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viernes, 27 de enero de 2017

YE

Por fin escribo. No es que no tenga temas sobre los que hablar, es una de las ventajas de tener un blog variado, que todo lo que se me ocurra cabe. En este caso voy a aprovechar una salida del hospital para contar una tarde de ocio, comidas y tiendas.

Quedar con amigos no siempre es fácil, y mucho menos si son médicos: hay que cuadrar guardias, cirugías que se pueden alargar, sesiones, congresos y vida personal. A pesar de las listas de espera, un médico te ve antes como paciente que como amigo, por eso conviene aprovechar el día en que las constelaciones se muestran favorables. Esta vez lo conseguimos sin demasiado esfuerzo y sin imprevistos de última hora, que como dice una de mis amigas, nunca hay que cantar victoria hasta que estamos todas sentadas a la mesa.

Después de una mañana de consulta lo primero es reponer fuerzas. La comida japonesa es siempre apetecible, no solo es bonita sino también variada, y nos gustaba a las tres implicadas en el plan del día. Para empezar nuestra reunión escogimos el restaurante de Ayala, 67 (Ayala-Japón). Tras echarle un vistazo rápido a la carta, que a las tres y media de la tarde las tripas no admiten mucha demora, nos decantamos por el menú degustación: una ensalada, unos rollitos fritos de verdura, un poco de sashimi, otro poco de sushi en versiones nigiri (sobre monte de arroz) y maki (rollito), un tartar de salmón, otro de atún con soja y trufa, una muestra de teriyaki de toro y unos dimsums al vapor saciaron con creces nuestro apetito. Tras un té, con su sobremesa, y un retoque de pintalabios en el baño, estábamos listas para pasear por el barrio.

Una de mis amigas había descubierto una tienda de tocados artesanos, YE, en General Diaz Porlier 32, que le apetecía visitar. Después de contemplar el escaparate, no lo dudamos, aquellas preciosidades había que verlas de cerca. Llamamos al timbre para que nos abrieran, la dueña, de nombre Yulia Eremina, suele estar en el taller de abajo, trabajando en sus diseños entre cliente y cliente.

Dentro todavía había más preciosidades, tantas que no sabíamos por dónde empezar, quizá nos emocionamos más de la cuenta y entre las tres no sé si quedó algún sombrero sin probar. Su creadora nos explicó algunos detalles y nos ayudó a colocarnos los tocados de la manera más adecuada y favorecedora. Se notaba que disfruta con su trabajo, a cualquier otro le habríamos vuelto loco, pero ella compartía nuestro entusiasmo.

Si lo hubiese sabido, quizá esa mañana me habría peinado con más esmero. Había salido de casa con la cabeza aún algo húmeda, que terminó de secarse en el coche, y todo mi estilismo consistía en un semirrecogido, por supuesto sin peine, con unas pinzas para quitar el pelo de la cara y que no me molestase a la hora de explorar a los pacientes. Sin embargo, los tocados eran tan bonitos que lucían incluso así. El estilo que mejor se adaptaba a una de mis amigas era el más puro bohemio-francés, las boinas estaban hechas para ella, otra de mis amigas, más clásica, se llevó un gorro rojo que habría sido la envidia de Caperucita, no solo era bonito y favorecedor, sino muy versátil, se podía girar en todas las posiciones y cada ángulo era diferente. En cuanto a mí, confirmé algo que siempre he sospechado: mi cara es vintage, mis rasgos se corresponden más con la época de los años 40 y 50 que con la actual, y con los tocados inspirados en esos años, con redecilla incluida, parecía una extra de una película de los años dorados de Hollywood (lo podéis comprobar en la foto, ¿verdad que es un sombrero maravilloso?).

sábado, 11 de junio de 2016

Restaurante El Flaco

¿Quedamos para comer?
¡Genial!
¿Dónde?
Esa es la gran pregunta: ¿dónde? ¿Por qué, en esos momentos, en los que las ideas son tan necesarias, la mente se queda en blanco? Supongo que porque es toda una responsabilidad escoger un sitio, una no come sola y es importante que el local elegido le guste a los acompañantes.

No sé si el razonamiento anterior es el que ha hecho que, en las múltiples celebraciones de mi cumpleaños, haya repetido hasta en tres ocasiones el restaurante al que dedico esta entrada, El Flaco. No podía ser menos, las tres veces nos han tratado divinamente y nos han dado de comer de maravilla.

Empecemos por el principio. El cuándo ya lo he comentado, mes de mayo, también el porqué, mi cumpleaños.

¿Cómo lo encontré? El hallazgo no fue una casualidad, y eso nos lleva al dónde de su ubicación: está en una calle poco conocida (C/ Javier Ferrero), que ocupa apenas una manzana, que no tiene tiendas y que tampoco me pilla cerca, ni de paso a ningún lado.  Si di con él es porque lo mencionaban en Club Kviar (una de esas páginas de descuentos gracias a las cuales es posible salir a comer en Madrid) y me metí a indagar: cocina tailandesa con algo de fusión (sonaba bien) y buenos comentarios. De entre los platos uno terminó de decantar la balanza: crème brulée de chocolate, ese postre estaba hecho pensando en mí, tenía que probarlo.

La siguiente pregunta es ¿quién? Un poco más de investigación me reveló que el cocinero era el mismo de Amasia, un restaurante que nos había gustado a House y a mí pero que cerró antes de que pudiéramos repetir. Por supuesto hay más quienes, un restaurante necesita cocinero y comensales, pero mejor voy por partes.

El primer día fui con mi amiga del cole. Nos pusieron en un rincón bastante tranquilo, lo suficiente como para enterarnos de lo que pedía la pareja de la mesa de al lado. No pudimos evitar reírnos con disimulo, hay casos en los que la estupidez es evidente hasta a la hora de comer: no querían pan, que no hay porque en Asia no se estila, no querían nada con gluten salvo los chipirones rebozados en panko (de trigo). Entre las explicaciones del maître, le oímos comentar que los platos estaban pensados para compartir y eso hicimos, sin imponer limitaciones dietéticas: rollitos de verduras, tartar asiático (tiene un nombre raro que no recuerdo pero por lo demás el plato es inolvidable, lleva pera para darle frescura y contraste y doy fe de que lo consigue) y curry verde de pescado y marisco absolutamente delicioso, uno de los mejores curris verdes que he probado, con el pescado en su punto y la salsa algo picante pero sin tapar el resto de sabores. Me falló mi crème brulée, no la tenían ese día. ¡Lástima! Eso me obligaba a volver.

Volví con otra de mis amigas unos días después. En esta ocasión nos decantamos por los rollitos de pato, semejantes a los de primavera pero con un relleno de pato pekinés, brochetas de pollo satay, con una salsa de cacahuetes como para rebañar el plato a lametones, repetimos el tartar y nos pringamos las manos con el mud crab que estaba, literalmente, para chuparse los dedos. Seguían sin mi postre, probamos un Bao frito con frutos rojos y ruibarbo que no me convenció.

Pensé que "a la tercera va la vencida" y allí nos plantamos para comprobar la veracidad del dicho House, hermanísima, cuñadísimo y yo. Al llegar nos saludaron como si fuéramos de la familia, lo que dada la asiduidad demostrada en el último mes tampoco extrañó a nadie. Esta vez el menú fueron los chipirones rebozados en panko con salsa agripicante de chile, bien crujientes y sabrosos, rollitos fritos de cerdo y gambas (habían cambiado los de pato), bao al vapor relleno de panceta para los caballeros (que a hermanísima y a mí la panceta nos cae como una piedra en el estómago) con una salsa buenísima, según nos dijeron, las deliciosas brochetas de pollo satay, que a hermanísima le chiflaron tanto como a mí, curry verde de pescado y un curry rojo de magret de pato que me pareció una idea excelente para intentar en casa. De nuevo me encontré sin chocolate, por lo que parece tendré que esperar a que haga más frío para probarlo, y pedimos un Flaco Mess grande (combinación de helados y frutas) que, aunque muy rico, solo me consoló a medias.

jueves, 28 de enero de 2016

Restaurante Da Giuseppina

Da Giuseppina es un restaurante con mucha historia detrás, la historia de los avatares de su dueño, Ignazio Deias, y también un poco de nuestra propia historia. Esta casa de comidas, como le gusta a Ignazio describir su restaurante, no es su primera aventura culinaria de Ignazio que, que yo sepa, comenzó con el Boccondivino para perderse después en una red de socios y restaurantes de moda y de la que el empresario emergió con la clara idea de regresar a los orígenes. Ese origen sencillo y sin pretensiones, pero con muy buena comida, es Da Giuseppina.

¿Qué tenemos que ver nosotros con todo el trajín anterior? Pues como todo depende de cómo se mire y, como uno siempre se ve como protagonista de su vida y de lo que sucede a su alrededor, me es imposible separar la historia de Ignazio y sus negocios de nuestra relación con él.

Nuestro papel ha sido siempre el de clientes. Al principio éramos adictos al Boccondivino, tanto es así que incluso celebramos allí la comida de nuestra boda, un evento sencillo con tan solo catorce comensales y entre semana.  Poco después fuimos testigos del cambio de nuestro restaurante favorito, que ganó ínfulas y perdió intimidad, aunque la comida seguía mereciendo la pena, su tiramisú era el mejor de Madrid. Cuando la aventura se extendió y el Boccon cerró, perdimos el contacto con Ignazio.

Pasaron los años. House y yo recordábamos con frecuencia nuestros buenos tiempos en el Boccon. Uno de esos días de ideas felices, se me ocurrió buscar a Ignazio por Internet para saber en qué nueva aventura se había embarcado y, si acaso, pasar a saludarle. Fue así como llegamos un mediodía a Da Giuseppina (en la C/ Trafalgar, 17). Ignazio nos saludó con la alegría del reencuentro con viejos amigos y, entre platos y sobremesas, nos contó su historia. Da Giuseppina era el negocio que siempre había deseado tener, no solo un restaurante sino una casa de comidas, porque una casa es un lugar acogedor en el que hay algo de uno mismo. La decoración del local es sencilla, llama la atención que tiene mucha madera: hay madera en las sillas de las mesas con manteles a cuadros, en la atractiva barra de madera pulida y en la gran estantería en la que se exhiben productos italianos, desde pasta a vinos y licores, que ocupa toda una pared. En el resto de las paredes, pintadas de blanco, cuelgan fotografías en blanco y negro de artistas italianos.

