sábado, 23 de mayo de 2015

El beso de la luna

Amanece. La aurora matiza el brillo del sol que surge entre el silencio azul de la noche. Los rayos se filtran a través de la neblina del alba y, al deslizarse sobre las copas sonrojadas de los árboles, alfombran de oro el bosque dormido. El astro emerge despacio. Al rozar el mar, el agua se llena de destellos; son las sirenas que regresan a las profundidades. Las olas deshacen el silencio de la laguna nocturna e inician su viaje hacia la costa. Los sonidos se enardecen, las mareas se abren y chocan con las rocas al desperezarse.

Selene contempla la luz. El amanecer la debilita. Sabe que el sol ansía compartir el cielo con la luna, convertirla en su reina y señora. El poderoso astro estira sus rayos sigiloso, se asoma para atisbar durante un instante a su amada, antes de que ésta le descubra y se escabulla de su abrazo. Se eleva poco a poco, sin llegar perder por completo la esperanza. La luna palidece. Los colores brotan. La vida despierta. La luna de alabastro se desvanece y Selene con ella. 

Sin darse por vencido, el sol la persigue. A modo de vigía, viaja por el cielo, concentrado en su búsqueda. Recorre el firmamento y recubre con su fuego incandescente la bóveda celeste. Al llegar al horizonte, extenuado, envía un último rayo con su mensaje. La luz se oculta en las sombras. La luna, temerosa, se asoma con cautela bajo la penumbra del sol dormido. Ilumina con reflejos de nácar el cielo, las estrellas, los cometas y reparte sueños sobre la tierra, entre las pequeñas casas encaladas, los blancos palacios de mármol, los rostros de los niños y de los enamorados. Disfruta al deslizarse sobre los bosques cubiertos de nieve, sobre el rocío escarchado de la hierba. Con la llegada de la aurora su aparente calma se altera y busca un refugio para resguardarse.

Cada mañana, al levantarse, la estrella se enciende en llamas en pos de su amada. La luna desaparece y escapa de esa pasión abrasadora. Día tras día, el astro dorado persevera. Se resigna con apenas entrever la esquiva perla que, noche tras noche, brilla serena entre las estrellas. 

La luna huye y el sol la sigue. La tímida luna se oculta de día y, a veces, también de noche. La secuencia se repite, cíclica, inalterable. La estrella se agota, apenas llega a alzarse hasta su cenit y, fatigada, se retira más temprano cada tarde. Su amada, confiada, sale cada día antes y, en ocasiones, aún cuelga transparente, casi invisible, en la claridad de la mañana. 

El cielo se empaña con el vaho del viento. Son nubes, frescas, suaves, casi como espuma de mar, pero dulces, sin su sal. Son formas vaporosas que se unen unas con otras, sólo alguna estrella escapa fugaz entre los huecos. Las sombras ascienden. Llueve. Envuelta entre nubes, la luna contempla el mundo cubierto por la pátina de humedad. Es una lluvia fina, constante. Los rayos de sol se filtran entre las gotas y un arcoiris se pinta sobre el cielo. Un segundo arco, más débil, corre paralelo al primero, ¡y aún surge un tercero! La luna permanece en suspenso, fascinada por la belleza del velo que recubre el gris del cielo. Los colores se transforman: rubí, ámbar, topacio, esmeralda, aguamarina, zafiro, amatista.

El sol, con sus rayos revestidos de infinitas gotas de agua, se acerca para abrazar a su amada. Al notarla temblar bajo su roce, la estrella se eclipsa en un intento de no parecerle una amenaza y conseguir vencer su miedo. Poco a poco, muy despacio, la rodea con la corona de su aura. La perla se esconde en la penumbra de su halo. El sol, clemente, la libera de su lazo y la deja escapar con pesar. Conmovida, la luna le acaricia con un beso de claridad. El sol arrebolado corresponde a su beso con un rayo de su luz más blanca y delicada. No obstante es tarde; su amada ha huido y es la tierra la que lo recibe, con los vestigios del arcoiris y el pálido reflejo del beso lunar.

