miércoles, 25 de febrero de 2015

La leyenda del mar

Este cuento es el prefacio de "Las Perlas de la Sirena", esta tarde sentía que necesitaba sumergirme en alguna leyenda y he optado por compartir esta. Espero que os guste. 

LA LEYENDA DEL MAR

Entre la Mitología del Mar existe una antiquísima leyenda que afirma que, cuando un humano atrapa a una sirena, ésta queda ligada al mundo del mortal y debe abandonar el Océano.

Infinidad de hombres han abandonado sus vidas terrestres en persecución de este mito. Movidos por el impulso de desvelar los misterios del océano, se han hecho a la mar en busca de respuestas. Empero, la mayoría fracasan en su intento. En presencia de las sirenas sucumben bajo el conjuro vibrante de sus cuerpos. Prendados de su armonía, nadan, enajenados, hacia el fondo abisal. Una vez alcanzado su destino, pierden su guía. Ignorantes del secreto que diluye las fronteras entre la vida y la muerte y que, al ser revelado, permite traspasarlas a voluntad para llegar a formar parte de la eternidad de las aguas, miran pero no ven. Vagan sin rumbo, extraviados dentro de un mundo legendario, diferente y desorientador. Luchan por regresar al aire de la superficie y entregan su último aliento en la batalla.

Las sirenas son el mar, figuras que surgen del océano y de la fuerza del viento, de juegos de sombra y de luz y de brillos irisados sobre fondos de arena. Son su espuma, su rugido, su silencio y su misterio. Hablan su lenguaje de sonidos dulces, de ritmos cadenciosos y de vibrantes ecos. Del mar conocen todos sus secretos, saben dónde hallar los tesoros hundidos en sus profundidades y cómo despertar la vida que late entre las rocas.

Las sirenas comparten con el mar su memoria. Carecen de individualidad, no tienen recuerdos propios. Su vida inmortal transcurre en un presente efímero, fugaz, sin conocer otro pasado que el de las leyendas del océano. Las sirenas son aún más esquivas que los destellos de luz fugaz sobre el agua. Al igual que ésta se derrama entre los dedos desde el cuenco de las manos, así escapa la ilusión de su reflejo del abrazo de sus perseguidores. Sólo cuando una de ellas lo elige, puede ser retenida. El precio de su decisión será el de renunciar al Mar para siempre y, con él, a su memoria. Sus recuerdos se perderán en la inmensidad.

Jamás habrá vuelta atrás. El Océano la repudiará: encriptará sus enigmas en un lenguaje desconocido, le arrancará los secretos contenidos en el brillo de sus escamas y le ocultará sus misterios. A cambio, su sombra se hará corpórea, la espuma y la sal se cubrirán de una piel fina e inalterable y sus nuevos cabellos atraparán la fuerza de las corrientes y la luz del día, o de la noche. Para la sirena la eternidad se transformará en un extraño sentimiento: el amor. Por él sacrificará su libertad y su inmortalidad, para unir, de forma irrevocable, su nueva vida a la de su amado.

martes, 24 de febrero de 2015

El rizador errante

¡Hasta House se ha visto influenciado por los anuncios de máscaras que prometen pestañas como mariposas! Hace unos días me comentó que mis pestañas eran bastante largas pero que quedarían mejor si las abría hacia los lados. ¡Cómo si fuese algo tan sencillo!

Aún así me esforcé por complacerle. No tengo las pestañas de hermanísima, y que han heredado las sobrinas, que son largas, oscuras, espesas y gruesas. Las mías son solo largas pero claras y finas. Es una suerte que exista la máscara y, después de años de uso, puedo certificar que algunas hacen milagros. Mi favorita, la máscara extensión de La Roche-Posay, es todo un hallazgo: hipoalergénica, testada en ojos sensibles y guarda una estupenda relación calidad precio. Lo ideal es combinar una máscara densificante con una alargadora, dejando secar entre capa y capa, pero a mí me basta con la que he nombrado.

Lo de abrir las pestañas como alas no depende de la pobre máscara sino que esa función le incumbe al rizador. Tengo uno que venía incluido en un estuche de manicura, regalo de Juteco. Creo que el rizador y las tijeras es lo único que he llegado a usar del susodicho estuche. Me he acostumbrado a llevar las uñas cortas y sin pintar, es lo más práctico para las cirugías, y enseguida noto cuando crecen. Se me ocurrió pintármelas en una ocasión y duraron lo que tardé en regresar de la compra. Me pase el camino con la sensación de llevar yeso pegado en las manos, fue algo incomodísimo, no veía el momento de deshacerme del dichoso esmalte.