La carta varía según los productos de temporada. Dispone de pizzas, que no hemos probado, y de platos más elaborados, muchos de origen sardo. Entre los primeros hay algunos muy originales y cuesta decantarse por uno o dos. Las alcachofas a la giudia, fritas hasta que están crujientes por fuera y tiernas por dentro, son deliciosas. Las croquetas de berenjena, que pedimos la última vez, han pasado a engrosar la lista de mis platos favoritos. La lasaña de pan sardo cruje y se derrite en la boca. Los pulpitos guisados o los calamares en su tinta con alcachofas están para mojar pan. Los mejillones en salsa también son estupendos. Entre los segundos destacan las pastas, guisadas al dente, y con salsas distintas a las habituales. También hay guisos de carne tradicionales, que recuerdan a la cocina de las abuelas y que están igual de buenos: pollo con pimientos, albóndigas con tomate casero...

Los postres no desmerecen. Mantienen un excelente tiramisú pero además hay pannacota, cannoli siciliano con masa crujiente rellena de crema de ricotta, unas singulares berenjenas casadas con chocolate, otra tarta de chocolate más clásica, bizcocho de almendras y manzana y helados italianos. En nuestra última visita, poco después de Navidad, nos pusieron panettone con salsa de chocolate negro (¡ñam, ñam!). Ni que decir tiene que todo está buenísimo y, por supuesto, el café es insuperable.

Unos números más abajo, creo que es en el 5, Ignazio (que no puede parar quieto) ha abierto una pequeña tienda, muy coqueta, de productos italianos con todo tipo de quesos, embutidos, pastas, vinos, aceites, licores y café. En nuestra última visita nos mandó allí después de terminar la comida. Nos esperaba su mujer, Daniela, con un enorme Pandoro  de regalo (como un panettone sin tropezones) del que ya hemos dado buena cuenta porque estaba exquisito, muy tierno y jugoso. De paso compramos un par de paquetes de café, que también se han acabado, lo que me ofrece la excusa perfecta para regresar.

martes, 23 de junio de 2015

Restaurante Víctor Gutierrez, Salamanca

El año pasado nos invitaron a una boda a Salamanca y aprovechamos la coyuntura para pasar allí unos días. Además del turismo cultural también nos dedicamos al gastronómico, que tras tanto paseo hay que reponer fuerzas. Animados por alguna de las críticas que leímos, reservamos en el Restaurante de Víctor Gutierrez, en la C/ Empedrada. Este año nos han invitado a una nueva boda en esa misma ciudad y nos hemos apresurado a reservar una mesa en el mismo restaurante. Entre entonces y ahora el lugar ostenta una estrella Michelín merecidísima.

El local es muy agradable, más bien minimalista y con hueco entre las mesas para preservar la intimidad de los comensales. Dos camareras sonrientes y encantadoras atienden a los comensales de manera impecable, les explican los platos, servidos en una vajilla de dimensiones verdaderamente colosales, y procuran responder a todas sus preguntas, aunque tengan que indagar en la cocina para contestar algunas. Da gusto el trato que tienen, son un aliciente más del sitio.

La carta dispone de dos menús degustación, diferentes pero adaptables según las preferencias e incompatibilidades del gastrónomo de turno. Después de trasnochar el día anterior por culpa de la boda, se nos había hecho algo tarde para desayunar en el hotel esa mañana y, aunque en el convite había comida suficiente para cuatro enlaces, la cena había bajado a lo largo del baile y estaba más que digerida. Aún arrastrábamos algo de sueño y eso da hambre. Tanta justificación es para explicar por qué nos decantamos por el menú largo, aunque el motivo principal es que somos unos glotones y así contábamos con más platos para probar y disfrutar.

De aperitivo House pidió la cerveza de la casa, Ink, una tostada elaborada por el chef que presenta la peculiaridad de llevar, además de malta de cebada, quinoa, un semicereal típico del altiplano peruano, de donde es oriundo el chef. Es una cerveza deliciosa, de las mejores que he catado, suave y con cuerpo, algo afrutada y un poco más dulce en razón de la quinoa. Preguntamos si la pensaban comercializar y nos regalaron una botella (que ya no tenemos). La carta de vinos es amplísima, aunque con especímenes prohibitivos para nuestra economía. Optamos por probar un Ribera de nombre Romántica, un crianza suave y fino pero con algo de cuerpo y que entraba de maravilla. Muy recomendable.

Abrió el baile de platos la primavera de ibéricos, con un extraordinario jamón de Guijuelo y unos chips de patata crujiente aderezados con un poco de sobrasada. Lo presentaban sobre unos palos (no comestibles) entre los que se escondían unos grisines (que sí se comían). En el siguiente plato los palos de adorno se transformaron en piedras que amurallaban una tira de hojaldre con aguacate, que también venía presentado sobre un alga crujiente, una zanahoria baby con gelatina de yuzu (un cítrico japonés) y una fantástica minimadalena de aceitunas con su tapenade de olivas negras en un fabuloso contraste dulce-salado.

Uno de mis favoritos fue el atún marinado sobre crema de ajoblanco y acompañado de helado de erizo. Un verdadero manjar en el que el sabor de las almendras del ajoblanco suavizaba el marisco del helado al derretirse en la boca con el bocado de atún.

La próxima vez que compre cigalas las pondré sobre un lecho de ensalada de quinoa y le prepararé una salsa de yogur con un toque de pepino y jalapeños. No sé dónde conseguir la anguila ahumada que lo complementaba, con suerte lograré unos arenques, pero con que me quede la mitad de bueno que el original ya me conformo.

Un bocadito de cochinillo congració a medias a House con la elección del menú (en el corto el cochinillo era uno de los platos principales). Digo a medias porque después de probar aquel bocadito, crujiente y jugoso, daban ganas de tomarse el lechón entero.

Seguimos con anticucho, una salsa peruana en la que generalmente se macera carne y que se elabora con 16 ingredientes: aceite, ajo picado, comino, jugo de limón, pasta de ají panca, pimienta molida y fresca, sal, vinagre de vino tinto, cerveza negra, orégano y toda una serie de verduras. En este caso lo macerado eran atún y pichón que venían servidos sobre una cama de arroz a modo de niguiri. Sabrosísimo.

Continuamos nuestra penitencia gastronómica con un arroz de calamares con gamba roja y salsa de chile. De ahí pasamos al fondo marino, extraído directamente del océano del paraíso, con carabinero a la plancha (mi marisco favorito), mejillón con falsa concha, algo picante y comestible, cangrejo de cascara blanda y sopa de pescado con un toque de leche de coco (estéticamente servida en el interior de una roca hueca).

Aún nos faltaban el pescado y la carne. El representante del primero era una delicia de salmonete, limpio de espinas y con toques asiáticos: coco, yuzu y miso rojo. La última maravilla era pichón con salsa de mostaza y salpicado de pistachos picados y té macha.

Terminado el festival de salados le tocaba el turno a los postres. ¡Tres! Comenzamos con manzana en sorbete con láminas finísimas y con una crema de mandarina. La crema original era de maracuyá pero me la cambiaron, no comprendo las ganas que tienen todos los cocineros de introducir esa fruta tropical en sus creaciones, no combina con nada sino que le quita el sabor al resto. Con mandarina todo casaba a la perfección.

El segundo postre fue un original cebiche. Nos explicaron que el cebiche es un concepto, y que para ser considerado como tal ha de llevar ají y cítricos. En este caso el ají venía incorporado a la crema y los cítricos en un sorbete de bergamota y unos trozos de pomelo. Me encantan los cebiches.

Para rematar la comida, un broche de chocolate en todas sus texturas: polvo, carbón, crema, helado, bizcocho... El chocolate es irresistible, debe de ser pecado no comerlo a diario.

Los cafés llegaron acompañados con un detalle de la casa: un macaron, un alfajor, un bombón de mango y unos caramelos de lima-limón con forma de piedrecitas. Para entonces estábamos algo llenos pero no era cuestión de no apreciar el detalle así que le hicimos los honores que se merecía.

En fin, como esto va de boda en boda, a ver quién se casa el próximo año en Salamanca y nos da un pretexto para volver. Sé que no es necesaria una excusa pero nunca viene mal tener un motivo para arrancar.

viernes, 12 de junio de 2015

Restaurante Soy (de Pedro Espina)

Soy, de Pedro Espina, es el mejor restaurante japonés de Madrid y no exagero, yo diría que me quedo corta y que en realidad Soy es, sencillamente, el mejor restaurante japonés. Es un local curioso, muy pequeño, de apenas 6 mesas, en la C/ Viriato 58, que carece de identificación. Al principio figuraba el nombre con letras de bambú sobre la puerta pero después de que los vándalos de turno robaran el cartel hasta en tres ocasiones, su dueño optó por dejarlo tal cual: un trozo de pared de pizarra negra y una puerta de cristal opaco. Sorprende tanta sobriedad pero eso dura hasta que se conoce al chef al final de la velada, cuando sale a despedir a los comensales, entonces se comprende todo sin problemas. Pedro Espina es muy tímido y el show y las grandes muestras de efusividad no van con él. No necesita nada de eso, sus platos hablan por él. Para las relaciones con la gente cuenta con el personal de sala, muy atento y competente.

Siempre que hemos ido hemos pedido el menú degustación, es variado y está tan rico que podría repetirlo una y mil veces. Empezamos con un tempura de pescado en vinagreta en su punto justo de acidez. Lo siguiente son unos mariscos, mejillón, pulpo y langostino, en alioli de cítricos y algas que está como para rebañar la salsa a lengüetazos (lástima que la educación no permita ciertas cosas). Suele seguir una cuajada de soja y algas que se derrite en la boca y que en la última ocasión nos cambiaron por un sashimi de vieiras maravilloso, con la carne de vieira fresca y tiernísima. Pedro Espina nos confesó que es su plato favorito, y creo que el mío también. Desde siempre, que recuerde, tengo debilidad por las vieiras.

El tartar de atún rojo con capa de caviar y huevo de codorniz, y acompañado por una frambuesa, es otro de los platos estrella, y con razón. Es un tartar perfecto, es el mejor adjetivo que se me ocurre para describirlo.

La sopa la traen en tetera junto con un bol diminuto para servirla y beberla directamente, y con una rodaja de lima para añadirle unas gotas. Es un caldo delicioso del que House podría vivir incluso en verano, ante algo tan rico poco importa el calor de la época del año. Al terminar el caldo, hasta la última gota, quedan los tropezones en el interior de la tetera: una rodaja de puerro, un trozo de carne, un langostino y un huevo de codorniz. Después de macerarse en ese caldo son irresistibles.

