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viernes, 10 de mayo de 2024

Años de experiencia

La Señora no abandona el blog a la hora de felicitar el cumpleaños, con mención especial en esta ocasión al trabajo con mis pacientes de HHT y el reconocimiento como Centro de Experiencia en esta enfermedad. Después de leer el texto, es más que probable que el arquitecto del instituto de mi abuelo y el del hospital fuesen a la misma escuela.

 La felicitación de este año es felicitación doble, pues aparte de cumplir un añito más hay que celebrar ese reconocimiento de vuestro hospital como centro de tratamiento de la Telangiectasia hemorrágica etc por parte de la Comunidad de Madrid, lo que en román paladino viene a ser que por lo menos para esta comunidad hay conocimiento de tus muchas horas  dedicadas a los "Rendus" y del interés para mejorar sus condiciones de vida. 

   
   No ha sido tarea fácil conseguir de la administración este estatus de centro de referencia para esta enfermedad rara,a pesar del esfuerzo realizado por ti y a pesar los intentos de la Asociación de los enfermos de Rendu Osler. La búsqueda de personas que pudieran concienciarse del problema y que tuvieran alguna mano en las instituciones médicas o políticas -lo que tu abuelo Paco llamaba "dar con la tecla"- era una parte necesaria de tu trabajo, para que de este modo los enfermos tuvieran un acceso más fácil a los tratamientos en tu hospital.

 Cuando hablábamos de esa dificultad, recordaba situaciones de algún modo similares que a tu abuelo se le presentaban cuando él  y yo compartimos instituto, el Gregorio Marañón en el Barrio del Pilar. Él como Secretario tenía que resolver un montón de problemas estructurales para que el centro funcionara, pues aunque era un edificio totalmente nuevo, tenía una instalación eléctrica de lo más deficiente, así que la luz se apagaba por sobrecarga en cualquier momento y más por las noches en clases del nocturno; los accesos eran imposibles los días de lluvia, el tejado tenía goteras......, por cualquier parte que lo miraras aquello era una chapuza  y su idea era que al menos lo básico funcionara bien y se pudiera dar clase. Se necesitaba dinero. La "tecla" para conseguirlo estaba en la Delegación y había que dorarle la píldora a una administrativa algo prepotente y bastante insoportable, Blanca, que era la que manejaba los hilos de la distribución económica. Para tu abuelo era cuestión imposible lo de dorar la píldora, así que él y el Director, Rafael catedrático de Historia, se iban a la Delegación a hablar con Blanca, que de pronto en palabras de Rafael se convertía en Blanquita, tan simpática, tan mona..... con lo bien que le sentaba aquella blusita, con lo etc, etc. Rafael era de la provincia de Cádiz y todas esas lisonjas dichas con acento gaditano hasta resultaban creíbles, así que cuando Blanca estaba a tiro, tu abuelo sacaba su lista de peticiones y se volvían al instituto con la misión requetecumplida. 

   
En vuestro caso el procedimiento parece haber sido algo mejor, más profesional, afortunadamente. La dedicación de un día al año para las enfermedades raras ha propiciado que los políticos, al menos para ese día, se enteren de lo que en ese sentido se está haciendo en su entorno y de ese modo la Viceconsejera de Sanidad quedó muy bien impresionada por el trabajo que tú estás llevando a cabo. Me alegro. Ahora ya sois una Unidad reconocida. Es el momento de sacarle partido a lo conseguido. "Cuando los trabajos pasados se cuentan en prosperidades presentes, suele ser mayor el gusto que se recibe en contarlos, que fue el pesar que se recibió en sufrirlos." Ya lo que toca es aprovechar este presente y que sea por muchos años.. Felicidades. 

domingo, 19 de abril de 2020

Urgencia COVID

En pleno confinamiento no tengo más planes que leer y estar en casa, tener que ir al hospital hace que se te quiten las ganas de salir a nada más. Ver lo que sufren los pacientes es motivación más que suficiente para quedarse en casa.

Suena el busca, en la pantalla reconozco el móvil de Anestesia. No promete, no suelen llamar sin motivo.
-Tenemos un paciente COVID al que ayer se le hizo una traqueo percutánea que fue un poco trabajosa. El caso es que cada vez está más hinchado y le hemos hecho un TAC y tiene una rotura traqueal y un neumomediastino (traducción: aire dentro del pecho, alrededor de la tráquea, bronquios y grandes vasos).
Como me figuraba no llaman sin motivo, ni tampoco por algo fácil. Si hubiese un cirujano torácico sería cuestión de meterme con él en quirófano, pero en nuestro hospital no tenemos esa especialidad.
-Lo ideal sería que lo viese un cirujano torácico.
-Está mal, no lo podemos trasladar y tampoco creo que lo acepten en ningún sitio.
Tiene toda la razón, no hay demasiados huecos de críticos en los hospitales.
-Voy para allá a ver qué puedo hacer.
-¿Aviso al quirófano?
-Sí, por si acaso, cuando lo vea lo decidimos. Y si se puede conseguir una cánula larga, en la UCI suelen tener, nos vendrá bien.

Bajo al coche. Con las prisas y la incertidumbre me dejo la tarjeta del hospital en casa y me toca volver a subir. Si me para un control conviene tener todos los justificantes a mano.

Por la carretera no hay nadie, conduzco y doy vueltas a la cabeza para ordenar mis ideas y tener un plan claro de qué hacer. Poco antes de llegar a mi desviación me encuentro unos conos, los carriles se desvían al lateral. Nos paramos. Delante de mí se han acumulado los pocos coches que circulan. Abro la ventana y agito el papel del justificante, pero no hay nadie a la vista. Es desesperante. Estoy por bajarme. ¿Qué hago? ¿Tocar el claxon para llamar la atención? ¡Qué agobio!

La cola avanza, no somos muchos. Un policía me hace señas y para indicarme que vaya a otra cola, más lenta. Le enseño el papel y grito para que me oiga a pesar de la distancia:
-¡Voy a una urgencia!
-¿Para Ud?-me pregunta.
-No, para un paciente con la tráquea rota que tengo que arreglar.
Creo que le he dado demasiadas explicaciones, posiblemente con decir que soy médico habría bastado. Aún así funciona.
-Ponga el warning y avance por el carril de la izquierda.
Eso hago, los policías de los controles ven una flecha roja pasar como una exhalación, me doy cuenta tarde de que, a lo mejor, un poco menos de aceleración habría sido mejor idea. En ese momento en lo único que pienso es en llegar cuanto antes al hospital. Es cierto que el paciente está en la REA y lleva así un día, pero eso no significa que convenga tenerlo en ese estado hasta que reviente.

Llego, me cambio. Por supuesto se me caen todas las cosas de los bolsillos, no sé por qué siempre pasa lo mismo cuando tienes prisa. Salgo del vestuario por el quirófano. Las enfermeras están avisadas y me preguntan. Les contesto sin detenerme, tienen la caja de laringe disponible para mí, ¡un lujo!, es la más completa, es perfecto, les digo.

En la REA me enseñan el TAC. La rotura está baja, en el tórax, un poco por debajo de donde termina la cánula que tiene ahora puesta. Es posible que al superar la zona con una cánula más larga con el balón por debajo, el aire no se filtre y la cosa mejore. Han conseguido cánulas largas.

Me acerco a la cama del enfermo. El hombre es un globo aerostático desde los hombros hasta los ojos. El agujero del traqueostoma está casi en el esternón y con todo ese aire debajo de la piel no se palpan las estructuras. Hay que ir al quirófano y reabrir todo, sacar el aíre, encontrar la tráquea, liberarla, rehacer el traqueostoma y cruzar los dedos. Aviso al cirujano para pedirle ayuda, siempre vienen bien un par de manos extras.

Preparar un quirófano para un paciente COVID un sábado por la tarde requiere medidas especiales. Es preciso avisar a la supervisora de guardia para que nos dé material de protección. Por supuesto, no hay para todos. Desde que esto empezó, el hospital funciona como en la guerra y ni MacGyver hacía gala de tanta imaginación a la hora de protegerse (aunque era inmune a las explosiones y la metralla, no se sabe si al COVID, los guionistas deberían valorar un episodio al respecto). Una hora después, eso es lo que tarda un traslado de apenas 50 metros con las precauciones de rigor, el paciente está en quirófano. A pesar de su volumen, los músculos están atróficos y aún llama más la atención la hinchazón de la cabeza.

Lo primero es reintubarlo para sacar la cánula y trabajar con algo de comodidad. Es más fácil decirlo que hacerlo. El aire ha cerrado todo y no se ve nada. Tras varios intentos frustrados, el tubo pasa las cuerdas. Es el momento de sacar la cánula para permitir que el tubo avance por la tráquea hasta superar la zona de rotura.

La traqueotomía percutánea consiste en atravesar y dilatar los tejidos con guías de grosor progresivo. No hay una disección por planos, eso es lo que tengo que hacer ahora. Identificar esos planos es un poco más complicado después de la manipulación, aún así mucho menos de lo que me imaginaba. Reconocer las estructuras machacadas y desplazadas para ligar los vasos y que no sangre también cuesta más de lo normal, pero no es imposible. La máscara de protección no ayuda, no solo se ve peor sino que al moverme mi pantalla choca con la de la cirujana. Poco a poco nos acoplamos o simplemente es que estamos tan concentradas que no nos damos ni cuenta.

Separamos los músculos, primero el musculocutáneo arriba y abajo y luego los prelaríngeos de la línea media a los lados. La glándula tiroides es pequeña, otra ventaja, y la seccionamos por el istmo y ligamos los lóbulos. La tráquea queda expuesta. Libero la pared anterior y meto el dedo en el mediastino. Después va el aspirador, hay que sacar el aire. Aplico esa misma disección digital al cuello, a los laterales de la tráquea y aspiro. Las presiones mejoran según sale el aire retenido. Es el momento de preparar el traqueostoma.