El último resplandor de aquel abrazo se posa sobre un claro y engendra sobre el suelo una criatura mágica, un ser hecho de luz de plata. Una sacudida de sus finísimas crines convierte su figura en un haz de destellos de luna. Sobre su frente, la punta de una estrella brilla con el hechizo de un beso de cuento.

lunes, 18 de mayo de 2015

Celebración maquillada

En una de nuestras últimas reuniones, mi amiga del cole me comentó que deseaba aprender algunos trucos de maquillaje. En esa ocasión habíamos quedado para comer en el Barrio de Salamanca. Es cierto que por esa zona no faltan centros de estética y era fácil contentarla, una tarde de cuidados en la que otros hacen el trabajo de ponerte guapa mientras tú te relajas siempre es de lo más apetecible. Sin embargo mi amiga tan solo aspiraba a una clase de iniciación y el plan de sesión de belleza y compra de cosméticos por esos lares presentaba un pequeño inconveniente: el precio.
- Mejor quedamos un día que House esté de guardia, comemos en un sitio chulo y luego te vienes a casa y experimentamos.
Ese plan sonaba tan atractivo como el anterior, incluso más divertido. Mi amiga accedió encantada. El prescindir del pobre House, y sacrificarle a padecer una guardia, no era porque pretendiera ocultarle información, sino por puro sentido práctico. Para ensayar pinturas de guerra no conviene andar cerca de ningún sioux y menos si éste no muestra afición a las plumas ni a los mejunjes. Mi chamán no fuma la pipa de la paz y, a pesar de ello, cuando se le provoca, es capaz de lanzar mensajes de humo por las orejas. Llegado el caso no se necesita un traductor para entenderlos, alejarse un poco es lo mejor para no quemarse.

En un mediodía de calor infernal, en la semana postcumpleaños, nos fuimos a comer a Fishka, un ruso al lado del auditorio. A 38 grados en la calle no habían tenido mejor idea que abrir el ventanal para ¿ventilar? el local. No entraba ni una brizna de aire pero sí todo tipo de pólenes de mayo. La comida estaba deliciosa, a pesar de los sudores y los estornudos. Repusimos líquidos con dos litros de agua. El postre, un flan de queso con tierra granulada de chocolate y merengue de cítricos, nos compensó por aquella sauna. ¿Otra ventaja? Nos ahorramos la fase de abrir los poros para la limpieza de cutis.

Unos algodones empapados en agua micelar remataron la fase de limpieza. Empezaba la preparación de la piel, lo que se traduce en aplicar una crema en rostro y contorno de ojos que evita que el maquillaje se deposite en las grietas y marque las arrugas. Mi amiga es más morena que yo, lo que no es difícil, así que escogí productos acorde a su piel para no convertirla en un fantasma. Afortunadamente cuento con un arsenal de muestras en casa, suficientes para dar, tomar y regalar (hermanísima suele ser la principal beneficiada de mis ataques de desprendimiento). En este país las muestras no se hacen con las aspiraciones a palidez de las japonesas en mente y, gracias a eso, disponía de una amplia variedad de tonalidades a escoger (aunque personalmente ninguna me valga).

Empezamos por un corrector asalmonado que compré por error porque descubrí, a posteriori, que para mí resultaba demasiado oscuro. Sin embargo es un color perfecto para cuando las ojeras tiran a oliváceas, las contrarresta. Esos correctores intensos no son para usarse solos, necesitan matizarse con correctores-maquillaje, de un tono similar a la piel, que además sirven para cubrir manchas.

En esta fase, o ya al final, se puede corregir la nariz. Lo más interesante es afinar el dorso, las narices finas son mucho más discretas, aunque sean grandes, que las anchas. Para ello hay que trazar una línea con un lápiz marrón medio que siga el arco de las cejas y se continúe por la línea de medio perfil del dorso de la nariz. Se repite en el otro lado. Luego se difumina hacia los laterales para que no se vean los trazos. En la zona central se marca una raya muy fina, vertical, con un pincel y un corrector claro. Por supuesto también se difumina.