Tras la petición de House, ¿qué mejor pretexto?, decidí comprarme un rizador en condiciones. Después de investigar opiniones por internet, opté por el de MAC. Contaba con la ventaja, que también valoré, de que la tienda me pillaba a tiro de piedra. Quizá la distancia al centro de ventas no sea un criterio de calidad al uso, pero es fundamental desde el punto de vista práctico. Me acerqué al Corte Inglés y, en menos de cinco minutos, ya me había hecho con mi rizador en el stand de MAC.

Ya que estaba en el Corte Inglés... ¿Por qué no dar una vuelta para investigar lo ultimísimo de las rebajas y, entre medias, ojear los avances de temporada? Procuraría no picar. Sé que suena contradictorio, acercarse a la tentación con la intención de no caer en ella, pero el caso es que la tentación estaba demasiado cerca y una es débil, tanto que ni siquiera pensé en alejarme.

Recorrí las distintas boutiques, examiné los percheros e incluso me probé un vestido-sudadera. El recuerdo de mi visita al barrio de Salamanca actuó de revulsivo y no compré nada: todo me pareció bastante vulgar, carente de originalidad y de calidad dudosa. Mejor así, en mi armario no hay hueco (aunque sé que las sobrinas se prestarán encantadas a ayudarme a hacer un poco de espacio).

Tenía que ir a la mercería a por unas cintas. Al dejar el abrigo sobre el mostrador, me di cuenta de que no llevaba mi bolsa de MAC. En algún punto había perdido mi rizador no estrenado. ¡Qué catástrofe! Convencida de que había sido en el probador, regresé. No estaba. Hice memoria y me acordé de que había apoyado la bolsa en una repisa para mirar unas camisetas. Sí, seguro que había sido entonces. Me encaminé hacia los estantes y allí solo estaban las camisetas. Pregunté a la dependienta.
- Disculpa, ¿no habrás encontrado una bolsa de MAC?
- Pues sí. La acabo de dejar en Atención al cliente.
- ¡Ufff! Mil gracias.

El Corte Inglés estaba vacío en general, sin embargo descubrí que el público se concentraba en Atención al cliente. Afortunadamente los de la cola fueron muy amables. Les comenté que sólo quería recoger una bolsa olvidada y me dejaron colarme. Mientras esperaba a que terminaran de atender a la señora con la que estaban, me dediqué a escudriñar el terreno en busca de mi rizador. Lo descubrí abandonado sobre una silla. Cuando me atendieron les dije lo que contenía la bolsa y me la devolvieron al instante. Para evitar nuevos desastres, regresé a casa.

Por cierto, mis pestañas no se han transformado en abanicos pero el efecto del rizador es muy bonito.

domingo, 22 de febrero de 2015

Plataformas, libros y pruebas

¡Al fin! ¡Ya está Paloma en papel!

Esta semana me llegaron los ejemplares de prueba de Paloma. Me hizo mucha ilusión tener el libro en papel entre mis manos. La portada, diseñada por mi primo Juan, queda preciosa, y no es pasión de prima, sino la pura verdad. Le mostré un ejemplar a House para que me diese su opinión, la mía no iba a ser objetiva, y decidimos que aún había cosas mejorables.

Me volví a meter en la página de Create Space para hacer las correccioner. Lo primero fue escoger un tamaño ligeramente menor, quería que el libro fuese de verdad "de bolsillo" y cupiese con facilidad en los bolsos, con los sacos que acarrea ahora la gente no iba a haber problema pero, personalmente, prefiero los bolsos no muy grandes para no correr el riesgo de dislocarme el hombro. Además de los distintos juegos de llaves y la cartera, llevo varios pintalabios, un bloc, algunos bolígrafos y un libro pequeño. En realidad ese libro cumple una función "de rescate", está ahí por si en algún momento lo necesito, aunque en el coche y en el hospital no es probable que recurra a él, pero ¿quién sabe? ¿Y si un día me quedo atrapada en el ascensor? En esos instantes un libro es un item imprescindible.