Agarro la incisión de la traqueostomía previa con unas pinzas y paso una sutura desde la piel al anillo traqueal para sacar la tráquea hacia fuera, sujetarla y facilitar el cambio de cánula. Retiro un anillo roto. Doy dos puntos abajo y uno arriba. Dejo un drenaje por el lateral para que salga por ahí el aire del mediastino. Ya se puede retirar el tubo y cambiarlo por la cánula larga.

Procedemos. No hay capnograma. El paciente no ventila. La saturación baja. ¡Imposible! No, en medicina nada es imposible. Saco la cánula, reviso, meto el dedo. Compruebo que no hay una falsa vía, toco los anillos traqueales, la laringe, están ahí, entonces ¿por qué? La enfermera está el quite, me da una de las cánulas habituales, la más gruesa. La coloco y el paciente remonta, se recupera. Todo está orden. Es inexplicable. Hacemos hipótesis, posiblemente la cánula fuese demasiado larga, estuviese muy metida e hiciese pared.

El enfermo regresa a la REA. El cambio en su aspecto es llamativo, se nota la aspiración del aire, no parece un globo, se reconocen las facciones, pobre. Ahora es cuestión de esperar la evolución y ver si esa tráquea cicatriza sin problemas.

domingo, 5 de abril de 2020

Héroes y fraudes

 La plaga no está hecha a la medida del hombre, por lo tanto el hombre se dice que la plaga es irreal, es un mal sueño que tiene que pasar. La peste. Albert Camus.

No soy un héroe, aunque sea médico y el Coronavirus campe a sus anchas, yo no soy uno de esos héroes en los que se ha convertido buena parte del personal sanitario. No estoy en primera línea, más bien en la retaguardia. Mi trabajo ha cambiado sí, no existe la rutina habitual: no es seguro pasar consulta, los respiradores de quirófano se han trasladado a Intensivos, se han colonizado consultas, pasillos, gimnasios y cafeterías y se han improvisado plantas con camas y sillones para ingresar enfermos. Los hospitales se ha convertido en centros de COVID y apenas hay otra cosa. Acercarse a un centro sanitario es correr el riesgo de contagiarse, quizá esa sea mi mayor heroicidad: ir al hospital. Quedarse en casa, día tras día, para evitar la propagación de este maldito virus es más heroico.

Al principio se agradecía cualquier mínima ayuda, desde comprobar resultados, mirar analíticas. Pauto tratamientos que el médico de turno, vestido con el único EPI, reciclado, que actualiza entre pacientes con un mero cambio de guantes y de la bata transparente que protege parcialmente la "bata buena", me dicta desde su posición a pie de cama del paciente. Estoy en el ordenador, soy una secretaria especializada, sé cómo funciona el programa y puedo interpretar los datos, transcribo lo que me dicen, o reviso los antecedentes, o la evolución.

La puerta de la urgencia es un caos. Los pacientes se suceden a velocidad de vértigo, casi sin tiempo a tomar decisiones. La clasificación es fácil, todos vienen por lo mismo, y no es posible hacer distinciones para ubicarlos en un circuito u otro porque no hay sitio. La única alternativa a la sala de espera, llena a reventar, donde los pacientes esperan con una mascarilla y guantes como única protección, es el box de críticos. La saturación de oxígeno marca el límite, cada vez más bajo. La historia varía poco, han tenido fiebre, o tos, o diarrea, o dolores musculares y vienen porque han empeorado, tienen fatiga. La enfermera les toma la temperatura, la tensión, la saturación y la frecuencia respiratoria. Les pido una radiografía que apenas tarda unos minutos y aún así no me da tiempo a verlas. Una neumonía tras otra, casi todas bilaterales. Las placas son terribles.

El tratamiento es un protocolo de sota, caballo y rey al que hay que ajustar el oxígeno según lo apurado que esté el enfermo. La sala de observación impresiona. No hace falta auscultar para saber cómo respira un paciente, se ve. El pecho se mueve deprisa, el reservorio de oxígeno de la mascarilla se hincha y deshincha con cada respiración fatigosa, aún así la cifra de saturación deja mucho que desear. Si fuese un quirófano el anestesista estaría alarmado, pensando en intubar, pidiendo ayuda a un compañero. No es el caso, se sube el oxígeno, las reservas del hospital se agotan a diario, se cambia la postura del enfermo y a veces eso funciona, otras no. ¿Resistirá o se agotará?

El trabajo cambia según lo que se necesite, pero el mío se limita a ayudar a los que están en plena batalla. ¿Qué puedo hacer? pregunto. La situación ha mejorado y me encuentro con que no me necesitan, estoy desubicada. Insisto en otros sitios pero me dicen que todo está bajo control. Descubro que hay una unidad nueva, la llevan los Neumólogos. Intento echar una mano. No sabía que había tantas variantes de oxigenoterapia: gafas nasales, mascarilla con reservorio, con CPAP (presión), alto flujo con control de temperatura y litros al máximo, hasta 60. No me acerco a las habitaciones, solo escribo lo que me dicta su médico al otro lado de la línea sucia. "Páutale sueros", es diabético, van con insulina, miro la hoja de tratamiento como si fuese una prueba, un examen para el que no estoy preparada y que espero aprobar por el bien del paciente. De sueros e insulinas la enfermera sabe más que yo, le pregunto si lo he puesto bien.

No soy un héroe. Puedo ayudar pero poco, aunque me lo agradecen como si hubiese hecho algo. Ordenador, teléfono... Llamo para informar. Es la soledad más dramática, sin visitas, sin contacto, ni siquiera una sonrisa, ni tender una mano sin guantes. Me preguntan por otros familiares también ingresados, busco a ver qué encuentro. Esta enfermedad es devastadora.

No soy la valiente que se pone delante del paciente, no siento que curo a nadie, en esta situación no sé cómo hacerlo, el mérito es de otros y muchos de ellos están tan expuestos que caen enfermos. Soportar esta enfermedad solo, tener un familiar enfermo y ya sea cuidarlo en casa hasta que es inevitable llevarlo al hospital, no poder visitarlo, o llegado el momento ni siquiera despedirse de un ser amado son otro tipo de heroicidades. A esos héroes de verdad, quiero reivindicarlos con mis palabras.

Nota: Las ilustraciones son de un artista iraní, Alireza Pakdel

lunes, 14 de mayo de 2018

Primum non nocere

Las ampollas de anestesia local son, seguramente, el producto que más uso. Me agobia que al paciente le duela lo que tengo que hacerle y trato de minimizar la molestia en lo posible, aunque sé que a veces es inevitable, para lograrlo tendría que contar con un anestesista al lado que me durmiera por completo al enfermo, pero en la consulta eso no es práctico, y tampoco es posible programar a todo el mundo para una anestesia general, bloquearía la lista de espera.

Nunca me han gustado las agujas. La primera inyección se la puse al catedrático cuando aún era estudiante principiante de medicina, y fue algo que hice aterrada y obligada. No tuve opción, mi señor padre no admite un no por respuesta, si consideraba que, como parte de mi formación, debía encargarme de ponerle aquella vacuna, no había escapatoria. El mejor ejemplo de su pedagogía fueron sus clases de natación, mis primos huían despavoridos cuando le veían acercarse. Como estrategia para disfrutar de la piscina sin niños alrededor era infalible.

Con esos antecedentes, resulta paradójico que vengan pacientes ex profeso a mi consulta para que les pinche. No sé si todas las profesiones influyen tanto en la persona como la Medicina, pero si en mi adolescencia me hubiesen contado que la sangre y las agujas iban a formar parte de mi entorno habitual, me habría reído del profeta; sin embargo, así son las cosas.

El pánico a las agujas es casi universal (la excepción es el catedrático). Hace poco atendí a dos hermanas; como la enfermedad no se manifiesta de forma homogénea en todos los pacientes, una tenía más afectación que la otra. Sin embargo, fue la que menos lesiones tenía de ambas la que, en medio del proceso, comentó que se encontraba mal. Me explicó que últimamente tenía subidas de tensión y que notaba que eso era lo que le estaba ocurriendo. Por fortuna, las enfermeras estaban en la sala de al lado y en un momento acudieron en mi auxilio y le colocaron el esfingomanómetro. Para tranquilidad de todos, la tensión estaba en perfecto orden, todo era cuestión de aprensión. Terminé el tratamiento, poco a poco y con mucha anestesia y, al acabar, le dice la mareada a su hermana (que se había llevado, con diferencia, la peor parte en las infiltraciones), "pues esta vez casi ni me he enterado". Uno de estos días las enfermeras tendrán que tomarme a mí la tensión.

Otra anécdota es la de una paciente que me llamó casi sobre la marcha, cerca del final de la mañana, para ver si podía verla ese mismo día, supongo que para que no se le pasase el ataque de valor, o con la esperanza de que le dijera que ya era un poco tarde y librarse de ese modo. Le respondí que no se preocupase, que la esperaba. Por desgracia, al vivir a cierta distancia, en el trayecto perdió todo el arrojo. Con esta ya era la cuarta (o la quinta) visita en la que me rogaba que no la infiltrara, y en todas las anteriores había atendido sus deseos, nunca obligo a un paciente a someterse al tratamiento si no lo desea, no es una sentencia, soy médico, no juez. No obstante, me daba un poco de rabia ver las lesiones ahí, listas a dar guerra, y no hacer nada. Hablé con ella y al final, gracias a la confianza, la convencí para que me dejase hacer un intento, claro que antes le prometí que solo la pincharía donde no fuese a dolerle (la nariz tiene zonas mucho más dolorosas que otras, y aunque un toque en una de las malas no le habría venido mal, en esta ocasión era mejor limitarse a las buenas, ya se verá qué hago cuando la otra parte presente batalla). Le puse los algodones de anestesia y los tuve un buen rato para darles tiempo a que hiciesen efecto. Di un primer picotazo rápido (es el peor) y le puse más anestesia. Con tranquilidad y paciencia, muchos pinchacitos cortos y aún más y más anestesia, conseguí infiltrar el tabique (la parte buena) sin que le doliera. Al acabar, la paciente estaba feliz por haber superado sus miedos.

domingo, 15 de abril de 2018

En equipo

-No entiendo a esa gente que se deprime cuando se jubila- me dice House. -Supongo que, llegado el momento, echaré de menos a algunos de mis pacientes, pero eso de disponer del propio tiempo, no tener que madrugar, no depender de un horario...
-Será un alivio no tener tanta responsabilidad- añado.
-A mí la responsabilidad no me agobia, claro que hay malos ratos, cuando un paciente sangra en una cirugía y no ves, no es agradable.
-¡Uff!, no. La sangre genera mucha tensión.