Mientras se apura la sopa, traen los sushis, que van cambiado en cada visita. Primero llegan los nigiris (lecho de arroz cubierto por una sábana de pescado), en la última visita de pez mantequilla, anchoa con aguacate y gamba. Luego aparecen los makis, los rollitos rellenos de pescado o, en nuestro caso, de tempura de langostino. Me encanta el contraste del arroz cremoso con el crujiente del rebozado. En otra de las ocasiones recuerdo unos makis de foie inolvidables.

Unas bolitas de zamburiñas nos acercan al final. Abrasan pero no esperamos a que se templen para probarlas, se nos antojó imposible. Crujientes por fuera, con una capa de sésamo una y de patata en tiras finísimas la otra, y tiernas y sabrosas por dentro son un pecado. El calor que desprenden al morderlas solo consigue que las mantengas más tiempo en la boca y disfrutes de su sabor mientras se enfrían.

El último plato del menú es un rollito al vapor de cangrejo. Llegar al final con algo así es como para que se te salten las lágrimas. Junto con la sopa y el sashimi de vieiras forma parte de mi triunvirato favorito.

El toque dulce lo pone un helado en tempura, crujiente y caliente por fuera y fresco por dentro. Con los cafés traen un licor de ciruelas del que no dejamos ni una gota, tiene el punto justo de dulzor y acidez. También apuramos el vino, un Ribera de nombre Cair, de Luis Cañas, hecho con racimos pequeños seleccionados de cepas viejas, un vino para tener en cuenta y como para hacerse con unas cuantas botellas.

Ya se terminó mi mes de celebración del cumpleaños, ¡qué rápido pasa el tiempo! "Soy" es una guinda excelente para rematar el evento.

jueves, 14 de mayo de 2015

La paletilla

If we wait for the moment when everything, absolutely everything is ready, we shall never begin. Ivan Turgenev

Hay una regla no escrita, que sigo fielmente desde hace años aunque desconocía su existencia hasta ahora, que defiende prorrogar la celebración del cumpleaños durante todo un mes. Es una regla estupenda, una de las cosas buenas de la vida es disfrutar de una buena celebración, y lo bueno a veces es mejor breve pero nadie dice que sea perjudicial repetir.

La víspera, despedí el año que se acababa con una mariscada con House en el Restaurante Criado, recomendado por uno de los amigos de House. Un bogavante y una centolla fueron las víctimas sacrificadas en el homenaje y no las bañamos en sangre, sino en el fluido carmesí de un Pago de Carraovejas. Fue una despedida de lo más satisfactoria.

Aprovechamos que el día señalado caía en domingo para organizar una reunión familiar alrededor de la barbacoa del hermano. Las sillas adquirieron carácter rotatorio porque no faltó ni el apuntador y no había asientos para todos. Era un detalle carente de importancia. Lo fundamental, lo que no debía faltar era comida. La Señora se encargaba de una de las tartas y mi prima hornearía una de las suyas tradicionales de queso. Hermanísima seguro que hacía un postre de celiacos para ciclón. Contábamos además con 3 kg de solomillo. Aún así hacía falta algún entrante con el que abrir boca. Con esa idea en mente, me acerqué esa mañana a Cala Millor a por unas empanadas y algún pan especial. Para complementarlo añadí unos cortes de queso y decidí abrir un jamón, aunque el término correcto, visto el resultado, es asesinar un jamón.

El jamón, ignorante de su destino, completaba su solera en nuestra terraza desde hacía un año. El tiempo extra de maduración no facilitó las cosas a la hora de cortarlo. Acostumbrado a su integridad, se aferró a ella con toda su corteza. El curso de 3 minutos de Youtube sobre cómo cortar una paletilla, que era el caso, no sirvió de ayuda. Se entabló una batalla feroz en la cocina. House, casi recién despertado, y alarmado por el ruido, se pasó a ver qué sucedía. Mi intención había sido sorprenderle y a fe que lo conseguí, aunque no tal y como esperaba. Tras afilarme el cuchillo y embadurnar un estropajo de Fairy, mi marido desapareció de la escena del crimen. Sospecho que se marchó cuando le entraron ganas de matar a alguien, y no precisamente a la pata que, a fin de cuentas, ya estaba tiesa.

Proseguí con mi tarea, dispuesta a rematar la faena a fuerza de cabezonería y, ya que no de habilidad, sí de fuerza bruta, o al menos de voluntad. El hueso quiso resistirse a mis encantos, pero solo lo logró durante un rato. Aunque no fuese la técnica de un maestro, abandoné la horizontal de los puristas para recurrir a la disección quirúrgica. ¡Eso no se lo esperaba! La línea de corte se inclinó peligrosamente por el lateral hasta verticalizarse a ras de hueso. Con toda esa parte repelada, ya solo quedaba darle la vuelta, pero decidí dejar esa fase para otra ocasión. Ya tenía planeada mi estrategia.

Repartí el jamón en dos bandejas que coloqué sobre la mesa del hermano. Cuñadísimo, al coger uno de aquellos trozos, se acercó a House.
- ¿Os habéis peleado con el jamón?
- Que te lo explique tu querida cuñada - le respondió mi marido.
- Solo ha sido una batalla. Aún queda todo un lado, pero el que quiera jamón que se pase él mismo por casa a cortarlo. Así puede llevarse lo que le apetezca. - le ofrecí. Sabía que aquel incentivo bastaría para que apareciesen voluntarios que terminasen de cortar el rebelde jamón.
- Si lo hubieses traído, lo habríamos cortado aquí - añadió el hermano. No añadió la parte de "y yo me habría quedado los restos" pero todos lo sobreentendimos.

Nadie más hizo mención a la finura de los pedazos. El resto de los invitados guardaba un silencio prudencial, supongo que porque estaban demasiado ocupados dando buena cuenta del cuerpo del delito. Ya se sabe que no es de buena educación hablar con la boca llena. A pesar de la singularidad del corte, no sobró ni una viruta.


miércoles, 8 de abril de 2015

Variaciones sobre las Torrijas

¿A quién no le gustan las torrijas? Aunque sería mejor preguntar ¿qué torrijas os gustan? Las de hermanísima son deliciosas aunque aún estoy esperando las de este año, se lo recuerdo por si acaso se ha olvidado de su hermana "favorita".

A pesar de haber tenido que sacrificarme sin las de hermanísima, eso no significa que me haya resignado a pasar la Semana Santa castigada sin este postre. Mención especial se merecen las de mi encantadora vecina de arriba que bajó una tarde antes de vacaciones a que le firmase un ejemplar de "Paloma" y, de paso, nos trajo de regalo unas torrijas buenísimas de las que dimos buena cuenta en la cena. Da gusto cenar así, de caprichos inesperados.

En el hospital procuramos hacer una pausa para tomar un tentempié a media mañana. Son unos minutos en los que tomamos fuerzas y nos cuidamos en lo posible. En ocasiones son los pacientes los que nos cuidan y nos deleitan con sus especialidades culinarias. Se dice que a los hombres se les conquista por el estómago y doy fe de que a los galenos también. En el servicio contamos con un par de auxiliares cuyas torrijas se han ganado una más que merecida fama y, para innovar sobre la receta habitual, una de ellas las ha preparado este año rellenas con un poquito de crema pastelera.

Conviene conocer algunos trucos con los que arreglar, muy fácilmente, unas torrijas que no terminan de convencer: que están algo secas, pues se carga leche en una jeringa, bastan unos 10 ml por torrija, y se inyecta en varios puntos en el interior de la miga. Si el problema es la falta de dulzor, solo hay que espolvorearlas con un poco más de azúcar (idem si se prefieren con más canela). Más difícil es solucionar el exceso de dulzor, se puede probar a inyectarles leche para ver si así expulsan almíbar pero, a veces, ni por esas, así que es mejor que pequen por defecto que por exceso.

Es un postre que admite un millón de variantes. Permiten usar cáscara de naranja en vez de limón para darles un toque diferente, bañarlas en chocolate fundido, untarlas de Nutella, cubrirlas con toffee en vez de azúcar o sustituir la leche por horchata o por vino. Hay restaurantes italianos en las que, en lugar del pan, utilizan panettone. Esta Semana Santa las hemos probado de sobao pasiego en el restaurante Conlaya (imaginad un postre de lo más light: medio sobao mojado en leche, rebozado en azúcar y caramelizado en la plancha acompañado de un helado delicioso del que no tengo la receta, el aspecto era de vainilla o mantecado pero el sabor recordaba al del sobao).

No en todas las pastelerías se reservan las torrijas para esta temporada. Una amiga mía compra unas, poco después de las vacaciones de Navidad, en una pastelería de la C/ Francos Rodríguez, para las que aprovechan los roscones sobrantes Reyes (cortan dos rebanadas y las rellenan de crema antes de pasarlas por leche y freírlas). Con esos ingredientes sólo pueden describirse como celestiales.

Hace ya tiempo puse en el blog la receta clásica de torrijas así que aquí van unas cuantas versiones para el que le apetezca animarse.

TORRIJAS AL HORNO

Ingredientes
Pan del día anterior
Leche 100 ml. por cada dos torrijas (se puede sustituir por HORCHATA)
Azúcar (1 cucharada por cada 100 ml de leche)
Piel de limón
1 rama canela
2 huevos
Azúcar, canela o miel para cubrirlas.

Elaboración
Poner en un cazo, la leche (o la horchata), el azúcar, la piel de limón y la canela. Llevar a ebullición. Cuando arranque a hervir retirar del fuego y dejar enfriar.
Batir los huevos en un bol. Cortar rebanadas de pan y ponerlas en una fuente honda, verter la leche infusionada por encima. Dejar en remojo, tan solo un par de minutos.
Pasar las rebanadas de pan por el huevo batido y colocarlas en una bandeja para horno encima de papel vegetal. Meter en el horno precalentado a 180º durante unos 20 minutos ó hasta que estén doradas.
Rebozar con azúcar y canela o calentar un cucharadita de miel por cada torrija junto con la misma cantidad de agua, dejar reducir y servir las torrijas regadas con ese jarabe.
También se pueden caramelizar: gratinar unos segundos tras cubrirlas de azúcar o pasarlas vuelta y vuelta por una sartén antiadherente.

TORRIJAS DE ZANAHORIA
Típicas en Cartagena donde se hacen el día de Todos los Santos.

