este año, "All the light we cannot see" de Anthony Doerr. Un libro sobre las vidas de una muchacha ciega durante la Segunda Guerra Mundial y la de un joven alemán con un talento especial para los aparatos de radio. Son capítulos cortos, muy bien escritos, que cambian de escenario de uno a otro pero sin que esos saltos resulten fuera de lugar o rompan la historia, sino más bien al contrario, hacen que la novela mantenga un ritmo similar al del balanceo de un columpio. En mi opinión la historia tiene un final muy claro y se prolonga de manera innecesaria, no comprendo por qué su autor necesitó añadir ese final-epílogo.

Después de Anthony Doerr me fui a Cabaret Biarritz, de José C. Vales. Después de una reseña en "Érase una vez" en la que mencionaban un cierto paralelismo con "Nos vemos allá arriba", de Pierre Lemaitre, me había quedado con ganas de leerlo. Es la historia de la investigación de un crimen construida a base de entrevistas en la que las piezas encajan, poco a poco, como un puzle. Una crónica social que destila humor, cinismo, falsedad y verdades escondidas entre líneas en las que sale a la luz lo que nadie desea sacar.

Aquí lo voy a dejar. Es posible que me haya dejado alguno, por ejemplo no he mencionado a Vonnegut, ni a Nesbit, ni a Hodgson-Burnett ni tampoco a D.E Stevenson (muchos de cuyos libros son accesibles a través de Open Library),  y merecen la pena. Aún así es evidente que la lista no está mal. Si no me gusta una obra, la dejó, hay mucho y muy bueno que leer como para perder el tiempo con algo que no me convence. Ha sido un cuarto año de blog algo raro en el que me apetecía mucho más perderme en el mundo-libro que en el mundo-blog.

martes, 23 de junio de 2015

Restaurante Víctor Gutierrez, Salamanca

El año pasado nos invitaron a una boda a Salamanca y aprovechamos la coyuntura para pasar allí unos días. Además del turismo cultural también nos dedicamos al gastronómico, que tras tanto paseo hay que reponer fuerzas. Animados por alguna de las críticas que leímos, reservamos en el Restaurante de Víctor Gutierrez, en la C/ Empedrada. Este año nos han invitado a una nueva boda en esa misma ciudad y nos hemos apresurado a reservar una mesa en el mismo restaurante. Entre entonces y ahora el lugar ostenta una estrella Michelín merecidísima.

El local es muy agradable, más bien minimalista y con hueco entre las mesas para preservar la intimidad de los comensales. Dos camareras sonrientes y encantadoras atienden a los comensales de manera impecable, les explican los platos, servidos en una vajilla de dimensiones verdaderamente colosales, y procuran responder a todas sus preguntas, aunque tengan que indagar en la cocina para contestar algunas. Da gusto el trato que tienen, son un aliciente más del sitio.

La carta dispone de dos menús degustación, diferentes pero adaptables según las preferencias e incompatibilidades del gastrónomo de turno. Después de trasnochar el día anterior por culpa de la boda, se nos había hecho algo tarde para desayunar en el hotel esa mañana y, aunque en el convite había comida suficiente para cuatro enlaces, la cena había bajado a lo largo del baile y estaba más que digerida. Aún arrastrábamos algo de sueño y eso da hambre. Tanta justificación es para explicar por qué nos decantamos por el menú largo, aunque el motivo principal es que somos unos glotones y así contábamos con más platos para probar y disfrutar.

De aperitivo House pidió la cerveza de la casa, Ink, una tostada elaborada por el chef que presenta la peculiaridad de llevar, además de malta de cebada, quinoa, un semicereal típico del altiplano peruano, de donde es oriundo el chef. Es una cerveza deliciosa, de las mejores que he catado, suave y con cuerpo, algo afrutada y un poco más dulce en razón de la quinoa. Preguntamos si la pensaban comercializar y nos regalaron una botella (que ya no tenemos). La carta de vinos es amplísima, aunque con especímenes prohibitivos para nuestra economía. Optamos por probar un Ribera de nombre Romántica, un crianza suave y fino pero con algo de cuerpo y que entraba de maravilla. Muy recomendable.

Abrió el baile de platos la primavera de ibéricos, con un extraordinario jamón de Guijuelo y unos chips de patata crujiente aderezados con un poco de sobrasada. Lo presentaban sobre unos palos (no comestibles) entre los que se escondían unos grisines (que sí se comían). En el siguiente plato los palos de adorno se transformaron en piedras que amurallaban una tira de hojaldre con aguacate, que también venía presentado sobre un alga crujiente, una zanahoria baby con gelatina de yuzu (un cítrico japonés) y una fantástica minimadalena de aceitunas con su tapenade de olivas negras en un fabuloso contraste dulce-salado.

Uno de mis favoritos fue el atún marinado sobre crema de ajoblanco y acompañado de helado de erizo. Un verdadero manjar en el que el sabor de las almendras del ajoblanco suavizaba el marisco del helado al derretirse en la boca con el bocado de atún.