Me vino a la cabeza una de mis últimas sesiones con los Rendu. Mi paciente se puso a sangrar, y a sangrar, y aquello no tenía intención de parar. La sangre salía a chorros por la nariz, por la boca... Nada funcionaba y, para colmo, tampoco la sangre no me permitía ver nada. Ni aspirador, ni algodón, ni presión, ¡nada! Por mucho que me esforzase, no había modo de contener aquello, y ese era mi papel.

Además de la auxiliar de consultas, conmigo estaban una estudiante y una residente. En un momento de fortuna vi el origen del chorro. Tenía que actuar en ese instante o aquel punto se perdería en medio de la marea. La jeringa con el esclerosante estaba cargada, pero no tenía aguja. Ni corta ni perezosa, la estudiante abrió una de las agujas y me pasó la jeringa montada y preparada. ¡Cuánto agradecí su iniciativa! Cuando se es estudiante, no sabes qué hacer, no tienes ni idea de cómo comportarte, dónde ponerte, ni siquiera te atreves a preguntar. Pinché. Odio hacerle daño al paciente y sabía que aquella infiltración iba a doler, el punto estaba en un mal sitio, sin embargo, ante semejante hemorragia, el dolor era secundario. Funcionó. El sangrado se detuvo, pocas veces el resultado es tan rápido.

Demasiado pronto para cantar victoria, solo era la primera fosa, y una vez controlada, la otra decidió imitarla. El sangrado era del mismo calibre, cambió el lado y el punto, que esta vez era aún menos accesible, no sé si por reto o por venganza. Cuando la situación pretende desmandarse, me la planteo como una batalla en la que debo intentar vencer a toda costa, por el bien del paciente. No me iba a rendir, como le digo a mis pacientes "si me he metido en este berenjenal es porque pienso que puedo hacer algo", tirar la toalla de antemano no es el modo de enfrentarse a la enfermedad, ni por el médico, ni por el enfermo.

En esta ocasión el éxito no fue tan completo como en el otro lado, la hemorragia mejoró, pero una pequeña manipulación bastaba para reactivarla. A veces, a pesar de todo, una vez logrado cierto control hay que conformarse y conviene parar y seguir en otro momento. Es algo que depende de la situación del paciente, hay que evitar agotarle, la tensión de la hemorragia afecta tanto al médico como al enfermo, pero mucho más al segundo. Taponé para evitar nuevos sangrados en el ínterin y trataré de rematar la faena en la próxima visita.

sábado, 24 de febrero de 2018

¿Reventar?

El otro día, una de mis pacientes de Rendu me preguntó preocupada: ¿Qué será de nosotros si la reventamos? El motivo de su preocupación es que esa mañana la consulta había sido algo más caótica de lo habitual, hubo un rato tranquilo, pero solo fue el presagio de la tempestad.

Llegué al hospital avisada de que ese día vendrían 4 pacientes de Rendu, algo muy llevadero; a eso hay que sumar urgencias, recomendados y algún paciente extra, de mis habituales, que vienen a mi puerta porque ya saben que no sé decir no. Vi con calma las urgencias de primera hora y en el ínterin me llamaron otros tres Rendu para preguntar si podría atenderles. Durante un rato, esperé a que llegaran, cosa que hicieron todos a la vez. El truco para atenderlos cuando eso sucede es alternarlos: pongo algodón con anestesia a todo el mundo, y mientras a los últimos les hace efecto, empiezo a pinchar a la primera víctima de turno, que dará el relevo al siguiente mientras la segunda tanda de anestesia surte efecto. Durante la espera, hacen corrillo, se conocen y se ponen al día.

El problema surgió cuando el miembro más joven de una familia se mareó. ¿Cómo alternar enfermos con alguien tirado en la camilla? En ese estado no podía mandarlo a la sala de espera. ¿Cómo decirle a su padre que saliese dejándolo así? Sin embargo, había que seguir y no disponía de más hueco donde meterme.

Aproveché la buena relación entre los pacientes para llevar la tertulia al interior de la consulta. Durante un rato, aquello se asemejó bastante al camarote de los hermanos Marx, el único que no hablaba era el joven de la camilla. De vez en cuando, me tocaba intervenir e interrumpir la conversación para secuestrar e infiltrar a alguno de los interlocutores. El único aderezo que faltaba era que subiese alguna urgencia y, ya puestos, ¿por qué no hacer una película redonda? Aún así, los pobres extras se quedaron en la sala de espera.

A pesar de los temores de mi paciente, no reventé. No obstante, unos días más tarde el destino decidió comprobar mi resistencia y se empeñó en demostrarme que todo es susceptible de empeorar. ¿Un día malo? ¡Ja!

Las mañanas de urgencias son las mejores para hacer cosas fuera de programa, las que tengo copadas con los Rendu dan poco más de sí y siempre viene bien un día extra de busca para repartir la carga. Sin embargo, esa mañana las cosas se torcieron desde el principio. A las enfermeras se les complicó la prueba de primera hora y eso atascó el resto de las consultas. Cuando la situación parecía que iba a remontar, una de las curas se puso a sangrar y se mareó; el problema de las especialidades es que las generalidades de la medicina se pierden en el proceso de la especialización y salvo tumbar al mareado y levantarle los pies, poco más sabemos hacer. Las enfermeras son de gran ayuda, le cogieron una vía y le pasaron un suero, pero al no mejorar con esos primeros auxilios, hubo que trasladarle a urgencias. En ese tiempo, que no fue corto, el resto de la actividad se bloqueó sin remedio.

Los pacientes se acumularon, las pruebas también. En la sala de espera se respiraba la tensión (a veces es una suerte ir sin aliento). El que varios guardias civiles custodiaran a un preso en la sala seguramente sirvió para que nadie estallara, aunque los presos también alteran la dinámica de la consulta.

La mañana de busca se conoce más oficialmente como de imprevistos, y nunca hizo más honor al apelativo que ese día. No solo se complicó todo lo complicable, sino que, por supuesto, aparecieron los pacientes previstos y las urgencias (que entran dentro de la previsión) y también surgieron esos imprevistos que le dan nombre, casos que requerían tiempo y en los momentos de mayor agobio. Mi pobre madre pasó por allí a saludarme cuando terminó de hacerse la prueba que tenía citada y se marchó después de enviarme un beso, ni siquiera me avisó antes por si la acompañaba, es consciente de que me gustaría hacerlo, pero la única manera de pasar un rato con mi familia en la consulta es si soy la médico que debe atenderlos.

sábado, 3 de febrero de 2018

En plena batalla

Hay días que la consulta parece un campo de batalla. No soy buena estratega, no sé organizarme, quizá porque no sé esperar (me cuesta mucho) y odio hacer esperar a los demás, llegar tarde me causa ansiedad. Tampoco sé decir que no y eso, sumado a lo anterior, no es una buena combinación. Pretendo hacer todo a la vez y eso no es posible. Soy rápida, pero hay cosas que requieren su tiempo y no conviene acelerarlas. Procuro optimizar esos intervalos, mientras algo hace su efecto, aprovecho para ver a otro paciente. En un alarde de sinceridad, le he llegado a decir a algún enfermo que si no le llamo en diez minutos, que me avise, no es imposible que con el trajín se me haya ido el santo al cielo. Sentarme a escribir en las historias es un sueño que a veces no se realiza hasta última hora de la mañana. Primero está la gente, luego los papeles.

Mis pacientes hacen honor a su nombre y tienen paciencia conmigo. Mis Rendus vienen entregados, en su caso es comprensible porque los pobres no tienen mucho donde escoger, lo raro es que no son los únicos: "haga lo que tenga que hacer" o "lo que a Ud le parezca, doctora" son frases que oigo con frecuencia.  Intento honrar su confianza y hacer las cosas lo mejor posible, aunque no siempre salgan todo lo bien que me gustaría. Me concentro en mi tarea y a veces me cuesta salir de mi abstracción y responder cuando me preguntan. Busco las lesiones, no quiero que se me escape ninguna, algunas son traicioneras: malformaciones grandes que se esconden en los recovecos de la nariz, o están en zonas menos accesibles, o más dolorosas... Las veo y las ataco, quiero terminar con ellas, que dejen de darle guerra a mi pobre paciente. Esa maraña de vasos no debería estar allí y mi labor es ponerle remedio. Estoy segura de que los enfermos leen mi determinación en mi cara y no sé si eso les inspira valor o les da miedo y, simplemente, deciden que no es un buen momento para hacer comentarios. Las hay que se resisten, unas sangran hasta forzarme a parar, taponar, apretar y esperar, otras escupen el esclerosante y me obligan a buscar un sitio más idóneo donde pinchar. Otra de las cosas que no sé es cuando conviene rendirse, mientras queden fuerzas y armas, se lucha. Al parecer el tesón es una virtud en medicina (tanto que incluso fue pregunta de MIR hace un par de años), y ya de pequeña tenía fama de cabezota.