Al cambiar el tamaño tuve que maquetar de nuevo la portada y el contenido. Uno de los problemas de Create Space es que los diseños de cubierta no incluyen espina, así que el canto va vacío. Para localizarlo en la estantería habrá que pegarle una etiqueta. Es un pequeño inconveniente y, cuando aprenda a diseñar portadas sin ayuda del programa, seguro que lo podré subsanar. En otras plataformas de autopublicación ese tema está resuelto. Lo sé porque he presentado uno de mis libros al concurso de Bubok. Se trata de "Las perlas de la sirena". En esta ocasión, más que un cuento es una leyenda. Mi idea de leyenda es semejante a la de los románticos del siglo XIX, así que se trata de una novela romántica, sí, pero a la antigua usanza. El proceso de autopublicación es similar en ambas plataformas aunque con Bubok el producto final sale más caro. ¿Por qué? No lo sé, supongo que tendrá su explicación pero, como nadie me ha desglosado la factura, no sé en qué radican las diferencias. No le he puesto el precio para hacerme rica, sino que ese era el coste de la publicación. El veredicto del concurso sale el 31 de marzo y, si no gano, lo que me extrañaría mucho que sucediese, haré una versión del libro para amazon, que espero resulte más económica.

Siempre me impone revisar mis libros, sé que suena ridículo pero se me hace un nudo en el estómago ante la idea. Son algo muy mío, algo importante y eso conlleva una responsabilidad, quizá autoimpuesta pero responsabilidad al fin y al cabo. Por muchas vueltas que les haya dado, siempre encuentro algo que no me convence, adjetivos que sobran o frases que podría haber expresado mejor. No es fácil asumir que no es perfecto, al contrario, resulta frustrante. Aunque soy consciente de mis limitaciones, hago como todo el mundo, arrinconarlas en un lugar de mi mente. Sin embargo, en esos momentos, son algo evidente y que se exhiban delante de una con tanta claridad no es un trago agradable.

Confieso que me enfrenté solo por encima a mis temores. Corregí lo necesario pero sin meterme a fondo, sin analizar cada frase con detalle, era la única manera de evitar reescribir la novela. También tuve algunos problemillas con la portada que me costaron toda una tarde de quebraderos de cabeza hasta arreglarlos. Finalmente parece que dejé todo en orden y, según me han informado, en unos días, el libro de Paloma estará disponible en amazon (de hecho ya sale, se ve en este enlace). Sigo sin comprender que una obra finalista del Premio Lazarillo (en el que solo hay dos finalistas) no haya encontrado editor.

¡Qué emoción cuando he entrado en amazon y he descubierto que ya está Paloma en papel!

viernes, 20 de febrero de 2015

Se busca nube rosa

There is something in me maybe someday to be written; now it is folded, and folded, and folded, like a note in school. Sharon Olds

Mi nube rosa es una nube de aurora escondida en el amanecer y que, lentamente, se deshace y se eleva hasta desaparecer. Es una corona alrededor del sol que se asoma, sin querer, al abrirse el cielo en un día encapotado y forma un halo brillante que el cuerpo de la estrella apenas deja entrever. Es una nube que crece sobre el resto, al atardecer, hasta inundar el cielo del crepúsculo, o forma un arcoiris que se disuelve bajo la lluvia de las tormentas vespertinas para, al día siguiente, nacer, rosada y casi dorada, con el sol de la mañana.

De vez en cuando mi nube se escapa sin mí y, aunque espero su regreso, siento que  se aleja y la echo de menos. Quisiera alcanzarla. ¿Alguien sabe cómo atraparla?

jueves, 19 de febrero de 2015

El absceso

Ayer se quedó un paciente ingresado en Urgencias. A mi compañera no le gustó nada el aspecto de su garganta y le pidió un scanner. Después de un día de tratamiento conviene reevaluarlo. Bajo a verle. No parece que esté mal. Ganas de irse no le faltan. Me lo encuentro vestido, en el pasillo, de charla con el familiar de otra enferma. Se conocen y han coincidido en el hospital.
- ¿Qué tal se encuentra?
- Mucho mejor, con ganas de volver a mi casa.
Me temo que no está tan bien cómo se cree, la voz aún le suena a "patata caliente" y eso no es normal.
- Le voy a subir a la consulta para explorarle -le explico.
Como el hombre se mueve sin dificultad, no aviso a un celador para que le acompañe. Total, los dos llevamos el mismo camino y puede venirse conmigo.