La próxima vez que compre cigalas las pondré sobre un lecho de ensalada de quinoa y le prepararé una salsa de yogur con un toque de pepino y jalapeños. No sé dónde conseguir la anguila ahumada que lo complementaba, con suerte lograré unos arenques, pero con que me quede la mitad de bueno que el original ya me conformo.

Un bocadito de cochinillo congració a medias a House con la elección del menú (en el corto el cochinillo era uno de los platos principales). Digo a medias porque después de probar aquel bocadito, crujiente y jugoso, daban ganas de tomarse el lechón entero.

Seguimos con anticucho, una salsa peruana en la que generalmente se macera carne y que se elabora con 16 ingredientes: aceite, ajo picado, comino, jugo de limón, pasta de ají panca, pimienta molida y fresca, sal, vinagre de vino tinto, cerveza negra, orégano y toda una serie de verduras. En este caso lo macerado eran atún y pichón que venían servidos sobre una cama de arroz a modo de niguiri. Sabrosísimo.

Continuamos nuestra penitencia gastronómica con un arroz de calamares con gamba roja y salsa de chile. De ahí pasamos al fondo marino, extraído directamente del océano del paraíso, con carabinero a la plancha (mi marisco favorito), mejillón con falsa concha, algo picante y comestible, cangrejo de cascara blanda y sopa de pescado con un toque de leche de coco (estéticamente servida en el interior de una roca hueca).

Aún nos faltaban el pescado y la carne. El representante del primero era una delicia de salmonete, limpio de espinas y con toques asiáticos: coco, yuzu y miso rojo. La última maravilla era pichón con salsa de mostaza y salpicado de pistachos picados y té macha.

Terminado el festival de salados le tocaba el turno a los postres. ¡Tres! Comenzamos con manzana en sorbete con láminas finísimas y con una crema de mandarina. La crema original era de maracuyá pero me la cambiaron, no comprendo las ganas que tienen todos los cocineros de introducir esa fruta tropical en sus creaciones, no combina con nada sino que le quita el sabor al resto. Con mandarina todo casaba a la perfección.

El segundo postre fue un original cebiche. Nos explicaron que el cebiche es un concepto, y que para ser considerado como tal ha de llevar ají y cítricos. En este caso el ají venía incorporado a la crema y los cítricos en un sorbete de bergamota y unos trozos de pomelo. Me encantan los cebiches.

Para rematar la comida, un broche de chocolate en todas sus texturas: polvo, carbón, crema, helado, bizcocho... El chocolate es irresistible, debe de ser pecado no comerlo a diario.

Los cafés llegaron acompañados con un detalle de la casa: un macaron, un alfajor, un bombón de mango y unos caramelos de lima-limón con forma de piedrecitas. Para entonces estábamos algo llenos pero no era cuestión de no apreciar el detalle así que le hicimos los honores que se merecía.

En fin, como esto va de boda en boda, a ver quién se casa el próximo año en Salamanca y nos da un pretexto para volver. Sé que no es necesaria una excusa pero nunca viene mal tener un motivo para arrancar.

sábado, 20 de junio de 2015

Viento cervantino

A través de una rendija, la brisa ahueca las cortinas. ¿Qué se esconderá tras ellas? Las hincha hasta reventar la tela. Superada la barrera, se cuela en la biblioteca. Huele a cuero viejo, a papel encerrado, a barniz de madera y a sosiego. El aire revisa con calma cada recodo, revolotea por los estantes, husmea los tomos y levanta el polvo.

Hay un libro abierto sobre la mesa. Duermen las palabras dentro del cuento y aguardan, entre sueños, el beso que las despertará de nuevo.

Al contacto de la brisa, vibra el relato olvidado. El viento se demora retenido en el vaivén. Oscila sobre los cantos, juguetea con las páginas y roza la grafía elegante de la primera letra. La entona y se queda quieto. La repite y retiene el aliento. Prosigue, cautivado por la música del texto. Lee, canta. Se recrea en la melodía. Llega hasta el final de la hoja, sin hallar el final de la historia. ¿Cómo continuar sin quebrar la cadencia de la rima? Suspira... mas los suspiros no bastan y la página no avanza.

La frase se corta. El relato se interrumpe. La brisa se tensa. El silencio crece. Se torna denso. Igual que el poso del tiempo se acumula en el aposento. Se adhiere a las paredes, alfombra el suelo, se infiltra en los recovecos. Como un péndulo se desplaza hasta invadir la estancia. Abrumado, el viento se inquieta. Aúlla... sin que suceda nada. Enloquecido, libera su fuerza. Ruge. Brama. Se transforma en vendaval. Atrapado en la ventisca, el papel se agita. Tiemblan las letras. En una sacudida se desprenden y la tinta se vierte. Las hojas vacías se desatan y rotan enganchadas en las aspas de una espiral blanca.