No siempre venzo, ojalá, si no resuelvo el problema al paciente le toca volver, y muchos no viven cerca. Es inevitable no sentirse culpable cuando eso sucede, a fin de cuentas el tratamiento depende de mí. Lo mínimo que puedo hacer es atenderles cuando lo necesitan, las hemorragias no se prestan a agendas ni a citas y quizá mi falta de organización suponga una ventaja en ese aspecto. Si fuese una obsesiva del orden y tuviese que seguir una pauta, habría entrado en crisis hace tiempo.

domingo, 28 de enero de 2018

Sangrado postamigdalectomía

Suena el busca, al principio no sé ni lo qué es, ni donde estoy. Estoy dormida y no es un sueño, ojalá. Miro la pantalla. El identificador dice Pediatría. Con un poco de suerte solo es una duda. Contesto (o lo intento).
-Perdona que te moleste a estas horas, oigo al otro lado de la línea, pero ha venido por sangrado una niña que operasteis de amígdalas hace 10 días. La he mirado y sangra muy poquito así que no creo que haga falta que vengas. Te llamo para saber qué hago.
¿Hacer? Salvo cruzar los dedos y rezar para que pare, la pediatra no puede hacer más. No me libro, si hay sangrado activo, por pequeño que sea, y a pesar de toda la buena voluntad de la pediatra, me toca ir. Ya me gustaría que fuese de otro modo.
-De momento cógele una vía y pásale una ampolla de Anchafibrim (un fármaco para estabilizar el coágulo, a ver si funciona). Voy para allá.

Miro la hora. La medianoche quedó atrás hace un rato. Mientras me visto hago memoria. Recuerdo el caso, una chiquilla de cinco años pequeña para su edad y delgada como un pajarito. A la pobre le costaba respirar, así que lo de tragar era casi una quimera.

La cirugía fue bien, no hubo sangrado ni más problema que el mareo de la estudiante de Medicina. Hacía calor en quirófano. La instrumentista hizo gala de reflejos y agarró a la alumna al vuelo antes de que se estrellase contra el suelo. Esos mareos no son algo raro, sobre todo al principio, yo misma me mareé la primera vez que entré a un quirófano, y me pasó lo mismo cuando operaron a mi abuelo. Con el tiempo se hace callo.

Una hemorragia diez días después es algo imposible de prevenir durante la cirugía. El problema no está en la técnica sino en la cicatrización. Las costras se caen y si los vasos aún no se han decidido a cerrarse del todo aparece el problema. En adultos, con vasos más gruesos y rígidos, es más frecuente. En los niños es casi excepcional, pero solo casi.

Cuando llego al hospital la niña ha dejado de sangrar. Son buenas noticias, reintervenir un lecho en plena fase cicatricial es una merienda de negros, los tejidos están granulando y se deshacen al tocarlos; según se arregla un punto empieza a sangrar por otro lado. Es desesperante. Se tarda más en revisar, quemar y suturar que en la cirugía original.

De repente la pequeña tiene una arcada y vomita. La batea se llena de sangre fresca y coagulada, también hay una parte de sangre digerida, oscura, en posos de café. El padre mantiene el tipo de manera asombrosa. La niña también. Ver a los padres asustados no ayuda, aunque controlar la angustia ante un hijo que sangra tiene mucho mérito.

Con semejante vómito no me extrañaría que el vaso se hubiese abierto de nuevo. La pequeña me enseña la boca de nuevo sin rechistar. El vómito ha limpiado parte de los coágulos que aún quedaban en la faringe, pero no hay sangrado.

Es casi la una y media de la madrugada. Dejamos a la criatura en una cama en observación y me subo al despacho a ver si puedo dormir algo en el sofá (todo un avance, antes teníamos que mendigar una litera de residente, así que el sofá del despacho es un lujo). Decido no volver a casa, no es sensato, si no opero a la niña conviene que me quede cerca por si sangra de nuevo. En ese caso ya no habría más oportunidades, es quirófano sí o sí.

Me cuesta conciliar el sueño; estoy preocupada y desvelada, una mala combinación. Para colmo, hay una máquina que hace un ruido infernal, o eso me parece. Cierro los ojos y me quedo, quieta quizá si dejo de dar vueltas, me dormiré. Finalmente caigo. A las siete abro el ojo, no me han llamado, es buena señal.

Mi aspecto de recién levantada es lamentable, peor aún que el de casa. Menos mal que House, antes de salir, me hizo coger los básicos de aseo. Le extrañó que entre los básicos incluyese el corrector, pero tengo que pasar consulta y no voy a causar muy buena impresión a mis pacientes con ojos de zombi. El pintalabios es otro básico, pero ese no le sorprendió, cualquiera que me conozca sabe que lo considero imprescindible. Es lo primero que me aplico antes de salir del despacho para encaminarme a la consulta.

Afortunadamente, no me cruzo con nadie. A esa hora, los pasillos están desiertos. Asalto el armario de los tentempiés de media mañana. Unos nevaditos de desayuno, sienta bien algo dulce, mucho café (que no me gusta, soy de té, pero esta vez es por necesidad) y un paso por el aseo consiguen que mi apariencia deje de dar miedo. Me acerco a la urgencia a ver a mi paciente. Sigue dormida y bien. El siguiente paso es probar a darle algo de comer.

Aunque la madre desea dejar a su hija en el hospital hasta que se caiga la última costra, la convencemos de que es mejor irse a casa, menos traumático para la chiquilla y con menos riesgo de acabar con gripe o con cualquier otro virus. El hospital está a tope de pacientes respiratorios.

Durante una semana la niña está en su casa sin sangrar ni una gota. Todo parece ir bien, los padres respiran tranquilos, piensan en llevarla al colegio. Sin embargo, las amígdalas son traicioneras, y en esta ocasión deciden repetir el susto tras esos nuevos siete días. Esta vez el sangrado es mínimo y breve, aunque a la pequeña le toca repetir la noche de estancia en el hospital. ¡Ufff! Con esta niña no va a haber tranquilidad hasta que termine de cicatrizar.

Pasa otra semana. La chiquilla no vuelve a urgencias. Unos días más tarde la veo en la revisión. Está bien: oye mejor, come mejor, duerme mejor... La cirugía le hacía mucha falta. Compruebo que la faringe ha cicatrizado. Todo está en orden, parece que el susto ha pasado.

viernes, 19 de enero de 2018

Cirugía de oído

Día de quirófano. Por un cambio de última hora, me he encontrando con una cirugía de oído que no me esperaba. No es que saberlo antes hubiese cambiado nada, seguramente solo habría dormido peor la noche anterior dándole vueltas y vueltas al caso. Las cirugías de oído imponen, y el hecho de que no sean demasiado frecuentes hacen que una se sienta a veces desentrenada, aunque lo cierto es que la anatomía es la que es y se trata de encontrar los puntos de referencia para no liarla.

No era el único caso, no era el primero, ni el último, pero sí el que se iba a llevar la mayor parte de la mañana. No se trataba de una cirugía por audición, sino por infecciones crónicas con acúmulo de material y erosiones. Había que operar el oído para limpiarlo bien.

Cuando le explicas al paciente en qué consiste lo que le pretendes hacer, te mira con cara de espanto. Eso de cortar por el surco de detrás de la oreja para apartarla hacia delante y entrar desde atrás al conducto les suena casi a mutilación. ¿Acaso van a acabar como van Gogh? Sin embargo esa no es la peor parte, el problema está más allá del hueso y para acceder hasta allí hay que fresar toda la mastoides. El siguiente susto es cuando se enteran de todo lo que hay ahí al lado: las meninges por arriba, el seno lateral por detrás (la vena que recoge la sangre de las meninges), el nervio facial (el que mueve la cara) cruzando por en medio de todo y, por supuesto, la parte del oído interno que se ocupa de la audición y del equilibrio. ¿Complicaciones? Todo lo que tiene que ver con esas estructuras, aunque iremos con todo el cuidado del mundo. ¿Y doctora, de verdad necesito operarme? Si no fuese así, no se lo propondría. ¿Qué pasa si no me opero? Que la enfermedad tiene los mismos riesgos de la cirugía, pero sin que nadie se preocupe de controlarlos.

El hueso está duro, y después de una vida de infecciones se esclerosa hasta convertirse en un pedernal. Profundizar requiere tiempo y paciencia, mucha fresa, irrigación para que el hueso no se queme con el limado y aspiración para que el líquido no cubra todo, atención para reconocer las estructuras según aparecen y cuidado para no lesionar nada. No es cuestión de hacer un agujero, sino una cavidad con bordes lisos, inclinados, que permitan ver (con microscopio) y trabajar al fondo de la misma. Cuanto más al fondo, más difícil, se vuelve más estrecho y peligroso.

La infección distorsiona todo, no solo ha erosionado las estructuras normales, a veces los huesecillos faltan o están tapados por el tejido patológico: escamas, granulomas, mucosa engrosada... Es un tejido que hay que despegar, sin tirones bruscos, sin cortar hasta asegurarse que debajo no está el nervio facial o que ese pólipo no cuelga de la meninge. El fresado no ha terminado aún, encima de esas estructuras hay que limar, quitar picos, esquirlas, recovecos, regularizar la superficie, hasta el aire parece tensarse al fresar sobre el nervio facial.

La cirugía no termina ahí. ¿Se puede reconstruir? Queda un poco de cadena, el estribo está limpio, coloco sobre su cabeza el resto de yunque. No sé si funcionará, si lo hace, oirá mejor, si no, al menos lo he intentado. Lo cubro todo con la fascia seca del músculo que he sacado al principio, en la incisión. Aún queda el conducto. Quito trozos de cartílago para hacer un meato más amplio, para controlarlo todo en la consulta y limpiar la cavidad si es preciso. Relleno todo con un tapón de gasas con pomada antibiótica para que cicatrice.