Según los eventos, las necesidades y las preferencias de cada uno, se puede optar por una hidratante con color, una BB o CC cream, o un maquillaje más o menos cubriente en la misma gama que la piel, al menos si no se pretende salir con una máscara digna del carnaval de Venecia. La manera de extenderlo va en gustos: dedo, pincel, esponja... Lo que sí que es fundamental es aplicar una capa ligera de polvos, sueltos o compactos, para fijarlo todo y apagar brillos. Conviene retirar el exceso con una brocha. No hay que olvidarse nunca del cuello. También hay que empolvar la zona de los ojos para que no se corra el corrector y, de paso, salpicar algo de polvo sobre las pestañas que contribuirá a su volumen.

Levantar las pestañas con un rizador agranda y levanta la mirada. No es una maniobra traumática y el efecto se nota incluso sin maquillar. Últimamente descubrí el "delineado invisible" que no consiste más que en dibujar una línea muy fina, con un lápiz de ojos negro, resistente al agua, a ras del borde interno de las pestañas superiores, no por toda la línea de agua sino solo a ras. El ojo se abre, se enmarca y las pestañas parecen mucho más largas. La gran ventaja es que la mirada no gana dureza, como sucede con la raya tradicional en el párpado.

Siempre defiendo que una capa de máscara es uno de los mayores aliados de la mujer, aunque algunas tienen la suerte de contar con pestañas fuertes, densas, largas y oscuras de manera natural. Si no es el caso, la máscara subsana el problema sin dificultad. No se precisa demasiada técnica aunque sí hay algunos trucos:
- Si se desea más volumen, aplicar un poco de polvo (del rostro) con un pincel pequeño, en la base de las pestañas (no en la punta porque se formarían grumos) y luego aplicar el rimel.
- Si se quiere dar una segunda capa, conviene esperar a que la anterior se seque, con unos 30 segundos basta y sobra. Se puede repetir el empolvado anterior si se desea.

El color de la sombra se puede coordinar con el color de la ropa, lo que da más juego que si se ajusta al del iris. Un toque claro en el centro del párpado dará luminosidad a la mirada. Otro, debajo del vértice del arco de la ceja, la levantará. También va bien aplicar un poco en la sien para que el rostro gane luz. Cuidado con los marrones, en exceso avejentan, lo ideal es combinarlos con dorados, cobrizos y rosas.

No hay que olvidarse de perfilar los labios, el contorno se pierde con la edad con lo que el marcarlo contribuye a la juventud del rostro. Suele ser mejor delinear por fuera, unos labios carnosos son más atractivos que unos finos. Hay que tener cuidado en los extremos para que la línea no supere la comisura. Se debe usar un tono carne, sobre todo si el pintalabios es un simple brillo, o del mismo tono que la barra, en cuyo caso conviene no limitarse a los bordes sino rellenar todo el labio con trazos verticales. Nunca usar un perfilador marrón oscuro como si fuese un tatuaje, no solo resulta de lo más falso sino que en algunos casos incluso produce el mismo efecto que un bigote.

jueves, 14 de mayo de 2015

La paletilla

Hay una regla no escrita, que sigo fielmente desde hace años aunque desconocía su existencia hasta ahora, que defiende prorrogar la celebración del cumpleaños durante todo un mes. Es una regla estupenda, una de las cosas buenas de la vida es disfrutar de una buena celebración, y lo bueno a veces es mejor breve pero nadie dice que sea perjudicial repetir.

La víspera, despedí el año que se acababa con una mariscada con House en el Restaurante Criado, recomendado por uno de los amigos de House. Un bogavante y una centolla fueron las víctimas sacrificadas en el homenaje y no las bañamos en sangre, sino en el fluido carmesí de un Pago de Carraovejas. Fue una despedida de lo más satisfactoria.