En medio del torbellino surge una triste figura, cubierta de una armadura. El caballero se alza frente al molino de páginas. ¡Ay, malandrín! le grita al viento. Empuña la lanza y blande la espada. Amaga y, tras la amenaza, ataca. El chasquido corta el aire. Un eco gigantesco repliega el tiempo.

La sala queda en suspenso. Los libros se encogen, frágiles, en sus estantes. El hidalgo se hinca de rodillas. Jura, por su honor de caballero, defender la nobleza de los textos. Junto a sus armas, velará la tinta derramada. En la solemnidad de aquel juramento, las palabras se enredan en su sombra, para regresar a la historia.

jueves, 18 de junio de 2015

Marina

En un lugar muy lejano, más allá de donde nacen las olas, existe una región submarina protegida por una una gran barrera de coral tras la cual se esconde un mundo mágico. En su rincón más recóndito, en el fondo de un remanso resguardado por grutas y rocas, se encuentra el reino de las sirenas. Al traspasar las fronteras de ese enclave encantado, suena una melodía tan dulce que los que la oyen enloquecen. Hechizados por el sonido embrujado, se pierden al pretender descubrir su origen. Es aquella una búsqueda vana, la caza de un espejismo. Los marineros que en su persecución alcanzan los confines del océano tan sólo hallan resplandores sobre el agua. Ignoran que esos destellos son los cuerpos de las presas que tanto ansían.

Las sirenas se camuflan entre la luz del sol y de la luna hasta fundirse con el mar. Nacen amatistas en la bruma del amanecer y la intensidad del sol de la mañana las convierte en nácar, turquesa y esmeralda. Se oscurecen como zafiros en la tarde y se encienden de oro y bronce al atardecer. En el ocaso dan paso a vestidos de lamé de plata y acero que se cubren de lentejuelas azabaches con las estrellas. Se transforman en el curso de un instante, con cada fugaz reflejo y con las volubles sombras.

Sin embargo hay una sirena que nunca cambia, Marina, la sirena blanca. Su cuerpo albino de nácar siempre brilla del mismo modo sobre el agua, como el centelleo del sol o de la luna sobre un resto de espuma. Al contemplar los colores de sus hermanas, Marina intenta imaginar destellos irisados en sus escamas. Se rodea de la bruma de las olas, se envuelve en una ilusión de gotas de rocío que flotan a su alrededor como un delicado velo salpicado de matices, mas su cuerpo níveo refulge en en el centro y ciega con su blancura los reflejos.

Marina estudia intrigada las variaciones del mar y el cielo a lo largo del día. Examina las gotas de agua que rompen la luz en frágiles arcoiris y busca en ellas el secreto oculto de los colores. Observa que las intensas tonalidades de las puestas de sol se apagan tras ocultarse la estrella en un crepúsculo gris de claro-oscuros y penumbra. Un día decide perseguir al astro para encontrar la fuente de color que, seguro, esconde. Y así, desde la salida del sol hasta el ocaso, Marina sigue sus pasos, sin conseguir alcanzarlo. Finalmente, el sol se hunde y la sirena se da por vencida. Está perdida. Vaga desorientada en el océano hasta que, una tarde, el fondo pierde profundidad. El agua se torna turquesa y las olas rompen contra una extensión de arena suave y cálida.

A pie de playa, un pintor proyecta un cuadro. Sin moverse, contempla el paisaje e imagina matices para su obra. Intenta captar el mar, fugaz pese a su inmensidad. Crea texturas en su paleta, mezcla polvo de gemas y pigmentos con agua y arena. Traza pinceladas febriles en el lienzo para imitar los reflejos. Una y otra vez confunde el compás del momento. La marea se retira y los secretos del océano se escapan.

Marina, invisible entre la espuma, le observa. Estudia fascinada sus movimientos, sin perder detalle. El pintor mira su obra: las pinceladas blancas que iluminan el agua, los trazos irregulares que le dan movimiento. Levanta la vista de la pintura y contempla el mar. Sus ojos se llenan de lágrimas. Desalentado, deja caer la tabla.

El pintor se aleja. La sirena se aproxima. Recoge el cuadro. Cautivada por los tonos dibuja los contornos con sus dedos y su piel se impregna de la pintura aún fresca. Su piel se tiñe y su corazón se encoge. Sube la marea. El agua disuelve lentamente los colores de la pintura mientras Marina admira los pigmentos de su mano.  Antes de que se borre por completo, saca el cuadro del agua. Escoge una de las escamas de su cola y la desprende. Tal y como ha visto hacer al pintor, la muele entre dos rocas y espolvorea la tela con una nube blanca de partículas invisibles. Separa un mechón de su cabello, tan claro y radiante como un rayo de sol. Lo envuelve en coral y lo transforma en un pincel que coloca junto a la obra.