La paciente se despierta. Mueve la cara, el nervio está intacto, suspiro tranquila. La mañana sigue, estoy cansada, la tensión es agotadora, pero aún quedan un par de pacientes, poca cosa, por suerte. Todo va bien. Cuando llego a casa me relajo. Son las 3 de la tarde, pero no me apetece comer, lo único que quiero es tumbarme en el sofá. No sé cuánto tardo en quedarme dormida, me despierto más de una hora más tarde y me doy cuenta de que tengo hambre.

martes, 16 de enero de 2018

El tapón del tito

Este post también se podría titular ¿le interesa a alguien una historia sobre un tapón de cera? Al parecer al Catedrático sí y es el culpable de que esto esté aquí. En fin, dicen que lo importante no es lo que se cuenta, sino cómo se cuenta...

Hace unas semanas me llamó la Señora para preguntarme cuándo sería buena fecha para que viniesen los titos a la consulta. El problema era que a la tita le habían quitado un tapón de cera en su Centro de Salud y la operación había resultado algo traumática. Con el primer jeringazo de agua había sangrado así que, no contentos con el resultado, decidieron meterle un segundo jeringazo, esta vez con agua oxigenada, para solucionarlo. La tita vio las estrellas, todas, desde el Big Bang. El oído es muy sensible, la piel del conducto no tiene tejido subcutáneo y está pegada al cartílago y al hueso, por eso cuando se lesiona o se inflama duele mucho. No es de extrañar que a mi tía no le apeteciese regresar a una revisión. Lo de menos era el viaje a Madrid, si había que tocarle los oídos, mejor que lo hiciera su sobrina.

Salvo en vacaciones, suelo estar en el hospital todas las mañanas, así que le dije a mi madre que cualquier día era bueno, el día de quirófano siempre es más complicado, pero incluso ahí, entre paciente y paciente, se puede sacar un hueco. Optaron por venir un día de consulta, así todo era más fácil.

Llegaron a media mañana acompañados de una caja de dulces de Guarromán (alemanes de hojaldre y crema y sultanas de coco que en Guarromán hacen como nadie, una nube jugosa de merengue, azúcar y coco natural que es puro maná). Senté a mi tía en el sillón de exploración y le miré el oído con el microscopio. Salvo restos de costra, estaba todo en orden.

La Señora también quería que le mirase una cosa del cuello, así que fue la siguiente. Para no ser menos, mi tío me pidió que, ya puestos, por qué no le echaba un ojo también a él. Lo senté y descubrí, no sin sorpresa, unos hermosísimos tapones en sus oídos, duros y al fondo del conducto, unos tapones para poner a prueba la habilidad de cualquier otorrino. ¿No había notado que no oía bien? Pues no, la audición no le preocupaba, aunque en un reciente viaje en avión, los oídos le habían dado un poco de guerra. Lo raro es que no le hubiesen dado más, aquello se presentaba como una auténtica batalla. Esos tapones no iban a salir con un jeringazo y para evitar heridas tendría que sacarlos poco a poco, con tanto cuidado como paciencia (entre las prácticas de la Medicina está el entrenar la paciencia).

Lo primero es hacer hueco para introducir el instrumental, aunque sea una fisura, y para eso hay que despegar la cera de la piel, eso sí, sin rozarla. Una de las armas de las que me valgo para extraer el cerumen más pegado es el spray de anestesia que, no solo duerme el conducto, sino que tiene la virtud añadida de ablandar y fragmentar la cera. A veces la limpieza de oídos es casi una cirugía, es un procedimiento por etapas: spray, espera (para que haga efecto), aspiración (para sacar el líquido y un poco del tapón) y pinza o ganchito (para tirar de lo que se deje) y repetir, repetir y repetir hasta limpiarlo todo. El aspirador en el oído hace un ruido infernal y conviene avisarlo. La anestesia no hace efecto por detrás del tapón, así que hay que pulverizar y esperar cada vez.  Cuánto más cerca del tímpano, más duele, pero menos conviene que se mueva el paciente. Por si esto fuera poco, tanto la anestesia como el cambio de presiones pueden provocar mareo, e incluso vértigo, y eso de que la habitación gire es toda una experiencia que nadie desea repetir.

Una vez limpio el primer oído, sin incidencias reseñables, miro el otro. ¡Está aún peor! El tapón no deja ni un resquicio por donde empezar la manipulación. Lo rocío bien con el spray. La mayoría de los conductos de adulto hacen un recodo que obliga a sacar por trozos el cerumen acumulado más allá, y que con frecuencia se atasca en ese cuello de botella. El del tito no es una excepción. Está bien metido y detrás de cada pedacito sigo sin ver la luz (el brillo del tímpano). Una parte ha hecho un bloque como una piedra de duro que se ha acomodado en el recoveco de la curva y se resiste a salir de allí. Cuando sucede eso, sacarlo es como un parto, sin posibilidad de cesárea. Aspirador, ganchito, pinzas, otoscopio... Parece que sale, ¡no!, se atasca, faltan manos, cambio de instrumento y el monolito aprovecha para soltarse y volver a su sitio, al fondo, junto al tímpano. Con algunos tapones se suda, con el del tito no llego a esos extremos aunque puede que se deba a que en la calle hace un frío que pela y la temperatura de la consulta pide un jersey. En uno de los giros, consigo enganchar el trozo, aplico la maniobra del sacacorchos, tirar y girar, sin movimientos bruscos, y ¡al fin! lo extraigo todo.

Si antes de empezar me hacía falta glucosa, al terminar me lanzo a la caja de dulces y cojo una sultana. La parto con mi auxiliar, que le hace la misma o más falta que a mí. La pobre ha estado a mi lado, a pie quieto, pendiente de mis movimientos para ponerme en la mano el instrumental. ¡Pobre!, al menos yo opero sentada.

jueves, 11 de enero de 2018

Hablar y socializar

Hablo, hablo y hablo. Hablo hasta aturdir a los pacientes y cuando estoy nerviosa hablo hasta aturdirme a mí misma. Me pongo nerviosa cuando tengo que socializar. Al contrario que mis hermanos, nunca me he caracterizado por mis habilidades sociales. Hermanísima siempre gozaba de gran éxito en las reuniones y debí de concluir que el secreto estaba en que nunca callaba, ni debajo del agua (doy fe, si te estaba contando una historia daba igual que fuese en la bañera o en la piscina). No callaba ni dormida ni en el colegio, la profesora la sacaba al pasillo y era capaz de conversar con las paredes. Cuando me esfuerzo por resultar sociable la imito y hablo, y ya me han dicho que hablo mucho, supongo que demasiado, así que no parece que mi charla interese a nadie, aunque en general a la gente le interesa poco escuchar a los demás, salvo para oír halagos. En una defensa pueril de mi verborrea alegaré que mi familia habla aún más.

A pesar de lo que han progresado mis dotes sociales, ¡hay quien me considera sociable!, no lo paso bien cuando tengo que hablar en público. Habitualmente evito los congresos y las reuniones médicas, por un lado no me gusta faltar al hospital y, por otro, tener que exponer en una sala llena de gente me genera tensión (como si fuera un examen). Sin embargo a veces no me queda más remedio. Si me veo en el brete, procuro hacerlo lo mejor posible. Me esmero para que mis presentaciones sean amenas; aunque quizá el modelo "monólogo del club de la comedia" no sea el más adecuado para tratar temas médicos. El año pasado, para mi debut escénico ante la Asociación de HHT me serví de un viejo maletín del que, a modo de chistera de mago, extraje todo el material necesario para la técnica de escleroterapia. Igual que un mago, mantuve al auditorio en vilo (si bien es cierto que contaba con la ventaja de su buena predisposición).

Este año, para la reunión de Bilbao, el presidente me comentó que había puesto mi charla después de la comida para que, a esa hora más propicia para la siesta que para la ciencia, la gente no se adormilase demasiado. Animar la sesión suponía una responsabilidad extra y no era cuestión de hacer el mismo número que el año anterior, por entretenido que resultase la primera vez. Además, tenía mis dudas de que los de Seguridad del aeropuerto me fuesen a dejar pasar al avión armada con un arsenal de ampollas de cristal y un paquete de agujas, eso sí, finísimas. No obstante, en esta vida casi todo tiene solución, y en este caso vino en forma de paciente-mensajera. A pesar de todo, si pretendía no repetirme, tenía que hacer algo distinto para animar mi charla. ¿A qué recurrir? La respuesta la busqué en los libros, pero no de ciencia, sino de cuentos, que ni siquiera los niños pueden resistirse a ellos. Algunas ilustraciones clásicas son verdaderas obras de arte y busqué las más adecuadas para decorar mis diapositivas.

Seguramente no refiriese tantos datos científicos como fuera deseable, opino que las estadísticas no le interesan a todos los públicos y, cuando se trata de hablar a pacientes, prefiero contar historias con las que se sientan identificados.  La consulta está llena de anécdotas y de emociones. Los enfermos acuden con miedo y la mejor manera de ayudarles a controlarlo es lograr su confianza. Es el trato con cada uno lo que le enseña al médico cómo actuar, lo que no quiere decir que siempre acierte, se necesitan años de experiencia, al menos en mi caso. No solo se trata de transmitir seguridad sino también conseguir que no se sientan solos. Algo que no recalcan lo suficiente durante la carrera es que en Medicina lo más importante son los enfermos y aprender a ponerse en su piel es parte fundamental de la profesión.