Aprovechamos que el día señalado caía en domingo para organizar una reunión familiar alrededor de la barbacoa del hermano. Las sillas adquirieron carácter rotatorio porque no faltó ni el apuntador y no había asientos para todos. Era un detalle carente de importancia. Lo fundamental, lo que no debía faltar era comida. La Señora se encargaba de una de las tartas y mi prima hornearía una de las suyas tradicionales de queso. Hermanísima seguro que hacía un postre de celiacos para ciclón. Contábamos además con 3 kg de solomillo. Aún así hacía falta algún entrante con el que abrir boca. Con esa idea en mente, me acerqué esa mañana a Cala Millor a por unas empanadas y algún pan especial. Para complementarlo añadí unos cortes de queso y decidí abrir un jamón, aunque el término correcto, visto el resultado, es asesinar un jamón.

El jamón, ignorante de su destino, completaba su solera en nuestra terraza desde hacía un año. El tiempo extra de maduración no facilitó las cosas a la hora de cortarlo. Acostumbrado a su integridad, se aferró a ella con toda su corteza. El curso de 3 minutos de Youtube sobre cómo cortar una paletilla, que era el caso, no sirvió de ayuda. Se entabló una batalla feroz en la cocina. House, casi recién despertado, y alarmado por el ruido, se pasó a ver qué sucedía. Mi intención había sido sorprenderle y a fe que lo conseguí, aunque no tal y como esperaba. Tras afilarme el cuchillo y embadurnar un estropajo de Fairy, mi marido desapareció de la escena del crimen. Sospecho que se marchó cuando le entraron ganas de matar a alguien, y creo que no precisamente a la pata que, a fin de cuentas, ya estaba tiesa.

Proseguí con mi tarea, dispuesta a rematar la faena a fuerza de cabezonería y, ya que no de habilidad, sí de fuerza bruta, o al menos de voluntad. El hueso quiso resistirse a mis encantos, pero solo lo logró durante un rato. Aunque no fuese la técnica de un maestro, abandoné la horizontal de los puristas para recurrir a la disección quirúrgica. ¡Eso no se lo esperaba! La línea de corte se inclinó peligrosamente por el lateral hasta verticalizarse a ras de hueso. Con toda esa parte repelada, ya solo quedaba darle la vuelta, pero decidí dejar esa fase para otra ocasión. Ya tenía planeada mi estrategia.

Repartí el jamón en dos bandejas que coloqué sobre la mesa del hermano. Cuñadísimo, al coger uno de aquellos trozos, se acercó a House.
- ¿Os habéis peleado con el jamón?
- Que te lo explique tu querida cuñada - le respondió mi marido.
- Solo ha sido una batalla. Aún queda todo un lado, pero el que quiera jamón que se pase él mismo por casa a cortarlo. Así puede llevarse lo que le apetezca. - le ofrecí. Sabía que aquel incentivo bastaría para que apareciesen voluntarios que terminasen de cortar el rebelde jamón.
- Si lo hubieses traído, lo habríamos cortado aquí - añadió el hermano. No añadió la parte de "y yo me habría quedado los restos" pero todos lo sobreentendimos.

Nadie más hizo mención a la finura de los pedazos. El resto de los invitados guardaba un silencio prudencial, supongo que porque estaban demasiado ocupados dando buena cuenta del cuerpo del delito. Ya se sabe que no es de buena educación hablar con la boca llena. A pesar de la singularidad del corte, no sobró ni una viruta.


domingo, 10 de mayo de 2015

Mi madre me felicita con flores


La autoría de esta entrada le corresponde a mi Señora madre, y es mi felicitación de cumpleaños. Son recuerdos entrañables. Mil gracias.


En esta etapa de jubilación, que da para recrearse a gusto en tantas cosas trascendentes e intrascendentes, quizá en las que corresponden a este último apartado, una de las actividades que generan más satisfacción es la de profundizar en los cambios que se van produciendo en el entorno y que suelen ir parejos a la evolución de las estaciones. Dicho así suena un poco abstracto, pero en realidad se trata de algo muy sencillo, pues consiste en sacarle el mayor partido posible a todo lo que hay a nuestro alrededor.