Sólo con abrirle la boca se ve el abombamiento de su pared faríngea. Compruebo su extensión, baja hasta las inmediaciones de la laringe. Definitivamente, no puedo darle el alta.
- Aún tiene que quedarse hoy aquí, y seguramente un tiempo -le comento.
- ¡Pero yo me encuentro bien! -protesta mi decisión el enfermo.
- Créame, no dejo a nadie en el hospital si no es necesario, las camas están muy solicitadas.
Todavía no he mirado el scanner, prefería conocer antes al paciente. Cuando veo las imágenes la cosa me gusta aún menos. La primera fase de inflamación ha pasado, al progresar se ha acumulado pus en la zona y hay un señor absceso. Conviene drenarlo. A ver cómo se lo cuento.
- Aunque Ud. se encuentre muy bien, lo que tiene en la garganta no lo está tanto. Se ha formado una bolsa de pus y es mejor abrirla para vaciarla. De otro modo se puede complicar y la recuperación sería mucho más lenta. Por su localización, es algo que tiene que hacerse en quirófano.
- ¿Y mañana me marcharía a casa?
¡Qué obsesión! Esa es toda su preocupación, no le asustan la anestesia ni la cirugía, que es lo habitual.
- Lo que es seguro es que, si no se lo hago, mañana no se irá.
- Entonces, opéreme.

Aviso al anestesista. El quirófano de urgencias está ocupado y tienen para un rato. Me llamará al busca cuando terminen. No espero de brazos cruzados, por suerte o por desgracia, en el hospital no suele faltar trabajo.

Pasado un tiempo prudencial, suena el busca. Es el anestesista.
- Estamos acabando - me dice.
Reclamo al enfermo en la urgencia para que lo trasladen al quirófano. En la consulta aún me queda uno por ver y me demoro unos minutos. Cuando llego a la espera de camas, me la encuentro vacía.
- ¿Y mi paciente?
- Aún no lo han traído.
- Voy a por él.
A veces es la única manera. Me encuentro a uno de los celadores de urgencias por el camino.
- Hay que trasladar a mi enfermo al quirófano.
- Yo ahora estoy desayunando. A mí no me toca.
Se lo comento a las auxiliares que se muestran mucho más colaboradoras. No se atisba ni medio celador por los pasillos y salimos a la puerta a buscar uno.
- Ahora estoy solo, cuando venga mi compañero, voy.
Supongo que su compañero está en el servicio de "nutrición". Los minutos pasan y el hombre sigue en su habitación. Lo llevaría yo pero sé que eso me costaría luego soportar un sinfín de recriminaciones.
- ¡Esto no puede ser!- protesto.  - Es ridículo parar así la actividad.
Finalmente no es ninguno de los celadores con los que he hablado el que traslada al señor, sino otra, más dispuesta, a la que han enganchado y engañado. En vista de lo visto, salgo ganando con el cambio.

Una vez en quirófano exploro la zona con cuidado. Compruebo que no haya nada con latido debajo de donde pretendo dar el primer corte. No me apetece que un vaso me dé un susto. Al apretar el pus se transparenta bajo la mucosa. Esa es buena señal. Rompo por esa zona y presiono la bolsa del absceso desde los bordes para vaciarla. Aspiro. He hecho bien en abrirlo. El pus es espeso y no lo habría expulsado espontáneamente. Desbrido con una pinza para confirmar que no quedan restos. Lavo la zona y la desinfecto. Reviso una vez más. No hay más pus y tampoco sangra. Informo al anestesista de que ya he terminado. La cirugía ha resultado fácil; la preparación, agotadora.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Insociable

El mundo no se da cuenta de lo a gusto que se está en mi ostra y, sin embargo, tengo que abandonarla a diario. Meterme en el despacho de sesiones por la mañana me cuesta un triunfo. Antes de entrar me tengo que mentalizar. Por el camino hago acopio de paciencia, desde el instante cero de arrancar el coche. El trabajo está ahí, a la espera, y procuro no perder más tiempo del necesario. Mientras llega el resto, reviso las últimas notas de los enfermos ingresados. Le echo un vistazo a la consulta. Mejor me estudio lo que me aguarda esa mañana para andar preparada de antemano.