El pintor regresa al amanecer. Mira el cuadro y su rostro se ilumina. Inspirado, pinta sobre la tabla impregnada del nácar de la sirena blanca. La luz baila en el agua. La misma luz que el pincel plasma sobre la tela y que atrapa la esencia del mar y revela sus secretos. En el lienzo, una sirena se adentra en la inmensidad del océano mientras un pintor la observa desde la orilla, con un pincel impregnado de claridad, en la mano.

martes, 16 de junio de 2015

Urso en la luna

Había una vez un osito que llegó a la luna. El problema es que no sabía cómo. ¿Qué había sucedido? Lo último que recordaba es que se había quedado dormido entre los brazos de Jaime, su compañero de correrías y juegos. Había cerrado los ojos acunado por los sonidos de su respiración, hasta ahí no había nada raro, cada noche ambos se dormían para despertar dentro del sueño y vivir juntos grandes aventuras, sin embargo, en esta ocasión, algo había ido mal. Al abrir los ojos, el osito descubrió que aún era noche cerrada y que se encontraba en la luna, completamente solo, sin su inseparable Jaime. Al muñeco aquello no le gustó. No es que estuviese asustado, en absoluto, era un oso muy valiente. Su temor era otro: ¿qué ocurriría si su pequeño amigo sufría una pesadilla y él no estaba allí para defenderle? El pobrecillo pasaría mucho, mucho miedo. ¿Y si se despertaba y no le encontraba a su lado? Seguro que el chiquillo se pondría muy triste. Tenía que regresar antes de que ocurriera algo horrible. ¿Y si?... No, no y no. Eso sería demasiado terrible, el osito tembló ante la idea, pero no pudo quitársela de la cabeza... ¿Y si Jaime también había desaparecido? Miró alrededor por si acaso el niño andaba cerca pero la noche era demasiado oscura y, en medio de la negrura, apenas se veía nada.
- ¡Hola! - llamó. -¿Hay alguien ahí?
Nadie le contestó. Esperó. Dejó que sus ojos se acostumbraran a la luz de las estrellas.
-¿Habéis visto a mi dueño?-les preguntó. Las estrellas parpadearon. -¿Sabéis si está por aquí? -insistió el osito. Las estrellas guardaron silencio. -Quizá no sepan hablar, o quizá es solo que están demasiado lejos -reflexionó el osito.

La luna era ¡tan grande!. Si él había aparecido sobre ella, debía de haber alguien más. Era lo lógico, lo extraño sería que él fuese el único en semejante situación. ¡Ojalá no se tratara de Jaime! No deseaba que el chiquitín anduviese tan lejos y, mucho menos, solo. El osito decidió dar una vuelta para investigar mejor la zona. ¿Por dónde empezar? Un lado del astro estaba a oscuras, por allí no se distinguía nada y se perdería más de lo que ya estaba. Si Jaime también estaba en la luna, seguro que no era allí, no le gustaba la oscuridad. Su mamá lo sabía y siempre dejaba encendida una lamparita al lado de la cuna. Seguro que la luna también lo sabía y habría tenido cuidado de no dejarle en tinieblas. A fin de cuentas la luna era el farol de la noche, la que evitaba que el mundo se hundiera al final de cada día entre las tenebrosas sombras. Iría hacia la zona iluminada.

El camino no parecía fácil, para llegar a su destino, debía cruzar antes una cordillera inmensa. Nunca se habría imaginado que la superficie de la luna fuera tan montañosa. Vista desde la ventana de su dormitorio parecía una perla, blanca y lisa. Bueno, al menos desde la cumbre de aquellos picos disfrutaría de un amplio panorama, se consoló Urso. Con esas vistas no le costaría trabajo encontrar a Jaime.

El osito emprendió la marcha. No había sendas trazadas pero, afortunadamente, el trayecto hacia las montañas no ofrecía dificultades sino que se limitaba a cruzar una hondonada amplia y llana como el lecho del mar. El fondo estaba cubierto de un polvillo blanco que se levantaba a cada paso y brillaba como pedacitos de estrellas de cristal. No se entretuvo a admirar el paisaje aunque sí que lo escudriñó en busca de su amigo. No había nada. La luna parecía estar vacía. El osito caminó deprisa a través del singular desierto, el tiempo no le sobraba, debía alcanzar cuanto antes las montañas.


Vistas desde la base, las montañas eran enormes, mucho más altas de lo que calculaba y también más empinadas. Le alegró disponer de garras, nunca las había usado hasta entonces, jamás le habían hecho falta. A mamá no le habría hecho ninguna ilusión descubrir sus huellas marcadas en las puertas. Comprobó su estado: eran fuertes y tan afiladas que se clavaban incluso en la roca. Funcionaban estupendamente y gracias a ellas escaló con rapidez las resbaladizas laderas de piedra lunar. ¡Brrr! ¡Qué frío hacía en la cumbre! ¡Qué suerte contar con un buen abrigo de peluche para protegerse! No se había equivocado, desde allí la vista era magnífica. Guiñó los ojos y se esforzó en localizar la ventana de Jaime. A esa distancia apenas era un punto diminuto en mitad del cosmos, pero eso no importaba: la reconocería hasta con los ojos cerrados. ¡Sí! ¡Ahí estaba! Repasó uno a uno los objetos del interior de la habitación. Al cabo de un rato, entrevió el reflejo de los cabellos del niño bajo la luz de la lamparita.
-¡Ufff! ¡Menos mal! ¡Está en su cuarto y sigue dormido! -suspiró el osito, mucho más tranquilo.