Por eso, que sean los enfermos los que te sorprendan con un reconocimiento a tu trabajo, como hicieron en la cena de aquella Asamblea, es el mayor honor que puede recibir un médico. Es aún más emocionante cuando dicen que su vida ha cambiado a mejor gracias a ti. A pesar de mi verborrea, aún no he encontrado todas las palabras de agradecimiento que siento, aunque sí quiero decir que mi vida también ha cambiado a mejor gracias a ellos.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Un verdadero héroe

A pesar de no ser pediatra, muchos de mis pacientes son niños, ya se sabe que los catarros y los mocos están a la orden del día en la infancia y que, aunque con frecuencia no tienen más repercusión, a veces sí son un problema.

Si un médico posee de por sí el instinto de cuidar de sus pacientes, en el caso de los pequeños es algo que se agudiza. Ya he hablado en alguna entrada de algunos de mis niños. Hay infantes con los que se procura que el trago sea lo más breve posible, tanto para la criatura como para el médico, pero también hay verdaderos héroes que no solo no tienen miedo, sino que además están dispuestos a colaborar en todo lo posible. Son niños listos que saben que la intención del médico es curarles, no hacerles daño.

Tengo muchos pacientes valientes, los del Rendu, con sus hemorragias, son todo un ejemplo de entereza, pero quizá el más valiente de todos mis pacientes sea precisamente un niño de 5 años con nombre de campeón, Víctor. Cuando vino a verme la primera vez, era tan pequeño que tuve que derivarlo a otro centro para que lo trataran, así que ¿cuál no sería mi sorpresa cuando me lo encontré meses después en mi consulta sin que le hubiesen hecho nada? En ese intervalo, no había mejorado en absoluto y, aunque le operé enseguida, ya era tarde para prevenir secuelas: tenía los oídos perforados.

Este año, poco antes de irme de vacaciones, Víctor cogió una infección de oídos. Al principio parecía otra más, pero se vio que no, que en esta ocasión no mejoraba con los tratamientos habituales. Recaía y recaía mientras la maldita bacteria responsable se iba haciendo resistente a los distintos antibióticos, incluso a los no indicados para su edad. A mi vuelta de vacaciones solo nos quedaban alternativas por vena y el chiquillo aceptó estoicamente la decisión de ingresar, el caso era acabar con el maldito bicho.

No se quejó cuando las enfermeras le pincharon para cogerle la vía, su único comentario fue que era mejor no mirar. No se cansó de estar diez días en el hospital, le gustaba la escuela y el pequeño parque de juegos de pediatría. Según su abuela disfrutaba de estar todo el día en pijama, su prenda favorita. La infección parecía evolucionar bien y al terminar los 10 días de tratamiento le dimos el alta.

Sin embargo, el oído no tardó en supurar de nuevo. En el cultivo creció la misma bacteria. En Farmacia hospitalaria le prepararon unas gotas especiales, reforzadas, pero tampoco funcionaron.  El oído echaba pus y más pus. ¿Qué hacer? Solo quedaba la opción del ingreso, de nuevo, y en esta ocasión durante algo más de tiempo para liquidar bien al villano. No obstante, para el pobre chiquillo, que se esforzó por hacer de tripas corazón, la noticia supuso todo un disgusto, otra temporada en el hospital, con las navidades encima, era un trauma. ¿Cómo arreglarlo?

Sin duda se merecía que intentáramos algo más. ¿Y si le poníamos el tratamiento en casa? Empecé a hacer planes, no diría que algo descabellados, y a correr por los pasillos para ponerlos en marcha, esto era algo que no podía solucionar yo sola (salvo que me mudase a casa del niño y ni siquiera a mí me parecía buena esa idea). Hablé con los diferentes servicios del hospital para saber si era posible y, con un poco de buena voluntad por parte de todos, vimos que era factible. Fuera del hospital contábamos con la colaboración de toda su familia (que aprendieron a manejar los sistemas de suero mejor que yo), de unos amigos médicos y de una vecina enfermera. Tenía que acudir un par de veces por semana a revisión, para mirar el oído, comprobar la vía y recoger el antibiótico. Víctor no se quejó en ningún momento, se dejaba explorar con el microscopio, limpiar el oído, coger los frotis y pinchar la vía sin protestar. Con el tratamiento los cultivos se negativizaron y el oído se secó en pocos días, aún así insistimos para asegurarnos de erradicar al monstruo. Ahora solo queda esperar y cruzar los dedos para que se mantenga y poder planificar cuanto antes el cierre de la dichosa perforación timpánica.

martes, 4 de julio de 2017

Visita del presidente

No sé cómo se presentará la mañana, hace unas semanas, el presidente de la Asociación de HHT me comentó que tenía intención de venir, también me avisaron algunos pacientes para este día y les dije que no había problema, así que me imagino que vendrán, aunque no he hablado con ellos recientemente.

Entre las vacaciones y otras incidencias, estamos en cuadro. Además de las urgencias y los Rendu, me toca pasar planta. Voy a primera hora, tan temprano que algunos aún duermen, soy consciente de que el hospital mantiene unos horarios infernales para el descanso de los pacientes: medicaciones y mediciones casi en mitad de la noche y visitas médicas casi al amanecer (en invierno en plena noche), pero a veces no es posible hacerlo de otro modo, la otra opción es multiplicarse y aún no han dado con la fórmula. A pesar de la hora, a uno de mis enfermos ya se lo han bajado a diálisis, en el camino de vuelta me desviaré un poco para pasar a verle. Otro de mis operados se encuentra de maravilla, está sorprendido porque no le duele nada (el pobre lleva unas cuantas cirugías encima). No pensaba darle el alta, quería vigilarle un poco más, pero no parece haber mucho que vigilar y, a fin de cuentas se está mejor en casa; el hospital existe y ahí seguirá si alguien lo necesita.

Siempre hay gente de la casa para ver, a ellos o a algún familiar. Me encuentro con uno al volver a la consulta. Además aparecen pacientes de curas, pacientes de revisión sin cita, más recomendados... De momento, lo que no llegan son los Rendu, para muchos el viaje es largo. Decido aprovechar para acercarme de nuevo a la planta y llevarle las recetas al que se va de alta. No hago más que imprimirlas, cuando aparece el presidente con los primeros Rendu.

A partir de ahí, llegan todos los que esperaba y alguno más, se presentan uno tras otro. Aprovecho para que conozcan al presidente y hablen entre ellos en la sala, el compartir experiencias suele ser buena terapia y ameniza la espera. La tarea se acumula, hay urgencias, pacientes de planta y llamadas diversas. Invado la consulta de al lado, con la falta de personal está vacía, ya que no es posible estirar el tiempo, estiro el espacio y de ese me duplico en lo posible, al parecer la fórmula, que dista mucho de ser perfecta, es tener hueco y correr de un lado a otro, mejor con una sonrisa y sin quejarse de estrés (como me dice uno de mis pacientes mientras me ve volar). No obstante hay enfermos de los que no conviene separarse y hoy es el caso.

Son pocas las veces que no consigo infiltrar a un paciente, aún así lo intento y más de una vez el intento sale bien, aunque por desgracia no siempre y mi tentativa del día no tiene suerte. El paciente sangra tanto que no veo nada, imposible averiguar la zona de origen. Lo primero es cortar la sangre, o al menos disminuir el caño para distinguir algo, primero con algodones, con presión (motivo por el que no puedo irme lejos porque es mi mano la que aprieta su nariz y la periferia) y con tiempo. Nada funciona y al final no me queda más opción que taponar. Sin embargo no me rindo, quizá en un rato pueda volver a probar. Mientras hago tiempo, me dedico a otros pacientes, de vez en cuando relleno algún papel, aunque los informes son poco más que repeticiones de los anteriores, ¡bendito corta y pega! Si me siento ante el ordenador es porque la silla está en medio y me impide alcanzar la impresora con comodidad.

Un par de esclerosis más tarde, sin complicaciones, y alguna urgencia rápida, vuelvo a la carga con el enfermo de la hemorragia. A pesar de mi perseverancia, no obtengo más éxito, tengo que taponarle sin más dilación, no es cuestión de permitir que se desangre en la consulta. No sé si algo de lo que he conseguido infiltrar a ciegas de esclerosante le hará efecto tras unos días, pero es la opción que tengo, cruzar los dedos para que funcione y repetirlo entonces.

No he parado en toda la mañana y sin darme cuenta se acerca la hora del final de la jornada. De repente, me encuentro con que no me quedan más infiltraciones. ¿Qué hago? El trabajo en el hospital nunca se acaba. Tendría que pasarme por la urgencia para comprobar que no hay nada pendiente, pero antes decido acercarme a Farmacia para que las farmacólogas, que se han implicado tanto con estos enfermos que hasta han hecho un estudio sobre su calidad de vida y la eficacia del tratamiento, conozcan al presidente de la Asociación. El encuentro resulta muy prometedor, se perfilan los planes para publicar el estudio e intentar así generalizar la fabricación de la pomada de propanolol para la nariz en otros hospitales y algunas farmacias y también para hablar sobre la misma en la próxima reunión de la Asociación.

miércoles, 28 de junio de 2017

Temores de pacientes

Empathy is a narrative we tell ourselves to make other people real to us, to feel for and with them, and thereby to extend and enlarge and open ourselves. To be without empathy is to have shut down or killed off some part of yourself and your humanity, to have protected yourself from some kind of vulnerability. Silencing, or refusing to hear, breaks this social contract of recognizing another’s humanity and our connectedness. Rebecca Solnit.

La empatía es la narración que nos contamos a nosotros mismos para convertir a otros en seres reales, para sentir por y con ellos y, por tanto, crecer y abrirnos. Carecer de empatía es cerrar o matar una parte de uno mismo, de su humanidad, protegerse de algún tipo de vulnerabilidad. Silenciar, o negarse a oír, rompe el contrato social de reconocer la humanidad de otros y nuestra conexión. Rebecca Solnit. 