La sesión empieza tarde por costumbre. Los puntuales damos un voto de confianza a los impuntuales y esperamos que ese sea el día en el que suceda el milagro. Cuando nos cercioramos de que no es así, repasamos la planta. Esa tarea se repite varias veces, según aparece el resto. Los que se han perdido los comentarios en su momento, sienten la necesidad de expresar su opinión. Con las repeticiones no ganamos tiempo. Con las interrupciones tampoco. Todo el mundo habla a la vez. No hay consenso. El volumen sube mientras unos y otros intentan hacerse oír. Es mareante. A veces tengo la sensación de que a nadie le interesa lo que se habla, sino tan solo el hecho de hablar. También pienso que hace falta un moderador aunque no puedo dejar de sentir lástima por el pobre que se empeñe en llevar a cabo semejante labor, Hércules fracasó en su día, no se atrevió ni a cruzar la puerta. Sé cual sería mi primera regla: el que llegue tarde no tiene derecho a abrir la boca. Es posible que de ese modo se arreglasen algunas cosas, aunque supongo que su impopularidad la haría inviable de entrada.

Para mi infinita desesperación, cada día, la sesión se alarga. Se discute más allá de la hora a la que está citado el primer paciente. La impuntualidad me indigna, me parece una falta de consideración hacia el resto y, cuando hay trabajo por hacer, me agobia. Reconozco que, en ese aspecto, cumplo todos los criterios diagnósticos del TOC (trastorno obsesivo-compulsivo). A la hora en punto salta un resorte que me obliga a levantarme de la silla y a escapar. Como el conejo de Alicia, miro el reloj mientras acelero por los pasillos. No me calmo hasta que no recibo al primer paciente.

-¿Vas a venir a la cena? -me preguntan en la sesión.
-No -respondo.
-¿Por qué?
-No me apetece.
Es evidente que la diplomacia no se hizo para mí, por el contrario parece que en la sinceridad grabaron mi nombre, a fuego, que el ardor en exceso duele.
-¿Y si cambias de idea?
-No voy a cambiar, si estoy mejor en casa que fuera, es tontería salir.
Mi razonamiento se cae por su propio peso y es tan evidente como cierto: prefiero estar tranquila con House a irme por ahí con los compañeros del trabajo, por bien que me lleve con ellos. Además ya he estado en otras cenas y he comprobado que la impuntualidad no se limita a las sesiones.
-A veces es necesario socializar -me recriminan para ver si me convencen por esa vía.
-Ya socializo demasiado.
Definitivamente, soy un hurón. Y me gusta mi madriguera.

sábado, 14 de febrero de 2015

El camino de las sirenas

Hubo un tiempo en que la luna aún no existía. La noche cubría el mundo con una oscuridad tan densa que el brillo de las estrellas apenas podía romperla. Al ponerse el sol, el mar se transformaba en un abismo de negrura del que escapaban las sirenas guiadas por la luz tenue de las estrellas. A veces, un astro fugaz caía al océano y las sirenas lo perseguían para colgarlo de nuevo en el cielo antes de que se apagara en el agua. Sin embargo, nunca lo encontraban.

Noche tras noche las sirenas presenciaban impotentes la desaparición de las estrellas. El día en el que se hundiese la última de ellas, se verían atrapadas en las profundidades de un reino de tinieblas. Sin su guía estarían perdidas. Antes de que ese momento llegara, debían hallar la manera de preservarlas.

Una noche tejieron una red de nubes y la extendieron sobre la superficie del agua. La red detendría la caída de las estrellas que se quedarían retenidas en ellas. Sin embargo, eran tan pequeñas que se perdían entre la niebla.

Otra noche las sirenas recogieron uno a uno los reflejos de los luceros sobre el mar y los reunieron en el rincón más recóndito del océano. Crearon un lago de luz con los infinitos destellos. Junto a él, esperaron hasta el amanecer, a que el primer rayo de sol iluminase la neblina. Cuando la bruma se tiñó de blanco, llamaron al viento para que alzara las olas. Se izaron sobre las crestas de espuma y, con cuidado, tiraron del velo de niebla hasta condensarla en una esfera. En el interior guardaron el brillo de las estrellas. Para evitar que la bruma se disolviera, sellaron la esfera con nácar, simulando una perla.

Al caer la noche, cuando las sirenas remontaron la oscuridad del abismo, arrastraron con ellas la inmensa perla. En el lugar en el que el cielo y el mar se funden, surgió la luna. El cielo reconoció en su interior la luz de las estrellas y reclamó para sí la esfera. Sin embargo, la luna no quiso separarse por completo de su lugar de origen y derramó su reflejo sobre el océano. Esa senda hecha de luna, es el camino de las sirenas.