Encontrado el infante, ya solo tenía que preocuparse por volver. Si había subido hasta allí, existiría un modo de bajar, razonó. Era evidente que la única ruta era a través del espacio aunque, por desgracia, a la luna se le había olvidado transportarle junto con una nave espacial. No debía de ser imprescindible para el viaje, pero le habría facilitado mucho las cosas. Tendría que apañárselas. ¿Sería difícil volar? Cuando Jaime le sujetaba, no resultaba en absoluto complicado. Alguna vez le había lanzado por los aires y había volado sin agarres, aunque también es cierto que se había pegado más de un batacazo. Sin embargo, al ser blandito y de peluche, nunca se hacía daño. Lo intentaría. Saltó con todas sus fuerzas y se elevó en el aire. ¡Qué gran salto! El suelo estaba cada vez más lejos. ¡Lo había conseguido! ¡Volaba! ¡Sí!¡Sí!... ¡Oh, no, no! ¡Estaba cayendo! Desesperado, agitó las patas como un pájaro para elevarse de nuevo, pero sin éxito. Rebotó en la montaña y tuvo que agarrarse con uñas y dientes para no rodar ladera abajo. El osito se sentó en la roca, entero pero frustrado. Tendría que pensar en otra estrategia. Aún desde el punto más alto de la luna, saltar no bastaba: necesitaba impulsarse.

La cima de la montaña estaba vacía y el osito inició el descenso por lado contrario al del ascenso. Un valle resplandecía al fondo, era de allí de donde provenía la luz que había visto al principio. Al acercarse descubrió que lo ocupaba un bosque inmenso. Las copas de los árboles se perdían en la nube de luz que las envolvía con su claridad de plata azulada y, tanto sus troncos, como el suelo, estaban revestidos de florecillas diminutas y tan blancas como copos de nieve.

- ¡Qué preciosidad! - exclamó el osito.
- Me alegro de que te gustemos -le respondió una voz con muchos ecos.
Sorprendido, miró a su alrededor. ¿Quién había hablado?
- ¡Hola! -saludó. -No te veo. ¿Dónde estás? ¿Quién eres?
- ¡Hola! Mira a tus pies y nos verás. Somos las flores del bosque lunar.
El osito hizo lo que le decían.
- Encantado. Yo me llamo Urso y soy un osito de peluche que quiere regresar a su hogar.
- ¿Un muñeco? ¿Cómo has llegado hasta aquí?
- No lo sé. Estaba dormido cuando sucedió y no me enteré de nada. Me desperté y aquí estaba. El problema es que no sé qué hacer para volver a la Tierra.
- Nosotras iremos a la Tierra en primavera. Podrías acompañarnos - le invitaron.
- No, es demasiado tarde, debo regresar antes de que amanezca o mi niño se preocupará si no me encuentra. He intentado saltar pero necesito ayuda, yo solo no puedo.
- Nosotras te ayudaremos encantadas -se ofrecieron las flores. -Dinos qué hay que hacer.
- ¿Me empujaríais para ganar impulso?
- Por supuesto.
-¿No os aplastaré?
- Descuida, no corremos peligro - y, para demostrárselo, las flores se despegaron del suelo y volaron como mariposas hasta posarse sobre él.
- ¡Oh! ¡Es genial!
- Ahora salta y te empujaremos.
Urso obedeció. Las flores tiraron y tiraron de él para arrastrarlo pero solo consiguieron erizarle el pelo. El osito se rio al caer.
- ¡Qué cosquillas!
- Lo sentimos - se disculparon las flores.
- ¡Oh, no! Eran unas cosquillas muy agradables. ¿Probamos de nuevo?

El osito saltó tan alto como pudo. Las flores acudieron en tropel desde todos los rincones del bosque para elevarle aún más, pero el resultado final fue el mismo.
-¡No tenemos suficiente fuerza! - se quejaron las flores.
- No es culpa vuestra, aún en la luna peso demasiado.
Urso miró hacia arriba y eso le dio una idea.
- Quizá me podría lanzar desde la copa de los árboles. Seguro que encuentro una rama en la que balancearme  y ganar suficiente impulso antes de soltarme.
- Nosotras iremos contigo por si nos necesitas.
Las flores se agarraron al pelaje del oso mientras éste trepaba, agarrado a raíces y lianas, por el tronco más alto de todo el bosque. No tardó en llegar al punto en el que las ramas se unían con las de los árboles vecinos en una fronda enmarañada de hojas plateadas sobre las que se reflejaba la luz azul de la noche.
- Nunca hemos subido hasta aquí. Está muy alto. ¿No te da miedo? - le preguntaron las flores.
- Un poco -confesó Urso, que procuraba no mirar hacia abajo. El suelo quedaba muy lejos.