 El invierno, con eso del frío y de un ambiente a menudo desapacible, obliga a visitas, cursos y tertulias que proporcionan saberes y buenos ratos de discutidora compañía sobre exposiciones y novedades. Es una etapa que no coincide exactamente con la estación, pues suele ir de noviembre a febrero, si no ha habido suerte y el buen tiempo se ha prolongado o se ha anticipado. Sin embargo, a partir de primeros de marzo ya solemos sentir algún anuncio de la primavera y cambiamos el lugar de los encuentros e iniciamos otro tipo de actividades, como son las visitas a espacios más abiertos: al Capricho para ver los almendros en flor (esta vez no ha podido ser), recorridos por el Botánico desde que las camelias dan la señal de salida a finales de febrero y el Retiro, que ofrece una variedad de momentos indescriptible: desde los primeros brotes de los castaños de Indias, pasando por el sinnúmero de verdes de las nuevas hojas o el variado colorido de las distintas floraciones. 

Este año la primavera está siendo muy apacible y tranquila, con pocas alternancias en la temperatura y con lluvia salteada, pero no mucha, lo que permite salir casi a diario y contemplar esas pequeñas o grandes maravillas que en cualquier jardín de Madrid te puedes encontrar. Sin embargo, por razones que no vienen al caso ha tardado en iniciarse la actividad visitadora, hasta el punto de que se me ha pasado la floración de los tulipanes en el Botánico. Como pequeña compensación encontré en nuestra visita a Caballar un precioso tulipán pintón en amarillo y naranja que me vino a recordar la cercanía del cumpleaños de Sol, con la peculiaridad de que en Canadá la eclosión de estas flores fue coincidente con el nacimiento y aquí es un anuncio que se adelanta en un mes. Sentí que este año no había saboreado el anuncio, a pesar de que se había quedado en una imagen muy tierna.

Fue en uno de los paseos de estos últimos días cuando me di cuenta de que nacer el diez de mayo lleva aparejada una relación tan estrecha con las flores que el amplio colorido que proporcionaron los tulipanes en Canadá en España se compensa con otras muchas especies. Estaba viendo en el parque de Santander los parterres llenos de rosas, con una variedad de tonos increíbles, del blanco al lila, pasando por el granate, el amarillo y distintos rosas: intenso, blanquecino, achampanado, anaranjado. Este último color me hizo recordar el rosal que el abuelo Paco plantó en el primer verano de vida de su nieta. Lo puso en el jardín que tenían en el chalet de Aldea del Fresno, frente a la ventana donde ellos años antes se habían hecho una foto entrañable: la abuela detrás de la reja y él delante, en actitud de ronda con una guitarra. Era una combinación perfecta. El rosal en honor a la pequeña en ese lugar de preferencia.

Esta evocación me descubrió que ya el abuelo dejó establecida esta otra asociación tan sencilla y tan placentera.

Con su recuerdo quiero contribuir a la mucha felicidad que te deseo en tu cumpleaños.

jueves, 7 de mayo de 2015

La Dama de la Luna


Hace mucho, muchísimo tiempo, en un lugar mítico y muy lejano, existió una diosa hecha de fuego, roca y lava. Su nombre era Deneb.

Deneb era implacable. Ejercía sobre sus dominios una tiranía rigurosa, violenta y despiadada. Los bosques que en su origen ocupaban su territorio, habían perecido abrasados. La vida había muerto o huido y la tierra devastada no era más que un desierto de cenizas. Durante el día, una nube de humo oscurecía un sol tan pálido que a duras penas iluminaba una escena gris y desoladora. Solo por la noche, bajo la serena luz de la luna, se mitigaba el dolor del paisaje. La claridad plateada del astro le confería una suavidad y una calma de la que, en realidad, carecía. La osada luna, condensada en su Dama, cicatrizaba las heridas de la tierra y preservaba sus semillas de vida. Con cada uno de sus cuidados se avivaba la ira de la destructiva diosa.