Un médico nunca puede olvidar que su material de trabajo son los pacientes, personas que no solo refieren quejas de su enfermedad sino cuya vida es un todo en el que se imbrican multitud de factores. A veces un enfermo lo único que necesita es desahogarse, contar su historia, explicarse para que su doctor no crea que es un loco angustiado y ansioso, sino que detrás de toda su angustia, hay un buen motivo, y la mayoría de las veces, así es. Por desgracia, una cosa es la salud y otra cosa la suerte en la vida, y ahí la medicina tiene poco que hacer, salvo escuchar. Recuerdo una pobre mujer que llegó en un estado de nervios tal que resultaba hasta crispante, manejar esos casos no se me da bien, y lo sé, así que procuro controlarme (me ha costado años de práctica y aún así no es algo que siempre consiga). Sé que la enfermedad genera un rechazo instintivo, por eso cuando noto algo muy semejante al impulso de huir, intento superarlo, porque son pacientes que están mal. En este caso concreto, la paciente tenía tal necesidad de desahogo que, antes de irse, me contó un poco de su vida: el marido se había muerto hacía poco, y en apenas 6 meses, de una ELA galopante (la enfermedad de Stephen Hawking) y dos de sus tres hijas padecían esclerosis múltiple, una de ellas, con niños pequeños, que ella le ayudaba a cuidar, estaba en silla de ruedas; la tercera hija se negaba a hacerse una resonancia porque prefería no saber. No solo me sentí apenada por la mujer sino que me sentí culpable, la había catalogado al poco de entrar como una ansiosa, sin saber nada de ella, y me tuve que esforzar en tratarla con calma. Aprendí mucho, hay lecciones que nunca conviene olvidar.

El tiempo de la consulta no te permite escuchar todas las historias con tranquilidad, hay muchos pacientes citados y todos son importantes y hay que respetar su tiempo, sus horarios, intentar que no esperen más de lo imprescindible. Soy quisquillosa con la puntualidad, mía y de los pacientes, el que alguno llegue tarde repercute en el resto de la lista de citados, llegar yo tarde me parece una falta de respeto hacia el enfermo que me espera a su hora, aunque para llegar puntual me vea obligada a abandonar la sesión del servicio, que no hay día que no se prolongue más allá de lo previsto, muchas veces sin un buen motivo. No obstante, a veces no se necesita tanto tiempo para tranquilizar a los pacientes, a muchos les basta con asegurarse de que lo que tienen no es importante. Procuro sonreír cuando entran, el pavor a los médicos está casi tan extendido como el de los dentistas. Hay niños a los que desde su más tierna infancia le hablan de los hospitales como del coco ("si no eres bueno, la enfermera te pondrá una inyección" y frases similares, muestra de la gran inteligencia de los progenitores, uno de los mejores ejemplos es, antes de entrar en quirófano, "no te preocupes, que si alguno de estos te hace daño, le rompo las piernas", ¿de verdad espera que su hijo, aterrado, comprenda que es una broma?, luego mantuve una pequeña charla al respecto con el padre en cuestión).

Protección en cirugía láser...¿no es terrorífico?
Esos miedos infantiles dejan con frecuencia sus secuelas y, aunque a nadie le gusta estar malo, no son pocos los casos a los que hay que arrastrarles a la consulta. Sin embargo un médico no está ahí para juzgar a nadie, los enfermos no son culpables de sus enfermedades (el médico tampoco, ni siquiera cuando da malas noticias) y no hay que recriminárselas. Con algunos enfermos es la familia la que te pide que los regañes: "Doctora, échele la bronca que no ha dejado de fumar", quizá el factor tabaco sea la excepción, hay que hacerle ver al paciente que lo que está haciendo es una estupidez, pero también que no es nada personal, que lo que está en juego es su vida, no la mía. Con algunos, un pequeño salto al futuro funciona, se les explica que, de seguir por ese camino, tienen muchos números de acabar con la laringe en un bote en anatomía patológica y con un agujero en el cuello en su lugar para respirar; sin embargo, con otros no hay nada que hacer y, si no sirve la primera vez, de poco vale insistir (en la siguiente visita, ya me conocen y la mayoría me han perdido el miedo). A fin de cuentas, el médico está ahí para hacer todo lo posible por el enfermo: solucionar problemas de salud, luchar por la vida de sus pacientes o, simplemente, escucharle y ayudarle para que se encuentre mejor.

martes, 20 de junio de 2017

El catedrático y la Medicina

A veces mi padre me sorprende, no sé si es que en algunos aspectos somos tan parecidos que él ya ha pasado por algo similar y entonces tiene las cosas más claras, pero uno de sus mayores aciertos es el de empujarme a estudiar Medicina. Si se suman los factores del momento, aparte de mis buenas notas y mi inclinación a la Biología, no había nada que indicase que aquel consejo fuese a resultar acertado: no soy una persona sociable (he mejorado mucho pero aún así soy rara, aunque como sucede con las rarezas de uno mismo, no suelo ser consciente de ellas), la sangre me impresionaba, odiaba las agujas y la idea de poner una inyección me angustiaba. Sin embargo hice caso a mi padre, rellené la preinscripción a la universidad con Medicina como primera opción, con la intención de escoger una especialidad de laboratorio, y no me arrepiento.

Pasarse más de un año en contacto con cadáveres, a diario, hace que te cures de muchas tonterías. Al principio también es causa de muchas pesadillas, pero lo cierto es que es más molesto el olor a formol que la impresión que puede provocar un muerto acartonado al que se diseca por capas. Los profesores de la asignatura de Anatomía también me provocaban mucho más pavor que los inofensivos cadáveres. Hacia el final de curso me tocó ser subjefa de mi grupo de disección y realizar algunas disecciones, las correspondientes al área de cabeza y cuello (¿casualidades?), aquella fue mi primera parotidectomía, disequé la glándula salival para identificar las ramas del nervio facial. Desde entonces he aprendido muchos trucos para esa cirugía (en mi especialidad es una operación que hay que realizar con relativa frecuencia y controlar el nervio es la base de la técnica); localizo el orificio estilomastoideo, por el que el nervio facial sale de la base del cráneo, situado detrás y debajo del conducto auditivo externo, pegado al hueso, entre la mastoides del oído y la alargada y fina apófisis estiloides en la zona anterior. Es una hendidura que se toca bien con el dedo una vez que aprendes cómo es su tacto y es la mejor referencia y la más rápida para encontrar el nervio.

Mi padre también puso su granito de arena para motivarme a seguir. En mi época de pesadillas, cuando los zombis me perseguían por los pasillos de la facultad cada noche, me planteé cambiarme a Farmacia, pero el Catedrático no estaba dispuesto a quedarse sin un médico al que recurrir para sus recetas y así me lo dio a entender. No soy rebelde, nunca me ha gustado discutir, nunca se me ha dado bien y además sabía que era una batalla perdida, así que seguí adelante.

Una vez superada la Anatomía, todo fue mucho mejor. Las asignaturas de laboratorio me gustaban, me encantaron la Histología y la Anatomía Patológica (preparaciones de tejidos teñidos para observarlos microscopio), y las rotaciones hospitalarias lo hicieron todo más entretenido. Cierto que la primera vez que entré en un quirófano me mareé, era una operación de Neurocirugía y al paciente le estaban cortando un trozo de la zona posterior del cráneo para acceder a su lesión en el cerebelo. Oír el crujido del hueso al romperse bajo las tenazas me causó demasiada impresión. Sin embargo ahora disfruto con el martillo y el escoplo mientras corto trozos del tabique nasal, dicen que la marquetería es relajante.

En relación a las agujas, también fue el Catedrático el encargado de hacerme superar mis miedos. A la primera inyección que necesitó, posiblemente alguna vacuna para uno de sus viajes más exóticos, me obligó a ponérsela. Protestar no sirvió de nada, yo sabía la técnica, pinchar en el cuadrante superolateral del glúteo para no dañar el nervio ciático, aunque nunca había clavado una aguja a un ser humano vivo. Mi inexperiencia no desalentó a mi progenitor que sufrió mi banderillazo estudiantil sin pestañear (y encima dijo que no le había dolido). ¡Las cosas que un padre es capaz de hacer, no sé si por sus hijos o por sus ideas, o por una combinación de ambos!

¡Feliz cumpleaños! (y gracias).

miércoles, 14 de junio de 2017

Calidad de vida

Hacia el final de mi época de MIR, se empezaron a poner en boga los estudios sobre la calidad de vida de los pacientes. En esa época se orientaban a los pacientes con cáncer de laringe, el tratamiento no solo debía contemplar la curación de la enfermedad sino también tenía que tener en cuenta las repercusiones en su calidad de vida. Una cirugía mutilante, como la del cáncer de laringe avanzado, por supuesto que repercute en la calidad de vida, sin embargo un sesgo importante de esos estudios, al menos en mi opinión, es que con otras opciones de tratamiento pronto se dejaba de hablar de vida para hacerlo de muerte. Suena espeluznante, pero así era. Cierto que los tratamientos oncológicos avanzan día a día y ofrecen esperanza donde antes no la había.

La medicina tiene limitaciones y hay patologías que no tienen cura, al menos de momento. En esos casos, mejorar la calidad de vida de los enfermos es a lo que puede aspirar al médico. Es lo que sucede con los Rendu-Osler. Sé que no voy a curarles, pero mejorarles las hemorragias nasales (o también orales o incluso de otras lesiones accesibles a la infiltración) les supone una gran diferencia. House me comentó que hasta que no empecé a contarles mis aventuras y desventuras con mis pacientes, no tenía idea de la mala vida que llevaban los pobres.