El osito avanzó con mucho cuidado, el tronco era cada vez más fino y tenía que tantear la firmeza de las ramas antes de apoyarse en ellas y apartar las hojas que le tapaban la visión. Aunque su idea era lanzarse al vacío, no deseaba caer antes de tiempo. Los brotes se le enganchaban en el pelo y le daban tirones. Las flores se esmeraban en desengancharlos sin dañarlos. La progresión era difícil y mucho más lenta.

De repente la rama que lo sostenía se partió. El osito perdió pie. Empezó a caer. Agitó los brazos para agarrarse a la maraña de ramas pero todas se quebraban bajo el peso de su cuerpo. Las flores le tiraban del pelo pero sus esfuerzos no servían de nada, no lograban frenar su caída. El muñeco estaba asustado, desde esa altura se iba a hacer mucho daño.

Miró hacia abajo. Mala idea. El suelo se acercaba a toda velocidad, aún estaba muy lejos pero no lo suficiente. Cada instante era eterno y, sin embargo, aún así resultaba demasiado corto. Las copas de los árboles brillaban cada vez más. La luz parecía moverse. Un fogonazo le deslumbró. Cerró los ojos para protegerse. Por un instante, todo se detuvo.

¿Un instante? No, en realidad, cuando el osito abrió los ojos se encontró colgado en el aire. Estaba en el interior de una enorme burbuja brillante. ¿Qué ocurría? La luz era demasiado intensa, tanto que apenas podía distinguir nada. Guiñó los ojos y miró entre los párpados entrecerrados. Poco a poco identificó el origen de la luz. ¡Eran luciérnagas!
- Gracias - les dijo. -Me habéis salvado.
Uno de los insectos abandonó su posición y voló junto al muñeco.
- ¡Hola! Soy Lucía, -saludó.- ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
- Soy Urso, un muñeco de peluche. Intento regresar a mi hogar, pero parece que no es posible.
El pobre osito no pudo contenerse y se puso a llorar.
- No estés triste - le consoló la luciérnaga. - Lo que ocurre es que necesitas unas alas como las mías. ¿Ves? - y las estiró para mostrárselas.
El muñeco las observó esperanzado. Luego se miró los brazos y la espalda y las lágrimas regresaron.
- ¡Yo no tengo alas!
- ¡Pues construiremos unas! Aunque antes necesitamos subir por encima de los árboles. ¡Espérame! Ahora vuelvo.
Urso asintió, no tenía intención de irse a ningún lado. Lucía regresó con sus compañeras y la esfera se elevó en el aire. El osito contempló su trayectoria con aprensión. ¿Cómo iban a superar la maraña de ramas? Se le antojó imposible. La esfera se rompería y él caería de nuevo al vacío. Sin embargo no sucedió nada de eso. Enseguida descubrió el motivo: las ramas se apartaban a su paso para facilitarles el camino. ¡Qué fácil resultaba la ascensión dentro de aquel ascensor improvisado!

Por fin llegaron a su destino. La burbuja se abrió a sus pies como una alfombra mágica. Lucía se acercó a él.
- Ahora debemos buscar las ramas más finas con hojas bien grandes para tejer tus alas.

La alfombra se desplazó sobre las copas y Urso cortó con cuidado las ramas que Lucía le indicaba.
- Perdón - le pedía a cada árbol.
- No te preocupes muchacho - le respondió un inmenso roble. - Hace tiempo que necesitaba una buena poda.
- ¡Hola! -saludó el osito sin permitir que la sorpresa afectara a sus buenos modales.- Soy Urso.
- Yo soy Robur - se presentó el árbol. - ¿Me harías el favor de recortarme un poco por los lados? Estoy tan enganchado a mis vecinos que soy incapaz de sacudirme. Tanta estrechez resulta incómoda.
- Por supuesto.
Lucía fue a avisar a sus compañeras y el muñeco se entregó a la tarea con entusiasmo.
- ¡Ejem! -carraspeó un árbol cercano, un gigantesco abedul de grandes hojas plateadas. - Cuando termines... ¿Te importaría limpiarme un poco?
- Bet, no abuses del chico -protestó Robur.
- No entiendo por qué no he de disfrutar yo también de un buen acicalamiento. Falta me hace. Estoy harta de vivir siempre enredada.
- No se preocupe, no es ninguna molestia -intercedió el improvisado jardinero. -Ahora mismo me ocupo de usted.
Cuando el muñeco terminó, los dos árboles agitaron sus ramas aliviados.
- Gracias muchacho. ¿Cómo podemos devolverte el favor?
- No se preocupen, ya lo han hecho. Necesitaba ramas y hojas para tejerme unas alas como las de las luciérnagas y ahora tengo más que suficientes.
- En todo caso, si no bastasen, no dudes en venir a por más.
- Así lo haré. Muchas gracias.