Ingredientes (4 comensales)
Medio kilo de zanahorias,
2 huevos,
100 gramos de azúcar.
Canela,
Ralladura de 1 limón,
Aceite de oliva,
Azúcar y canela para espolvorear.

Elaboración
Cocer las zanahorias limpias y troceadas hasta que estén tiernas. Escurrir el líquido.
Se chafan con un tenedor, se añaden los huevos, el azúcar, la canela, ralladura de limón y se mezcla todo bien hasta conseguir una masa que podamos manejar con las manos.
Se forman tortas en forma de torrijas que se fríen en aceite caliente hasta que estén doradas por los dos lados.
Se colocan sobre papel de cocina para que absorba el aceite sobrante y se sirven calientes espolvoreadas de azúcar y canela.

TOSTADAS DE SANTANDER
Típicas de Santander, se preparan con un pan especial, más denso.

Ingredientes (8 comensales)
1 barra de pan especial.
1 litro de leche.
Un bote grande de leche condensada.
250 mililitros de nata liquida.
Un chorro generoso de brandy.
6 huevos.

Elaboración
Preparación del almíbar: cocer en una cazuela, una rama de canela, una piel de naranja y otra de limón, medio litro de agua y dejamos cocer hasta tener un almíbar bien concentrado.
Se precisa un poco mas de un vaso de agua del almíbar.
Se hierve la leche con el almíbar. En ese momento en que rompa a hervir se añade la leche condensada y se espera a que vuelva a hervir para poner la nata y el brandy.
Cuando hierva de nuevo se meten en el líquido, una a una, las rebanadas de pan cortadas como si fueran torrijas, poco a poco para que no pare de hervir.
Dejamos que se empapen bien en la mezcla antes de sacarlas. Se colocan en una fuente hasta que se enfríen.
Cuando las rebanadas estén bien frías, se baten los huevos y se pone una sartén al fuego con aceite de oliva.
Se pasan las tostadas por el huevo batido y se fríen con cuidado para que no se quemen.
Servir templadas.

TORRIJAS DE VINO DULCE (del sevillano Convento de San Andrés)

Ingredientes
Pan del día anterior.
1/2 litro de vino blanco dulce.
Aceite de girasol o un aceite de oliva suave para freír.
2 Huevos.
Azúcar.
Canela molida.

Elaboración:
Se corta el pan en rodajas. El corte a nuestra elección, más grandes, pequeñitas, como más nos gusten.
En un recipiente se pone el vino dulce y si no se quiere que las torrijas queden demasiado fuertes, se rebaja con un poco de agua y azúcar. Se meten las rodajas de pan y se deja que se empapen bien, lo mejor es dejarlas durante la noche por lo que conviene poner suficiente líquido para conseguir un buen empapado del pan.
Al día siguiente se rebozan las torrijas en huevo y con el aceite de la sartén muy caliente se fríen vuelta y vuelta.
Al sacarlas se espolvorean con azúcar y ¡listas para comer!

martes, 9 de diciembre de 2014

La esclavitud como prueba

Aunque en España hay más bares por habitante que en ningún otro país del mundo, encontrar un trabajo en restauración no es sencillo. Un título de cocina en una buena escuela no sirve de mucho. Las empresas se resisten a hacer contratos indefinidos por lo que, tras un periodo de prácticas de entre seis a doce meses, da comienzo un nuevo periplo de entrevistas y entrega de curriculum.

El abuso en algunas de estas supuestas entrevistas es indignante. En la cafetería del mismísimo Bernabeu no les basta con la experiencia ni las recomendaciones sino que al candidato le hacen una prueba profesional en el momento, por supuesto no remunerada. Con esa técnica no es preciso contratar personal, ¿para qué? si disponen de un esclavo a diario.

La susodicha prueba se desarrolla, sin previo aviso, en plena hora punta, de las 12 de la mañana a las 5 de la tarde. Al entrevistado le hacen entrega de un delantal y de unos guantes y ponen a su disposición todo tipo de instrumentos de limpieza, primero, y de cocina después. La primera parte del examen es una cuestión de higiene y consiste en hacer lo que nadie quiere: limpiar campanas, extractores, planchas y baños. Tras ese rato llega la hora de la comida y el esclavo asciende de rango, lo que no significa que tenga derecho a almuerzo. Se necesitan manos en la barra para montar bocadillos y servir bebidas, preparar cafés, recoger platos y vasos, fregarlos sobre la marcha y tenerlos de nuevo listos para albergar más comida y bebida y evitar que decaiga el ritmo.

El turno no termina sin dejarlo todo impecable. Hay que demostrar que se sabe recoger, colocar y ordenar y que uno no se cansa nunca de limpiar y que, además, es resistente a la hipoglucemia y no le importa no haber probado bocado desde el desayuno, antes de salir de casa.

Los examinadores no desean que nadie piense que la empresa ha abusado del aspirante. Al despedirle valoran la labor realizada y, en agradecimiento por las cinco horas de su tiempo, le hacen entrega de 20 euros, supongo que de propina. Le prometen que ya le dirán algo y que, aunque les ha gustado mucho, aún no pueden tomar una decisión porque hay que comprender que no sería justo, todavía les queda gente por entrevistar.

lunes, 20 de octubre de 2014

Restaurante Desencaja

Se dice que los médicos sólo hablamos de medicina, fuera de eso tenemos poca conversación. Es posible, no me considero una gran conversadora. También he llegado a la conclusión que a la mayoría de la gente le gusta más ser escuchada que escuchar y, como también es cierto que, en mis círculos, casi todo el mundo tiene más conversación que yo, me encuentro muy a gusto en el lugar del oyente, aunque confieso que me gusta meter baza de vez en cuando.

Ese papel de oyente se exacerba en las conversaciones telefónicas. Hay un estudio que demuestra que la gente tiene necesidad de soltar unas 20000 palabras al día. No las he contado pero estoy segura de que en el caso de hermanísima son muchas más. Generalmente reparte sus desahogos entre la Señora y su hermana mayor pero, cuando la Señora anda por el mundo, no hay reparto que valga. Gracias a ella tengo un master en pedagogía escolar. Al no tener niños me resulta muy útil.

¿De qué hablo con mis amigas médicos? ¿de medicina? En contra de la opinión pública no es nuestro único tema de conversación. Los restaurantes también forman parte de nuestro repertorio, es lo que tiene la buena comida, se disfruta antes, durante y después.

Voy a aprovechar el blog para regodearme en el después del Restaurante Desencaja, un restaurante pequeño y acogedor donde lo que les interesa, y lo que consiguen, es hacer las cosas bien. De momento lleva cinco semanas de andadura, aunque su joven chef, Ivan Saez, posee un curriculum envidiable: El Amparo, Zalacaín, Santo Mauro, Zaranda, Zorzal (con un Bip Gourmand de Michelín), Lágrimas Negras (con premio al mejor cocinero en progresión), etc.

El recibimiento es muy amable, incluso familiar. El funcionamiento de la carta se basa en dos opciones de menú degustación: Viaje a la luna con 4 platos y un postre, una buena opción para la noche, o Viaje al Centro de la Tierra con 5 platos y dos postres. Hacía sol y teníamos hambre, motivos por los que nos decantamos por la segunda opción.

Los aperitivos llegan encajados y hay que desencajarlos. Al abrir la caja aparecen los regalos: croquetas, tostaditas, un queso delicioso y una salsa de tomate digna de rebañar. No comparto el parecer de que rebañar es de mala educación así que no fue lo único a lo que aplicamos ese tratamiento, aunque procuramos disimular. El primer plato fue una crema de calabaza aromatizada con ralladura de naranja y con tropezones de frutos secos, queso, tacos de calabaza y maíz. Le siguieron unas pencas de acelgas suavísimas con salsa de almendras y trompetas de la muerte. Uno de los platos estrella del chef son los dim-sum de gallina en pepitoria con alita deshuesada. La salsa tenía toques de canela, clavo y curry y en el plato había unas gotitas de chili para los amantes del picante. De pescado: un lomo de merluza al horno, al punto perfecto, muy cremoso, sobre salsa de almejas. Terminamos con un rabo de toro deshuesado que se deshacía en la boca.

Llegó el turno de los postres. Limpiamos el paladar con una sopa de frutas y hierbas con helado de romero y limón y una teja finísima, como una oblea, de miel. House se habría llevado tejas como para cubrir un tejado. Era un plato muy fresco y el aroma del helado de romero combinaba de maravilla con todos los sabores. El final fue una tarta fina de manzana y una conversación con Iván en la que nos explicó que el prefería las manzanas Fuji para los dulces porque le resultan menos harinosas. Desde luego las láminas de manzana conservaban su jugo y el sabor dulce-ácido de las buenas manzanas.

Con el café nos trajeron otra cajita para desencajar con una cookie y una roca de chocolate. A pesar de que se esté lleno, siempre se agradece ese detalle final.

En resumen: un lugar para repetir, muy acogedor, con cocina tradicional innovada, perfeccionada y deliciosa, y con gente con ilusión y ganas de satisfacer. Un placer.

sábado, 5 de octubre de 2013

Tarta de Limón de Las Dunas

Uno de los días que comimos en Las Dunas nos ofrecieron de postre, fuera de carta, esta tarta de limón. La responsable de su factura era Saray, un cielo de camarera, una de esas personas que inspira confianza con solo mirarla porque lleva la sinceridad escrita en la cara. No sólo es de trato dulce sino que, entre otras cosas, se ocupa especialmente de los postres y siempre aprovechábamos ese momento del final de la comida para charlar un poquito con ella. Nos encantó su sabor cítrico y fresco, con su textura esponjosa al principio y cremosa al fundirse en la boca. Después del éxito con la tarta de cuajada, ¿cómo resistirme a pedirle la receta? También le confesé que era para el blog y obtuve su permiso para divulgarla.

TARTA DE LIMÓN (cortesía de Saray)

Ingredientes
Base
Galletas pulverizadas, mantequilla blanda, una cucharadita de canela y una cucharada de azúcar. 
Mezclar bien los ingredientes y extenderlos sobre un molde. Meter en la nevera. 

Relleno
Un bote pequeño de leche condensada (370gr)
El zumo de dos limones
La ralladura de 1 limón
6 hojas de gelatina
250 gr de nata montada azucarada. 