Atrapado en el rigor de ese mundo vivía Zohr, un dragón negro, esclavo de la diosa, que no había logrado escapar con el resto de los de su especie, Deneb lo mantenía prisionero gracias a un maleficio engastado en la coraza de sombras que lo recubría, una coraza forjada por ella misma. No obstante, a pesar de su vasallaje a la diosa de las tinieblas, el corazón apasionado del dragón le pertenecía en secreto a Selene, la Dama de la Luna. Una noche inolvidable, a través de un rayo de luna, Zohr había sorprendido la figura de la Dama. No fue más que un soplo de aire fresco, una aparición velada, aún más etérea que un sueño. Sin embargo, el recuerdo de aquel instante quedó grabado a fuego en el corazón del dragón, que rememoraba a escondidas la silueta de su amada mientras la esculpía con suspiros de humo.

En la larga noche del solsticio de invierno, la luna llena bañaba la tierra con un halo de hielo. En el desierto refrescado por la escarcha, Zohr velaba el astro y anticipaba el momento del roce de sus rayos sobre su cuerpo. El haz de luz se acercaba. Sus músculos se tensaron. Cuando el brillo se reflejó en sus escamas, el dragón se estremeció. La excitación le inflamó. El aire se saturó de chispas de magia. La claridad relumbró cegadora y bajo su resplandor se reveló la imagen cristalina de una mujer, una figura sublime e intangible, Selene. El dragón contempló a su amada con el corazón henchido de felicidad, sin osar respirar por miedo a despertar. Sus latidos se aceleraron y todo su ser vibró bajo la fuerza de su pasión. La Dama posó sus ojos grises sobre aquella criatura palpitante de adoración. Sus miradas se cruzaron y el fuego que abrasaba el corazón de Zohr derritió las barreras de la Dama. Presa de la turbación, Selene tocó con su mano la frente febril de su enamorado. El contacto templó su fuego y, bajo el roce de los dedos, se grabó la impronta de una estrella de plata.

Selene acarició la coraza de Zohr, palpó el escudo de dolor que le aprisionaba y sintió que, a pesar de su rigidez y su dureza, aquella coraza no bastaba para contener su espíritu. Cautivada por la entereza de aquel ser sometido, pero aún poderoso, subió sobre su lomo. En medio de un halo de claridad, levantaron el vuelo. Se deslizaron en el viento tan livianos como la sombra de una nube. Seducidos por la belleza del cielo estrellado, la Dama y su dragón dibujaron estelas sobre el firmamento.

Al despuntar los primeros destellos de la aurora, Selene besó con tristeza la estrella de la frente de Zohr. El amanecer marcaba la hora de la despedida. La Dama recogió los últimos reflejos de la larga noche del solsticio y se atenuó entre ellos al retirarse.

Sin embargo Deneb había descubierto a su enemiga. La había visto despedirse del dragón. Aunque se sentía furiosa por la deslealtad de su cautivo, no quiso desaprovechar la ocasión para destruir a la Dama. Tras vencerla, la luna perdería su espíritu y se tornaría vulnerable. En ese momento apagaría los restos de su esplendor, debilitado por la luz del alba. De ese modo usurparía el astro a la noche que quedaría sumida en la oscuridad más profunda.

Presa de la ira, la diosa golpeó la tierra y dio rienda suelta a su cólera. El suelo se abrió bajo el impacto, sus entrañas se alzaron en una columna de roca y fuego y el humo, denso de cenizas, cegó a Selene. La Dama buscó protección tras el escudo de la noche, ya demasiado tenue. La columna de roca se plegó sobre ella en una inmensa montaña. La luna tembló en el cielo.