Urso dispuso su material sobre la alfombra de luciérnagas. Lucía extendió sus alas para que le sirviesen de modelo. El muñeco trenzó las ramas y cubrió los huecos con las hojas. Estudió el resultado final. No estaba mal, se asemejaba bastante al original, salvo en el tamaño. Lucía las revisó y les dio el visto bueno. ¡Estaban listas! El osito se las colocó en la espalda, las hojas se agitaron y le alzaron por el aire.
- ¡Funciona!
Se elevó un poco más. Las alas no solo funcionaban sino que volaban solas.
- ¡Muchas gracias! ¡Adiós! - se despidió.
- Ten cuidado - le recomendó Lucía, al verle alejarse. - No te despistes, que la noche es muy oscura y te perderás.
El peluche no oyó el consejo de la luciérnaga. Las alas le conducían a toda velocidad a través del cielo nocturno. ¡Se sintió feliz! Enseguida estaría en casa. ¿Cuánto faltaría? Miró a su alrededor y se asustó. Iba tan rápido que no distinguía nada. La luna era un reflejo blanco cada vez más lejano. La oscuridad le rodeaba. Quiso dar la vuelta para regresar a la luna. Cambió de dirección pero su nueva ruta no le acercó al astro. Intentó girar de nuevo, sin éxito. Su situación era cada vez peor. Estaba perdido en medio del espacio y no sabía controlar sus alas. ¿Qué podía hacer?
- Ayudadme - le pidió a las estrellas que pasaban a su lado fugaces como ráfagas.

Un rayo de luz surgió de la luna. Era un destello deslumbrante y aún más veloz que el muñeco. ¡Qué deprisa se acercaba! Sin embargo el osito no se inquietó. Había reconocido a sus amigas, las luciérnagas, que acudían a rescatarlo. En un instante se vio envuelto en su esfera brillante y oyó la voz de Lucía.
- ¡Tranquilo! ¡Nosotras te guiaremos!
Las luciérnagas movieron sus alas y el osito divisó al fin la ventana de su dormitorio. El camino se iluminó, tan largo y fino como un hilo de luz infinito. El osito siguió la senda de las luciérnagas hasta alcanzar su final, en la mismísima lamparita de la habitación de Jaime. Se dio la vuelta para despedirse. Un rayo de sol entró por la ventana y le obligó a cerrar los ojos.
- Gracias - murmuró mientras apoyaba la cabeza en al almohada y se quedaba dormido. Estaba rendido.
Cada mañana, un rayo de sol entra por la ventana para dar los buenos días a Jaime y al osito. 

viernes, 12 de junio de 2015

Restaurante Soy (de Pedro Espina)

Soy, de Pedro Espina, es el mejor restaurante japonés de Madrid y no exagero, yo diría que me quedo corta y que en realidad Soy es, sencillamente, el mejor restaurante japonés. Es un local curioso, muy pequeño, de apenas 6 mesas, en la C/ Viriato 58, que carece de identificación. Al principio figuraba el nombre con letras de bambú sobre la puerta pero después de que los vándalos de turno robaran el cartel hasta en tres ocasiones, su dueño optó por dejarlo tal cual: un trozo de pared de pizarra negra y una puerta de cristal opaco. Sorprende tanta sobriedad pero eso dura hasta que se conoce al chef al final de la velada, cuando sale a despedir a los comensales, entonces se comprende todo sin problemas. Pedro Espina es muy tímido y el show y las grandes muestras de efusividad no van con él. No necesita nada de eso, sus platos hablan por él. Para las relaciones con la gente cuenta con el personal de sala, muy atento y competente.

Siempre que hemos ido hemos pedido el menú degustación, es variado y está tan rico que podría repetirlo una y mil veces. Empezamos con un tempura de pescado en vinagreta en su punto justo de acidez. Lo siguiente son unos mariscos, mejillón, pulpo y langostino, en alioli de cítricos y algas que está como para rebañar la salsa a lengüetazos (lástima que la educación no permita ciertas cosas). Suele seguir una cuajada de soja y algas que se derrite en la boca y que en la última ocasión nos cambiaron por un sashimi de vieiras maravilloso, con la carne de vieira fresca y tiernísima. Pedro Espina nos confesó que es su plato favorito, y creo que el mío también. Desde siempre, que recuerde, tengo debilidad por las vieiras.

El tartar de atún rojo con capa de caviar y huevo de codorniz, y acompañado por una frambuesa, es otro de los platos estrella, y con razón. Es un tartar perfecto, es el mejor adjetivo que se me ocurre para describirlo.

La sopa la traen en tetera junto con un bol diminuto para servirla y beberla directamente, y con una rodaja de lima para añadirle unas gotas. Es un caldo delicioso del que House podría vivir incluso en verano, ante algo tan rico poco importa el calor de la época del año. Al terminar el caldo, hasta la última gota, quedan los tropezones en el interior de la tetera: una rodaja de puerro, un trozo de carne, un langostino y un huevo de codorniz. Después de macerarse en ese caldo son irresistibles.