Elaboración
Calentar el zumo y la ralladura de los limones con la leche condensada. Desleír la gelatina. 
Esperar a que se enfríe un poco antes de incorporar la nata montada. 
Verter sobre la base.
Enfriar en la nevera hasta que se consolide (unas 4 horas). 

sábado, 28 de septiembre de 2013

Tarta de Cuajada "Las Dunas"

Soy golosa. Se supone que a los niños les encandilan las pastelerías y, al parecer, esa fase de mi infancia aún no la he dejado atrás (seguramente no sea la única). Soy tan golosa que la primera vez que House y yo salimos juntos a cenar le dejé impresionado con mi memoria: al final de la comida le recité la carta de postres que habíamos leído al principio. No lo hice para lucirme sino para recordarle lo que había y que pudiese escoger alguno. Eran todos muy apetecibles y no me costó nada visualizarlos con las descripciones, y de la imaginación a la memoria apenas hay un paso. Lástima que la anatomía de la carrera no fuese ninguna perita en dulce.

En las Dunas la carta de postres era menos compleja: flan, mousse (de misterio, chocolate o fresas naturales), arroz con leche, pannacotta de chocolate, tocinillo de cielo, cuajada... No obstante sólo era preciso probarlos para que resultasen tan memorables como los de aquella cena. Un día me animé y abusé de la confianza que da el trato para pedirles la receta de las tartitas de cuajada. Me dieron la receta y Antonia salió a explicármela y que me quedase bien clara su elaboración. Para facilitarme aún más las cosas, el último día me preparó una neverita con todos los ingredientes para prepararla (varias veces). Nos detuvimos en Linares y ¿por qué eserar? mi tía y yo nos pusimos manos a la obra esa misma tarde. Estaba tan buena que tendré que practicarla un poco más (no creo que me falten voluntarios para valorar mis progresos).

TARTA DE CUAJADA LAS DUNAS

Ingredientes
600 ml de nata líquida de pastelería azucarada (en el caso de que la nata no venga azucarada es cuestión de añadirle luego el azúcar).
2 sobres de cuajada (Antonia me dio de la marca Royal)
2 paquetes de queso crema (tipo Philadelphia)
Un chorro de leche (unos 100 ml)
Un poco de azúcar (la nata y los sobres de cuajada ya llevan azúcar así que como mucho hay que añadir entre 0 y 100 gr, según el gusto de cada uno). Si la nata no lo llevase habría que poner unos 150-200 gr de azúcar, conviene empezar por menos, probar y rectificar si es necesario. Siempre hay que tener en cuenta que en caliente siempre el sabor es más dulce y perderá un poco de dulzor al enfriarse.

Bases (galleta tipo María o bizcochos finos redondeados o cortados con un vaso...) Se puede hacer una tarta grande pero es muy blandita y costaría dividirlas sin que se desmoronasen. Antonia las prepara individuales.

Elaboración
Calentar la nata.
Aparte batir con la turmix la leche con el queso crema y los sobres de cuajada (y el azúcar si la nata no lo llevase).
Cuando la nata hierva, añadir la mezcla del queso con la leche y la cuajada.
Esperar a que hierva de nuevo para que se espese. Remover con una cuchara para que no se pegue.
Probar y rectificar de azúcar.
Dejar enfriar la mezcla antes de montar las tartas (hasta que esté frío, no sólo tibio para evitar que se desparrame).

Montaje
Cortar una cinta de plástico duro (se parece a los cartones de pastelería que se usan para proteger los pasteles) con la forma de un molde circular del tamaño de la galleta o lo que se haya escogido de base (lo más cómodo es enrollarlo alrededor de un vaso, montar un poco los extremos del plástico y sujetarlos con celo). Conviene que se le ajuste bien a la base o costará más que mantenga la forma al rellenarlos. Se pueden usar otros moldes, tipo flan, aunque en ese caso es mejor dejar la base arriba para desmoldarlo al revés (eso sí, el proceso de relleno es mucho más sencillo y no hace falta esperar a que se enfríe la crema para hacerlo).

Repartir un poco de caramelo líquido sobre la base de galleta (o bizcochos finos cortados en círculo.

Poner la base como fondo del molde de plástico y rellenarlo con la crema de cuajada fría (unas 4 cucharadas colmadas por cada pastel).

Enfriar en la nevera un par de horas como mínimo (se pueden preparar con antelación y congelar sin problema, de hecho así se desmoldan mejor).

Para servir: retirar el plástico tras poner el pastel en cada plato.

Cubrir con salsa al gusto: caramelo, miel, mermelada de frutos rojos o, mi favorito, chocolate fundido.

martes, 24 de septiembre de 2013

Restaurante Las Dunas (Mazagón, Huelva)


Las vacaciones son para disfrutarlas. En nuestro caso eso significa no seguir ningún plan preconcebido sino improvisarlo sobre la marcha. El resto del año hay que ajustarse a horarios y obligaciones, en esas fechas lo mejor es dedicarse a hacer lo que a cada uno más le plazca.

Dentro de los placeres está el de la comida. El año pasado descubrimos el restaurante "Las Dunas", al lado de la playa del mismo nombre en Mazagón (Huelva) y nos convertimos en asiduos. Este año, a la hora de elegir dónde ir, ese restaurante ha sido uno de los factores decisivos. Tanto es así que cuando pasamos por allí el primer día, un lunes, y estaba cerrado, nos planteamos no prolongar la estancia más allá de lo previsto. Afortunadamente el cierre no era más que su jornada de descanso semanal por lo que, tras averiguarlo, solicitamos quedarnos más tiempo en el hotel.

¿Qué es lo que tiene este restaurante que lo convierte en algo tan especial? Diría que todo. El sitio es precioso, dos terrazas con vistas al mar, un salón muy amplio, acristalado, con aire de patio andaluz y otro salón más formal. La decoración es sencilla pero de buena calidad, Las mesas están separadas entre sí, sin roces con desconocidos. El espacio permite no oír otras conversaciones que no sean la propia, salvo cuando el ponente pertenece al grupo de los que precisan contar su vida, obra y hazañas al resto de la sala. La comida es excelente, con pescados frescos cocinados en su punto para que se deshagan en la boca y un marisco de chuparse los dedos. Los postres son irresistibles (mis caderas dan fe de ello), los elabora la dueña, a la que los empleados llaman con cariño Antoñita (y a veces se les escapa al hablar con los clientes). Ese trato de familiaridad es muy indicativo del tipo de relación que les une y es esa relación lo que marca la diferencia. No somos los únicos en pensar así, hay más como nosotros que repiten año tras año, día tras día, durante sus vacaciones. Llevan 50 años de andadura y eso son muchos años. Claramente algo están haciendo bien.

El personal en pleno es encantador. Son profesionales pero, además de corteses y atentos, son cariñosos. No paran, todos están pendientes para que a nadie le falte nada. La relación entre ellos es tan buena que se respira en el ambiente. Nos dejábamos aconsejar por ellos a diario y para ello hemos comido allí a diario (salvo los lunes) y cenado con frecuencia.

En una sobremesa de tertulia, con lemoncello y florentinas (pastas de almendras picadas unidas por una finísima capa de caramelo crujiente) nos contaron la historia de sus inicios hace casi 50 años. Cuando llegaron no había ni luz, ni agua, ni carretera. El lugar no era solitario, era desolador. En sus propias palabras: "ni las águilas se acercaban por allí", en todo caso algún lince despistado, aunque no sé si existen linces de ese tipo. Acostumbrarse fue duro, pero cuando lo lograron ya no quisieron irse. A pesar de la supuesta tranquilidad no paran, siempre hay cosas que hacer. También nos contaron su experiencia en la romería del Rocío, en carro, a través del precoto de Doñana, alrededor de una mesa bien surtida que nos invitaron a compartir. En Diciembre celebran una Zambombá flamenca (una fiesta navideña flamenca de la que nos avisaran por si podemos acercarnos).

Sin duda nos han conquistado, y al parecer pedíamos a voces que nos adoptasen y eso han hecho. Nos despedimos con abrazos y besos, recomendaciones para el viaje, solicitud de que les llamásemos al llegar y, además, una neverita portátil con los ingredientes para elaborar la Tarta de Cuajada de Antoñita (me sentí igual que cuando voy a visitar a las titas y salgo de allí con tuppers para llenar el congelador). La receta de la tarta la pondré en otra entrada para no extenderme más. 

Mi recomendación: ¡Probadlo!

sábado, 10 de agosto de 2013

Con amigas

Casi de un día para otro, mis amigas y yo cuadramos nuestros calendarios para disfrutar de una tarde juntas. No fue justo al día siguiente, que usamos para confirmar nuestra disposición, sino el de después. En un signo de madurez acorde a nuestra edad, decidimos comer en Riofrío. No obstante no llegamos a dar ese paso trascendental que nos convertiría en miembros del grupo de señoras, serias y respetables, que se reúnen regularmente en su cafetería. En la puerta me encontré con una de mis amigas y con un cartel de cerrado por vacaciones hasta el 2 de septiembre.

No teníamos intención de ayunar, así que dimos una vuelta por la zona para escoger otro lugar. Nos decantamos por Krachai, un restaurante tailandés que lucía con orgullo, sobre su puerta, las condecoraciones de los últimos años de la guía Michelín. Semejante recomendación había convencido a más gente, más rápida que nosotras. No sólo se nos habían adelantado sino que tenían invadido el salón, (a pesar de estar tan bien aprovechado que los comensales de las distintas mesas se daban codo con codo sin necesidad de estirarse). Nos llevaron al piso inferior, vacío y mucho más silencioso, lo que nos permitió deleitarnos con la música ratonera del hilo musical. El peor inconveniente es que olía ligeramente a cloaca, tufillo que forma parte de muchos rincones del hospital, especialmente de los vestuarios de quirófano. Ese aroma, aunque "familiar", no enriquece en absoluto el ambiente. Tampoco nos ahuyentó. O bien eran conscientes del problema, o simplemente les venía bien, el caso es que esperamos a la que faltaba abajo y comimos arriba. Nos propusieron subir cuando se liberó una mesa. El menú del día, de 13 euros, pintaba bien. Probamos un surtido de entrantes consistente en brocheta de pollo con salsa satay (de cacahuetes), rollito thai y saquito crujiente de mariscos. En los segundos optamos por tallarines de arroz con pollo, buey con curry rojo massaman y pollo picado con verduras y guindilla (más suave de lo que me esperaba). Estaba bastante bueno, mejor que Oam Thong y Thaidy, pero sin resultar excepcional y queda muy lejos de mi referencia en esa exótica cocina: el Thai Gardens. Cierto que el precio no es el mismo, y el Thai al parecer tampoco (no conozco el nuevo). No lo recomiendo para impresionar a una cita, arriba le falta intimidad y le sobra ruido, tiene mucho cristal expuesto en el que reverbera el sonido, y abajo necesitan un dispositivo que absorba olores.