El dragón notó el sobresalto del astro y comprendió que su amada estaba en peligro. Toda su furia entró en erupción. La estrella de su frente se iluminó. Un rayo de plata encendió sus escamas y la coraza que lo esclavizaba estalló. El hechizo reventó en un sinfín de añicos. Transformado en un dragón de luna, blanco y majestuoso, Zohr levantó el vuelo. Con su aliento de llamas glaciales atacó los ríos de fuego que arrasaban la tierra. La lava se congeló y el hielo hendió las grietas de las rocas. Las fisuras se dilataron, la tierra se fracturó y la montaña se abrió. Zohr recogió a Selene, la montó sobre su lomo y huyó con ella. ¡Eran libres!

En un esfuerzo desesperado por atraparles, Deneb sacudió la tierra. El suelo ondeó con la intensidad de la sacudida, se elevó antes de hundirse en una profunda falla. El volcán se desplomó en el interior de aquella sima. Un alud de lodo, fuego y rocas arrastró a la diosa y la fuerza del seísmo la arrojó al abismo. Deneb se convirtió en prisionera de su montaña derruida. La piedra cristalizó y la diosa quedó sepultada en una tumba inexpugnable de diamante.

Zohr se posó con Selene sobre la tierra arrasada, un desierto árido de bosques calcinados. Al fundirse la escarcha, el rocío cubrió aquel suelo reseco. Una a una, las gotas despertaron viejas semillas adormecidas. En el cielo la claridad del alba se desvanecía bajo el resplandor del sol. La luna envolvió a su Dama en su luz de plata y la estrella dorada de la aurora refulgió cegadora sobre las escamas heladas del Dragón. Los dos astros convergieron en un relámpago de oro y plata que iluminó la mañana. La silueta de un dragón ardiente de sol y una dama argéntea de luna se recortó sobre el cielo de aquel amanecer deslumbrante.

Aún ahora, en las noches de solsticio, la Dama y su dragón se escabullen de su refugio celeste y dibujan sobre el firmamento la estela de un cometa que baila fugaz entre las estrellas.

domingo, 3 de mayo de 2015

La caracola silenciosa

 LA CARACOLA SILENCIOSA

El reflejo de la luna ilumina la espuma al romper contra la orilla helada. Bajo el lecho del océano, una caracola recoge la cadencia de la marea, el silencio de la luz, las pausas entre olas y la quietud del hielo que cubre la arena. Está rajada y, a través de su fisura, el rumor del mar se escapa. El sonido se pierde y su voz se desvanece.

Una sirena, vestida de noche, de cabellos blancos de luna y cuerpo de estrellas de ónix, lanza conchas que saltan sobre las olas y salpican gotas que burbujean antes de hundirse en el mar. La caracola, muda, contempla a la sirena. ¡Hasta sus cabellos cantan con ondas de brisa sobre el agua! Por un instante sueña con ser como ella y resonar con la voz del viento. ¿Cómo sería notar el cosquilleo de la música al filtrarse a través de ella? La caracola se estremece de esperanza con el sueño de esa nota, y de añoranza ante su ausencia.

El silencio se hace denso con la noche, pesa dentro y fuera de la caracola dormida. Llega la calma de la oscuridad previa a la aurora. El tiempo se enlentece, se detiene al alba y se reanuda con el día.

Los primeros rayos de luz se filtran tímidos entre nubes de gasa. La sirena despierta cubierta de amatista. Un velo de bruma cubre el agua y amortigua la marea que arrastra a la caracola. La sirena la recoge y percibe el silencio que la llena. La acaricia dulcemente y palpa las ondas de nácar rotas por una grieta invisible.

La sirena canta. Su voz se refleja en las espiras pero la melodía se cuela entre sus dedos y desaparece. El sonido enmudece. La caracola permanece silenciosa.

La sirena se disuelve, se balancea en la cresta de las olas y se sumerge hacia el fondo del océano. Sus cabellos se tiñen de agua de plata y de oro de sol. No es más que un reflejo de luz en el océano, una ola que arrastra a la caracola. Su cuerpo es una corriente, un remolino que dispersa bancos de peces.