Mientras se apura la sopa, traen los sushis, que van cambiado en cada visita. Primero llegan los nigiris (lecho de arroz cubierto por una sábana de pescado), en la última visita de pez mantequilla, anchoa con aguacate y gamba. Luego aparecen los makis, los rollitos rellenos de pescado o, en nuestro caso, de tempura de langostino. Me encanta el contraste del arroz cremoso con el crujiente del rebozado. En otra de las ocasiones recuerdo unos makis de foie inolvidables.

Unas bolitas de zamburiñas nos acercan al final. Abrasan pero no esperamos a que se templen para probarlas, se nos antojó imposible. Crujientes por fuera, con una capa de sésamo una y de patata en tiras finísimas la otra, y tiernas y sabrosas por dentro son un pecado. El calor que desprenden al morderlas solo consigue que las mantengas más tiempo en la boca y disfrutes de su sabor mientras se enfrían.

El último plato del menú es un rollito al vapor de cangrejo. Llegar al final con algo así es como para que se te salten las lágrimas. Junto con la sopa y el sashimi de vieiras forma parte de mi triunvirato favorito.

El toque dulce lo pone un helado en tempura, crujiente y caliente por fuera y fresco por dentro. Con los cafés traen un licor de ciruelas del que no dejamos ni una gota, tiene el punto justo de dulzor y acidez. También apuramos el vino, un Ribera de nombre Cair, de Luis Cañas, hecho con racimos pequeños seleccionados de cepas viejas, un vino para tener en cuenta y como para hacerse con unas cuantas botellas.

Ya se terminó mi mes de celebración del cumpleaños, ¡qué rápido pasa el tiempo! "Soy" es una guinda excelente para rematar el evento.

martes, 9 de junio de 2015

Mis libros en papel


Me hacía ilusión tener mis libros en papel, aunque tras el chasco del rechazo de Paloma por las editoriales, a pesar del respaldo del acta del Lazarillo en la que constataba que era una de las dos obras finalistas, me desinflé un poco. Esperar y no recibir respuesta, o saber que ni siquiera se han molestado en leerse tu libro es a la vez desesperante y frustrante. Sin embargo hay que poner las cosas en perspectiva y no hacer un drama de lo que no lo es, el que algo haga ilusión no obliga al resto del mundo a satisfacer ese deseo y esperar que todo funcione al gusto de uno es infantil e inmaduro. Mis historias son cuentos, sí, pero sus protagonistas son positivos, tenaces y poseen empuje. Forman parte de mí y quiero que se sientan orgullosos de su autora, así que debía intentarlo de otro modo.

Leí hace poco en una reseña de un libro, en concreto El marciano de Andy Weir, que contaba que las editoriales apostaron por él a pesar de que el autor se había autopublicado. Según decían eso es algo que no les gusta. Me resultó irónico. La pregunta es ¿qué les gusta a las editoriales? Porque si no tienes un nombre o un avalista que lo tenga por ti, y no necesariamente de carácter literario, está claro que, de entrada, no te van ni a considerar. Si se fijaron en El marciano no fue por lo estupenda que es su historia, que lo es, sino porque previamente había logrado un éxito considerable de ventas y cuando lo que te preocupa es ganar dinero y alguien te enseña la gallina de los huevos de oro te lanzas a por ella, aunque provenga de una despreciable autopublicación. Una vez conseguida, su origen se convierte una fuente de publicidad, se vende el altruismo de la editorial que "a pesar de su dudosa procedencia" se ha interesado por la obra.

Al final, y en vista de que ningún cazatalentos me tenía en su punto de mira, me autopubliqué. Escogí Create Space de amazon tras un email que me enviaron después de poner Paloma en Kindle. Es fácil, aunque al principio no me lo pareció tanto, y los ejemplares salen a un precio muy razonable (mucho más baratos que con otras plataformas). Cometí muchos errores, se supone que ese es un método de aprendizaje, y he perdido la cuenta de las veces que he revisado el texto, la maquetación, la portada y el millón de detalles y pijadas que no sabes que existen hasta que te pones a ello. Les he dado más vueltas a mis historias que si las hubiese montado en un tiovivo y el resultado final es el que es no porque estén perfectas sino porque en algún momento hay que parar y ya no sé cómo mejorarlas, que seguro que es posible. Los comentarios de la gente que ha visto los libros encuadernados es que "han quedado muy bonitos", e incluso el catedrático ha pensado en publicar de este modo sus próximas obras. Los hay que, hasta que no los han visto físicamente, no se habían enterado de que los libros estaban disponibles en papel (de ahí el poner la foto y crear esta entrada) y al enterarse los han comprado. Se pueden conseguir por cualquier amazon y también directamente en la página de Create Space (aunque los gastos de envío para España son mayores porque los mandan desde los USA).