Hacia el final de la comida se presentó el marido de una de mis amigas. Le invitamos a acompañarnos a un tour por la zona, pero nuestra propuesta no le tentó lo suficiente. Sus planes consistían en secuestrar a su esposa. Se salió con la suya. Así fue cómo ambos nos abandonaron... y de tres quedaron cuatro y de cuatro sólo dos... (parece una canción infantil)

Un paseo posprandial es siempre recomendable, aunque hacerlo de tienda en tienda puede agotar la tarjeta de crédito más que las piernas. Por casualidades del destino, justo enfrente del restaurante, sale la C/ Pelayo, un punto de partida perfecto. Pasamos por "Beautyque", una combinación de salón de manicura y pedicura decorado en un precioso estilo vintage (merece la pena verlo) que también vende ropa con ese mismo aire. Dimos también un repaso "Con la cabeza bien amueblada" a las perchas de las tienda-peluquería con ese nombre tan singular. Son muy agradables, te venden hasta el mobiliario si así lo deseas, tienen una atractiva selección de vestidos, preciosos zapatos y, tras ver el resultado de sus mechas californianas, casi me siento animada a probarlas (cotillead en su página que es curiosa y muy interesante).

Como no podía ser de otra manera, entramos en Qüin. Cada vez me gusta más. Es una tienda especial. El local, con sus paredes de ladrillo visto, sus percheros de forja y sus espejos algo antiguos, es muy bonito. El atelier le añade encanto, que se refleja en el trabajo que ponen en sus prendas, cuidado al detalle. Es tan original que cuenta con ropa exclusiva, de la que sólo hacen una muestra antes de resolver que es demasiado laboriosa como para repetirla. La selección de telas es impecable y todo luce estilo, con tejidos, corte y costura de calidad a precios asequibles. No nos limitamos a mirar, había cosas irresistibles que nos susurraban "pruébame, prúebame", a las que les prestamos la atención que pedían. (Se puede comprobar en la foto, sacada a traición por mi amiga).

Pasamos por el Outlet de Jepa en Gravina antes de comenzar el circuito de zapaterías de Augusto Figueroa. Subimos por Hortaleza, seguimos por Campoamor, con parada obligada en "Anatomía", con ese nombre no nos preciaríamos como médicos si no le hubiésemos dedicado un rato de estudio (interesante). De ahí a "Nac" en la esquina de Génova con Argensola. Su ropa me gusta mucho aunque sus precios no tanto. Rematamos la tarde en Ekseption, en Marques de la Ensenada con Bárbara de Braganza. Nos rendimos ante una blusa impresionante, creo que de Marc Jacobs, a la que nos resignamos a renunciar tras descubrir su precio en la etiqueta (gracias al 50% de descuento se quedaba en poco más de 700 euros, y no, no me sobra ningún cero). Una tarde muy completa, de puesta al día a nivel personal y en tendencias. El favorito de mi amiga: Qüin. 

viernes, 19 de julio de 2013

Domingo en Vitoria

Me despierto a las 10:30 (no recuerdo la última vez que sucedió algo así). El desayuno termina a las 11 h. Llamo a House y bajamos al bufé. Toca recogida: hacer las maletas, el check-out y dejar los trastos en la recepción del hotel para pasear, muy tranquilamente que los pies siguen resentidos, y disfrutar de las vistas que ofrecen los bancos situados en los distintos puntos panorámicos de Vitoria. Callejeamos por toda la ciudad. Agradecemos las rampas mecánicas que desde la Iglesia gótica de San Pedro nos suben al Palacio de Montehermoso. Seguimos hacia la Catedral de Santa María, abierta por obras, aunque no entramos en ella. Por el camino vemos el Palacio renacentista de Escoriaza al lado de los restos de las murallas. Bajamos a ver la antigua posada de El Portalón y subimos por la Calle de la Cuchillería. Nos paramos delante de la Casa del Cordón, con su torre medieval, antes de continuar hasta los Arquillos.

Bajamos las escaleras hacia la Plaza de la Virgen Blanca. Entramos en la Plaza Nueva, cuyas terrazas están llenas de gente. Nos refugiamos en la plazuela de al lado del Palacio de Correos. Es un rincón precioso y tranquilo en el que corre un airecillo la mar de agradable. Tras descansar un rato nos encaminamos hacia el Parque de la Florida. Recorremos sus caminos, cruzamos sus puentecillos y damos la vuelta al precioso kiosko.

Enfrente se encuentra la Catedral Neogótica de Mª Inmaculada. Nos sentamos al lado de su ábside, en lo que bautizamos como "El rincón de los abetos", un recodo rodeado por estas coníferas de las que contamos seis especies diferentes. Desde allí las vistas de la catedral son impresionantes y le damos una tregua a nuestros machacados pies.

Tenemos reserva para comer en el Restaurante Ikea. No me refiero a la tienda de muebles sino a un sitio genial, que nos sugirió el día anterior el novio. Para abrir boca nos sirven un aperitivo de vichissoise y luego una delicia de ligera mousse de foie con gelatina de tempranillo y sifón de melocotón. De la carta nos decantamos por la ensalada de bogavante con frutos rojos y las cigalas con cremoso de patata y guisantes, que nos traen ya compartido, tras preguntarnos previamente. En los segundos me voy a la merluza (perfecta) con cuscus de centollo y moluscos y House opta por el rape con pisto de chipirones. El vino, El Puntido de 2008, una recomendación del maitre, que no conocíamos, nos pareció exquisito.

Estamos llenos pero no vamos a perdonar los postres: torrija de vodka con helado de salsa de nueces, la salsa tiene un nombre vasco impronunciable, y tarta crujiente de manzana y pera con helado de caramelo (el original era de maracuyá pero pedí que me lo cambiaran). Nos dieron a probar el brownie de pistachos con helado de queso (inimaginable). Rematamos con café que acompañan de tejas y trufas.

Con los estómagos más que satisfechos recogimos las maletas y las arrastramos el corto trayecto que nos separaba de la estación. Tren puntual, lleno a reventar de adolescentes.

Evidentemente el viaje nos ha encantado. La única pega: demasiado corto.

miércoles, 17 de julio de 2013

Visita a Vitoria

Destino: Vitoria.
Fecha: fin de semana de Julio.
Motivo principal: boda de uno de los residentes de House.
Motivo secundario: Huir del calor infernal de Madrid.

La tarde del viernes, y porque era imposible postponerla más, la dedicamos a la ingrata tarea de preparar las maletas con todo lo necesario para ir de boda. Una maleta pequeña para cada uno, la misma con la que el año pasado pasamos 3 semanas en la playa, y en mi caso igual de llena: vestido de boda (que no debe aplastarse porque no va a pasar por la plancha tras el viaje), zapatos, bolsos, chales (la cosa estaba entre dos, pendiente de la decisión del último minuto, al final me puse los dos, aunque no a la vez y tampoco con el mismo vestido (las explicaciones en el post de mañana). Un par de vestidos para los momentos de no boda. Ropa interior para cambiarme, camisón y bolsas de aseo.  Digo bolsas, en plural,  porque la restauración preboda precisa de todos los cosméticos imaginables: limpiadora, crema solar, base, maquillaje, polvos, colorete, sombras (en tonos combinados), lápiz de ojos, correctores, máscaras, pintalabios (siempre varios) y delineador. Para el pelo opto por tentar la suerte. Total, va a quedar como le venga en gana así que puedo ahorrar el espacio de los productos que no van a obrar el milagro, y menos con una boda en ciernes (es la ley de Murphy, que ya me la conozco). Me hago con un arsenal de horquillas por si es preciso recogerlo con arte.

Salimos de casa a las 18:30h para coger el tren en Chamartín a las 18:55. Llegamos a Vitoria a la hora prevista, las 22:30. Taxi hasta el hotel, Silken Ciudad de Vitoria, que aunque sabíamos cercano desconocíamos el camino. Entrada muy bonita, con los pasillos de las plantas abiertos en balcones que daban al hall. Encantadores en recepción. La habitación, de tamaño medio, estaba ocupada por una cama inmensa y muy cómoda. La luz, tanto natural como artificial, dejaba que desear. No iba a ser fácil el maquillaje, tendría que recurrir al instinto y cruzar los dedos. Menos mal que iba preparada con la paleta completa del artista, eso sí, esperaba que el resultado final fuese más impresionista que expresionista. Ya me preocuparía de eso al día siguiente. De momento lo primero era abrir las maletas para colgar la ropa (en otras circunstancias habrían esperado a nuestros estómagos, pero no es recomendable si al día siguiente se va de boda). Tras guardar los trajes en el armario, regresamos a recepción para solicitar las instrucciones necesarias para irnos de pinchos ( en este caso pintxos).

Caminamos 10 minutos bajo los árboles de un parque romántico con vistas a la Catedral Nueva. Nuestros pasos nos llevaron a la Ciudad Vieja. Investigamos los bares de la zona y, entre las sugerencias del hotel, nos decantamos por Sagartoki (C/ Prado, 18). Fue un gran acierto. Allí nos encontramos con el novio, acompañado por el resto de los resis de House. Disfrutamos de una exquisita cena de pinchos, degustamos el pincho ganador del concurso de la ciudad (huevo frito con patatas, con el huevo estaba encerrado dentro de la patata) y de la tortilla de patatas más premiada (con todos los méritos: cremosa, jugosa, sabrosa y deliciosa). Otras tapas: Cru-cu de foie con frambuesa lyo, taco de salmón con huevas de trucha, bacalao 100%, croquetas de jamón con kikos, croquetas de queso azul y nueces, tempura marina y, de postre, pinchos de torrija, esponjosa y caramelizada, con helado de dulce de leche. Nos pusimos las botas.

Ya con la barriga llena, paseamos por la Ciudad Vieja, de ese modo también bajábamos la cena. Las casas antiguas presentan un aspecto diferente por la noche, sobre todo en las calles vacías y en silencio (algo difícil de encontrar un viernes en el centro de Vitoria, aunque algunas había). Se pierde la noción del paso del tiempo. Los palacios duermen ahora igual que hace 500 años, es a la luz del día cuando muestran los cambios. La calma se amolda a las iglesias, las rodea de una atmósfera de reverencia.

Nosotros también nos fuimos a dormir...