No solo los enfermos me cuentan los cambios, sino que los residentes de Farmacia hospitalaria han aprovechado para recoger datos y hacer estadísticas que demuestran la mejora en su calidad de vida. Han llamado a los pacientes y les han hecho responder cuestionarios del antes y después y los resultados son como para dar saltos de alegría. En una escala del 1 al 10 su valoración de su calidad de vida antes era de poco más de 4 y la del después supera el 8. Los cuestionarios en los que se les pregunta sobre su ánimo, movilidad, cuidado personal, malestar y actividad diaria han subido de 0.6 puntos (sobre 1) a más de 0.9

En los congresos, en las revistas, hay que hablar de números, pero lo importante es lo que esos números traducen. Uno de mis últimos pacientes nuevos me contaba que llevaba un mes sin dormir, se despertaba en mitad de la noche con una hemorragia y podía pasar horas intentado cortarla; no es el único. Otra me comentó que con la seguridad que le daba no sangrar había ganado independencia, se atrevía a hacer planes con gente, a salir de casa. En esa misma línea otro de mis enfermos me dijo que había bajado a Madrid para acompañar a su madre al médico, hasta entonces intentaba evitar salir de casa. Otras pacientes se olvidaban de coger las cosas para taponarse "por si acaso sangraban" cuando salían. Pequeñas rutinas del día a día, como atarse los cordones de los zapatos, eran impensables, inclinarse implicaba sangrar. Para una de mis enfermas, salir a comprar el pan suponía tal aventura que su marido iba detrás con el coche para recogerla por si se ponía a sangrar. La ansiedad, el miedo al sangrado y la debilidad de la anemia les impedían llevar una vida medio normal. Para la mayoría, planificar un viaje era una osadía, para venir a verme a Madrid por primera vez tenían que hacer acopio de valor. En un caso, estuvieron a punto de detener el AVE porque mi futura paciente no dejó de sangrar en todo el camino.

Con el tratamiento, no solo es la calidad de vida del paciente la que mejora, también la hace la del médico que ve que esos enfermos, a los que temía, aparecen con menos frecuencia por la urgencia. Nunca sabías cómo iba a ir una de esas hemorragia, cuando venían era porque ellos no podían controlarla (y de epistaxis saben más que muchos médicos) y para el especialista cortarla costaba un triunfo. Sé que suena chocante, pero para mí, atenderles es una alegría, es gente entregada, agradecida y cariñosa, es una relación diferente, más estrecha, casi familiar. A veces pienso que vivo con ellos un periodo de luna de miel, que con el tiempo es posible que aparezcan complicaciones y que el tratamiento resulte más difícil, menos eficaz o cualquier otra cosa terrible, pero habrá que enfrentarse a lo que surja cuando surja, y hasta entonces, aprovechar el momento.

sábado, 10 de junio de 2017

Disfagia

Disfagia (DRAE): Dificultad o imposibilidad para tragar. 

Hace unos años, empezaron a aparecer Unidades de Disfagia en los distintos hospitales. No es que nunca se hubiesen visto pacientes de disfagia en las consultas, pero lo cierto es que no se les hacía un estudio exhaustivo ni se les indicaban las pautas para rehabilitar su problema, eso quedaba para los rehabilitadores, que tampoco eran expertos en el problema. Sin embargo, la disfagia no es ninguna tontería; en ancianos, en pacientes de intensivos, en operados o en las enfermedades neurológicas, el que la comida se vaya donde no debe es causa de neumonías lo que agrava sobremanera su ya de por sí mal estado, alarga su estancia y aumenta el coste (como mínimo lo duplica).

A tenor de esa tendencia, mi jefe decidió que nuestro hospital no podía ser menos y que había que abrir una consulta de disfagia. Me preguntó si no me importaría ocuparme del tema y, aunque no me hacía ninguna ilusión, acepté (¡qué remedio!). La idea de mi jefe de empezar una consulta de disfagia no consistía en hablarlo con gestión de agendas para empezar a citar pacientes, sino en que viese los pacientes como extras en mi programación habitual y el día de urgencias hasta que aquello despegase.

No llevaba ni un par de semanas en el cargo cuando una de mis compañeras me pidió que le cediese la responsabilidad, le interesaba esa consulta. Vi el cielo abierto y me faltó tiempo para aceptar su oferta con todo, todo mi agradecimiento. Por aquella época ya había empezado a ver algunos Rendu y lo prefería con creces, esa dinámica, trepidante e intervencionista, iba más con mi carácter que la lenta, o nula, progresión de los enfermos con disfagia. Ella no tardó en organizarlo en condiciones, implicó al resto del personal, asistió a cursos de formación y empujó al jefe para conseguir no solo una agenda, sino una rehabilitadora que la ayudase. La rehabilitación es la base del tratamiento y es fundamental.

En estos años la consulta de disfagia ha crecido tanto que la jornada diaria apenas da abasto. No solo se ocupa de los citados sino de las interconsultas del hospital cuyos médicos, más de una vez, llaman al busca con prisas y exigencias para que sean vistas porque, al parecer, no pueden esperar uno o dos días (como si ese tiempo fuese a cambiar las cosas); no entienden que es posible nutrir a un paciente sin necesidad de darle comida por boca, se les olvida que existen vías venosas y sondas nasogástricas para alimentación. Si pudiesen sacar a mi compañera de quirófano para que atendiese a sus enfermos no dudo que lo harían (ya lo han intentado y ese día hice amigos porque fui yo, grumpy indignada, la que contestó al busca). La pobre aprovecha cada hueco (libre y no libre) para verlos; está sobrecargada, hace tests antes de la sesión, al final de la consulta, los días de planta, al terminar el quirófano y no se va ni un solo día a casa a su hora.

Es una tarea desagradecida, no solo por las exigencias de otros servicios sino porque son muchos los enfermos que apenas mejoran y eso después de un trabajo ímprobo. Cada paciente nuevo con disfagia (no ansiosa) supone cerca de una hora de historia, estudio e indicaciones. Muchos son casos tristes: ictus, parálisis cerebrales, enfermedades degenerativas, estancias largas en UCI, demencias. Muchas familias están cansadas, los enfermos no tienen fuerzas y no siempre les queda paciencia, la tiene que poner toda el médico. Afortunadamente también hay gente encantadora que compensa todos los desvelos, y es esa gente la que devuelve el ánimo a los profesionales en los momentos de desilusión o agotamiento. Los números mejoran según aumenta la asistencia, disminuyen las complicaciones relacionadas con la deglución, sobre todo el número de neumonías por aspiración y el gasto asociado, que es lo que interesa en las altas instancias, aunque nadie se preocupe por descubrir al responsable del milagro y aún menos en aliviar su carga.

viernes, 9 de junio de 2017

Dilemas y cavilaciones

Después de infiltrar a mis pacientes de Rendu, no puedo evitar sentir algo de inquietud sobre la evolución. ¿Habré encontrado la lesión responsable de los sangrados más severos? ¿Bastará para controlar la hemorragia? ¿Le dolerá? ¿Se infectará? No quiero pasarme e inyectar demasiado para evitar lesionar más de la cuenta, pero tampoco quiero quedarme corta y que la visita (y el viaje) no arreglen nada. A veces no es tan fácil que vuelvan en una o dos semanas para hacerles un repaso. Todo un dilema.

Muchos de mis pacientes están contentos aunque sea tan solo porque alguien se preocupa por ellos e intenta hacer algo. Por desgracia la escleroterapia no es una cura, solo es un parche, aparecerán nuevas lesiones en la zona ya esclerosada o en otras, hay mucha mucosa ahí dentro (eso cuando no son otros los órganos afectados por la enfermedad que dan la cara al mejorar las epistaxis, no sé si porque hay más sangre en el cuerpo por mejoría de la anemia y los vasos están más turgentes y se rompen con más facilidad o porque antes esas hemorragias pasaban desapercibidas y se achacaban a la nariz).

La mayoría de los pacientes saben cómo son las cosas, pero también los hay que se sorprenden cuando los sangrados reaparecen. Supongo que es culpa mía, en ocasiones voy demasiado volada, sobre la marcha les cuento cosas sobre lo que les voy a hacer para que no se asusten, pero se me olvida decirles que no sé lo que durará. También es cierto que, con los nervios del momento, no siempre se procesa toda la información, menos aún si esta va incluida en un bloque de palabrería acelerada.

Siempre es una tranquilidad, y una satisfacción, cuando el paciente te dice que está bien. No las tenía todas conmigo con uno de mis últimos enfermos y me animé a preguntarle para aliviar la incertidumbre. Al principio el hombre era reacio a venir, a fin de cuentas a nadie le apetece que le pinchen la nariz, es inevitable ponerse en lo peor y pensar que va a sangrar y no va a servir de nada. Si no están convencidos, prefiero contarles las cosas y darles tiempo a que se lo piensen, aunque la mayoría llegan preparados para el mal trago, o no se resisten demasiado. En esta ocasión el pobre enfermo sufrió un bombardeo de correos de distintos frentes para animarle a venir a verme (le escribí a instancias de su hermana y de la investigadora, las otras instigadoras, y tras un periodo de reflexión, el hombre claudicó). En su respuesta me dice que está bien, no ha sangrado y está contento, lo mejor es que parece que ha perdido el miedo. Mejor, porque aún nos queda el otro lado.

Otra paciente me llamó hace poco para volver y aprovechó para felicitarme por el éxito, nunca había estado tanto tiempo sin sangrar. Oír eso emociona, hay pocas cosas que motiven más a un médico que la satisfacción de sus pacientes; muchos van más allá y además muestran cariño, y con eso logran que el médico no solo se esmere en su trabajo sino que también crezca como persona (o lo intente). El otro día una amiga me preguntó si no estaba harta del trabajo, aburrida de la rutina del día a día, pero lo cierto es que, aunque la organización de mi semana esté preestablecida, no considero que lo que hago entre en la categoría de monótono y rutinario: mi jornada suele ser trepidante y no le faltan sorpresas. Eso sí, a veces viene bien un poco de descanso.