La sirena avanza mar adentro. Cuando se cansa, busca una manta en el fondo de arena. Al caer la tarde se asoma de nuevo entre las olas para saltar con un grupo de delfines. A ratos no es más que otra ráfaga de viento que riza el mar.

El sol se pone y la sirena, de piel de bronce y cabellos de rubí y cobre, nada hacia el horizonte. Llega al lugar donde se recoge el último rayo del día y resbala por el haz hacia las profundidades. La luz se hunde hasta detenerse en el tridente de Neptuno que guarda el sol durante la noche para evitar que abrase a la delicada luna. La sirena engarza la caracola sobre un diente y hace vibrar el tridente. El mar explota en música. Las notas percuten sobre el agua, se deslizan sobre el fondo. La caracola resuena y recoge los sonidos. Su concha de nácar se enciende cubierta de ondas, se expande como el océano y guarda el ruido del mar en su interior.

La caracola tiembla, gira, ondula, se ilumina. El sonido la rodea, se diría que la sostiene. La música la llena, la colma y rebosa, hasta que, finalmente, la transforma. Como en una danza se desenroscan sus espiras y, al liberarse, se cimbrean y se estiran con las ondas de una cola. La espuma la envuelve en una cascada blanca y la rodea en una larga cabellera. Su cuerpo nacarado brilla y estalla en miles de estrellas, en millones de escamas de luz. En medio de una tormenta de burbujas, se lanza impulsada por su aleta de delfín. Asciende en medio de un torbellino vertiginoso y su figura se funde con las corrientes de agua y rompe los bancos de peces. Canta... Canta y la música templa su hermosa voz de sirena.

domingo, 26 de abril de 2015

Noche de luna

Las noches de luna llena en las que el mar duerme tranquilo, el agua lisa se convierte en un viejo espejo de azogue en el que la Dama de la Luna baja a contemplarse. Al agitar el agua con la punta de sus dedos, el contorno del astro se expande en suaves ondas. El movimiento impulsa la brisa y se diluyen las fronteras entre el océano y la orilla. Esas noches el agua y el aire se confunden entre sí. Mientras las sirenas nadan hacia la costa, la Dama de las Aguas asciende hasta encontrar la figura de su hermana sentada en el borde de la laguna remansada en la que brilla el reflejo de la luna. La forma luminosa y plateada de Selene se funde con la figura cristalina, de agua y de sal, de Marena. Ambas se dejan mecer por las aguas y se bañan en la luna. La brisa levanta gotas de luz blanca que viajan por los rayos hasta rellenar los mares y los cráteres del satélite. La luna se cubre de nácar para convertirse en la perla del cielo.

Amanece. La aurora matiza el brillo del sol que surge entre el silencio azul de la noche. Los rayos dorados, suaves como una caricia, se filtran lentamente entre la fina neblina del alba. Ascienden sobre la tierra y alfombran de oro el bosque dormido. Se deslizan sobre las copas de los árboles arreboladas bajo su roce. El astro emerge despacio. Roza el mar y el agua se llena de destellos, son las sirenas al regresar. Marena se despide y, al sumergirse, las olas rompen el silencio de la laguna nocturna e inician su viaje hacia la costa. Los sonidos se enardecen, las mareas se abren y chocan con las rocas al desperezarse.

Selene contempla la luz por un instante. El amanecer la debilita. Sabe que el sol ansia compartir el cielo con la luna, convertirla en su reina y señora. Siente como el poderoso astro estira sus rayos con cuidado, le ve asomarse muy lentamente, casi con sigilo, mientras intenta atisbar a su amada, al menos un instante, antes de que ésta se escabulla por completo. Nota como se eleva poco a poco, sin llegar perder por completo la esperanza. La perla de la luna palidece, se funde en alabastro mientras los colores brotan. La vida despierta. La tímida luna se desvanece y Selene con ella, entre el último de sus rayos.