(Continuará)

miércoles, 12 de junio de 2013

Pastéis de Belém

El día que escogimos para visitar Belem, comprobamos, con gran pesar, que no éramos ni los únicos turistas ni los únicos habitantes de Lisboa a los que se les había ocurrido semejante idea. El tranvía iba abarrotado y aunque nos dio una vuelta turística por las calles fuimos incapaces de disfrutarla como se merecía ya que apenas veíamos más allá de la espalda del pasajero contra el que teníamos clavada la nariz.

El vehículo no se vació hasta su parada final en Belem y ganas nos dieron de emprender el regreso con él. En vez de seguir nuestros instintos nos dejamos llevar por los de la masa y nos dirigimos en tropel hacia el monasterio de los Jerónimos. Se trata de un precioso edificio de estilo manuelino que, por desgracia, ya estaba lleno hasta la bandera aún antes de nuestra llegada. En su interior no se disfrutaba de otros detalles que no fuesen las cabezas que ya conocíamos del tranvía. Lo que lo abandonamos y nos encaminamos hacia la Torre de Belém. Allí había menos gente, aunque eso no significa que estuviésemos más anchos. La magnífica torre dispone de una única escalera de caracol, en la que no cabe ni uno de esos bichos que le da nombre puesto de perfil y que, para colmo de males, se emplea por igual para el sentido de subida como el de bajada. Deberían estudiar la posibilidad de instalar un semáforo que regulase el tráfico de gente. Optamos por pasear.

Ya de vuelta me paré a comprar los típicos Pasteis de Belém. Estaba claro que la tónica del día eran las muchedumbres y los clientes se desbordaban por las puertas de la famosa pastelería. ¿De dónde salía tanta gente? ¿No estaban todos en el tranvía, en el monasterio o atrapados en las escaleras de la Torre? Pues al parecer no, sino que aún quedaban los suficientes como para abarrotar la pastelería y desesperar a House, que se quedó fuera. Conseguí abrirme paso hasta llegar al mostrador (mejor no revelaré mis métodos porque creo que la cortesía influyó menos que mi capacidad para crear huecos). Mi costumbre de hablar a voces con los pacientes sordos (que afirman que a mí me oyen muy bien y culpan a su familia de no vocalizar) me sirvió para hacerme con una cajita de esos anhelados manjares. Fui incapaz de hacer lo necesario para lograr más, por lo que nuestros familiares tendrían que ir ellos mismos a buscarlos si deseaban probarlos. Definitivamente no íbamos a regresar en un futuro próximo a la zona a pelearnos con el resto de los turistas. 

Cogimos de nuevo el tranvía. Se acercaba la hora del almuerzo y aún no sabíamos dónde comeríamos. El ánimo de House, entre las hordas y la hipoglucemia, no se ajustaba a ningún estado ni medio propicio para pedirle opinión. Aunque yo tenía varias sugerencias tampoco el momento era el más adecuado para ofrecerlas. En todo caso me quedaba el consuelo de que, si el hambre acuciaba, siempre contábamos con la opción de atacar los "pasteis". 

Fue el tranvía el que decidió por nosotros. Aunque en teoría nos tenía que dejar en las proximidades del hotel, a medio camino, y sin previo aviso, el conductor decidió que allí mismo terminaba su circuito y dio media vuelta. Ante la perspectiva de reencontrarnos con la multitud, nos bajamos. La afortunada coincidencia fue la de andar bastante cerca (por supuesto cuesta arriba) de un restaurante recomendado por unos amigos del hospital. Hacia allí nos arrastramos ( por el empinado adoquinado, sin ayuda de grúas ni poleas). Es un sitio diminuto, metido en un callejón de aspecto infame pero no hay que dejarse desanimar por ello. Allí suele ir Mario Soares y también iba Saramago, su nombre es Farta Brutos y se encuentra en el Barrio Alto. La sala es muy hogareña y la carta se escribe a mano a diario. Todo es fresco y delicioso. No nos limitamos a reponer nuestras desfallecidas fuerzas sino que ya puestos, nos resarcimos y comimos opíparamente. Para rematar el festín nos trajeron un carro de postres del que servirnos a nuestras anchas y del que nos pusimos las botas: melocotones al oporto, jugosas naranjas peladas en rodajas y una crema tostada digna de morir de un empacho por ella.

La receta original de los Pastéis es casi un secreto de estado. Los elaboran también en otros sitios de Lisboa, como en el Café Martinho da Arcada, en la Praça do Comércio, al que le gustaba ir a Pessoa y donde se toma también una estupenda cataplana. Hasta que alguien vaya a Belém a por unos pocos, siempre le queda la opción de probar a hacerlos.

Pastéis de Belém
Ingredientes
Molde:
- Una lámina de hojaldre preferiblemente casero.
Relleno:
- 250 ml de nata líquida.
- 4 huevos
- 15 gr de harina
- 100 gr de azúcar
- Un trozo de piel de limón recién cortada.
- Un palo de canela.

Elaboración
Calentar la nata, con la canela y el limón. Añadir el azúcar. Batir los huevos y añadirles poco a poco la leche caliente. Ponerlo a cocer a fuego muy bajo removiendo constantemente.
En cuanto haya espesado ligeramente, retirar la canela y el limón y reservar.
Cortar círculos de hojaldre y colocarlos sobre moldes rígidos para magdalenas o muffins. Verter sobre los círculos de hojaldre, que habrán de llegar a la mitad de altura del molde,  la crema hasta que casi alcance el borde.
Hornear en horno precalentado a 220º hasta que suban y se doren.
Al sacarlos, bajarán un poco. Enfriar sobre una rejilla, no mucho, sólo hasta que estén templados.
Antes de servir, espolvorearlos con canela y azúcar glass.  

jueves, 24 de enero de 2013

Trufas

Las trufas han sido siempre mi pastel favorito. Mi primer recuerdo de esas bolitas de chocolate proceden de una pastelería cercana a la casa de mis abuelos: "Mónaco". Los domingos, cuando íbamos a comer allí, mi abuelo subía una bandeja de pasteles surtidos. A mi padre y a él les pirraban los bocaditos de nata y, a mi abuela y a mí, las trufas. Me bastaba con mirarlas en su atractiva presentación, cuidadosamente colocadas en el interior de una cestita blanca de papel rizado y densamente recubiertas por oscuros fideos de chocolate, para que me hablasen y que, al igual que a Alicia, me dijesen "cómeme". ¿Cómo resistirse a esa tentadora llamada? Es una suerte que fuese la favorita de mi abuela, de ese modo no ponía nunca pegas a que la niña se hartase de ellas.

Mi gula se perdona por dos buenas razones: pese a que yo era pequeña, las trufitas aquellas apenas me llenaban la boca por lo que era necesario tomar 3 ó 4 para saciar el saco sin fondo que era mi estómago infantil. La segunda es mi falta de voluntad en lo que se refiere al chocolate. Se dice que los niños son golosos pero nadie en mi familia me discutirá que, entre todos los que somos, me llevo la palma. Por aquel entonces era mucho menos exquisita que ahora. Es cierto que había probado mucho menos entre lo que elegir y me gustaba hasta el chocolate blanco (si no había otro). Las onzas del Elgorriaga entre dos galletas María que nos daba mi abuela de merienda me chiflaban.

Mi parcialidad por le chocolate más oscuro se concretó gracias al padre de mi ex. Llevaba a su casa unas gruesas tabletas de chocolate puro, sólo o con almendras, que me convirtieron en una adicta y pervirtieron mi gusto por el resto de las variedades. Ahora, cuando paso por las tiendas gourmet, me hago con un alijo de todas las versiones y marcas de chocolates negros y negrísimos, de diversas procedencias (me interesa el turismo gastronómico). Por descontado, ni me molesto ni en mirar los de leche y, menos aún, las tabletas blancas que aseguran llevar cacao en su composición (¡ja!). En lo que a chocolate se refiere, el color sí que importa, afortunadamente no se me puede tachar de racista, porque mi rechazo es contra el "blanco".

TRUFAS
Ingredientes (Para unas 30-40 trufas)
500 gr de buen chocolate negro en trozos (excepcional el de Valrhona)
200 ml  de nata líquida
2 cucharadas de brandy u otro licor
Cacao en polvo para recubrirlas.

Elaboración
Hervir la nata, añadir el chocolate y remover hasta que se derrita bien. Verter el brandy.
Enfriar la masa durante un par de horas.
Si queda muy líquido, añadir cacao en polvo.
Una vez fría, con las manos, hacer pequeñas bolas, redondas y compactas.
Rebozarlas en el polvo de cacao. También se pueden usar virutas de chocolate, polvo de frutos secos, fideos de colores, azúcar vainillado, coco rallado o sumergirlas en chocolate de cobertura derretido.

TRUFAS CON LECHE CONDENSADA

1 Tableta de chocolate fondant (uno de los que más me gusta, con una excelente relación calidad-precio, es el 70% postres de Lindt)
1 Lata pequeña de leche condensada
50 gramos de licor (el que se prefiera, incluso se puede variar: vodka, whisky, brandy, Amaretto o Grand Manier)

Derretir el chocolate durante uno-dos minutos en el microondas. Vigilar el proceso. No hace falta que se quede líquido, sino que cuando esté blando conviene removerlo con un tenedor pequeño para que se funda poco a poco. Puede necesitar una segunda vuelta de micro. Cuando no queden trozos, añadir el licor y mezclarlo bien. 
Incorporar la leche condensada. 
Poner en una fuente o plato hondo y dejar enfriar. Guardar en la nevera hasta que esté bien firme. 
Hacer bolas pequeñas y cubrir con cacao, fideos, coco rallado, frutos secos picados, etc.


martes, 30 de octubre de 2012

Complicados compromisos

El horario del personal sanitario es de locos: tardes, noches, fines de semana, cualquier hora es susceptible de ser trabajada. Eso, si no se suma algún curso, congreso o actividad extraprofesional. Por eso, que tres médicos se junten para comer simplemente por amistad requiere una precisa planificación, tan delicada como un encaje de bolillos. Los fines de semana quedan descartados, si no se está de guardia generalmente están ocupados con antelación con diversas actividades familiares y se convierten en fechas casi tan señaladas como las navidades. Durante el verano las vacaciones deben de ser adaptadas a las de los hijos, si se tienen, y en caso contrario lo que se procura es evitar encontrarse con los niños de otros. Por este motivo mis vacaciones no coinciden con las de mis amigas.

Curiosamente, un plan entre semana, cuando se puede ajustar, suele ser lo que tiene más posibilidades de éxito. Por eso, una vez de vuelta e inmersa de nuevo en la rutina laboral, intento planear una comida con mis amigas. Muevo ficha y cruzo los dedos. Dada mi aversión al móvil, con el que seguramente sería todo mucho más rápido e infinitamente más sencillo, doy el primer paso. Lanzo un primer mensaje sonda, vía gmail, con fecha 10 Octubre.
¿Qué día os viene bien para comer la próxima semana? Me vale cualquiera, incluso el sábado que está House de guardia. A ver si lo conseguimos. Besos.

Soy una optimista ¡Avisar con sólo una semana de antelación! ¿Quién sabe, a veces contar con el factor sorpresa juega a favor?
Al parecer no va a ser el caso ¡Qué mala suerte! Me llega la primera respuesta al día siguiente:
La semana que viene me voy a Germany ¡¡Hablamos!! Ni siquiera 4 hijos consiguen retener a MJ en Madrid. Llamarla por teléfono, a casa, y pillarla allí es menos probable que comprar el gordo de la lotería.

Un par de días después, lo vuelvo a intentar, en esta ocasión con un plazo más largo:
El jueves 25 (que sería ya la siguiente semana) House está de guardia. ¿Os iría bien entonces? (en esa semana sólo tengo guardia el martes 23). Besos.

Se lo piensan otro par de días y recibo una alternativa:
¿Comida o merienda-cena el miércoles 24? Ahora mismo estoy con MJ. Piénsalo

Perfecto, ¡parece que sí que podemos coincidir! ¡y sin cambiar de mes!
Si podéis ambas el miércoles 24, por mí no hay problema. A ver si finalmente es posible. Besos.

Nueva respuesta con confirmación y duda:
Hola ¿Con cuanto tiempo de antelación se puede preparar el tartar? Lo he hecho con carne picada de una pasada...me faltaban esos detalles en la receta!!
Confirmamos para el 24. Bss

Resuelvo la duda y doy comienzo a la sección detalles.
Normalmente el steak tartar se prepara al momento, aunque se puede dejar que macere incluso un día (estará algo más fuerte en ese caso). La carne se pica normalmente a cuchillo en los restaurantes, en casa es más cómodo usarla directamente picada, sólo de una pasada para que no se estropee demasiado en el proceso.
¿Dónde os va mejor el 24? Algo que esté bien comunicado ¿Quedamos a las 15h?

Al parecer no me voy a tener que preocupar de nada más, al menos según la siguiente respuesta:
Paula Romani
Creo que MJ tiene pensado sitio y es ¡sorpresa!. Echo de menos tu publicación - foro. Era la alegría de cada día (gracias por el halago, a veces me sentía como si forzase a mis destinatarios, aunque fuesen familiares y amigos, a leerme, aunque al parecer no es así. Lo único es que eso de poner un e-mail a las 6 de la mañana, por muy madrugadora que sea, no siempre apetece. Aún así, en vista de las protestas, lo haré de nuevo, aunque no sea diariamente)Si nos juntamos varios foreros te haremos entenderloBesitos 

Pasa una semana sin noticias. Una en Alemania, otra de guardias y quirófanos. Finalmente, el día anterior... 

23 Octubre:
¿Quedamos finalmente para comer mañana? ¿Dónde?
Estoy intrigada. ¿Cuál será el sitio sorpresa?
OK
Esa es la respuesta. Reviso mi mensaje. No me he equivocado: era más largo e incluía otra pregunta. No es que fuese tan extenso que el contenido se haya podido despistar entre el texto. En vista de que algo ha debido de suceder, insisto.
¿Dónde? ¿Tenéis algún sitio planeado? ¿A qué hora termináis? ¿A qué hora quedamos?

Yo termino a las 3. Me gustaría llevar a un amigo sueco y su mujer. No he pensado nada.
Tengo quirofano última hora mañama. Es como 2 horas. Si entro antes de 13 h, me da tiempo bien. Si no.... ¿¿¿Sitio???

¡Qué buena manera de devolverme la pelota! Está claro que mis amigas son más listas que yo. Improviso opciones a las que podamos llegar a una hora razonable. Afortunadamente Madrid es un filón en lo referente a ofertas de restauración (lo de los precios es otro cantar)
Propuestas (a tiro de piedra del Metro, con línea que nos pille bien a todas):
Restaurante Al Fanus en la C/ Pechuán, 6 (al lado del Metro de Cruz del Rayo), he oído hablar bien de él. Es cocina Siria.
Restaurante Tampu en C/ Suero de Quiñones, 3 (al lado de Metro Prosperidad y muy cerca de Cruz del Rayo), un peruano que parece estar bien.
Restaurante Fishka, cocina de fusión rusa-mediterránea, en la C/ Suero de Quiñones, 22 (por detrás del auditorio, tb metro Cruz del Rayo)
¿Qué os apetece más? ¿Qué le puede gustar más a tus amigos MJ? Mirad las opiniones de Internet a ver qué os tira.
Espero que el quirófano se dé bien mañana.
Espero que no surja ningún imprevisto. Muchos besos.

Diría peruano o sirio. Último voto ¿?
A lo largo de la tarde he hablado por teléfono (del normal, de ese privado, inalámbrico y con cable a la pared, y sin más orejas que las de los interlocutores y los familiares que pululen por la casa) con la tercera en discordia. Ella también se ha quedado enganchada en el mismo punto del dilema. Esperábamos el resultado final en este último mensaje, pero no ha habido éxito.

Me ha dicho lo mismo, peruano o sirio. El que prefieras, no conozco ninguno, pero de oídas creo que los dos están bien y están muy cerca uno del otro. Al Fanus lleva tiempo y me lo han recomendado desde que era residente (es mi manera sutil de indicar mis preferencias). El otro es bastante nuevo. ¿Qué le puede gustar más a tus amigos? ¿Van a venir? Besos.

Yo he hecho las propuestas. Aunque personalmente me inclinaría por el sirio, no pretendo acaparar todas las decisiones. Es tarde. Apago el ordenador. Ya me enteraré mañana de la elección final.
Leo los mensajes al levantarme.
¡¡Probaremos peruano!! Nos vemos. Grumpy, ¿¿puedes reservar tú para el grupo?? ¡¡Graaaaacias!!
Decidido, al fin. Sólo falta la reserva (con mi optimismo habitual pensaba que, a lo mejor, alguien se encargaría). Soñaba aún, me he despertado y, una vez de vuelta en la realidad, me pongo a ello. Afortunadamente no estoy en quirófano y puedo llamar al restaurante en mitad de la consulta. No hay problema. Envío un mensaje de confirmación. 
Restaurante Tampu. Reservado a las 15 h (en realidad es a las 15:15h, pero nos conocemos y conviene dejar un margen), a mi nombre, para 5 personas. 
Unos minutos después me llega una respuesta. 
Seremos sólo las 3. Bss
Nueva llamada al restaurante. Cambio la reserva, con mis disculpas. Sigo con la consulta. A las 13:30h recibo un nuevo mensaje. 
Chicas... Esto es increible (¿me lo dices o me lo cuentas? ¿más complicaciones? ¿cancelaciones? ¿malas noticias? Espero que no). Aun no he empezado. A lo mejor me suspenden la cirugía, asi que estoy buscando una solución. ¡¡¡Seguiré informando!!!

Salgo del hospi sin saber aún la continuación. Al parecer es esta, aunque me entero tarde porque me pilla de camino (y eso que he encendido el móvil, pero confieso que no lo he mirado...) 
Pues cirugía suspendida ¡¡¡ Os veo ahora!!! 
(¡Pobre paciente! pero a veces no hay forma humana de calzar extras imprevistos dentro del parte, salvo que sea una emergencia vital en la que nadie tiene las narices de oponerse al criterio médico. Espero que le hagan pronto un hueco). 

Pese al cuarto de hora de margen y ser la que está más lejos, soy la primera en llegar (se lo debo a una de mis compis que me cubre para que me escape antes). 5 minutos después lo hace la segunda y a los 10 minutos la tercera (puntuales según la auténtica reserva).  Charlamos por los codos, hay un montón de anécdotas del verano y de la vuelta. Casi no nos da tiempo a todas. Algunas se merecen un post propio. La compañía es lo mejor de la comida. La cocina no está mal pero como restaurante peruano está mejor el Bistró Tanta. Eso sí, las croquetas líquidas de ají de gallina impresionantes. El vino, "Treinta mil maravedíes", de D.O. Madrid, es todo un descubrimiento. Sin embargo, el postre, compartido y del que tomo una cucharada, es una desgracia de buen chocolate echado a perder gracias a un exceso de maracuya (¿qué manía les ha entrado últimamente a los chefs con combinar esos sabores? No se dan cuenta de que es la sutileza lo que convierte un plato en algo especial, el conseguir que se realcen los sabores entre sí sin que predomine ninguno. Sin embargo, el maracuyá es tan característico que enmascara todo lo demás. Cuando lo "demás" es chocolate, enmascararlo es un crimen casi imperdonable.

El servicio deja mucho, pero mucho, que desear. Claramente no son camareros profesionales, lo que no me encaja con las pretensiones del sitio (me sorprende que las tenga, francamente no me lo esperaba, pero el caso es que las tiene: la decoración está cuidada, la vajilla resulta original, la separación entre mesas es aceptable y los platos tienen una base tradicional con toques innovadores). Para empezar nos traen un aperitivo de la casa. Se les ha olvidado retirarnos el plato que hay sobre la mesa. En lugar de tratar de arreglarlo, o simplemente disculpase por ello, nos dice que lo apartemos para hacer hueco. Un fallo lo tiene cualquiera. Tampoco pasa nada porque los platos no salgan a la vez, y lo hagan de uno en uno. Cerca uno del otro pero sin coincidir, y por el camino puede ser necesario dejar alguno en otra mesa. La puntilla llegó al final (como suele suceder): a las 16:35h nos traen la cuenta, sin preguntar, "es tarde y la gente se va", nos dicen. A las 16:40h, tras pagar, directamente nos echan,  sin tan siquiera dejarnos terminar el café (que sí que nos habían servido y cobrado, apenas un minuto antes de traernos la cuenta). Esa manera tan apresurada de rematar la comida me dejó mal sabor de boca. 

¡Hemos quedado de nuevo para Noviembre! Sólo nos falta concretar los últimos detalles (nimiedades sin más, como el día, el sitio, etc...). Y no, no pienso encender el móvil. Lo haremos del mismo modo, que tiene mucha más intriga. 
Joe Bowers